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México :: 27/10/2005

En Yucatán hay dos clases de damnificados por el huracán Wilma: los de "cinco estrellas" y los marginados

Luis A. Boffil, Victor Ballinas
Mientras los turistas reciben 3 comidas al día, cobijas e internet, los pobres sólo agua y galletas. Los habitantes de cinturones de miseria perdieron lo poco que tenían; la ayuda, una ilusión

Unos mil turistas extranjeros y nacionales, como parte de un grupo de tres mil desplazados provenientes de Quintana Roo, fueron ubicados en las instalaciones emeritenses de la Universidad del Mayab y de la Universidad Mesoamericana de San Agustín , ambas financiadas por la iniciativa privada, donde reciben atención similar a las de hoteles de "cinco estrellas".

Lo que no ocurre en los albergues donde fue canalizada la población indígena maya que salió de comunidades rurales conurbadas a esta capital, que dependen directamente del ayuntamiento panista que preside Manuel Fuentes.

Mientras los turistas provenientes de otras entidades y extranjeros, en su mayoría estadunidenses, reciben a diario tres alimentos calientes, agua, cobijas y hasta disponen de servicio de Internet para comunicarse con sus familiares, los indígenas mayas apenas si obtuvieron el viernes dos botellas de agua, una bolsa de galletas y una colchoneta por albergue.

Hasta hoy, la inconformidad de la gente refugiada en planteles escolares rurales no ha sido atendida. Aproximadamente 300 refugiados de las comisarías (así se le conoce aquí a las poblaciones indígenas que están dentro de la jurisdicción de algún municipio) de Petac, San José Tzal, Texán Palomeque y Dzununcán, pasan hambre y sed, según afirmaron ellos mismos.

Niños y mujeres en su mayoría carecen de agua potable, alimentos y, además, la mayoría durmió en el suelo , ya que sólo se entregó una colchoneta por sitio. La Jornada visitó estos lugares y el contraste con los albergues de "cinco estrellas" es más que evidente.

María Chi, refugiada en una escuela de Dzununcán, pidió ayuda a las autoridades gubernamentales o municipales, puesto que los niños tienen hambre y sed. "Apenas han comido un paquete de galletas y dos botellas de agua; nadie nos ha traído despensas completas", se quejó la mujer de origen maya.

Pero la otra cara de la moneda se concentra en la Universidad del Mayab, filial de la Universidad Anáhuac de la capital del país. Allí, los turistas extranjeros y nacionales comen bien, pueden bañarse, disponen de Internet y hasta se dan el lujo practicar deportes en las instalaciones.

Asimismo, en la Universidad Mesoamericana de San Agustín se habilitaron aulas escolares, donde abundan los cobertores y las colchonetas, además de comida caliente y agua en abundancia. Polos opuestos en plena contingencia derivada del huracán Wilma. Mientras turistas reciben 3 comidas al día, cobijas e internet, ellos sólo agua y galletas.


Los habitantes de cinturones de miseria perdieron lo poco que tenían; la ayuda, una ilusión

Cancún.- En las zonas de pobreza y marginación, donde campea la miseria extrema, donde la gente habita en casas hechas de palos, con láminas de cartón, pedazos de madera y hules como paredes, las colonias fueron devastadas por el ciclón Wilma; cientos de chozas se encuentran literalmente en el lodo; las pocas pertenencias de sus moradores se echaron a perder o ya no existen.

Colonias como Avante, Tres Reyes, Santa Cecilia y La Libertad son asiento de centenares de viviendas precarias que fueron derrumbadas por el meteoro. Los rostros de sus habitantes reflejan desolación y demandan ayuda urgente; se les acaban los víveres y no tienen recursos. Wilma los dejó más pobres; les arrebató lo poco o casi nada que tenían.

Este es el otro Cancún, ése donde viven los que nada tienen. Con o sin huracán, aquí no hay servicios básicos, no hay transporte, no tienen luz. Los habitantes se resguardan en albergues religiosos, en escuelas, o se fueron con sus familiares a otras colonias.

Ayuda de lejecitos

A La Libertad hay que llegar a pie, recorriendo cuatro kilómetros. Pero hay que cruzar dos tramos de 150 metros, cada uno inundado; en el primero el nivel de agua alcanza los 90 centímetros y en el otro la altura va de 1.30 hasta los 5 metros. Es la entrada a Cancún por el lado sur, y aquí se ubican los cinturones de miseria, de pobreza, de los abandonados.

Aquí viven familias de migrantes procedentes de los estados de Yucatán, Guerrero, Veracruz, Oaxaca, y hasta hondureños. Las despensas se las dejaron en la entrada, esto es, a casi 4 kilómetros de distancia. Los habitantes tuvieron que ir por ellas caminando, en bicicleta, y además atravesar nadando o caminando con el agua hasta el cuello; para cruzar se agarraban del alambre que improvisaron para guiarse; otros lo hacen en lanchas que les cobran cinco pesos por el recorrido sobre el agua estancada, que tiene una profundidad de hasta 1.40 metros.

El panorama es desolador; también lo es en las otras colonias populares, ésas que ni siquiera aparecen en los mapas, dicen los propios habitantes. Decenas y decenas de casitas, todas de materiales precarios, se encuentran en el suelo, pero suman cientos las derrumbadas por el ciclón Wilma, y podrían sumar miles.

Con la mirada triste, apesadumbrado, Francisco Javier Sánchez Gómez, originario de Guerrero, quien labora en la zona hotelera, dice: "Todo lo perdí. Mis cositas que hice con sacrificio, todas se perdieron. Y la ayuda no ha llegado; apenas hasta hoy nos trajeron una despensa y ya vio... nos la dejaron hasta allá, en la entrada; hay que cruzar dos colonias antes".

En la colonia Avante la situación es similar. Cientos de casitas hechas también de palos, con láminas de cartón, se encuentran en el suelo. Las mujeres y los hombres se organizan; también son migrantes que no tienen empleo fijo; son albañiles, plomeros o mecánicos. Proceden del sureste. Este día las familias sacaron su ropa a secar, sus colchones a orearse y, los que tienen refrigerador y estufa de gas, los sacaron también al sol, porque el agua les llegó por todas partes.

Y es que aunque no tienen luz sí tienen aparatos eléctricos; los conectan en acumuladores y otros, los menos, cuentan con celdas solares. "Aquí nos quieren cobrar 5 mil pesos por cada familia para que haya electrificación, pero no tenemos, apenas vivimos al día. Paradójicamente, en la colonia Avante están los postes que desde hace seis años esperan cables para llevar la luz. No se han colocado porque somos pobres, porque no tenemos para pagar", dicen.

La Jornada

 

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