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06/10/2019 :: Europa

¿No hay alternativa?

x Francisco Fernández Buey
Fernández Buey responde a la afirmación de la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher de que “No hay alternativa”

Nota de edición: En este breve texto de 1991, que conserva su vigencia, Francisco Fernández Buey responde a la pregunta formulada por la revista El Ciervo sobre la afirmación de la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher de que “No hay alternativa” 

***

Hay dos maneras de decir que en este mundo nuestro de hoy no hay alternativa.

La primera manera es la que de quienes se encuentran a gusto en él y piensan que cualquier otro tipo de sociedad distinta de esta que ahora conocemos los euroamericanos sería peor. Las personas que así piensan tienden a presentar los acontecimientos de estos meses [1] como una confirmación de la bondad del sistema capitalista. El argumento es simple y ha calado mucho en las gentes por estas latitudes: lo que en la URSS y los países de su área se presentaba como alternativa al capitalismo ha resuelto ser socialmente más injusto, económicamente más desorganizado, ecológicamente más destructor y culturalmente más alienante que aquello otro que criticaba.

La prueba práctica del argumento también salta a los ojos: bastaría con mirar lo que han estado diciendo y queriendo la mayoría de los ciudadanos checos, polacos, húngaros o rusos a lo largo del reciente proceso que se inició con la perestroika en la URSS [2] y, en cierto modo, terminó con la apertura (que no caída ni hundimiento) del muro de Berlín.

Esta manera de decir que no hay alternativa tiene una parte de verdad que es menester reconocer. Aquello -llámese como se quiera- que durante décadas apareció a los ojos de muchos (mayormente trabajadores, personas explotadas y oprimidas) como la alternativa al sistema capitalista se ha agotado, ha cumplido su ciclo histórico. Pero esta parte de verdad no lo es todo en ese argumento. En la mayoría de las formulaciones que yo conozco este argumento pretende implicar, además del reconocimiento de que se ha agotado aquella alternativa, otras dos cosas: 1) que fuera del sistema capitalista existente no hay salvación, y 2) que cualquier otra alternativa que se pretende oponerle conducirá al desastroso caos que hoy es la URSS.

Dejemos de lado el tono policíaco y las maneras torquemadescas con que suelen presentar el argumento contra sus antiguos amigos los recién llegados a la consoladora teoría de que vivimos en el mejor de los mundos posibles [3]. Lo que importa es resaltar que la falsedad de estas dos implicaciones enturbia la veracidad de lo dicho sobre lo que había en la URSS y obliga a sospechar de la moralidad de todo el argumento.

La otra forma de decir que no hay alternativa atiende a las dos caras principales del mundo de hoy. Reconoce el fracaso de aquel intento de industrializar aceleradamente las sociedades en nombre del socialismo, precisa que tal proceso de industrialización degrada ideológicamente la palabra misma ‘socialismo’, pero afirma también que, mientras tanto, las gélidas aguas del cálculo egoísta (para decirlo con una caracterización marxiana del capitalismo [4]) han puesto al hombre de finales del siglo XX al borde del abismo.

Pues, ¿no es un abismo la acumulación de armas nucleares, químicas y convencionales convertida en negocio continuo y movida principalmente por la lógica del beneficio? ¿No es un abismo la crisis ecológica que las instituciones internacionales no pueden detener por dominar en ellas el interés privado? ¿No es un abismo la plétora miserable en la que compiten el hambre y la sed con la mayor exaltación de todo lo superfluo? ¿No es un abismo el que dos tercios de la humanidad se hallen al borde de la miseria en lugares de la tierra donde se producían no hace mucho las más indispensables materias primas? ¿No es un abismo las grandes migraciones intercontinentales en curso por motivos económicos, ecológicos, culturales y políticos? ¿No es un abismo el choque cultural que se adivina ya en las manifestaciones de racismo y xenofobia de nuestras metrópolis? ¿No es un abismo la economía de la droga movida, de un lado, por el multiplicarse de las alienaciones y, de otro, por el empobrecimiento de las tierras y el expolio de los campesinos pobres? ¿No es un abismo la aceptación de las tasas ‘naturales’ de desempleo y el crecimiento del parasitismo y del corporativismo en nuestras ciudades? ¿No es un abismo la mercantilización generalizada de la producción simbólica y, más recientemente, de lo viviente?

La otra forma de decir que no hay alternativa abre los ojos ante el infierno de la estupidez que es el capitalismo actual. Y pone el acento en el momento presente: no hay alternativa ahora. Y no la hay porque salimos de una nueva derrota como el niño perdido en la intemperie de Galeano [5]. Pero al mismo tiempo esta otra forma de ver las cosas dice: hace falta una alternativa; hace más falta que nunca, es más urgente que en cualquier otra fase de la historia del capitalismo.

Y si a pesar de que hace falta y de su urgencia, se dice aquí que no la hay ahora es porque también nuestro volver a empezar tiene que arrancar de la veracidad, esto es, del reconocimiento de que estamos aún en un momento prepolítico, en un momento en el que los sujetos del cambio necesario no pueden todavía reconocerse porque viven demasiado lejos unos de otros y tienen tal vez historias demasiado diferentes. Pero la cólera del ciudadano humillado en las metrópolis imperiales no tardará mucho en encontrarse con la consciencia de los proletarios del mundo a los que el capitalismo no garantiza ni el comer ni el beber. Mientras tanto aquí, en el balneario del mundo, más que pensar en la alternativa habrá que pensar seguramente en programas de acción, en programas de luchas y en programas de estudio.

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Notas de edición

1) Fernández Buey hace referencia a la apertura del muro de Berlín, a la implosión de los países (del mal llamado “socialismo real”) de Europa del Este y al proceso de desintegración de la Unión Soviética.

2) El intento de reforma democrática de Unión Soviética defendido y dirigido por Mijail Gorbachov, entonces secretario general del PCUS.

3) Una “teoría” defensora de la civilización capitalista que toma pie en la idea leibniziana del mejor de los mundos posibles, conjeturada por el gran filósofo alemán para argumentar la consistencia de la omnipotencia divina y la existencia del mal en el mundo.

4) Referencia a un célebre paso del primer capítulo del Manifiesto comunista. El autor prologó la edición castellana de El Viejo Topo del clásico marxiano: “ Para leer el Manifiesto comunista ” . Ahora también en Francisco Fernández Buey, Marx a contracorriente , Vilassar de Mar, El Viejo Topo, 2018, pp. 157-170.

5) Francisco Fernández Buey se refiere a un texto de Eduardo Galeano titulado, precisamente, «El niño a la intemperie». Publicado en El País y recogido en el libro Ser como ellos y otros artículos (Siglo XXI, 1992, pp. 97-105). Debo a Alfredo Iglesias Diéguez la información usada en esta nota.

www.elviejotopo.com

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