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31/01/2019 :: Medio Oriente, Estado español

Historias de torturas en las cárceles del régimen de Israel

x Ramzy Baroud y Abdelá Alyamal
No hay razón para dudar de las palabras de un ministro sionista cuando promete empeorar las condiciones de los prisioneros palestinos

A principios de este mes, el ministro de Seguridad Pública de Israel, Gilad Erdan, anunció nuevos planes para “empeorar” las ya terribles condiciones de los presos y presas palestinas en las cárceles israelíes.

Según Adamir, organización de apoyo a los presos, hay casi 5.500 prisioneros palestinos en las cárceles israelíes, entre ellos 230 menores y 54 mujeres. De ellos, 481 están detenidos sin juicio ni cargo en aplicación de una práctica ilegal conocida como “detención administrativa”.

El 2 de enero Erdan reveló ante los periodistas algunos aspectos de su plan pero obvió el ya siniestro contexto penitenciario israelí. El ministro anunció que a los prisioneros se les negará el “derecho a cocinar” sin mencionar que a muchos prisioneros, especialmente durante la primera etapa de su detención, se les niega totalmente la comida como una forma de tortura. “El plan también incluye impedir que los miembros del Knesset visiten a los detenidos palestinos”, añadió Erdan, sin referirse a que son centenares los presos palestinos a los que se les niega el acceso a abogados y las visitas familiares de manera regular.

No hay razón para dudar de las palabras del ministro israelí cuando promete empeorar las condiciones de los prisioneros palestinos. Sin embargo, las horribles condiciones en las que miles de palestinos están detenidos en las cárceles israelíes –que constituyen por sí mismas una violación de la Cuarta Convención de Ginebra– están ya en una fase que sólo puede calificarse de inhumana porque incumplen las normas mínimas establecidas por el derecho internacional y el derecho humanitario.

Nadie está tan autorizado para describir las condiciones de las cárceles israelíes como los propios presos y presas que vienen sufriendo todo tipo de torturas físicas y psicológicas, y que han pasado años, a veces décadas, defendiendo a diario su humanidad.

Hablamos con seis presos liberados, entre ellos dos mujeres y un menor, que han compartido sus historias con nosotros con la esperanza de que sus testimonios ayuden a comprender el verdadero contexto del último plan de Erdan.

Wafa Samir Ibrahim al Bis: “Mataron a mi gato”

 Wafa' Samir Ibrahim al Bis nació en el campo de refugiados de Yablaiya, en Gaza. Tenía 16 años cuando fue detenida el 20 de mayo de 2005. Fue sentenciada a 12 años de prisión tras haber sido "condenada" por intentar llevar a cabo una misión suicida contra soldados israelíes. Fue excarcelada en 2011 en un intercambio de prisioneros entre la Resistencia Palestina e Israel.

“Tenía sólo 16 años cuando decidí colocarme un cinturón explosivo para volarme entre los soldados de ocupación israelíes. Era lo único que podía hacer para vengar a Muhamad al Durrah, el niño palestino de 12 años que fue brutalmente asesinado por soldados israelíes ante las cámaras de televisión en septiembre de 2000. Cuando vi las imágenes de Muhamad acurrucado al lado de su padre mientras los soldados los bañaban a ambos a tiros, me sentí impotente. Pobre niño. Pero me detuvieron y los que me ayudaron a entrenarme para mi misión fueron asesinados tres meses después de mi detención.

Me torturaron durante años dentro de la infame Celda 9 de la prisión de Ramleh, una cámara de tortura en la que metían a gente como yo. Me colgaban del techo y me golpeaban. Me ponían una bolsa negra en la cabeza mientras me golpeaban y me interrogaban horas y horas durante días. Soltaban perros y ratas en mi celda. Pasaba días enteros sin dormir. Me desnudaban y me dejaban así durante días. No me permitían reunirme con un abogado ni recibir visitas de la Media Luna Roja.

Me hacían dormir en un colchón viejo y sucio que era tan duro como un clavo. Estuve en aislamiento en la Celda 9 durante dos años. Sentía que me habían enterrado viva. Una vez me colgaron durante tres días seguidos. Gritaba tan fuerte como podía pero nadie me desató.

Cuando estaba en prisión me sentía muy sola. Un día vi un gatito caminando entre las habitaciones y le empecé a tirar comida para que se hiciera mi amigo. De repente empezó a entrar en mi celda y se quedaba conmigo durante horas. Cuando los guardias descubrieron que me hacía compañía le cortaron el cuello delante de mí. Lloré más por él que por mi.

Unos días después, le pedí a la guardia una taza de té. Volvió y me dijo: “extiende la mano para coger la taza”. Lo hice, pero en vez de eso me echó agua hirviendo en la mano causándome quemaduras de tercer grado. Sigo teniendo las cicatrices por este incidente y sigo necesitando cuidados médicos para curarme la mano.

Lloro por Israa' Ya'abis, cuyo cuerpo quemaron por completo y sin embargo aún sigue en una cárcel israelí. Pienso a menudo en todas las mujeres prisioneras que dejé atrás.

Sara Mohamed Husein al Hafi: “No hay palabras”

 Sana'a Mohamed Husein al Hafi nació en Cisjordania. Se mudó a la Franja de Gaza después de conocer a su futuro marido. Pasó 10 meses en prisión y otros cinco meses bajo arresto domiciliario por transferir dinero a una “entidad hostil (Hamas)”.

En mayo de 2015 quise visitar a mi familia que vive en Cisjordania. Les echaba en falta muchísimo porque hacía años que no los veía. Pero tan pronto como llegué al cruce de Beit Hanun (Eretz) los soldados israelíes me detuvieron.

Mi sufrimiento ese día empezó alrededor de las 7:30 de la mañana. Los soldados me registraron de manera humillante. Examinaron cada parte de mi cuerpo. Me obligaron a desnudarme por completo. Estuve así hasta la medianoche.

Al final me encadenaron de pies y mano y me vendaron los ojos. Le rogué al oficial al mando que me dejara llamar a mi familia porque seguían esperando al otro lado del cruce. Los soldados me permitieron hacerlo a condición de que solo dijera esta frase: “No iré a casa esta noche”, y nada más.

Luego llegaron más soldados. Me metieron en la parte de atrás de un gran camión militar.
Sentí la presencia de muchos perros y hombres rodeándome. Los perros ladraban y los hombres se reían. Estaba muy asustada.

Me llevaron al complejo militar de Ashkelon donde me registraron de nuevo de la misma manera degradante y me instalaron en una celda muy pequeña con una luz tenue. Olía fatal. Hacía mucho frío aunque era principios de verano. La cama era pequeña y estaba sucia. Las sábanas también. Los soldados se llevaron todas mis pertenencias incluyendo mi reloj.

No pude dormir porque me interrogaban cada pocas horas. Me sentaba en una silla de madera durante largos períodos de tiempo para ser sometida a la misma rutina llena de gritos, insultos y lenguaje soez. Me mantuvieron en el complejo de Ashkelon durante siete días. Me permitieron ducharme una vez con agua muy fría.

Por la noche oía voces de hombres y mujeres torturadas; gritos de rabia en hebreo y en árabe; puertas que se cerraban de un modo muy inquietante.

Al final de esa semana fui trasladada a la prisión de Ha Sharon; allí sentí el alivio de estar con otras prisioneras palestinas, algunas menores, algunas madres como yo y algunas ancianas.

Cada dos o tres días me sacaban de mi celda para más interrogatorios. Salía al amanecer y volvía alrededor de la medianoche. Algunas veces me metían en un camión militar grande con otras mujeres y me llevaban al tribunal militar. Nos encadenaban individualmente o entre nosotras. Esperábamos durante horas sólo para que al final nos dijeran que la sesión del tribunal había sido retrasada para una fecha posterior.

En nuestras celdas luchamos por sobrevivir en unas condiciones duras y de negligencia médica. Una vez una presa anciana se desmayó. Tenía diabetes y no recibía atención médica. Todas empezamos a gritar y a llorar. No sé cómo sobrevivió.

Estuve en prisión diez meses. Cuando finalmente me excarcelaron me pusieron bajo arresto domiciliario en Jerusalén durante otros 5 meses. Echaba de menos a mi familia. Pensaba en ellos todo el tiempo. No hay palabras para describir lo desgarradora que fue esa experiencia, que te quiten la libertad, vivir sin dignidad y sin derechos... No hay palabras.

Fuad Qasim al Razam: “El día que vi a mi madre”

Fuad Qasim al Razam nació en la ciudad palestina de Jerusalén. Pasó 31 años en prisión por supuestamente matar a un soldado israelí y a un colono armado, entre otros cargos.

He sufrido torturas psicológicas y físicas en las cárceles israelíes, lo que me obligó a confesar cosas que hice y otras que no hice.

La primera fase de la detención suele ser la más difícil porque la tortura es más intensa y los métodos más brutales. No me daban comida ni me permitían dormir, me dejaban colgado del techo durante horas. A veces me dejaban de pie bajo la lluvia, desnudo, atado a un poste, con una bolsa en la cabeza. Me dejaban así todo el día mientras los soldados me golpeaban de tanto en tanto, me daban patadas y me golpeaban con palos.

Me prohibieron ver a mi familia durante años, y cuando finalmente se me permitió ver a mi madre, se estaba muriendo. Una ambulancia la llevó a la prisión de Beir Al Saba y me llevaron encadenado a verla. Estaba muy mal de salud y ya no podía hablar. Recuerdo los tubos que salían de sus manos y su nariz. Sus brazos estaban magullados y azules por las agujas que pinchaban su frágil piel.

Sabía que sería la última vez que la veía, así que le leí algo del Corán antes de que me llevaran de vuelta a mi celda. Murió 20 días después. Sé que estaba orgullosa de mí.
Cuando me excarcelaron después del intercambio de prisioneros en 2011 no se me permitió ir a visitar su tumba a leer versículos del Corán porque me deportaron a Gaza inmediatamente. Un día visitaré su tumba.

Muhamed Abul Aziz Abu Shawish: “Me quemaron los genitales”

Mohammed Abul Aziz Abu Shawish nació en el campo de refugiados de Nuseirat en Gaza, en 1964. Su familia es originaria de Barqa, una aldea del sur de Palestina que fue limpiada étnicamente en 1948. Pasó 9 años en prisión después de haber sido acusado de poseer un arma y ser miembro del movimiento de Al Fatah.

Los israelíes me han detenido 7 veces; la primera cuando tenía seis años. Eso fue en 1970. Luego me acusaron de lanzar piedras a los soldados israelíes. Me detuvieron de nuevo cuando era adolescente. Esa vez me golpearon y un oficial israelí encendió una cerilla bajo mis genitales. Me quitaron la ropa y me pusieron la ropa interior en la boca para amortiguar mis gritos. Después de aquello padecí dolores cada vez que iba al baño durante muchos días.

Mi último encarcelamiento fue el más largo. Me detuvieron el 23 de abril de 1985, estuve en la cárcel durante 9 años y me excarcelaron tras de la firma de los Acuerdos de Oslo.

Incluso en prisión nuestra lucha por nuestros derechos nunca cesó. Luchamos con huelgas de hambre a las que ellos respondían con aislamiento y tortura. Tan pronto como la administración penitenciaria cedía a nuestras reivindicaciones para que pusiéramos fin a la huelga, nos privaban poco apoco de todo lo que habíamos conseguido. Retenían la comida, impedían las visitas familiares y hasta reunirnos con nuestros propios compañeros de prisión. A menudo confiscaban nuestros libros y otros materiales educativos sin motivo alguno.

Incluso en prisión nuestra lucha por nuestros derechos nunca cesó. Luchamos en huelgas de hambre y ellos nos defendieron con aislamiento y tortura. Tan pronto como la administración penitenciaria cediera a nuestras demandas, para poner fin a nuestra huelga, nos privarían lentamente de todo lo que habíamos logrado. Retendrían la comida, evitarían las visitas familiares e incluso nos impedirían reunirnos con nuestros propios compañeros de prisión. A menudo confiscaban nuestros libros y otros materiales educativos sin motivo alguno.

Cuando me excarcelaron el 8 de enero de 1994 me incorporé a la unidad de rehabilitación de prisioneros del Ministerio de Trabajo. Hice todo lo que pude para ayudar a mis compañeros prisioneros liberados. Desde que me jubilé, escribí un libro titulado Antes de que mi torturador muera en el que narro los años de mi encarcelamiento. No es que sea escritor; tan sólo quiero que el mundo sepa de nuestra difícil situación.

Shadi Farah: “Detuvieron a mi familia”

 Shadi Farah fue detenido en su casa de Jerusalén a la edad de 12 años, acusado de intentar matar a soldados israelíes con un cuchillo que encontraron en su casa.

Me detuvieron el 30 de diciembre de 2015, cuando sólo tenía 12 años. Me excarcelaron el 29 de noviembre de 2018. En aquel momento era el prisionero palestino más joven de las cárceles israelíes.

Mi interrogatorio tuvo lugar en la prisión de Maskubiah, en Jerusalén, específicamente en la Celda 4. Después de días de tortura física, de privación de sueño y de fuertes golpes, encarcelaron a toda mi familia, a mi madre, a mi padre y a mis hermanas y hermanos.

Me dijeron que mi familia estaba presa por mi culpa y que sólo los pondrían en libertad si confesaba mis delitos. Juraban con blasfemias que no puedo repetir. Me amenazaron con hacerles cosas indescriptibles a mi madre y a mis hermanas.

Después de cada sesión de tortura volvía a mi celda desesperado por dormir. Pero entonces los soldados me despertaban abofeteándome, dándome patadas con sus botas y golpeándome en el estómago.

Amo a mi familia. Cuando impidieron que me visitaran se me rompió el corazón.

Yihad Yamil Abu Ghabn: “Los presos y presas son héroes”

Yihad Yamil Abu Ghabn pasó casi 24 años en cárceles israelíes por participar en la primera Intifada y supuestamente en el asesinato de un colono israelí. Lo excarcelaron en 2011

En la cárcel mis carceleros intentaban quebrar mi espíritu y quitarme mi dignidad no sólo con violencia sino también con técnicas concretas para humillarme y desmoralizarme.

A menudo me colocaban una bolsa con un olor muy fétido en la cabeza que me hacía vomitar una y otra vez dentro de la bolsa. Cuando me la quitaban, tenía la cara hinchada y un fuerte dolor de cabeza a causa de la intermitente privación de oxígeno.

Durante todas las sesiones de interrogatorio (que duró meses), me sentaban en una silla con patas desiguales durante horas y horas. No se podía encontrar una posición cómoda, lo que me dejó con dolor permanente en la espalda y en el cuello.

A veces metían “presos” en mi celda que afirmaban ser miembros de la Resistencia Palestina. Más tarde descubriría que eran en realidad colaboradores que intentaban engañarme para que confesara. A esos colaboradores los llamamos assafir (pájaros).

Los presos y las presas palestinas son héroes. No hay palabras para describir su legendaria firmeza y sus inmensos sacrificios.

Al Jazeera

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