Inscrito en el cuerpo

Visto por sus superiores, el agente Naya era muy particular: se había enrolado en la Policía Bonaerense como mujer, pero insistía en usar pantalones y cumplir tareas de hombre. Cuando le negaban la posibilidad, pedía que le tomaran una prueba para demostrar que podía. Así conquistó espacios dentro de la fuerza: le dejaron manejar patrulleros, hacer piruetas en moto y ser tan operativo como el que más. En 1979 perdió un dedo de la mano derecha durante un tiroteo. Para entonces la mayoría de la gente le decía Gaby, nombre que indicaba cierta ambigüedad y que representaba un homenaje secreto a su abuela. “A los 12 años —recuerda— fue la primera persona con la que me animé a hablar. Le dije que quería ser hombre, y ella se llevó mi confesión a la tumba. Una vez me dijo que si yo hubiera nacido varón me hubiese llamado Jorge Gabriel. Entonces tuve la idea de ponerme ese nombre.”
Al hacer esa primera confidencia, Gaby tenía claro lo que deseaba. El gusto por jugar a la pelota, decapitar muñecas, cazar pajaritos con su primos de City Bell [población de las afueras de La Plata, Buenos Aires] o atajar en los partidos de fútbol no era algo que “ya se le iba a pasar”, como decían los psicólogos, sino parte estructural de su personalidad. Además de enamorarse de mujeres heterosexuales, Gaby se mostraba como uno de esos tipos que parecen destinados al paraavalanchas: con dos o tres certeros botellazos en la cabeza habría dejado las huestes de la ley para ser barrabrava de Estudiantes de La Plata, el club de sus amores.
A los 21 decidió que se quería operar. “Sabía —dice hoy— que había nacido en un envase equivocado.” Averiguó cómo era el tratamiento en Chile, donde para entrar en el quirófano alcanzaba con pagar la tarifa, pero enseguida desistió: para hacer todos los pasos tenía que vivir un año en el país trasandino, y además seguiría teniendo documentos de mujer para siempre. Por muchos años, entonces, vivió con una diferencia entre su identidad y su nombre legal, con un desfasaje insoportable entre el deseo y el cuerpo.
En 2006, cuando estaba por cumplir 45, Gaby Naya descubrió que un equipo médico del Hospital Gutiérrez había operado a mujeres transexuales. Volvió a su ciudad natal y pidió un turno en el mismo consultorio. Allí conoció a César Fidalgo, que venía de hacer algunas operaciones inversas a la de Gaby y con quien, sin saberlo, había compartido la misma tribuna en la cancha del Pincha. Los médicos accedieron enseguida: Gaby era el primer hombre trans que recurría a ellos. Le pidieron un tiempo para capacitarse, tiempo que Gaby ocupó en ir a la Justicia: en la Argentina, las operaciones de reasignación genital están reguladas por la Ley 17.132, dictada durante el gobierno de Onganía. Allí se prohíben las “intervenciones quirúrgicas que modifiquen el sexo del enfermo, salvo que sean efectuadas con posterioridad a una autorización judicial”. En esas dos líneas se esconde el laberinto donde suelen perderse las ilusiones de alivianar el sufrimiento o conquistar la felicidad mediante el uso del bisturí.
El protocolo
Para cuando Gaby comenzó sus trámites, ya se había avanzado bastante en materia de cómo aplicar esa legislación. La prehistoria comenzó en 1997, cuando un tribunal permitió la operación de Juana Luffi, de 50 años de edad. Juana había nacido con un pene atrofiado y deseo de ser mujer. Durante más de una década peregrinó por juzgados y hospitales hasta que logró que se reconociera su derecho. En 2001 se operó Susana Panello, que consiguió su DNI femenino tres años después, y en 2006 le llegó el turno a Alejandra Portatadino.
Después de larguísimos trámites, de perder su trabajo e incluso intentar suicidarse, Alejandra logró la autorización judicial para entrar al quirófano. En su caso se diagnosticó disforia de género, que es considerado uno de los síntomas del síndrome de Harry Benjamín. Ese síndrome se define como una “variación genética, hormonal y neurológica que produce que el cerebro se desarrolle con un sexo opuesto al físico genital del individuo que lo padece”. En términos médicos, la disforia de género es “un desacuerdo profundo entre el sexo biológico y el sexo psicológico”. En esos mismos ámbitos clínicos, también se le llama disforia a la transexualidad.
El caso de Alejandra no sólo sentó jurisprudencia legal sino que generó un protocolo de atención médico-judicial para personas con intenciones de acceder a una cirugía. La propia Alejandra participó de la elaboración. “Ahora —explica desde su lugar en la CHA, la Comunidad Homosexual Argentina—, una persona que siente que necesita la operación tiene que ir a un psicólogo especialista y pedirle un psicodiágnostico. Intervienen un psicólogo y un psiquiatra. Una vez que está el psicodiagnóstico, se presenta en la Justicia. Allí interviene el cuerpo médico forense. Entonces citan a la persona, confirman el diagnóstico y toman otras pruebas. Tiene que ser un diagnóstico certero. Si el dictamen es favorable, el cuerpo médico forense confirma el diagnóstico y dice que es conveniente la cirugía, el juez saca la sentencia favorable. Entonces se envía un oficio al hospital para autorizar la cirugía.”
Desde el año ’97 hasta hoy, el equipo médico del Hospital Gutiérrez realizó 18 operaciones de reasignación genital. “De masculino a femenino —explica César Fidalgo, jefe de Urología de ese hospital— hemos realizado 14 y de femenino a masculino, completa, una sola: la de Gaby. Después hay tres más que están en proceso, que han recibido la primera cirugía o van por la segunda.” En todos los casos, las personas que se operaron pasaron la prueba de los controles médicos y consiguieron la autorización judicial. Ese último paso a veces complica las cosas. “Al intervenir los juzgados —dice Fidalgo—, cada uno lo hace como quiere, y cada juzgado pide cosas distintas, algunos piden que intervenga el tribunal de bioética, otros no. Esto tendría que pasar por el ámbito médico, no por el judicial; es un tema médico, psicológico, psiquiátrico, quirúrgico o como quieras llamarlo, como pasa en España, por ejemplo. La Justicia sólo tendría que intervenir en la rectificación de la identidad legal. No puede ser que a mí me venga un paciente estudiado por un juzgado.”
No somos error
Julia Amore es una actriz de sonrisa generosa y ojos brillantes. Tiempo atrás decidió emprender su tratamiento de readecuación genital. Ese, explica, “es el nombre específico de lo que voy a hacer, porque mi vida como mujer y mi género ya los tengo, no me los tiene que reasignar nadie”. Para hacerlo, Julia eligió el Hospital Durand, donde todavía no se hizo ninguna intervención quirúrgica. Su proceso de transición comenzó hace un año, y Julia prometió narrarlo paso a paso desde las páginas de la revista El Teje. En estos primeros pasos, dice, “descubrí que no es nada fácil, que estamos en un país donde las leyes son totalmente obsoletas. Reconfirmé lo que ya sabía y lo que todos vivimos en el día a día. Me encuentro con que tengo que hacer una serie de cosas que yo no sabía; estudios, análisis y psicodiagnósticos con psicólogos y psiquiatras. Tengo que reconocerme ‘no sana’ o ‘con falla’ para que la ley en nuestro país me pueda otorgar la posibilidad de operarme. Yo no me siento fallada, pero son las cosas en las que hay que transar para que después me otorguen la posibilidad de hacerme la reasignación de sexo”.
Sostener que la transexualidad es una enfermedad parte de una clasificación de la Organización Mundial de la Salud, que la define como una patología mental a la que denomina “Trastornos de la identidad de género”. Desde allí se construye toda la normativa que rige sobre la posibilidad o no de modificar los cuerpos de las personas transexuales. En algunos países como España, donde el diagnóstico psiquiátrico es necesario para acceder al quirófano, la comunidad trans inició una campaña contra la disforia de género, a la que consideran una forma de transfobia. En la Argentina, además de las resistencias individuales —las personas que respiran hondo y se deciden a cumplir todos los requisitos legales con cierta resignación—, también hay voces disonantes.
Para Mauro Cabral, del Mulabi (Espacio Latinoamericano de Sexualidades), las consecuencias de esa clasificación representan un avance de la medicalización sobre las experiencias trans en la región. “El considerar —sostiene— que si una persona se identifica en un sexo distinto al que le dieron al nacer es porque sufre algún tipo de patología, o de trastorno, reduce a las personas trans a un status perpetuo de pacientes.” Para Mauro, cada persona trans tiene, en principio, la posibilidad de abrir el juego a nuevas narrativas. “Pero se trata de una posibilidad que es a menudo anulada, por ejemplo, cuando la medicalización es el único modo de obtener el derecho a la identidad.” Lo importante, sostiene Mauro, “es conservar la capacidad para distinguir entre lo que aparece como una coacción social y normativa y lo que aparece naturalizado. No es lo mismo decir que sufro de algo para obtener el acceso a un derecho, que encarnar el diagnóstico como aquello que me define. Una cosa es necesitar un bisturí para encarnar el cuerpo que queremos y otra distinta es que ese bisturí nos inscriba el diagnóstico en la carne”.
En el quirofano
Ya sea con resignación y valor o sólo con alguno de esos dos ingredientes, cuando se sortean todos los obstáculos y se llega al quirófano, parte de la historia está a punto de terminar. En el caso de las mujeres trans se realiza una sola intervención quirúrgica, a veces seguida de una cirugía estética.
“Con la piel del pene —explica César Fidalgo— se hace la vagina, y con lo que son las bolsas escrotales se hacen lo que son los labios mayores. La parte urinaria se adapta para que la paciente pueda orinar sentada. Desde el punto de vista estético y funcional, la paciente va a tener una vagina.” Para los hombres trans, las operaciones son más complejas. En total son cuatro. Primero se extraen las mamas. En una segunda etapa se hace lo mismo con el útero y ovarios. Con lo que es piel de tejidos abdominales se hace el pene y las bolsas escrotales, además de colocar una prótesis testicular. Por último, si el paciente puede pagarlo —el resto se hace en el hospital público—, se coloca una prótesis peneana hidráulica, para permitir que ese pene que se formó tenga erecciones.
En el caso de Gaby Naya, la ansiedad fue más fuerte que el procedimiento. En 2006, cuando cumplió todos los pasos previos a la operación, había dejado la Policía Bonaerense para trabajar de guardaparques en Mar del Plata. Quería terminar su historia lo más rápido posible, casarse con su novia y tener una vida normal. “Estaba tan apurado —recuerda— que no quise hacer las cuatro operaciones por separado, así que los médicos se jugaron una carta grandísima conmigo. Es algo que no lo hacen nunca más: en el quirófano hubo tres equipos trabajando juntos.” De la operación, Gaby tiene un recuerdo grabado: antes de entrar a la sala de operaciones, le dijeron que iba a estar 48 horas en terapia intensiva, pero como ese día jugaba Estudiantes con San Pablo por la [copa] Libertadores, sólo lo pudieron retener por 12 horas. “No sé si era por la ansiedad, pero a la una de la madrugada entré a terapia, y a las 5 ya estaba llamando para que me bajaran al piso. La desesperación mía era ver el partido.”
La última fase de la operación, la colocación de la prótesis, para Gaby fue toda una revelación. “Me pusieron una norteamericana, que funciona bárbaro. En uno de los testículos llevo una bomba, que la acciono y hace que se ponga el pene en erección. Hasta que yo no lo bajo, no se baja.”
En los primeros tres meses con su cuerpo nuevo, Gaby se separó de su mujer. “Lo hablamos —recuerda— y ella me dijo que tenía que vivir todo lo que no pude vivir antes. A partir de entonces pintó el descontrol. Te puedo asegurar que tengo una vida sexual espectacular, espectacular. En estos dos años estoy haciendo lo que no hice en toda la vida. La estoy pasando bomba. Te lo puedo asegurar.”
Articulo aparecido en el suplemento Soy de Página 12
Recuadro: La vía chilena
En Chile, donde las operaciones de reasignación genital no están prohibidas, se realizan entre 10 y 20 intervenciones al año, que incluyen un alto porcentaje de argentinos y argentinas que cruzan la frontera. Las operaciones allí cuestan cerca de U$S 10.000 [un salario normal en Argentina es de 250 dólares...]. Otros lugares donde se realiza este tipo de cirugías son Inglaterra, Francia, España y en algunos países del Sudeste asiático.
La vía chilena para el movimiento trans local se inauguró en los ’80. Una de las primeras en cruzar la cordillera fue Marcela Romero. Lo hizo “sin dudar ni un segundo de que era lo que quería”. A los 13 años, a Marcela la confundían con una mujer y se rateaba de gimnasia de forma metódica: era la única materia en la que tenía cero. Su familia creía que era porque no sabía atajar penales, pero la verdad es que no estaba dispuesta siquiera a intentarlo. A los 17 dejó de hacer una doble vida: le pidió a su familia que dejaran de mandarle piyamas y calzoncillos. Salió a taconear en el barrio de Congreso [Buenos Aires], y enseguida conoció la cárcel de Devoto, lugar a donde iban a parar aquellas trans pioneras de principios de los ’80.
Pero en la calle también juntó dinero para poner en sintonía su identidad y su cuerpo: primero para hacerse los pechos en San Pablo y después para viajar a Chile y cumplir el sueño que venía arrastrando desde chica. Tenía 23 años. “Yo estaba muy segura de mi transexualidad —recuerda Marcela—, pero me incomodaban las leyes que hay acá. Entonces me operé en Chile, porque ahí no tenés que pasar por la autorización de un juez. Hice los trámites, pasé por un psicólogo, me hicieron análisis y de ahí al quirófano.” Cuando despertó del sueño de la anestesia, una enfermera le sostenía la mano. “Ya eres niña”, le dijo la mujer, y a Marcela eso le quedó grabado como el inicio de una nueva vida.
Enseguida quiso mirarse al espejo y estrenar la ropa ajustada que había comprado para su nuevo cuerpo. Al mes, ya en Buenos Aires, se encontró con un viejo pretendiente que sabía de su operación y que se propuso como su primer hombre. Aquella vez todo fue romántico y delicado. Lo que vino después echó por tierra cualquier mito sobre la supuesta falta de plenitud sexual que seguiría a la operación. “Me hicieron una nota en Eroticón —recuerda Marcela entre risas— y empezaron a venir hombres de todas partes a verme. Me dieron una baqueteada importante.”
Pero junto con la felicidad del cuerpo propio también surgieron las complicaciones. Durante los primeros 14 años posteriores a la operación vivió con documentos de hombre. La primera vez que cayó presa después de la operación, en Devoto no sabían dónde alojarla. La dejaron cinco días sola, encerrada en una celda, hasta que convenció a los carceleros de que tenía que estar con las demás chicas trans.
Cuando decidió tramitar el documento de identidad femenino, hace 10 años, le cayó el peso de la burocracia estatal encima. “Un juez me mandó a un médico forense para ver la profundidad que tenía mi cirugía. Tuve que pasar por un psicólogo y por un psiquiatra para que me den los documentos, y yo ya estaba operada. Todo el trámite duró 10 años. Es una prueba más de que necesitamos una ley de identidad de género para que tengamos nuestra documentación.”







