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Cuba, EE.UU. :: 28/01/2026

¿Es Cuba la siguiente?

Peter Kornbluh
Cuba sigue sin renunciar al tipo de sociedad que están construyendo, aunque parece dispuesta a abordar otros aspectos en las negociaciones con Trump

El domingo 11 de enero, Trump se despertó pensando en Cuba. Antes de que la mayoría del país hubiera tomado siquiera su café matutino, a las 7:23 a. m. comenzó a tuitear amenazas contra el Gobierno cubano. «NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA, CERO», publicó Trump en su cuenta de Truth Social con su énfasis característico. «Les recomiendo encarecidamente que lleguen a un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE», continuó. «Gracias por su atención a este asunto».

Empoderado, envalentonado y sintiéndose claramente con derecho a ello tras el descarado éxito de la «Operación Resolución Absoluta», el secuestro del Presidente Maduro y la diputada Cilia Flores en Caracas, el enfoque de Trump sobre Cuba es completamente predecible. Desde el principio, el cambio de gobierno en Venezuela ha parecido ser un trampolín hacia el cambio de gobierno en Cuba.

No hay duda de que el presidente y su secretario de Estado cubano-estadounidense de línea dura, Marco Rubio, ven a Cuba como el trofeo definitivo de la posguerra fría; el objetivo perfecto para una demostración dramática y simbólica de la nueva «Doctrina Donroe». «El régimen cubano ha sobrevivido a todos los presidentes desde Eisenhower», tuiteó Marc Theissen, aliado conservador de Trump, llamando la atención del presidente. «¿No sería increíble que esa racha terminara con Trump?».

Cuba ha sobrevivido a los últimos 13 presidentes de EEUU y a todos los cientos de actos de agresión que estos han desatado: invasiones paramilitares, intentos de asesinato, un bloqueo económico duradero, entre otras medidas punitivas. Como David contra Goliat, la nación insular se ha enfrentado al coloso del norte durante más de 67 años.«Cuba es una nación libre, independiente y soberana», respondió desafiante el Presidente y líder del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel, a las amenazas de Trump. «Nadie nos dicta lo que tenemos que hacer».

Pero con el descarado ataque a Venezuela, EEUU está intentando reafirmar su hegemonía imperial en todo el hemisferio, y La Habana está claramente en su punto de mira. En medio de la peor crisis económica que ha vivido Cuba debida al bloqueo, el gobierno es ahora más vulnerable que en cualquier otro momento desde la revolución de 1959. Y, a pesar de su dramática historia de rebeldía y supervivencia, Cuba nunca se ha enfrentado a un presidente estadounidense tan peligroso como Trump. Tampoco, por cierto, el resto del mundo.

Los costes para Cuba

Más que cualquier otra nación, Cuba ha sufrido las mayores pérdidas por el secuestro de Maduro en Caracas por parte de EEUU. El éxito de la Operación Resolución Absoluta le puede costar a La Habana su aliado global más cercano, así como los recursos que fluían de esa larga y estrecha alianza. Sin embargo, lo más conmovedor es que el ataque estadounidense ha costado la vida a 32 miembros del personal de seguridad cubano y ha dejado a decenas de heridos por las bombas y balas estadounidenses.

La mayoría, si no todas, las víctimas cubanas eran agentes de seguridad e inteligencia asignados a la protección del jefe de Estado venezolano; fueron abatidos cuando helicópteros de la Fuerza Delta atacaron el complejo fortificado donde vivían Maduro y su esposa. Sus muertes marcan la primera vez desde la invasión estadounidense de Granada en 1983 que cubanos han muerto en combate directo con el ejército estadounidense.

Cuando sus restos fueron repatriados a su patria, las autoridades cubanas recordaron al mundo que sus compañeros caídos eran «un padre, un hijo, un esposo, un hermano». En una inusual declaración pública, el ministro del Interior cubano, general Lázaro Álvarez Casas, afirmó que Cuba sentía un «profundo orgullo» por el sacrificio de sus soldados en defensa de la soberanía de «una nación hermana».

La supuesta pérdida de la soberanía de Venezuela a manos hostiles de Trump --«el presidente interino de Venezuela», como él mismo se ha autoproclamado-- ya está, sin embargo, repercutiendo en la moribunda economía cubana. Hasta el 3 de enero, Venezuela suministraba a Cuba entre 30 000 y 35 000 barriles diarios de petróleo, lo que supone aproximadamente una cuarta parte de las necesidades energéticas totales de Cuba. Cuba pagaba este petróleo con servicios humanos --brigadas médicas, técnicos, medicinas-- en lugar de con dinero en efectivo, del que carece por el bloqueo. De hecho, a pesar de la escasez generalizada de electricidad, Cuba ha revendido habitualmente parte de sus importaciones de petróleo venezolano a China, en un esfuerzo desesperado por obtener capital para importar otros productos básicos, como alimentos y ropa.

Pero ahora que Trump intenta tomar el control de toda la industria petrolera de Venezuela, Cuba empieza a perder su principal suministro de petróleo, aunque fuera mínimo, sin una alternativa clara. Desde el ataque de EEUU, según la agencia de inteligencia marítima Kpler, ningún petrolero ha salido de Venezuela en dirección a Cuba, aunque si los mexicanos.

Como tiburones en el agua, la comunidad de exiliados cubanonorteamericanos derechistas de línea dura y sus políticos de Florida huelen la sangre y presionan a la Casa Blanca para que aplique la Doctrina Donroe contra Cuba. «No se equivoquen, después de nuestro trabajo en Venezuela, ¡Cuba es la siguiente!», declaró la semana pasada el diputado cubanonorteamericano Carlos Giménez. «Va a ser el fin del régimen de Díaz-Canel, del régimen de Castro, va a suceder», proclamó el senador de Florida Rick Scott, cercano al secretario Rubio. «Estamos en proceso de que eso suceda ahora».

Marco Rubio, por supuesto, no necesita que lo convenzan; además de aspirar a ser presidente, acabar con la revolución cubana ha sido la principal prioridad de Rubio durante toda su carrera política. Como secretario de Estado y asesor de seguridad nacional del presidente, tiene en sus manos las principales palancas del poder en materia de política exterior, y Trump le hace caso. «Creo que es una oportunidad única en la vida para el secretario Rubio de intentar acabar por fin con el gobierno comunista de Cuba», declaró a The Nation Tim Rieser, que trabajó incansablemente como asesor de política exterior del exsenador Patrick Leahy para normalizar las relaciones entre EEUU y Cuba. Matthew Kroenig, exasesor del Senado de Rubio y asesor político cuando se presentó a la presidencia, comparte esa opinión. «Cuba puede ser la siguiente», afirmó en FP Live, el podcast de Foreign Policy. «Creo que hay un interés por llevar el modelo venezolano a La Habana».

El modelo venezolano: imperialismo por control remoto

¿Cómo se aplicaría el «modelo venezolano» a Cuba? Sería difícil (pero ciertamente no imposible) que la Fuerza Delta irrumpiera en La Habana y secuestrara a todo el Politburó del Partido Comunista Cubano. El país tampoco cuenta con vastos recursos naturales, como el petróleo venezolano, que EEUU pueda intentar apropiarse para tomar el control del futuro económico de Cuba. ¿Y sobre qué base lo harían?

Si Trump ha demostrado algo, es que puede inventar sin pudor justificaciones para sus caprichosos impulsos imperiales. Hace exactamente un año, el primer día de su regreso a la Casa Blanca, Trump designó falsamente a Cuba como «patrocinadora» del terrorismo internacional, sin una pizca de evidencia que respaldara esa afirmación. Incluir a Cuba en la lista oficial del Departamento de Estado de «Estados patrocinadores del terrorismo» --junto con Corea del Norte, Irán y Siria, esta última la única que merece tal calificativo-- ha permitido al Gobierno imponer nuevas sanciones financieras debilitantes a la isla. Pero también ofrece una justificación de relaciones públicas ya preparada para intensificar las operaciones contra el Gobierno cubano liderado por el Partido Comunista y ampliamente apoyado por su pueblo.

Además, EEUU tiene una larga historia, anterior a la revolución, de tratar a Cuba como un protectorado en lugar de como un Estado soberano. Tras la guerra de independencia de Cuba a principios del siglo XX, los cubanos se vieron obligados a cambiar una potencia colonial --España-- por una potencia neocolonial emergente mucho más cercana. Los marines estadounidenses ocuparon el país y, bajo coacción militar, las autoridades cubanas se vieron obligadas a firmar el tratado de la «Enmienda Platt», que otorgaba a EEUU «el derecho a intervenir para preservar la independencia de Cuba [y] mantener un gobierno adecuado para la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual». Durante décadas, el dominio estadounidense de prácticamente todos los aspectos de la sociedad cubana fomentó el resentimiento generalizado y el fervor nacionalista que finalmente harían posible la revolución liderada por Castro.

Hasta ahora, en Caracas, el «modelo venezolano» de EEUU ha sido una mezcla de acciones militares cruentas, cuarentenas navales y amenazas abiertas y exigencias de capitulación, una forma de intervención a distancia que Trump y Rubio están utilizando para manipular al gobierno venezolano y que este cumpla las órdenes de Washington desde lejos. Esta «diplomacia coercitiva» a distancia refleja las dolorosas y costosas lecciones aprendidas de la experiencia estadounidense en Irak: la regla de Pottery Barn de «si lo rompes, lo pagas».

Como magnate inmobiliario, Trump quiere ser propietario de inmuebles, o al menos poder ponerles su nombre y fingir que son suyos. Pero como líder del movimiento MAGA «America First» (EEUU primero), no quiere destruirlos y luego pagar un precio elevado en vidas y recursos estadounidenses desperdiciados para reconstruirlos, sobre todo si puede alcanzar sus objetivos con grandilocuencia, bloqueos y algunas bombas selectivas.

Trump ha insinuado en repetidas ocasiones que Cuba se derrumbará por sí sola, sobre todo ahora que EEUU está recortando su principal suministro de petróleo. «Cuba va a caer por su propia voluntad», dijo a los periodistas que le preguntaron si Cuba era la siguiente. «Cuba está lista para caer», ha declarado más de una vez.

Pero incluso el equipo de Trump, partidario del cambio de gobierno, parece comprender que el escenario de «Estado fallido» en Cuba y lo que la CIA ha denominado «inestabilidad que amenaza al régimen» constituyen las verdaderas amenazas para la seguridad nacional de EEUU. Durante la anterior crisis económica que sufrió Cuba tras el colapso de la Unión Soviética, la CIA redactó un informe secreto de la Agencia Nacional de Inteligencia (NIE) que fácilmente podría haberse escrito hoy. «El impacto en la población ya ha sido devastador», informaba el NIE en agosto de 1993, citando la escasez de productos básicos y los apagones de electricidad de 10 a 16 horas al día en todo el país. «La escasez de alimentos y los problemas de distribución han provocado malnutrición y enfermedades, y las dificultades para subsistir se intensificarán».

La llegada de una «grave inestabilidad en Cuba [tendría] un impacto inmediato en EEUU», concluyó la comunidad de inteligencia, citando una afluencia masiva de migración incontrolada, la agitación de la comunidad de exiliados de Miami y el aumento de las «presiones para una intervención militar estadounidense o internacional», todas ellas posibilidades críticas en la situación actual. Sobre todo con un Ejército cubano infinitamente más poderosos que el venezolano.

Hay indicios claros de que la administración Trump desea evitar este peor escenario posible. «No nos interesa una Cuba desestabilizada», declaró el secretario Rubio a los ejecutivos petroleros que Trump reunió en la Casa Blanca el 9 de enero. La semana pasada, Rubio autorizó una cantidad simbólica de ayuda humanitaria para la zona oriental de Cuba devastada por el huracán, una medida destinada a ganarse el favor del pueblo cubano. Y el secretario de Energía, Chris Wright, reveló inesperadamente que EEUU no impediría el envío de petróleo que México sigue enviando a Cuba, y declaró a CBS News que Trump no está tratando de provocar el colapso de Cuba bloqueando todos los suministros de petróleo, sino que simplemente busca que Cuba «abandone su sistema comunista».

¿Un acuerdo entre EEUU y Cuba?

Desde la revolución de 1959, las relaciones entre EEUU y Cuba han estado dominadas por infames actos de agresión norteamericanos: la Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta, los complots de asesinato de la CIA, el embargo comercial. Pero la historia también está repleta de episodios menos conocidos de diálogo secreto para resolver crisis, abordar intereses mutuos e incluso intentar normalizar las relaciones. La historia del diálogo entre Cuba y EEUU desde 1959 demuestra que no solo es posible sustituir la hostilidad estéril por la reconciliación, sino que es preferible para los intereses nacionales e internacionales de ambas naciones. Este hecho es especialmente relevante hoy en día.

En el pasado, las delicadas conversaciones entre Washington y La Habana contaron con el apoyo de interlocutores internacionales. Las negociaciones entre Obama y Raúl Castro, por ejemplo, contaron con la ayuda de Canadá, México y el Vaticano. Y la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, que habla directamente con Trump, ha ofrecido recientemente sus buenos oficios como intermediaria entre La Habana y Washington. Trump ha exigido a Cuba que «llegue a un acuerdo», por lo que, de alguna manera, en algún lugar, está presentando sus condiciones coercitivas para un acuerdo.

Las exigencias imperiales de Trump para ese acuerdo serían onerosas para los dirigentes cubanos: capitulad ante el control de EEUU o bombardearemos vuestra sede, pondremos en cuarentena vuestros puertos, cortaremos todo vuestro petróleo y mataremos de hambre a vuestro pueblo. Pero dado que la democracia no parece ser una prioridad para Trump, y que la administración desea evitar los peligros de una «inestabilidad que amenace al régimen», los líderes cubanos podrían encontrar un margen para la negociación.

Durante las primeras conversaciones secretas entre Washington y La Habana tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos, el Che Guevara le dijo al asesor de la Casa Blanca Richard Goodwin que Cuba «no podía discutir ninguna fórmula que significara renunciar al tipo de sociedad que estaban construyendo». Pero Cuba estaba dispuesta a discutir prácticamente cualquier otra preocupación de EEUU, incluida la indemnización por las propiedades expropiadas y su política exterior en América Latina.

Y Cuba sigue sin renunciar al tipo de sociedad que están construyendo, aunque pareciendo dispuesta a abordar otras preocupaciones (como la cercanía con China y Rusia), si se puede encontrar una fórmula para las conversaciones diplomáticas en la que Trump no se limite a exigir al Gobierno cubano que «se arrodille» y jure lealtad al rey del continente. «Cuba no tiene que hacer ninguna concesión política, y eso nunca estará sobre la mesa de negociaciones», dijo Díaz-Canel a miles de cubanos reunidos frente a la embajada estadounidense para protestar por la agresón de EEUU A Venezuela.

«Siempre estaremos abiertos al diálogo y a mejorar las relaciones entre nuestros dos países, pero solo en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo». En el mundo megalómano de Trump, los conceptos de igualdad y «respeto mutuo» no existen. Pero el diálogo entre Washington y La Habana sigue siendo posible --y preferible-- para promover los mejores intereses de ambos países.

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