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26/09/2017 :: Argentina, Chile

¿Por qué pelean los mapuche?

x Movimiento político-pedagógico-sindical Florencia Fossati
Lo que hay detrás de la desaparición de Santiago Maldonado

Primero lo primero

La desaparición forzada de Santiago Maldonado nos retrotrae a las noches más oscuras de la dictadura militar. Pero no sólo a eso. También a los más de 200 casos de desaparecidos en democracia desde 1983, como testimonia la CORREPI. Si, en democracia también puede haber desaparecidos.
Los más emblemáticos por la repercusión y las movilizaciones que tuvieron fueron los casos de Julio López y Luciano Arruga bajo el gobierno de los Kirchner. Porque el Estado siempre es responsable,  ya sean fuerzas militares, de seguridad  o grupos de tareas, gobierne quien gobierne.
Pero también la desaparición en noviembre del 2016 de Marcelino Olaire, nieto del cacique de la Comunidad Qom Félix Díaz, que lo llevó a declarar a un medio: “Si Maldonado fuera indígena, no tendría esa visibilidad”.
O sea, estamos ante la segunda desaparición bajo el gobierno de Macri relacionada con la lucha de los pueblos indígenas, pero esta fue totalmente invisibilizada. El gobierno intentó construir un relato, con la complicidad vergonzosa de los medios de comunicación, para ocultar la responsabilidad del Estado – en este caso la Gendarmería – en la desaparición de Santiago Maldonado.
La maniobra se pudo derrotar  con la respuesta inmediata de todo un pueblo con memoria, en las calles, en las escuelas , en los lugares de trabajo y en los espacios públicos. Pero la verdadera cuestión de fondo, el porqué estaba Santiago allí respaldando una lucha justa,  todavía sigue siendo desconocida por la amplia mayoría de la población.

Todo empezó con la “Conquista del Desierto”

Con Walter Benjamín, creemos que tenemos que “mirar la historia a contrapelo”,  buscar en lo que nos ocultaron y rescatar a los vencidos, a los que resistieron el avance del capitalismo vernáculo.
De la mano de la naciente burguesía nacional, encarnada en los estancieros terratenientes, avanzaba a sangre y fuego  la conquista de los territorios de las “tierras y las vacas”, necesarias para el  modelo de acumulación capitalista, que les permitiera por un lado construir un Estado  a imagen y semejanza y  por el otro, comerciar con el mercado mundial.
El problema era que desde hacía siglos esas tierras estaban habitadas por distintas tribus indígenas a las que había que desplazar, por las buenas o por las malas. Y sólo se trató por las malas. Una vez unificado el territorio nacional y contando con los avances militares y tecnológicos necesarios, empezó la cacería y el exterminio.
Las tierras conquistadas, más de 34 millones de hectáreas aptas para la ganadería y la agricultura, fueron a engrosar las fortunas de la oligarquía porteña y de los especuladores. Los títulos de propiedad que levantan como legítimos los herederos del robo, fueron repartidos a diestra y siniestra por los generales vencedores.
Aquí están las verdaderas raíces políticas y económicas del proceso de conquista y ocupación del Desierto. También las causas del intencionado ocultamiento de ese despojo.

El genocidio indígena

La historia, insiste en repetirse. O mejor dicho, siempre estuvo ahí. Como todos los pueblos indígenas de Argentina, el pueblo mapuche ha sufrido un genocidio. Como dijo al periódico digital Pausa, el periodista especializado en estos temas Dario Aranda:

“El Estado moderno argentino se funda sobre el genocidio de los pueblos indígenas, que puede ser comparable al  genocidio que sufrió el pueblo judío o el que se sufrió en la última dictadura cívico-militar acá. Porque hubo desaparecidos, robos de bebés, tortura, despojos, exactamente lo mismo. El Estado argentino (no digo el gobierno) nunca ha pedido perdón por ese genocidio, entonces que hoy se avance militarmente, muestra que las prácticas genocidas no han terminado. No hubo reparación, no hubo perdón, y hoy sigue estando a la orden del día.
Por otro lado, me parece que se intenta avanzar contra el pueblo mapuche (y los pueblos indígenas en general) porque lo que está de fondo es el modelo extractivo: la soja, las mineras, las petroleras. Y todos saben que los pueblos indígenas son un escollo para el avance económico”.

La resistencia mapuche en el siglo XXI

Dice Dario Aranda:

“Este gobierno es la continuidad y la profundización del anterior gobierno. Así como durante la gestión anterior nunca hubo tanta megaminería, avanzada petrolera y transgénicos, este gobierno consolida esa política de Estado. Si hay algo en común entre el kirchnerismo y el macrismo es la política extractiva. Y este gobierno la está profundizando claramente. Y se va profundizando la represión también.
Por ejemplo, hablando de continuidad y vinculación, la represión en noviembre de 2010 contra el pueblo Qom en Chaco tuvo el total aval del gobierno kirchnerista, aún con el asesinato de un indígena como fue Roberto López. Y la represión de hace unos días al pueblo mapuche por parte de Mauricio Macri es muy similar, son las mismas lógicas. El poder económico dice: queremos ese territorio, ahí hay indígenas y los vamos a sacar de ahí. No lo dicen explícitamente, pero las políticas de Estado tienen que ver con eso. Este gobierno lamentablemente me parece que quiere avanzar en la frontera petrolera, minera, sojera y forestal”.
Por ejemplo, la pelea de la comunidad mapuche de Neuquén contra la  pérdida de territorios, la lucha contra la contaminación y contra  la extracción de gas y petróleo no convencionales a través de la fractura hidráulica o fracking,  lleva varios años.

Dentro de la Ley

Contra lo que se cree, son los mapuche quienes defienden las leyes vigentes y la Constitución.
La Constitución Nacional, en al artículo 75, inciso 17, plantea entre otras cosas “reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios”, garantizar el respeto a su identidad y “la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan”.
Las recuperaciones territoriales están respaldadas por tratados internacionales, que tienen rango superior a las leyes locales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que resguarda el derecho de los pueblos o la Declaración de las Naciones Unidas sobre Pueblos indígenas, que habla de restitución de territorios y recursos que tradicionalmente hayan poseído y hayan sido confiscados, tomados, ocupados, utilizados o dañados. Son las petroleras las que están haciendo explotaciones ilegales, sin consultar a las comunidades y ante la vista gorda de los tres poderes del Estado.

 El rescate del pasado, para pensar una alternativa

Debemos pensar el rescate y la redención del pasado. Renán Vega Cantor (1999), contra las corrientes posmodernas que niegan la historia  que la lucha de indigenistas representan o nos transmiten “…una memoria telúrica ligada a la sabiduría de los pueblos indios y a su particular historia y vínculos del hombre con la naturaleza”
Por eso es necesario como nos plantea Matamoros Ponce (2009), un ejercicio revisionista que permita ese rescate: “reconstruyendo las imágenes de la historia  la memoria colectiva resiste al olvido impuesto por la historia oficial de los vencedores”
En la actualidad las luchas populares e indígenas actualizan la necesidad de “resistir al progreso capitalista” y de recuperar la historia de la “resistencia de los vencidos”, que nos reclamaran tanto Walter Benjamín en su llamado a romper con las distintas ideologías del progreso, neopositivistas.
Porque la historia del progreso en América Latina  es la historia del saqueo, del despojo y de la violenta destrucción de las comunidades indígenas tradicionales. Y esas luchas hoy tienen total actualidad y adquieren otra dimensión, porque como dice Héctor Alimonda(2007):
“Ya no se trata de resistencias en nombre de la negación del progreso, como pretendió la hegemonía del iluminismo liberal y del marxismo normatizado. Es posible leerlas ahora como formas de resistencia basadas en la defensa de formas tradicionales de organización social para uso y disposición de los recursos humanos y naturales, frente a los embates de la mercantilización.”
Las luchas de los pueblos indígenas  resistiendo la agresión del capitalismo voraz, que los deja sin tierras ni bienes naturales, que se manifiesta en el avance de la frontera agrícola para desarrollar la agroindustria, la producción de agro-combustibles e instalar el monocultivo; contra las minas a cielo abierto que destruyen y contaminan sus territorios; contra la construcción de centrales hidroeléctricas que modifican su hábitat y los deja sin agua y contra las nuevas formas de extracción del petróleo, como el fracking. Esta agresión no es sólo económica sino que destroza su mundo, tritura su cultura agrícola. Al quitarles el agua y el territorio, les quita su mundo, extermina su cultura. Los expulsa a las ciudades para convertirlos en vendedores ambulantes, parias en un territorio que en realidad les pertenece. Porque el ataque del gran capital contra los indígenas no es sólo contra la naturaleza, es también contra su organización comunal, colectivista, solidaria y democrática.
Quizás sean los pueblos indígenas hoy, sin temor a equivocarnos,  los más consecuentes defensores de nuestro hábitat, de la tierra o de la Pachamama,  como muchos de ellos la llaman. Quizás, ellos sean los que mejor sientan la defensa de esta tierra, contra la lógica depredadora del capitalismo. Por eso nos convidan a cambiar por una concepción basada en entendernos como parte de y no como usuarios de la naturaleza.
No con una mirada romántica, de vuelta a un pasado imposible. Sino con una mirada holística que nos permita, entre todos, proyectar un nuevo modelo de sociedad, sin explotación, pero también en donde los que producen toda la riqueza puedan disfrutarla en igualdad, sin destruir el planeta que nos alberga.
Porque el ataque, no es sólo contra la supervivencia de los pueblos originarios,  amenaza al conjunto de la humanidad condenando a quienes vivimos rehenes de la lógica consumista y mercantilista en las áreas urbanas, a una cada vez mayor degradación de nuestra calidad de vida.
Las luchas de estas comunidades indígenas se inscriben en la línea de continuidad del pasado, pero responden a los problemas del desarrollo del capitalismo del siglo XXI. Para ellos-y para todos nosotros – el pasado aún está aquí y es parte de la lucha contra las actuales formas de reproducción social.

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