Guerra, declive imperial y horizonte comunal

Robert Longa es fundador y militante de la Fuerza Patriótica Alexis Vive, una organización nacional dedicada a la construcción comunal. En el barrio 23 de Enero, en Caracas, ha sido protagonista de la construcción de la comuna El Panal y del desarrollo de una visión estratégica del poder comunal como columna vertebral de la Revolución Bolivariana.
Esta conversación se sitúa en el contexto posterior al ataque imperialista del 3 de enero contra Venezuela. En la entrevista, Longa reflexiona sobre la crisis de hegemonía del imperialismo, el retorno de formas abiertamente fascistas de dominación y los aprendizajes que deja una confrontación atravesada por una profunda asimetría tecnológica.
Al mismo tiempo, Longa sostiene que la respuesta estratégica frente a la agresión imperialista no pasa por el repliegue, sino por generar un proceso de acumulación para el proyecto comunal. Para este comunero, la comuna no es solo un espacio de resistencia, sino el terreno desde el cual puede construirse una nueva hegemonía popular, arraigada en la dignidad, la soberanía y la vida colectiva.
En amplios sectores de la izquierda se comparte hoy una lectura: el imperialismo atraviesa una crisis de hegemonía y viene perdiendo terreno a escala global. Sin embargo, ese declive no se ha traducido en contención. Por el contrario, el imperialismo es aún violento. ¿Cómo debemos entender el imperialismo en este momento y qué implica para América Latina?
Lenin definió el imperialismo como la fase superior del capitalismo, y esa definición sigue vigente. Pero también podemos decir que estamos viviendo un momento de crisis múltiples superpuestas del capitalismo tardío y decadente. En ese contexto, reaparecen con fuerza formas abiertamente fascistas y, con ellas, una renovada intención colonial. Para nosotros, esto no es casual: es una expresión directa de la propia crisis del imperialismo.
Este momento está marcado por el agudizamiento de las contradicciones entre las grandes potencias. Rusia, y especialmente China, han ganado presencia a nivel global, incluida Nuestra América, donde el imperialismo estadounidense ha venido perdiendo espacio. Aquella proyección del "destino manifiesto" sobre el continente comienza a resquebrajarse, y el imperio no puede tolerar esa pérdida.
Desde esta perspectiva, podemos entender que el brutal ataque contra Venezuela --en el que tropas enemigas profanaron nuestro territorio, secuestraron a nuestro presidente y a la diputada de la Asamblea Nacional Cilia Flores, y asesinaron a más de cien personas, entre civiles y militares, en el lapso de poco más de una hora-- no es una aberración. Es un intento de recomponer la hegemonía imperialista. No lo lograrán.
No habíamos visto un nivel de violencia semejante en nuestro continente desde Panamá en 1989. Lo más alarmante es que el imperialismo ya ni siquiera se preocupa por mantener las apariencias del derecho internacional. Este ataque brutal contra el pueblo venezolano viene acompañado, además, de represión interna en las entrañas del monstruo: en el propio EEUU asistimos al resurgimiento de prácticas abiertamente fascistas orientadas a disciplinar a su población.
Algunos sostienen que el mundo camina hacia una Tercera Guerra Mundial. Nosotros creemos que esa guerra ya comenzó. En su afán por mantener la supremacía frente a China y Rusia, el imperialismo estadounidense ha retomado su expansionismo abierto. Está librando una guerra contra la humanidad misma, porque necesita reconstituirse o está condenado a desmoronarse. En esta fase de decadencia, lo único que produce es caos y guerra, apoyado en una abrumadora superioridad tecnológica, como quedó claro en Venezuela el 3 de enero.
El 3 de enero fue, desde el punto de vista táctico, una victoria para el enemigo. La presidenta encargada Delcy Rodríguez ha señalado que en la operación no solo participó el ejército estadounidense, sino también el Mossad. Sin embargo, se trató de una victoria táctica y no estratégica, ya que aquí quien manda es el Chavismo. ¿Qué aprendizajes deja este momento para la Revolución Bolivariana?
No podemos negar que el 3 de enero nos dejó un sabor profundamente amargo y nos llenó de rabia. Veníamos levantando una consigna clara: podrían entrar, pero no iban a salir. El enemigo entró y salió. Esa sigue siendo una herida abierta.
El poeta comunista Pío Tamayo, el floricultor de hazañas, nos recordaba que la guerra de todo el pueblo, ya éste luche contra las oligarquías locales o contra el imperialismo, siempre es desigual. No podemos enfrentar a nuestros enemigos con sus mismas armas ni en sus propios términos. Hoy, con la inteligencia artificial y la robótica, esa asimetría es más evidente que nunca.
Lo que sí tenemos es el odio a nuestros enemigos, que es un arma poderosa, y el amor por la humanidad, que es una herramienta aún más poderosa. Reconocemos nuestra vulnerabilidad frente a ataques tecnológicamente sofisticados como los del 3 de enero. Pero también sabemos algo fundamental: el enemigo no logró su objetivo estratégico. El chavismo sigue en el poder. La revolución --el gobierno, las Fuerzas Armadas y el pueblo-- se mantiene unida. Quien diga lo contrario le está haciendo el juego al enemigo.
Y es que el 3 de enero también demostró que una invasión militar convencional, del tipo que podría teóricamente garantizar la dominación colonial a la que aspira el imperialismo, no es una opción viable para ellos. Este pueblo está dispuesto a luchar, y los marines, si intentasen ocupar Venezuela, saldrían en ataúdes.
La historia nos ha enseñado, desde Vietnam hasta el presente, que al imperialismo se le enfrenta con movilización popular, resistencia de masas y disputando la opinión pública. Las luchas de los pueblos de Asia occidental contra el imperialismo y su contraparte en aquel territorio, el sionismo, confirman esta lección. En Venezuela y en Palestina, pese a la superioridad tecnológica del enemigo, la movilización y la batalla por el sentido sigue siendo nuestras armas más poderosas.
Las formas de resistencia y las maneras de intervenir en la opinión pública tienen que adaptarse al tiempo y al espacio. Pero el desafío que enfrenta hoy Venezuela, después del terrible ataque a nuestra patria, exige una resistencia basada en poder popular organizado y en la perseverancia histórica. Ambas están profundamente arraigadas en el pueblo venezolano y forman parte del corazón mismo de la Revolución Bolivariana.
Hay nuevas formas de lucha, sin duda. Pero insistimos en que será el pueblo en la calle, la inventiva popular frente a la supremacía tecnológica, y nuestra capacidad colectiva de aguante, lo que garantizarán la victoria final, la victoria estratégica, del pueblo venezolano y de nuestro gobierno revolucionario.
A pesar de la guerra de desinformación del enemigo y de sus intentos por sembrar división a través de discursos de traición y ruptura, el pueblo venezolano, el gobierno y las Fuerzas Armadas responden con unidad. ¿Cómo interpretas esa respuesta?
Una de las características fundamentales de esta revolución es la disciplina, pero la nuestra es una disciplina consciente. Estamos con la dirección de la revolución porque la dirección de la revolución está con nosotros. Por eso no le debería sorprender a nadie la respuesta de unidad que se produjo tras el ataque.
En algún momento pensamos que un ataque del enemigo en nuestro territorio abriría una fase prolongada de resistencia. La realidad se expresó de otra manera, y esa resistencia hoy asume formas que no habíamos previsto. Pero sigue siendo resistencia, y sigue vivo el compromiso, firmeza ideológica y aguante espiritual de este pueblo.
Nadie quiere la guerra, pero ellos nos la trajeron aquí. Nosotros luchamos por la paz, pero no queremos la paz de los sepulcros. Por eso tenemos que seguir organizándonos como movimiento popular cohesionado articulado con el gobierno nacional. La guerra que nos trajeron no ha terminado, porque nosotros no nos hemos rendido.
El imperialismo no solo recurre a la muerte y a la destrucción para alcanzar sus objetivos coloniales; también trata de generar dudas, fisuras y desconfianza hacia adentro. Generaron dolor, sí, pero en lugar de fragmentación produjeron mayor unidad y mayor claridad política en la práctica revolucionaria.
Existen interrogantes que debemos resolver internamente, en particular cómo el enemigo logró una victoria táctica en nuestra noche más oscura, aun encontrando resistencia heroica de hermanos cubanos y venezolanos en suelo venezolano. Tenemos que garantizar que ni la presidenta encargada Delcy Rodríguez ni ningún otro cuadro de la revolución vuelva a ser secuestrado. Pero esa es una tarea que nos corresponde resolver a lo interno.
¿Qué tipo de momento político se abre para el proceso revolucionario?
Se abre un paréntesis, un momento en el que nos imponen ciertas concesiones porque el enemigo nos ha puesto la pistola en la cabeza. Pero incluso dentro de este paréntesis, la revolución tiene que seguir acumulando fuerza en el ámbito comunal, que es el corazón y el alma de nuestro proceso.
Tenemos que seguir avanzando dentro de estas pausas impuestas, empujando hacia la transición comunal. No por inercia ni por una lógica mecanicista, sino porque la forma comuna es la que verdaderamente rompe con la lógica del capital. Y en la medida en que esa lógica se va desmontando, también se va rompiendo la dependencia que el imperialismo intenta imponer, incluso de manera violenta.
¿Va a ser fácil? No. El imperialismo tiene una superioridad tecnológica extraordinaria y la capacidad de fabricar realidades paralelas mediante la guerra comunicacional. Además, construir el socialismo nunca ha sido sencillo. El propio Chávez decía: "Es más fácil llegar a Marte que construir el socialismo".
Las realidades paralelas fabricadas desde el norte van desde las 'fake news' hasta la representación de un mundo plano, en el que Occidente aparece como el origen de todo lo bueno y en el que la pobreza se explica como responsabilidad individual, y no como resultado de las estructuras existentes.
Antes de la revolución nos saturaron de telenovelas que reforzaban esa visión del mundo. Aparecía la señora rica, copetúa, junto a su esposo empresario y su hijo, ese príncipe azul. En contraste, aparecían el hombre negro, el chofer, y la trabajadora doméstica del barrio, ambos tratados con desprecio. Pero la narrativa insistía en que el amor podía borrar las divisiones de clase, como si la desigualdad estructural fuera apenas un malentendido, y así la hija de la trabajadora doméstica terminaba inevitablemente casándose con el hijo de la señora copetúa.
Carlos Marx nos enseñó que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Esas narrativas telenovelescas buscaban ocultar las barreras que levanta una sociedad de clases. Chávez nos ayudó a entender que si esas paredes las construyeron los seres humanos, los seres humanos también pueden tumbarlas, pero solo de manera colectiva.
Hoy más que nunca los aparatos ideológicos en manos del imperialismo ocultan las verdaderas relaciones de poder, explotación y despojo. Países tan distintos como Somalia o Venezuela son etiquetados como "Estados fallidos", y las potencias hegemónicas intentan negar nuestro derecho a existir.
Mientras tanto, el fascismo crece en el corazón mismo del imperio. Éste ya no intenta ocultar su carácter violento, porque no puede. La violencia abierta se vuelve necesaria para contener la crisis que el imperialismo enfrenta hacia adentro.
En este contexto, ¿cómo puede el proceso revolucionario seguir avanzando hacia el horizonte comunal?
Lo primero es que aquí no va a haber reconciliación, ni olvido, ni perdón. Puede que nos impongan algunas concesiones, pero el imperialismo no va a dictar el destino de este país.
Nosotros estamos comprometidos con un proyecto bolivariano y chavista que hoy es, más que nunca, comunal. La historia no avanza en línea recta, pero nosotros sabemos hacia dónde vamos. Nuestro destino es la comuna. Las bombas imperialistas y los secuestros no nos van a desviar de ese camino.
La Revolución Bolivariana ha tenido un recorrido largo y desigual. Cuando Chávez llegó al poder, estaba coqueteando con la idea de la "tercera vía" de Anthony Giddens, pero rápidamente se apartó de esa premisa y luego dio un salto decisivo hacia el socialismo, declarando el fin del "fin de la historia". Chávez planteó un socialismo anclado en nuestra realidad histórica concreta, que atiende las necesidades materiales del pueblo y que tiene como horizonte el buen vivir --derivado del suma qamaña aymara, vivir bien, en equilibrio--. Ese sigue siendo nuestro camino hacia la emancipación colectiva.
El socialismo del siglo XXI comienza allí donde la vieja cuestión del poder político se topa con la democracia participativa y protagónica, un concepto acuñado por el propio Comandante Chávez. No se trata de una propuesta completamente nueva: dialoga con la Comuna de París y con los soviets, pero adaptada a espacio y tiempo.
Las comunas somos los soviets de hoy en día.
¿Qué papel juega la historia en esta coyuntura que estamos atravesando?
Hablar de la historia no es una evasión del presente. Todo lo contrario: es una necesidad. Nosotros estudiamos la historia y la teoría revolucionaria. Nos asumimos marxistas y leninistas, aunque no de manera dogmática. Algunos nos han tildado de eclécticos, y puede que lo seamos, porque la lucha exige creatividad.
Precisamente porque el imperialismo nos ataca, el socialismo bolivariano sigue siendo viable. Arraigado en nuestra historia --incluida la historia de las formas comunales de organización que existieron en el pasado--, el socialismo representa la única salida posible para la clase trabajadora venezolana. Hoy más que nunca, la alternativa es clara: ¡Comuna o Nada!
Van a intentar desacreditar y criminalizar a las organizaciones populares. Nos van a llamar bandoleros. Ese es su papel. Pero nosotros estamos armados de ideas. Como decía Mario Benedetti, perseguimos una utopía y no una quimera. Y nuestra utopía no es tan lejana: la estamos construyendo aquí y ahora.
Por eso planteamos la necesidad de avanzar hacia una confederación comunal y afirmamos que la única transición posible hoy en Venezuela es hacia el Estado comunal.
Con quienes promueven la muerte fue necesario abrir mecanismos de negociación. Pero el modelo comunal no se negocia. El imperialismo niega el derecho de los pobres --y de la humanidad misma-- a existir. Frente a eso, nosotros afirmamos la vida.
Que no nos llamen violentos. Nosotros no invadimos otro país el 3 de enero. Nosotros no quemamos gente por ser afrodescendiente o por ser chavista, como lo hicieron los fascistas locales alineados con EEUU en 2017. Nosotros no estamos asesinando niñas y niños en Gaza. No buscamos supremacía. Lo que queremos es dignidad, soberanía y un futuro comunal.
Hoy levantamos el tricolor nacional, en lealtad con nuestra historia y con nuestro gobierno, y junto a él ondea la bandera del Decreto de Guerra a Muerte de Bolívar. Su rojo y negro representan nuestra liberación nacional y se condensan en una sola consigna, poderosa y vigente: ¡Patria o muerte! ¡Nosotros venceremos!
* Cira Pascual Marquina es cofundadora y co-host de Escuela de Cuadros. Profesora de estudios políticos, Universidad Bolivariana de Venezuela, Caracas.
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