Immanuel Wallerstein predijo la caída del imperio estadounidense
Poco después del 11-S 2001, el teórico de los sistemas mundiales advirtió de que el declive imperial de EEUU era inevitable. Pero sus dirigentes no querían oír que sus días de gloria eran pasado
Immanuel Wallerstein creía que EEUU podía responder al declive imperial de dos maneras: convirtiéndose en una sociedad más progresista e igualitaria, o derivando hacia el neofascismo. Por desgracia, está claro cuál de estas tendencias es más poderosa hoy en día.
En julio de 2002, Immanuel Wallerstein participó en el programa matutino de llamadas en directo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para la revista Foreign Policy con un título provocador: «El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein sostenía que la posición de dominio de EEUU en la escena mundial estaba en declive.
En el momento de su intervención, había transcurrido menos de un año desde los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y la posterior invasión estadounidense de Afganistán. Bush estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública estadounidense para la invasión de Irak que comenzaría en marzo de 2003.
Cabe recordar que George W. Bush era una figura popular en aquel momento. El índice de aprobación del presidente alcanzó un récord del 90 % el septiembre anterior y se mantuvo por encima del 70 % cuando Wallerstein hizo público su mensaje sobre el declive.
Sin embargo, a Wallerstein debió de parecerle precisamente el momento adecuado para intervenir. Llevaba escribiendo sobre el declive de la hegemonía estadounidense desde principios de la década de 1980. No obstante, en aquel momento, entre las invasiones de Afganistán e Irak, aún creía que EEUU tenía la oportunidad de gestionar eficazmente su declive.
Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia. Consideraba que las grandes potencias alcanzan la hegemonía --un término que se refiere a un dominio global sin igual-- debido a factores económicos, políticos y militares que, en última instancia, también provocan la erosión de dicha hegemonía. El declive de la hegemonía estadounidense comenzó mucho antes del 11 de septiembre, con la recesión económica de la década de 1970 y la guerra de EEUU en Vietnam.
Para Wallerstein, EEUU se enfrentaba a la disyuntiva de todas las potencias hegemónicas en declive: declinar con dignidad o declinar precipitadamente. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy en día, Trump ha acelerado aún más el declive de EEUU al desplegar de forma agresiva una de las pocas armas que le quedan a una potencia hegemónica moribunda: su ejército extremadamente poderoso. Y encima ser derrotado.
Ciclos de hegemonía
¿Por qué estaba en declive la hegemonía estadounidense? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas difería de la hegemonía holandesa del siglo XVII o de la británica del XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, en su opinión) alcanzaron la hegemonía aprovechando una ola de fuerzas económicas que no podían controlar del todo e imponiéndose militarmente sobre un rival.
Tras su triunfo, la potencia hegemónica procedía a crear organizaciones a su imagen y semejanza. Los británicos, por ejemplo, se impusieron a Francia y luego crearon el Concierto Europeo en 1815.
Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia
El ascenso de EEUU a la hegemonía comenzó tras la recesión mundial de 1873. Según explicaba Wallerstein, la disminución de la cuota de Gran Bretaña en los mercados mundiales se debió a EEUU y a su principal rival, Alemania. EEUU se convirtió en un importante productor de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania se convirtió en un importante productor de productos químicos industriales. El auge económico de cada Estado se produjo tras una crisis política interna y una estabilización (relativa): en el caso de EEUU, la victoria de la Unión en la Guerra Civil; en el de Alemania, la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra con Francia.
Wallerstein interpretaba las dos guerras mundiales como una prolongada «guerra de los treinta años» entre los rivales. Señaló que las Provincias Unidas de los Países Bajos y Gran Bretaña también alcanzaron la hegemonía tras guerras que duraron unas tres décadas (en el caso neerlandés, esto se produjo tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648).
Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945, los líderes estadounidenses creyeron que necesitaban tres cosas para mantener su prosperidad: en primer lugar, clientes internacionales para su producción industrial; en segundo lugar, un orden mundial que garantizara el comercio a bajo coste; y, en tercer lugar, una especie de pacto que asegurara que la producción no se viera obstaculizada.
Washington logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental y Japón, la creación de importantes instituciones internacionales como las Naciones Unidas y el establecimiento de una especie de acuerdo con la Unión Soviética. La última de estas medidas, simbolizada por la conferencia de Yalta de febrero de 1945, fue para Wallerstein mucho más significativa que la fundación de la ONU dos meses después.
Según la visión convencional, la Guerra Fría, que se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se utiliza el periodo más largo posible), fue una contienda entre los adversarios soviéticos y estadounidenses. Para Wallerstein, este período se estructuró en realidad en torno a un pacto implícito entre las grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba aproximadamente dos tercios del mundo, mientras que la esfera de influencia soviética abarcaba el resto. Cada potencia podía dominar su zona de influencia y utilizar la amenaza de la otra para acorralar a los socios reticentes. Yalta se vio reforzada por un «equilibrio del terror» entre las naciones.
El apogeo de la hegemonía estadounidense se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1970. Como todos los hegemones, EEUU se convirtió en víctima de su propio éxito. En 1970, Europa Occidental y Japón eran, en opinión de Wallerstein, iguales económicos de EEUU. En el proceso de crear socios comerciales --fundamental para el éxito estadounidense de la posguerra--, EEUU también se creó rivales.
Al igual que todas las potencias hegemónicas, EEUU comenzó a perder su ventaja económica siguiendo la misma secuencia mediante la cual la había construido originalmente. En primer lugar, la potencia hegemónica pierde su ventaja en la agricultura y la industria. A continuación, pierde su ventaja en el comercio. Por último, pierde su ventaja en las finanzas.
También en la década de 1970, la derrota de Washington en Vietnam puso de manifiesto la debilidad militar de EEUU y demostró su incapacidad para imponer su voluntad al mundo. Vietnam, escribió Wallerstein, simbolizaba el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos olvidados del mundo, a veces denominados «Tercer Mundo» y otras «Sur Global».
El movimiento independentista en Vietnam contra las potencias coloniales (Francia, Japón y EEUU) fue una extensión del movimiento de protesta global que alcanzó su punto álgido en los años '70.
El colapso de la Unión Soviética en 1991, de nuevo en contra de la opinión generalizada, fue para Wallerstein un desastre para EEUU, ya que perdió a su gran Otro. En un ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría «no era un juego que se tuviera que ganar, sino más bien un minueto que se tenía que bailar... El fin de la Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran pilar de la hegemonía y la prosperidad estadounidenses: el escudo soviético».
La respuesta de Washington al declive hegemónico ha consistido en reafirmar su grandeza, tanto de palabra como de obra, con el fin de recuperar su posición en el mundo. Pero, como explicó Wallerstein en C-SPAN, «si eres el número uno, no tienes que gritar que eres el número uno. La gente sabe que eres el número uno. Si tienes que gritarlo, es que algo va mal. Algo está pasando».
Disparando al mensajero
Muchos de los oyentes que llamaron a C-SPAN no estaban de acuerdo con el mensaje de declive de Wallerstein. Uno preguntó si ondeaban banderas en el campus de Yale, dado el aparente sesgo antinorteamericano de Wallerstein. Otro acusó a Wallerstein de ser un insumiso de la guerra de Vietnam, sin darse cuenta de que Wallerstein ya había sido reclutado en una etapa anterior, durante la Guerra de Corea. A un tercero se le ponían los pelos de punta al imaginar a Wallerstein como presidente: «Si un tipo como él llegara a dirigir EEUU, el país acabaría como un armadillo, acurrucado en una bola, esperando a que le dieran una patada».
Esas expresiones de indignación eran habituales para Wallerstein, quien había escrito sobre el impacto psicológico y nacional que el declive hegemónico tiene en quienes lo sufren. Era un período potencialmente peligroso para la política interna y para los líderes a los que el público podría recurrir.
En el programa, Wallerstein explicó que él solo era el mensajero, y que EEUU se estaba aislando del mundo --no solo de las naciones a las que necesitaba cortejar, sino también de sus aliados más cercanos--. «Si sobreestimas tu poder y vas por ahí comportándote como un matón», dijo, «pierdes más de lo que perderías si entablaras un diálogo básico».
El declive no significaba una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen muy bajo
Algunos oyentes consideraban que Wallerstein estaba intentando reformar la política exterior estadounidense. Uno preguntó cómo responder a las acusaciones de antinorteamericanismo. Wallerstein explicó que intentaba recurrir a la razón. Argumentó que la política exterior de EEUU iba en contra de los intereses individuales:
No estoy apelando a vuestro altruismo. Apelo a vuestro egoísmo. Estáis provocando un impacto negativo mucho más rápido sobre EEUU y sobre vuestras propias vidas. En cuanto a vuestro propio nivel de vida, en cuanto a vuestro riesgo de muerte, en cuanto a todo aquello por lo que lucháis, estaréis peor si seguís con estas políticas que si cambiáis de rumbo.
El declive no significaba una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen muy bajo. Acaban situándose entre las demás grandes potencias, aunque con mayor bienestar material que la mayoría (basta con fijarse en los Países Bajos o el Reino Unido de hoy en día).
Además, como escribió Wallerstein en ese ensayo de 1992, el declive podría ser «la mayor bendición de todas». EEUU tuvo la oportunidad de abrazar la moralidad. Fue «Abraham Lincoln quien dio la nota moral: "Así como no querría ser esclavo, tampoco querría ser amo"».
A principios de la década de 1990, Wallerstein vislumbró dos futuros posibles para EEUU. Uno implicaría el neofascismo, caracterizado por el conflicto social, con los estratos más bajos sometidos a la brutalidad y los prejuicios. El segundo escenario, más esperanzador, sería una forma de solidaridad nacional a través de la socialdemocracia y el avance hacia el igualitarismo.
Aunque Wallerstein no solía hacer predicciones excesivamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era más probable que la neofascista. Previó una catarsis a partir de «una tensión social compartida», combinada con la prosperidad económica estadounidense y las nociones populares de libertad, que daría lugar a un movimiento contra los principales aspectos de la «asignación desigual»: género, raza y etnia, edad y clase. Calculó que el impulso de 1968, tras haber trastornado la hegemonía estadounidense y destronado la ideología del liberalismo "centrista", conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso.
Wallerstein también se guiaba por la historia. En los dos primeros casos de hegemonía en la economía mundial capitalista --la holandesa y la británica--, el declive hegemónico fue seguido, con el tiempo, por un movimiento hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por qué iba a ser EEUU tan diferente?
Sin embargo, Wallerstein también dejó abierta la posibilidad del neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del dominio estadounidense sobre dos tercios del mundo, entonces también significaba el fin del liberalismo "centrista" como garante cultural de la economía mundial capitalista. Al menos desde las revoluciones de 1848, el liberalismo había sido la fuerza gravitatoria que mantenía a raya tanto a la izquierda como a la derecha conservadora.
El liberalismo prometía la consecución de los derechos democráticos y el bienestar económico, no de forma inmediata para todos los pueblos, sino mediante un proceso lento y ordenado que el Estado gestionaría a lo largo de generaciones. El liberalismo "centrista", tal y como lo describió Wallerstein en su libro El sistema mundial moderno IV, era utilizado por «los fuertes [para] mitigar el descontento de los débiles». Los individuos fuertes atenuaban el descontento de las masas débiles, y los Estados fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles.
Sin embargo, la ventaja económica de EEUU se resquebrajó cuando el Sur Global comenzó a rechazar la estructura de poder de Yalta. Tras la desintegración de uno de los principales actores, la Unión Soviética, las masas y los Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. En esta situación, para Wallerstein, «los conservadores volverían a ser conservadores, y los izquierdistas, izquierdistas. Los liberales no desaparecieron, pero se vieron reducidos en número». Las posibilidades ideológicas eran ahora infinitas.
Tras la Guerra Fría
Tras la Guerra Fría, Wallerstein veía un gran potencial para que el declive de la hegemonía estadounidense viniera acompañado de una redistribución económica interna. Diez años después, el movimiento izquierdista no se había materializado, mientras que los halcones conservadores se habían afianzado firmemente en el poder. Pretendían hacer alarde de su poderío militar porque, según su razonamiento, «si Washington no ejerce su fuerza, EEUU se verá cada vez más marginado».
Pero Wallerstein consideraba que sus acciones tenían el efecto contrario. Dada la inevitabilidad del declive, la política exterior agresiva de Bush «solo contribuirá al declive de EEUU, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y turbulenta».
En retrospectiva, el ensayo de Wallerstein de 2002 y su aparición en televisión constituyeron un intento de desviar a EEUU de su trayectoria. Evidentemente, había abandonado la esperanza en un movimiento liberal y ahora centraba su atención en el propio poder hegemónico en declive.
En el verano de 2002, más de seis de cada diez estadounidenses estaban a favor de iniciar una segunda guerra en Irak. La opinión de Wallerstein era la de un grupo de críticos impopulares, pero persistentes. Ante tales críticas, Bush se limitaba a señalar que la historia juzgaría sus acciones.
Hoy está claro que los halcones no pudieron preservar la hegemonía estadounidense, ni remodelar el mundo de una manera más favorable a los intereses de EEUU. ¿Qué ha ocurrido desde entonces hasta ahora?
Declive y negación
El siglo XXI no ha sido favorable para EEUU. Los líderes estadounidenses han presionado para recuperar la hegemonía perdida. A medida que el poder económico de EEUU ha disminuido en comparación con el resto del mundo, Washington ha utilizado su ejército para demostrar fuerza y alcanzar sus ambiciones políticas.
De hecho, EEUU ha emprendido más intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990. Esta elección fue la estrategia clásica de una potencia hegemónica en declive que se niega a aceptarlo, consciente de su caída, pero ajena a que su mejor opción, y la única viable, era la gestión adecuada de dicho declive.
EEUU no ha hecho del mundo un lugar más pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006), Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con lo que habría sido de no haber intervenido, una conclusión confirmada por las criminales aventuras militares estadounidenses en Oriente Medio.
El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haberse escrito este año (o esta misma semana, para el caso). Escribió que EEUU se encuentra como «una superpotencia solitaria que carece de verdadero poder, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar». La reacción de los activistas de 1968 que él describió provino tanto del Sur Global no alineado como de las masas descontentas en el propio país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema mundial se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y, a continuación, volvió a extenderse hacia el exterior.
El fin de la Guerra Fría desvinculó al izquierdismo y al conservadurismo del liberalismo "centrista". Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal se vieron cuestionadas por figuras como Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia --primero en 2017 y de nuevo en 2025-- lo hizo como crítico del orden liberal estadounidense.
Sin embargo, el lema «[Norte]América primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de los trabajadores. En cambio, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), por el militarismo en el exterior y por políticas internas de deportación masiva. EEUU ha seguido ampliando sus compromisos militares y su gasto militar, pero sin comprometerse con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de los estadounidenses respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.
En resumen, EEUU ha elegido la vía neofascista que Wallerstein consideraba inicialmente la menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de las clases más altas han tratado de aferrarse a sus notables privilegios y recompensas. En consecuencia, los estadounidenses llevan una vida más precaria, viviendo de sueldo en sueldo, con menos protecciones frente a los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral.
En 2026, la guerra de EEUU en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de EEUU para salirse con la suya a pesar de contar con el ejército supuestamente más poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida mermado y una clase dirigente en la que ya no confía.
Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel mundial como nacional, que no puede controlar.
jacobin.com. Traducción: Antoni Soy Casals para Sinpermiso.







