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29/06/2022 :: Europa

Intereses, diplomacia y la perspectiva de más violencia

x Nahia Sanzo
En la balanza entre evitar la destrucción completa de la industria y las infraestructuras del país y buscar un compromiso, Kiev y sus socios siguen rechazando un acuerdo

Muchos han sido los medios que esta semana de importante agenda geopolítica han recogido la insistencia de Boris Johnson en no concluir una mala paz con Rusia, lo que, en su opinión, daría a Vladimir Putin -no a Rusia, sino a su presidente- “licencia para manipular tanto los países soberanos como los mercados internacionales a perpetuidad”. El primer ministro británico, que el pasado marzo se jactaba de haber descarrilado las negociaciones entre Ucrania y Rusia en un momento en el que se daba a entender (de forma un tanto ingenua) que podía haber un acuerdo, ha sido el líder más activo en defensa política, diplomática y militar de Ucrania.

La postura de Johnson contrasta con la de Emmanuel Macron, principal defensor de la idea de buscar algún tipo de acuerdo que garantice un alto el fuego temporal que permita ganar tiempo en busca de una solución a más largo plazo. Pese a que ambas posturas pudieran parecer enfrentadas, su objetivo es el mismo: lograr que Ucrania disponga del suficiente apoyo militar y político para negociar con Rusia, ahora o en el futuro, en posición de fuerza.

Mientras que el presidente francés considera que el momento actual -con Ucrania ya como país candidato a la entrada en la Unión Europea y con la amenaza de reforzar el Ejército Ucraniano hasta un nivel que pudiera causar para Rusia unos costes excesivos- podría ser propicio a un compromiso, el premier británico ha afirmado públicamente que cualquier concesión territorial a Rusia sería inaceptable. Mientras que la postura británica y estadounidense -apoyada también por ciertos países de la Unión Europea como Polonia o los países bálticos- es castigar a Rusia más que lograr la paz en Ucrania, las potencias de la UE (Alemania, Francia e Italia) persiguen lograr un alto el fuego que dé paso a una negociación que, teniendo en cuenta la situación actual, en cualquier caso sería incierta.

Al margen de la viabilidad de unas negociaciones en busca de un alto el fuego en un momento en pleno apogeo de la batalla por Donbass, los antecedentes de los últimos años hacen aún más improbables unas negociaciones entre Rusia y Ucrania mediadas por las potencias europeas (más aún en caso de mediación de sus aliados anglosajones).

Antes incluso de la intervención militar rusa iniciada el 24 de febrero, el reconocimiento de Moscú a las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk había puesto punto final a los acuerdos del proceso de Minsk. Firmados en septiembre de 2014 y febrero de 2015, en ambas ocasiones como un compromiso para parar la guerra ante las derrotas militares ucranianas, los acuerdos de paz lograron ciertos éxitos en términos de evitar una guerra abierta, pero jamás lograron pasar a la fase política de lo que debía ser un proceso de paz. A la falta de voluntad de resolver las contradicciones en la interpretación que cada una de las partes en la negociación hacía de los acuerdos se sumó una desconfianza mutua que aumentó con los años y que convirtieron en papel mojado fácil de manipular al único acuerdo capaz de estabilizar la situación e impedir que una guerra localizada en Donbass se extendiera a toda Ucrania.

Semanas antes de que los acontecimientos se precipitaran, la publicación por parte de Sergey Lavrov de la correspondencia diplomática entre las cancillerías de Alemania, Francia y Rusia no solo mostró la firme voluntad europea de defender la interpretación ucraniana de los acuerdos y de defender a Kiev de tener que cumplir con los puntos políticos que nunca tuvo intención de implementar (derechos lingüísticos, autonomía económica, amnistía a los participantes en la guerra y, sobre todo, el estatus especial para los territorios de la RPD y la RPL a cambio del retorno de los territorios a Ucrania) sino que minó la escasa confianza que había entre las partes. Lo mismo se puede decir de la publicación este pasado fin de semana del contenido de la última conversación entre los presidentes francés y ruso antes del 24 de febrero.

Parte del material para un documental en el que Emmanuel Macron intenta presentarse como un estadista en busca de la paz, la conversación deja clara la continuidad en las posturas y la brecha fundamental que siempre hizo imposible el avance diplomático. Mientras el presidente Putin se refiere a las numerosas propuestas presentadas por las Repúblicas Populares, los separatistas a los que abiertamente rechaza escuchar Macron, el presidente francés presenta los acuerdos de Minsk como un pacto con Rusia en el que el papel de Donetsk y Lugansk es simplemente cumplir lo propuesto por Kiev. Poco importa al presidente francés -o a la diplomacia francesa y alemana en general- la insistencia rusa en que la base de los acuerdos de Minsk era buscar un encaje de Donbass en Ucrania a partir de un diálogo directo entre Kiev, Donetsk y Lugansk.

Durante siete años, Ucrania, con el firme apoyo político de Alemania y de Francia y el desinterés de la prensa -tanto la occidental como la rusa-, ha logrado imponer un discurso en el que presenta los acuerdos de Minsk como la paz del vencedor, una imposición rusa de unas condiciones políticamente inaceptables que una democracia no debería verse obligada a cumplir. En esos términos se refiere también Emmanuel Macron, que en sus palabras muestra la desidia y la indiferencia por el texto que dice estar defendiendo o su más absoluta ignorancia de la letra y el espíritu de los acuerdos.

“En relación con lo que has dicho, Vladimir, varios comentarios”, rebate Macron al reproche de Putin al desinterés de Kiev por siquiera escuchar las propuestas de la RPD y la RPL. “Primera cosa, los Acuerdos de Minsk son un diálogo con vosotros, tienes toda la razón. En este contexto, no está previsto que la base de la discusión sea un texto presentado por los separatistas. Y así, cuando tu negociador trata de imponer a los ucranianos que debata sobre la base de las hojas de ruta de los separatistas, no es respetuoso con los Acuerdos de Minsk. ¡No son los separatistas los que van a hacer proposiciones sobre las leyes ucranianas!”, concluye el presidente francés, dejando claro una vez más que el único papel de Donetsk y Lugansk es el de cumplir lo impuesto por Kiev.

“Tenemos una lectura completamente diferente de la situación”, insiste Vladimir Putin. “Durante nuestra última reunión, te recordé e incluso te leí los artículos 9, 11 y 12 de los Acuerdos de Minsk”, añade, a los que Emmanuel Macron responde, cada vez más molesto, que solo intenta aplicar los textos. “Y no sé qué jurista te puede decir que en un país soberano los textos de ley son propuestos por grupos separatistas y no por las autoridades elegidas democráticamente”, prosigue, ignorando abiertamente que la base de los acuerdos de Minsk era un estatus especial que debía partir del diálogo entre las partes.

Es precisamente la mención de Vladimir Putin al diálogo la que provoca la incoherente reacción de Macron que admite que “las propuestas de los separatistas nos importan un bledo. ¡Lo que les estamos pidiendo es que reaccionen a los textos de los ucranianos y hay que hacer las cosas en ese sentido porque es la ley! Lo que acabas de decir pone en duda, en alguna parte, tu propia voluntad de respetar los Acuerdos de Minsk, si tú piensas que tienes frente a ti a autoridades ilegítimas y terroristas”. Ilegítimas y terroristas, las autoridades de Donetsk y Lugansk son necesarias sin embargo para mantener las apariencias de un proceso de negociación en el que, según el presidente francés, no merecen ni voz ni voto, pero a las que exige su presencia en el Grupo de Contacto. Únicamente, eso sí, para cumplir las propuestas ucranianas.

Cuatro días después de esa conversación, la intervención rusa liberaba a Kiev, no solo de cumplir unos acuerdos de los que trató de liberarse desde su firma, sino también de la necesidad de mantener la ficción de la voluntad de diálogo.

Como entonces, Ucrania sigue buscando imponer su postura, ahora contra Rusia como ya intentara hacer con Donetsk y Lugansk. “No es momento para negociaciones”, repitió de nuevo ayer Volodymyr Zelensky, que pidió a los países del G7 más sanciones contra Rusia y más armas para Ucrania con el objetivo de hacer lo necesario para que la guerra acabe en 2022. Lo hizo antes de que por la tarde un misil ruso que destruyó una industria militar causara un potente incendio en el centro comercial [que había informado públicamente que no iba a cerrar sus puertas por las alarmas antiaéreas] situado a escasos metros, provocando la muerte de al menos quince personas y heridas a varias docenas. Sin embargo, ni este ataque ni los ataques de los últimos días son la causa de la negativa ucraniana a las negociaciones.

Siempre improbable antes de que concluyera la batalla por Donbass, el acuerdo entre Rusia y Ucrania se hizo simplemente imposible tras la retirada rusa de Kiev y Chernigov, percibido por Kiev y sus aliados como una prueba irrefutable de la debilidad rusa. Ese punto de inflexión provocó que se confirmara la voluntad ucraniana y occidental de luchar hasta el final en busca de una derrota militar rusa en Ucrania que supusiera una derrota política global para Moscú.

Los intereses de la Unión Europea se han centrado hasta ahora en buscar un alto el fuego que permitiera a Ucrania, no solo rearmarse -ese ha sido también uno de los éxitos de los tiempos de Minsk, como admitió públicamente la excanciller Merkel-, sino parar la ofensiva rusa en el este. Recibida ya la artillería pesada con la que esperaba recuperar la isla de las Serpientes (y amenazar así Sebastopol, al menos para la galería, pero el asalto a las Serpientes, a pesar de contar con la ayuda de aviones de la OTAN, volvió a acabar en fracaso) antes de trasladarla al frente sur para avanzar sobre Jerson o al frente del este para continuar con la destrucción de las ciudades que Kiev sabe que no podrá recuperar, aquella opción carece de atractivo alguno para Ucrania.

Coincide en ello con Londres y Washington, menos afectadas por los efectos secundarios de las sanciones contra Rusia. En estos meses se ha comprobado algo evidente desde que comenzara la lucha de EEUU contra el Nord Stream-2: las sanciones contra el sector energético ruso son en realidad sanciones contra la Unión Europea, fundamentalmente contra Alemania.

Con el claro objetivo de lograr que no sea posible una relación económica -las relaciones políticas han quedado tan dañadas que será difícil que puedan repararse en décadas- entre Berlín y Moscú, la coyuntura favorece los intereses geopolíticos, estratégicos e incluso económicos de Washington, que podrá incluso probar su armamento contra la potente defensa antiaérea rusa.

Si ese proceso de hacer explotar todos los puentes entre Ucrania y Rusia o entre Alemania y Rusia implica la destrucción real de todos los puentes sobre el Dniéper (o sobre el Dniéster) no parece ser un problema para EEUU ni tampoco para Kiev, que pretende utilizar la guerra para perpetuar su alianza con Occidente y consolidar una ruptura completa e irrevocable con Rusia. Con la situación política y militar como único argumento para buscar una entrada acelerada en la Unión Europea, Ucrania busca además una relación privilegiada con la OTAN, de la que, como afirmó Oleksiy Arestovich, ya se siente miembro de facto.

Durante siete años, Ucrania prefirió arriesgarse a que la guerra se perpetuara o se extendiera por todo el país en lugar de cumplir unos acuerdos que falsamente presentó como una concesión de soberanía a Moscú. Ahora, los riesgos han aumentado, pero la lógica no ha cambiado. En la balanza entre evitar la destrucción completa de la industria y las infraestructuras del país y buscar un compromiso, Kiev y sus socios continúan rechazando un acuerdo que implique concesión territorial alguna, incluso la aceptación de la marca de Crimea ocurrida sin violencia hace ocho años, sin que se haya producido desde entonces signo alguno de que la población desee regresar bajo control ucraniano.

El objetivo, como ha afirmado abiertamente Volodymyr Zelensky, es regresar por la fuerza a las fronteras del 24 de febrero. Ese improbable resultado implicaría un enorme uso de la fuerza y una destrucción masiva tanto de las zonas de Donbass y Zaporozhie capturadas por la RPD y la RPL en los últimos cuatro meses y de las zonas de Jerson, donde la retirada ucraniana ha supuesto menos batallas y escasa destrucción.

Eso condena a Ucrania a una fase más violenta y más peligrosa a medida que los ataques de los misiles rusos traten de alcanzar objetivos más complicados, muchos de ellos situados en ciudades, lo que implica un elevado riesgo de que se produzca un creciente número de bajas civiles. Y eso condena también a Donbass a las represalias de las tropas ucranianas, siempre dispuestas a someter al castigo colectivo de bombardeos indiscriminados a una población a la que ha alienado desde 2014 y que sabe que no recuperará.

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