lahaine.org

compartir

                          

Dirección corta: https://lahaine.org/cQ4a

convertir a:
Convertir a ePub  ePub        Convertir a pdf  pdf

  tamaño texto

  enviar          imprimir


traductor

26/02/2011 :: Asia

Estambul. El tiempo detenido y el tiempo en movimiento

x Miguel Urbano Rodrigues
En las grandes mezquitas vi pocos fieles, y los llamados a la oración son ignorados por las multitudes en las calles de la inmensa ciudad

Volver a Estambul casi sesenta años después de haber allí pasado tres días en una visita superficial fue para mí, en la transición del año, una experiencia inédita.

En permanente choque de emociones, caminando por las veredas de la memoria, intentaba a cada momento ajustar ideas, sensaciones, imágenes en una yuxtaposición difícil del pasado y el presente.

Imaginación y reflexión chocaban en la contemplación de uno de los escenarios más bellos del mundo, transformado por el hombre a lo largo de 25 siglos. Respondía con dificultad a preguntas de mi compañera que aún no nacía cuando descubrí Estambul. Vacilaba en el trazado de la frontera entre lo que me tocaba casi con intimidad y lo que cambio o era nuevo, desconocido.

En la vieja Estambul, comprimida entre el Cuerno de Oro, el Bósforo y el Mar de Mármara, el reencuentro con la ciudad y el tiempo fue extraño, inesperado.

La intimidad era al final, ilusoria. El sitio del Hipódromo bizantino era el mismo. Santa Sofía y la Mezquita de Sultanhamet aparecían recortadas en el cielo azul, como yo las recordaba. El Topkapi Saray exhibía, como antes, la fachada inusual que oculta los esplendores del palacio donde vivian los sultanes otomanos con su harem. Sobre las murallas agujereadas de la antigua Constantinopla, levantadas por el emperador bizantino Teodosio, volaban cuervos y aves marinas.

Corriendo la vista por los sillares milenarios, ennegrecidos por los años, todo aquello me pareció estático, inmóvil en el tiempo.

Más, a medida que transcurrían las horas, revisitando Estambul antigua, comprendí que, aunque las piedras, los mármoles, los palacios, las mezquitas, las iglesias permaneciesen inmutables, me surgían como obras humanas desconocidas. Lo otro, en la mudanza, era mucho más yo que la ciudad. El joven que desembarcó en verano del 53 en Estambul y se sintió deslumbrado al andar por las calles y plazas que revivía ahora no podía comprender aquello.

Percibí que fue una decisión acertada no releer los textos que entonces escribí sobre Estambul en el periódico donde trabajaba. Porque ciertamente expresaron la visión horizontal de una realidad que yo no estaba preparado para comprender, proyectándolo en la profundidad del tiempo.

Recuerdo que hace más de medio siglo, los turcos me parecieron diferentes de los que esperaba. Con sorpresa registré que la mayoría no tenia facciones orientales, no difiriendo mucho de los griegos en el aspecto. ¿Por qué? No me preguntaba entonces donde habían llegado los antepasados de aquella gente, cuál era su mundividencia, como se vestían, lo que comían. No había olvidado que las grandes mezquitas imperiales y los museos me fascinaron, pero no me esclarecieron, no abrieron las puertas para atravesar las murallas de los siglos rumbo a los orígenes de las personas con quienes me cruzaba, sujeto y objeto de la Turquía en marcha para un futuro imprevisible.

Estambul tenía menos de un millón de habitantes cuando lo conocí. La población de la ciudad que reencontré a final de Diciembre rebasa ya los 15 millones. Pero no fue la prodigiosa multiplicación de los moradores lo que me hizo tomar conciencia de que estaba volviendo a una metrópoli desconocida.

La historia factual que yo aprendiera, en la juventud, además mal, los nombres de las batallas y de los sultanes, las informaciones sobre los estilos y las fechas de los monumentos, el panorama del Bósforo no contenían las respuestas sin las cuales no me era posible comenzar a entender Estambul y los que allí viven.

La Melancolía Turca

Huzun es una palabra turca derivada del árabe, intraducible en portugués. Expresa una actitud que difiere de la tristeza. Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura, en su libro “Estambul- Memorias de una Ciudad”, define el huzun como algo próximo de la melancolía, un suave dolor espiritual nacido de un sentimiento de pérdida.

Para facilitar la comprensión del intenso sentimiento del huzun que Estambul despertó en él desde la infancia afirma que “es necesario conocer la Historia y las consecuencias del desmoronamiento del Imperio Otomano (…) y la manera como esa Historia se refleja en los bellos paisajes y en los habitantes de la ciudad”.

Pamuk no es un melancólico. Intelectual de formación occidental, ateo, hijo de padres ricos, tiene los pies bien fijados en el siglo XXI. Eso no le impide afirmar repetidamente que no sería capaz de vivir lejos de Estambul, la ciudad donde nació y que ama con lucida pasión.

El huzun, es compartido por las elites de Turquía contemporánea. La gran mayoría se asume como europea y para ella la ruptura con el pasado es definitiva. Pero el juicio crítico sobre una Historia tormentosa es cada vez más compatible con el sentimiento contradictorio de que –las palabras son de Pamuk- “el presente es incomparablemente más deslustrado de lo que el pasado”.

El turco culto admira a Ataturk y es consciente que sin la revolución que occidentalizó al país, Turquía, destrozada, tal vez hubiese dejado de existir como Estado soberano. Pero, en Estambul, la vida cotidiana, en un escenario sembrado de monumentos maravillosos, no permite olvidar que los antepasados crearon una gran cultura, herencia de la fusión de civilizaciones diferentes y hostiles.

El laicismo ha hecho raíces muy profundas sobretodo en el ejército. Pero en el gobierno está hoy un partido que estimula el renacimiento de un sentimiento religioso que, lejos de la Turquía rural, era poco identificable. En las grandes mezquitas vi pocos fieles, y los llamados a la oración, lanzados por los muezzin, son ignorados por las multitudes en las calles de la inmensa ciudad. Pero el “orgullo turco” vuelve a ser una realidad en la nueva generación. Es significativo que la popularidad del Primer Ministro Erdogan haya aumentado mucho después de la actitud de firmeza asumida frente a los crímenes del sionismo neofascista, marcadamente el ataque pirata a la Flotilla de la Libertad.

Santa Sofía

Al concebir la construcción de Santa Sofía, el emperador Justiniano afirmó que ella sería para siempre la mayor iglesia del mundo. En su nave caben dos catedrales como la Notre Dame de Paris. Pero no es la dimensión de grandeza lo que en ella más cautiva al visitante del siglo XXI.

No conozco templo parecido. Al correr la vista por su deslumbrante cúpula me pregunté por qué capricho el pueblo le deformó el nombre porque la Basílica fue consagrada a la Divina sabiduría y no a Santa Sofía.

Luego al entrar sentí que el tiempo se acortaba. Las últimas restauraciones aproximan al visitante a la época de su construcción. Los frescos que habían sido cubiertos por el ladrillo cuando fue transformada en mezquita hace casi 600 años resplandecen ahora, irradiando mensajes sufridos de los cristianos orientales del siglo VI.

La modernidad de santa Sofía perturba. Constantinopla fue creada por Roma, pero la ruptura con la matriz habrá sido casi inmediata. Los arquitectos, los pintores, los teólogos bizantinos se distanciaron en tiempo brevísimo de la mentalidad y estilo imperantes en Roma.

La Basílica de Justiniano transpira alegría, todo en ella busca aproximar a la idea de dios, como lo imaginaban los cristianos primitivos. En las austeras catedrales góticas la dureza ascética aplasta al hombre, le apunta el camino del sufrimiento, porque la vida sería un valle de lágrimas y la recompensa, para los buenos, solamente llegara después de la muerte.

Las Mezquitas Imperiales

Las mezquitas imperiales de Estambul son aulas de historia del arte. Los árabes, al irrumpir en cabalgata en la Siria helenizada, asimilaron en la primera ola a la cultura griega. Casi simultáneamente, atravesando el Éufrates, descubrieron los esplendores de la Persia Sasánida. La arquitectura árabe del siglo VII nació naturalmente como síntesis de las culturas de dos grandes imperios orientales de la Edad Media, el Bizantino y el Persa.

Los Seljucidas, islamizados en Irán, construyeron allí grandes mezquitas y transmitieron a los Otomanos el gusto por la arquitectura religiosa. Para Mehmet II, Santa Sofía configuró un desafío. El templo, de prestigio mundial, inspiró a los turcos que aspiraban al dominio del mundo. El conquistador de Constantinopla decidió erguir mezquitas que quedasen para la posterioridad, en grandeza y refinamiento, a la altura de la Basílica de Justiniano. Y alcanzó el objetivo.

Las mezquitas imperiales, sobretodo la Suleimanieh y la Sultán Ahmed, hoy patrimonio de la humanidad, son creaciones del genio humano que trascienden a la opción religiosa de sus constructores. No transmiten solo una idea de la relación del hombre con el Dios ideado por el Profeta del Islam. En la atmosfera, en el mármol y en la piedra de las bóvedas, de las columnas, de los capiteles, en los grandes silencios de sus naves, sucesivas generaciones de musulmanes, cristianos, budistas, hinduistas, judíos continúan conmoviendose, tocados por la fuerza creadora, la finura, la originalidad, la imaginación de los artistas de vanguardia de una civilización hoy muerta.

Tenía sentido en la juventud, sin yo entenderlo, el sortilegio de la Suleimanieh. Al revisitarla en la vejez volví a ser envuelto por la magia de la mezquita, opera-prima del arquitecto Sinan. Una emoción diferente, pero no menos intensa de la que me invadió en Santa Sofía, desacralizada por Ataturk y transformada en museo. Escribir sobre ambas me inhibe, por la incapacidad de expresar lo que en ellas hay de invisible.

La mezquita azul, la Sultán Ahmet, me surge menos distante de las cosas humanas. Las cúpulas se sobreponen a las bóvedas ojivales sustentadas por las columnas. Las paredes laterales y la cúpula central ofuscan cuando las contemplamos. Los 20 000 azulejos azules que las cubren, los ornamentos florales y las inscripciones coránicas irradian una suave tempestad de belleza. Teophile Gautier, Flaubert, Pierre Loti, Gide y otros europeos escribieron en épocas diferentes sobre las grandes mezquitas imperiales. Más es preciso entrar en ellas para escuchar sus mensajes.

El Palacio Topkapi

El Palacio de los Emperadores Bizantinos estaba abandonado y en ruinas cuando Mehmet II conquisto la ciudad. El sultán mandó construir su palacio en lo alto de una colina donde se domina el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara.

El Topkapi, como arquitectura, no vale nada. Cinco kilómetros de antiguas murallas cercan un parque de 7 hectáreas. Un conjunto de edificios inusuales construidos a medida que el harem del sultán crecía encierra patios que dan acceso a pabellones concebidos para fines muy diferentes,

El interior de la mayoría de esas construcciones contrasta con la fealdad de las fachadas. Con raras excepciones, es deslumbrante. El corazón del Imperio pulsó allí hasta el siglo XIX.

El Topkapi era simultáneamente sede del Gobierno, residencia del soberano y de los príncipes imperiales y el inaccesible laberinto de edificios del harem donde Vivian las mujeres legitimas del sultán, sus favoritas y concubinas, centenas de personas, incluyendo los eunucos que vigilaban e impedían el acceso al serrallo.

Allí se tejerán conspiraciones e intrigas que desembocaran con frecuencia en asesinatos de sultanes, de príncipes, visires y altos funcionarios del Consejo Imperial.

Recorrer el Topkapi es pasear por la Historia del mundo otomano, acompañar la metamorfosis de las tribus turcas en potencia mundial, el apogeo de una cultura y su decadencia.

La serie de salas del Tesoro fascina a los turistas. Cuando las visité se congregaba ahí gente de los cuatro puntos del planeta. Japoneses, chinos, norteamericanos llamaban la atención por el asombro que evidenciaban sus rostros. La mayoría se sentía confrontada con una realidad inimaginable. Ignorantes, con pocas excepciones, del pasado de los turcos, reaccionaban con espanto a lo que contemplaban.

No me sorprendieron. En las salas del Tesoro del Topkapi se acumulan piezas de un valor incalculable. Ciertamente millares de millones de euros. Solamente en Teherán, en el museo que exhibe los tronos, las joyas, las coronas de muchas dinastías persas, vi algo parecido.

El oro, los diamantes, las esmeraldas, los rubís, las perlas, las armaduras, los alfanjes y yelmos incrustados de piedras preciosas, los mantos y túnicas de los sultanes, las tapicerías imperiales hieren la vista. La procedencia de esos objetos es esclarecedora del fenómeno Otomano. Unos fueron producidos en el país por artistas turcos; otros recuerdan saqueos de los ejércitos imperiales en Asia, en Europa, en África; muchos fueron ofrecidos al Sultán-Califa por reyes del Occidente y del Oriente, de China, Francia, Inglaterra, de Persia y Rusia.

Caminando por el Topkapi se acompaña la cabalgata agresiva de los Otomanos por tres continentes. En el laberinto del harem la decoración mural de los aposentos de las sultanas y de las princesas y el mobiliario impresionan por la finura, riqueza e imaginación.

En el recinto amurallado del Topkapi, un Museo Arqueológico mal conocido difiere de los grandes museos de Europa porque el relleno no es constituido por obras de arte traídas de países extranjeros donde fueron creadas. En el espacio del Imperio Otomano florecieron desde la antigüedad civilizaciones que marcaron la evolución de la Humanidad. En el Asia Menor –para citar un ejemplo- las ruinas de las ciudades griegas y helenísticas, de Éfeso a Pérgamo, representan, un patrimonio cultural tan valioso o más que el de la propia Grecia. Y ese acervo está presente en el museo de Estambul en millares de obras de arte producidas a lo largo de siglos por el genio helenico; Vinieron de lugares distantes del Imperio, de Babilonia, de ruinas de ciudades antiguas de Asiria, de Egipto, de Persia, de Arabia, de las Planicies del Danubio y, obviamente, de Asia Menor. Son estatuas de bronce y de mármol, bustos de emperadores, trabajos escultóricos representando divinidades de múltiples religiones, objetos que iluminan la vida cotidiana de pueblos de regiones remotas.

Esculpida en caracteres cuneiformes sobre una piedra amarillenta, vi en un escaparate el original del Tratado de Kadesh, de paz perpetua, signado entre el faraón egipcio Ramsés II el rey Hattusili, de los Hititas, una civilización enigmática que introdujo el hierro en las espadas y se apagó en circunstancias obscuras.

La colección de sarcófagos incluye uno, bellísimo, de mármol blanco. Una leyenda informa que es de Alejandro. Es tal vez la pieza del museo que más atrae la atención. Fue traído de Sidón, en Líbano, pero el interés que despierta es engañador. Dice que fue construido para un rey fenicio. La momia de Alejandro no se encuentra allí. Hasta hoy persiste el misterio sobre el sitio donde fue sepultado el gran macedonio.

No podían faltar en el maravilloso museo piedras traídas de las excavaciones de Troya. En una sala aparece un enorme caballo de madera inspirado en aquel que, según la leyenda, habría permitido la conquista de la mítica ciudad de Héctor, inmortalizada por la Ilíada.

Desciendo a Istiklal

Los rascacielos de Estambul aparecieron tardíamente cuando la ciudad creció de manera explosiva con la llegada masiva de poblaciones de Anatólia.

Los barrios donde surgieron esos edificios quedan muy lejos del centro. La vida de la ciudad “moderna” que hizo la transición del siglo XIX para el XX permanece concentrada en el altiplano de Beyoglu, en las calles que parten de la Plaza Taksim. El esfuerzo de europeización se acentúó en 1843 cuando el sultán Abdulmecit I mando a construir el palacio de Dolmabahce a la orilla del Bósforo, abandonando el Topkapi.

La gran avenida de Pera señaló una ruptura con la tradición oriental. Volví a descenderla hace días, lentamente, demorando la vista en las fachadas de los grandes edificios construidos para las embajadas. Fue la gran arteria de la modernidad donde surgieron teatros, liceos, establecimientos de lujo, restaurantes, cafés, mezquitas y hasta una iglesia.

Con la República cambió de nombre y pasó a llamarse Istiklal. Surgieron cinemas, centros comerciales, librerías, bancos, casas de cambio. A cualquier hora del día, la multitud que por ella circula es densa, parece siempre apresurada. La modernidad no la favorece. La Istiklal difiere poco de las avenidas comerciales de las grandes ciudades de la Europa occidental. El ritmo de vida, el paisaje físico y humano están en las antípodas de la vieja Estambul, separada de Beyoglu por las aguas del Cuerno de oro. El tren eléctrico da nostalgia, pieza de museo cargada de turistas, me pareció como un puente fantasmal entre el pasado y el presente.

De Istiklal seguí por calles abruptas para Gálata, el antiguo barrio de los venecianos y genoveses. Recorridas unas centenas de metros, todo, los sonidos, los colores, el hormigueo humano, la vieja torres de estilo italiano, me empujópara otra Estambul y otra cultura.

El Bósforo

El Bósforo es para poetas, novelistas y pintores turcos el alma de Estambul. Igualmente para los que no creen en dios, tal vez la mayoría. Para los intelectuales turcos hay una relación intima entre la ciudad y el sinuoso y turbulento brazo del mar que separa Europa de Asia.

El Bósforo, más que una masa liquida recorrida por corrientes invisibles les aparece como un ser vivo, casi pensante. El color del agua, del verde al azul y al ceniza, la luz, la transparencia del aire, todo allí se presenta en permanente mutación.

Recorrí durante dos horas, en una mañana luminosa de Enero, veinte de sus treinta kilómetros rumbo al mar Negro. Viajaba en uno de los ferries a los que los viejos estambulenses llaman aún vapurs y sentí el hechizo del Estrecho, escenario de incontables batallas desde que los pueblos ribereños comenzaron a construir toscos barcos.

Los incendios destruyeron en las últimas décadas decenas de residencias de verano construidas en el siglo XIX en los dos márgenes, los yoles de las grandes familias, lujosos palacetes. Pero los que sobrevivieron al fuego y a la ofensiva de las empresas inmobiliarias abren ventanas para la vida de lujo y ociosidad de la clase dominante de la época en que el imperio agonizaba. El Bósforo, serpenteado entre cabos rocosos, golfos y bahías que amoldan las pequeñas playas, cambia de rostros al separarse de Estambul. Algunos yoles, transformados en restaurantes y clubes, surgen incrustados en bosques tan densos que la luz no penetra en el arbolado.

No había puentes en el Bósforo cuando conocí Estambul. Bajo las actuales, la corriente de tráfico marítimo es permanente. Solamente en Uskudar, en la margen asiática, antes burgo suburbano, viven ahora más de 300 000 turcos.

Cuando mi ferry pasó bajo uno de los puentess, elevée los ojos para el tablero donde llegaba el ruidoso concierto de motores y tuve la sensación que había transcurrido más de un siglo desde el día lejano en que descubrí el encanto del Bósforo desde las terrazas del Palacio Topkapi.

Las Murallas de Constantinopla

Más de 120 emperadores, de Roma, Bizancio y del mundo Otomano ejercieron un poder absoluto sobre la ciudad que se llama hoy Estambul. No hay precedente con algo comparable en la Historia.

Es comprensible que la herencia visible de lo que en 25 siglos fue en la gran capital construido, reformado, saqueado, olvidado por pueblos de culturas muy diferentes sea tal vez única por la riqueza y heterogeneidad. En la malla urbana de la ciudad y en sus habitantes la turquización emprendida por Ataturk actuó como un terremoto sobre Estambul, cambiándole la fisonomía. Pero la creación de nuevos barrios, la ruptura con la arquitectura tradicional, la occidentalización de las costumbres, del vestuario y del alfabeto no podían mágicamente eliminar en dos o tres generaciones actitudes y hábitos, el quehacer diario de la totalidad de la población. Estambul no es la Anatólia rural, pero los estambulenses pertenecían y pertenecen a diferentes clases sociales.

En las calles de la ciudad el antiguo velo casi desapareció. Pero, para tomar conciencia de la tenue frontera entre el Oriente y el Occidente en amplios sectores de la población, es suficiente visitar el Bazar de las Especies, restaurantes populares o pasear por el Gran Bazar. Éste con más de 60 calles y más de 4000 tiendas, un edificio de techos abovedados, y el mayor, y más fascinante mercado del mundo, una ciudad oriental que sobrevive, resistiendo, a Estambul occidentalizada.

La modernización coexiste allí con el pasado, la pacotilla con piezas de un artesanado refinado, el vendedor del siglo XXI con el comerciante poliglota y culto que gusta de discutir el precio de una joya o un tapete entre dos tazas de té.

En Estambul, ciudad en que la densidad de monumentos sorprende a visitantes de toda Europa, antiguos palacios en ruinas, los konak otomanos, y muros derruidos erguidos hace muchos siglos surgen inesperadamente al lado de edificios recientes.

Pero son las Murallas bizantinas las que, para mi, más que Santa Sofía o las Mezquitas Imperiales, transmiten, silenciosas, el mensaje del tiempo inmóvil. Para acompañar el lento viaje de la ciudad por el tiempo en movimiento no basta escuchar en un autobús de turismo el discurso del guía que informa como aquellas Murallas han sido construidas por el Emperador Teodosio en el siglo V de Nuestra Era.

Es necesario recorrer a pie los siete kilómetros del anillo interior de la fortaleza que protegía a la ciudad de ataques venidos del Continente. De las decenas de torres iniciales algunas fueron restauradas, lo que permite imaginar la antigua imponencia del alto paredón de piedra y ladrillo. Pero el panorama que las Murallas ofrecerán hoy al viajero es el de una grandiosa ruina que estimula la imaginación.

Durante un milenio resistieron a todos los pueblos que intentaran conquistar la ciudad. Ganaran fama de inexpugnables. Fracasaran allí los asaltos de tribus de los llamados barbaros de muchas procedencias, de árabes,seljucidas y búlgaros; cederán, finalmente, frente a la embestida Otomana.

Para mí, aquellas Murallas son un símbolo de múltiples significados. Latinos y griegos veian en Constantinopla la Nueva Roma. Pero el nombre, artificial, no podía definir una urbe puente entre dos Continentes. Estambul creció, rompiendo las fronteras del tiempo como ciudad hija de muchos pueblos y culturas, anunciando a la humanidad mestiza de mañana.

Serpa, Enero de 2011

Traducción: Jazmín Padilla

El original portugues de este articulo fue publicado por www.odiario.info

compartir

                          

Dirección corta: https://lahaine.org/cQ4a

 

Contactar con La Haine

Envíanos tus convocatorias y actividades!

 

La Haine - Proyecto de desobediencia informativa, acción directa y revolución social

::  [ Acerca de La Haine ]    [ Nota legal ]    Creative Commons License    [ Clave pública PGP ] ::

Principal