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26/03/2019 :: Cuba, Mundo, Pensamiento

Gramsci: ¿civilidad versus subversión?

x María del Pilar Díaz Castañón
La vitalidad del proyecto de subversión social radica en seguir subvirtiéndose, y, sobre todo, en propiciar la subversión de la civilidad

Ponencia presentada en el Coloquio internacional sobre Antonio Gramsci. Centro Juan Marinello, La Habana, 18-21 de febrero de 1997.

El uso recurrente y disímil del legado de Antonio Gramsci podría ser un ejemplo clásico de reclamo ambivalente por tirios y troyanos, con iguales pretensiones de validez y legitimación. Los conceptos de bloque histórico, hegemonía, subversión social -por solo mencionar los más divulgados- han sido objeto de amplias reflexiones, tanto teóricas como políticas, entre las que se halla también por supuesto la tendencia de recuperar el verdadero pensamiento gramsciano, para, como siempre, emplearlo en la validación de prácticas coyunturales bien concretas.

En Cuba también tuvimos la moda Gramsci, como apunté en otra ocasión(1). Reitero aquí mi filiación a quienes pretenden explorar las lúcidas indicaciones del filósofo italiano sin propósitos canónicos, i.e., buscando la vitalidad que para los imperativos actuales tienen las sugerencias de un pensador genial que vivió una época bien distinta de la nuestra.

Y un imperativo teórico y bien práctico para la Cuba de hoy es la constante exigencia foránea y a veces tímidamente interna de rediseño de la sociedad civil. I.e., Cuba debería ponerse a tono con los cambios democráticos y neoliberales en boga, y propiciar para ello mayores espacios de participación social.

Claro que en este país ninguna exigencia foránea ha funcionado nunca,

salvo para desatar un anti o respuesta visceralmente contraria. Pero más allá de las condiciones que algunos quieren imponer en pro de una problemática supervivencia del país, la cuestión subsiste. Pues los recientes e inevitables (pero impuestos por la coyuntura) cambios ocurridos en la sociedad cubana han provocado no sólo movilidad social, sino también el examen de sus motivos y características. De ahí que la reflexión en torno a la sociedad civil sea últimamente tan recurrente en nuestro ámbito.

Su urgencia se expresa usualmente en el reclamo de nuevos espacios que concedan al sujeto mayor participación social, lo cual sólo permite inferir que los existentes no cumplen su función o son insuficientes. Se asume así la necesidad de un rediseño de la sociedad civil, y por tanto su existencia como topos del cambio. Pero se le adjudican rasgos y sobre todo historia ajenas.

Desde luego, interrogarse acerca de la existencia de la sociedad civil en Cuba es labor tan estéril como mensurar la materia estelar.

Pero sí sería útil recordar que no se trata de la sociedad civil en abstracto, suponiendo que exista, sino de sus características y devenir posible en Cuba. Quizá esa sea una de las razones de la incomunicación al discutir el tema:

se trata del mismo signo con otro significado aquí bien distinto.

La paradoja es que salvo núcleos intelectuales -y este es un país muy culto- el común de los mortales no piensa -ni puede- en la civilidad y menos en términos de sociedad civil. Si se interroga a la población del país, me temo que la respuesta mayoritaria será no tanto en pro de espacios participativos -salvo entre los intelectuales, por supuesto, eterna conciencia a veces crítica de la época- sino en favor de la redistribución de la riqueza social cuya polarización en manos de los nuevos ricos afecta al común de los mortales que se acostumbró a contar como propias con las subvenciones del Estado.

Este problema, y la desigualdad social que genera en la móvil sociedad cubana actual, ha sido reconocido como inevitable y temporal en reiteradas ocasiones por la dirigencia cubana. Ello no obsta para que el sujeto se sienta víctima de fuerzas que lo desbordan y escapan a su control. Solo que en términos un poco distintos de los que usualmente se emplean para explicarlo. Y ello no es nada raro:

Cuba siempre ha sido un país especular, que proyecta una refracción que entorpece su comprensión aún para los observadores bien intencionados (2).

Resulta lógico que el clamor social brote directamente del espacio que más afectaciones tiene: durante más de tres décadas, el cubano se ha habituado a considerar al mercado inexistente, y al igualitarismo instaurado por el cambio revolucionario no como resultado de un proceso, sino como derecho inalienable propiciado por él. De modo que un análisis del asunto debe a mi juicio abordar la relación sociedad política – sociedad civil, o lo que es aquí lo mismo, la ejecución del proyecto de subversión social cubano y sus consecuencias.

Antonio Gramsci insistía en que la realización del proyecto debía suponer la transformación del sujeto social antes, durante y después de la toma del poder político.

Del mismo modo, insistía en el papel que el intelectual orgánico debía desempeñar no sólo en la transformación del sujeto, sino en la propia. Exploremos la cuestión.

La joven revolución (3) que triunfa en enero de 1959 realizó con singular maestría la transformación del sujeto antes, durante y después de la toma del poder. Desde la Sierra, lo mismo se celebraba el primer conato de reforma agraria que se transmitían nuevos valores por Radio Rebelde. Y desde luego, el programa del Moncada había creado esperanzas que no podían ser defraudadas. Pero la transformación real, como es lógico, sólo pudo realizarse una vez derrocado el dictador.

Y entonces se hizo por todos los medios. Si en enero del 59 las insatisfechas expectativas de la nación se proyectan como tareas de inmediata ejecución revolucionaria (4), la lógica polarización no atenta contra el establecimiento de la identidad Revolución = nación; antes bien, la refuerza. La dinámica del proceso captura al sujeto de modo tal que ya en marzo del 60 (La Coubre) revolución y defensa de la soberanía son sinónimos.

Las leyes revolucionarias hacen de cada cubano un propietario, según la prensa de la época (5).

Pero en la realización de este proceso mucho más cambia: se impone el estereotipo del joven rebelde, heroico, austero y verdeolivo, que introducirá un canon en la moda del país; el lenguaje se hace más directo y sencillo, imponiéndose el término compañero como modo usual de comunicación -de la que por supuesto están excluidos los contras, que también se definen en esta época- el típico humor cubano, empleado desde el inicio como recurso de crítica u opinión (6), se hace más serio y politizado, y ya no permite bromas que puedan interpretarse como contrarrevolución (7); las fiestas tradicionales cambian, realizándose ahora en función de los nuevos valores que el proceso impone (8). Los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, mantienen a la población informada de todos los detalles del devenir revolucionario, cambiando además sustancialmente su programación en función de ello.

Y, desde luego, surgen muchas organizaciones. Resulta curioso que los propios cubanos no recuerden ya la pléyade de asociaciones que surgieron en la época, en la que

revolucionario no era un adjetivo, sino una definición de soberanía y cubanidad.

La necesaria distinción con el pasado motiva además la coexistencia con las antiguas, como es el caso del Partido Médico de la Revolución, los Músicos Revolucionarios, el Buró de Empleos Revolucionarios, e incluso la Junta Revolucionaria de Optometristas.

Pero la única organización masiva que acoge los grupos más disímiles, sin distinción alguna, son las Milicias Nacionales Revolucionarias. Al unificar en la defensa de la patria desde el empleado y el ama de casa hasta los combatientes de la lucha insurreccional, resulta ser el primer espacio asociativo en que los cubanos que no participaron en ella pueden reconocerse como revolucionarios en función de la historia que están viviendo y haciendo, y no en virtud de la ya legitimada por la leyenda guerrillera. Y las mujeres son las primeras en incorporarse a las milicias, lo que costó no pocos disgustos familiares.

En el más puro estilo gramsciano:

la joven revolución subvirtió los estratos más hondos de la conciencia cotidiana del sujeto,

fijando los cambios a niveles difíciles de franquear.

Pero sus avatares condujeron a que la sutil distinción entre lo público y lo privado se hiciera cada vez más difusa.

Pues las instituciones y organizaciones que posteriormente surgirán lo hacen legitimando y para legitimar su carácter revolucionario, con lo cual el reino de la política pasa a primer plano. Como señala Hannah Arendt en su clásico estudio Sobre la Revolución (9), resulta normal que en el transcurrir del proceso civilidad y política entren en conflicto, viéndose obligados los hombres de la revolución a elegir entre ellas.

Y la elección recae, inevitablemente, en la esfera de lo público.

Así, la constitución de los espacios sociales se realiza desde, por y para la política,

con lo que el entrenamiento del sujeto como protagonista de su historia se realiza también desde este ámbito. Por eso, es a veces difícil entender el modo en que en Cuba se respira política, por decirlo de algún modo, y por qué

la sociedad civil tiene aquí un aura metafórica.

Pues la generación fundacional creció y luchó en una sociedad donde el entrenamiento de

la civilidad como oposición a la política corrupta de un Estado dependiente se realizaba desde la familia y la escuela.

Las generaciones posteriores han crecido en un mundo donde la primacía de lo político en lo público y en lo privado es tan manifiesta que sus límites son borrosos. Una vez comenzado el período de normalidad revolucionaria (i.e., transcurrida la llamada etapa joven y heroica de la Revolución, con propósitos y objetivos ya definidos) las organizaciones que surgieron para la defensa revolucionaria se ven obligadas a encargarse de importantes tareas sociales (salud, educación) que se alejan de sus propósitos originales, que no obstante insisten en reivindicar.

No es difícil hacerlo; en su condición de plaza permanentemente sitiada, Cuba pasa de cuando en vez por coyunturas extremas que permiten a estas organizaciones actuar según sus propósitos iniciales. Pero la reiteración se hace monótona,

y la asintonía entre el discurso de los aparatos ideológicos del Estado y la realidad social se hacía cada vez más evidente,

incluso antes de la catálisis que supone la compleja situación actual.

Mientras nosotros discutimos si se trata de rediseñar o crear nuevos espacios de la sociedad civil, ya la sociedad civil cambió.

El lenguaje, ese dúctil instrumento que Gramsci calificaba de cosa viviente y museo de fósiles de la civilización, es un indicador revelador, si alguno hiciere falta: la sustitución del igualitario compañero por señor, señora y señorita expresa no tanto la intención de adecuarse a las leyes del mercado -pues estos apelativos se usan ya comúnmente fuera de su ámbito- como la voluntad social de introducir una diferenciación que hasta hace poco no existía:

en ámbitos claramente políticos, usted es compañero; en los demás, no.

Pero está cambiando espontáneamente, a través de la influencia directa del mercado en la dura cotidianidad actual. Por eso, me temo que si se decidiera ahora -es una hipótesis- propiciar la creación de cuantos espacios sociales plazcan al sujeto, la resultante será la simple contraposición de las existentes o la copia mimética de modelos ajenos.

Pues, dicho simplemente:

falta entrenamiento en el ejercicio de la civilidad.

Y éste no se adquiere espontáneamente. Para realzar los valores genuinamente nacionales, para que el sujeto proponga y desarrolle su participación en nuevos espacios hace falta que sean realmente suyos, i.e., que sepa crearlos y lo haga a partir de su coyuntura real. En ese equilibrio entre sociedad política y sociedad civil, en el logro de esa vida digna de la que se habló ayer, tienen un papel esencial la escuela, la familia y los medios masivos de comunicación, por solo citar los más importantes. En suma:

la vitalidad del proyecto de subversión social radica en seguir subvirtiéndose, y, sobre todo, en propiciar la subversión de la civilidad.

Ello permitiría no sólo favorecer al reordenamiento necesario del bloque histórico, y abordar el espinoso problema de la relación Estado – sociedad civil, sino, quizá, resolver la paradoja de toda Revolución genuina, de la que depende su destino:

lograr subvertirse a sí misma a la vez que realiza la subversión de lo real.

Pues el problema de las revoluciones es seguirlo siendo.

---

Notas

(1) Ver Díaz Castañón, María del Pilar: Gramsci: el sencillo arte de pensar, Revista Debates Americanos, enero-junio 1995.

(2) A un cubano le parece muy natural y lógico que su país haya sido la última colonia en liberarse de España, por ejemplo. A un extranjero le resulta difícil comprenderlo. Del mismo modo que a un cubano le resulta cuando menos curioso que la Rand Corporation afirme la ausencia de sociedad civil en Cuba, lo que paladinamente significa que somos habitantes de un lugar que no existe.

(3) Empleamos el término joven revolución para definir el período en el cual los objetivos del proceso permanecen indefinidos o poco claros -explícitos- para el sujeto, que se va redefiniendo en la medida en que el propio proceso lo hace sin pedir en el transcurso mayor precisión. Ejemplo de ello en la joven revolución cubana es la simpática definición -si es tal- de revolución con pachanga, o la definición de la revolución como humanista, determinación abstracta que sólo servía para marcar una distinción respecto a los dos campos políticos entonces existentes.

(4) “El triunfo revolucionario del 1ro de enero representa la opción para (…) llevar las aspiraciones impostergables de la nación hacia la plenitud de su destino histórico (…) Ángel Augier, El Mundo, 9 de abril de 1959, p.
A-4.

(5) La Revolución de los Brazos Abiertos, en Bohemia, Año 52, No.43, octubre 23 de 1960, p.67, col.1, párrafo 1.

(6) Primer sector oposicionista de la Revolución: los barberos.”
“-Recuerden que los barberos también tiene hijos.”
“-Aparece un pelo de la barba de Fidel Castro en un plato de sopa: ¡Fidel sale hasta en la sopa!”
“-Veinte años después: Y ahora queridos televidentes, para dar fin a este programa hará uso de la palabra, como todas las noches, el Dr. Fidel Castro.” Carlos Robreño, En El Mundo, febrero de 1959.

(7) Un sindicato de oficinistas de la provincia de La Habana comunicó al periódico Combate su acuerdo de “(…) no permitir a ninguna persona en los centros laborales que trate de hacer correr bolas ni hacer chistes contrarrevolucionarios(…)” El redactor de la noticia expresa su desacuerdo ante tan extrema medida, que implicaba el despido de los infractores. Mesa Revuelta, en Combate, 5 de abril de 1960, p.4.

(8) Para las fiestas de Navidad y Año Nuevo se insiste en la utilización de símbolos cubanos, llegando a proponer el adorno de los arbolitos con frutas cubanas en vez de las tradicionales bolas de cristal. Los carnavales del 59 tienen por Estrella a una hija de obreros y nieta de mambises.

(9) Alianza Editorial, Madrid, 1988, p.134.

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