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14/11/2021 :: EE.UU.

¿Qué es la teoría crítica de la raza y por qué causa polémica en EEUU?

x Dalia González Delgado
Miles de escuelas públicas en EEUU podrían perder financiamiento si enseñan a sus estudiantes sobre la historia del racismo en ese país

Protestas de padres, posibles multas a los centros educativos, incertidumbre entre los profesores, y hasta una elección perdida por los demócratas en Virginia; son expresiones recientes de un tema no resuelto, que algunos solo recuerdan cuando ocurre un incidente grave como el asesinato de George Floyd por un policía blanco.

Al menos ocho estados –con legislaturas de mayoría republicana– han aprobado leyes que restringen la enseñanza sobre temas relacionados con la historia y las relaciones raciales. Su blanco de ataques es la teoría crítica de la raza (critical race theory, o CRT), un enfoque hasta hace poco manejado únicamente en círculos académicos, pero que ha ganado protagonismo en los últimos meses.

En esencia, la CRT argumenta que el racismo en EEUU va más allá de prejuicios personales pues está incorporado en leyes e instituciones. En palabras de una de sus fundadoras, Kimberlé Crenshaw, profesora de la Facultad de Derecho en la Universidad de California, Los Ángeles, se trata de una forma de ver el mundo que han heredado “después de un legado de segregación, esclavitud, destino manifiesto, genocidio. Básicamente, vincula los problemas contemporáneos en torno a la desigualdad racial con las leyes y políticas que produjeron esas mismas desigualdades en el pasado”.

Pero más allá de los debates académicos sobre la validez o no de esa teoría, el problema es que algunos la utilizan como frase general para describir cualquier intento por enseñar a los estudiantes sobre temas relacionados con el racismo estructural de la sociedad estadounidense.

En un comentario reciente publicado en el sitio web 'RealClearPolitics', Donald Trump escribió que “los estudiantes están siendo sometidos a un nuevo plan de estudios diseñado para lavarles el cerebro”, y calificó la teoría crítica de la raza como “nueva teoría vil de la izquierda”, “doctrina retorcida”, “antiestadounidense” y “antiética”. Según él, las escuelas deberían ayudar a los jóvenes a entender que EEUU es “la más grande, más tolerante, y más generosa de todas las naciones de la historia”.

Al coro se han sumado muchos, desde políticos y medios de comunicación ultraconservadores como Fox News, hasta padres que no quieren que sus hijos conozcan sobre el tema en las escuelas. El estado de Tennessee, por ejemplo, aprobó una ley que retiene los fondos de las escuelas si los maestros conectan los eventos con el racismo institucional.

Una encuesta reciente de la Universidad de Monmouth encontró que el 43% de los republicanos se oponen a que las escuelas públicas enseñen la historia del racismo. En general el 75% de los encuestados aprobaron la enseñanza de la historia del racismo en las escuelas públicas, incluido el 94% de los demócratas; pero las divisiones partidistas son evidentes, y otra muestra de la profunda polarización que vive ese país. El racismo es estructural, en tanto que subsiste, a pesar de que hay una mayoría que lo rechaza o que al menos aprueba su estudio crítico.

El racismo ha sido una constante en EEUU. Negarlo es como negar el cambio climático o pensar que la Tierra es plana. Siempre habrá quienes lo hagan en este mundo de desinformación y movimientos negacionistas de todo tipo, pero la evidencia es clara y el conocimiento de la historia es clave.

En EEUU, la independencia no llegó unida a la abolición de la esclavitud. De hecho, el sistema de plantación tuvo su auge después de la independencia, creció con la expansión territorial y fue la base para el poder económico y político de los estados sureños durante las primeras décadas del siglo XIX.

Una vez concluida la Guerra Civil –ganada por el Norte–, la Constitución incluyó en 1865 una enmienda que abolió definitivamente la esclavitud, y otras dos que buscaban garantizar ciertos derechos para los negros, incluido el derecho al voto. Pero la reacción de los estados del Sur no se hizo esperar, y aprobaron un grupo de legislaciones discriminatorias que se mantuvieron durante décadas, conocidas como leyes Jim Crow.

En algunos casos trataron de disimular sus objetivos. Por ejemplo, como no podían simplemente decir que solo los blancos podían votar –porque ya en ese punto eso era anticonstitucional–, establecieron ciertos requisitos como saber leer y escribir o pagar un impuesto para poder ejercer el derecho al voto. El analfabetismo y la pobreza eran mayores entre la población negra, lo cual demuestra además la dimensión clasista que se mezcla con el racismo.

Al mismo tiempo se firmaron varias de las conocidas leyes de segregación, que la Corte Suprema respaldó con una decisión en 1896 conocida como Plessy vs. Ferguson. “Separados pero iguales” fue el eufemismo que utilizaron para justificar esa discriminación institucionalizada en lugares públicos, y así había desde baños hasta asientos de autobús señalados para blancos y para negros.

Podemos pensar entonces que EEUU fue, durante casi 200 años, un país de supremacía blanca legal, hasta que después de una larga lucha de varios movimientos sociales se aprobó en 1964 la Ley de Derechos Civiles y en 1965 la Ley de Derecho al Voto. Hasta 1967 en varios estados estuvieron prohibidos los “matrimonios inter-raciales”. El cambio en la legislación no resolvió todos los problemas. En el 2019, por ejemplo, hubo un escándalo en Mississippi cuando los propietarios de un salón de eventos se negaron a celebrar una boda entre un hombre negro y su prometida blanca.

Las legislaciones racistas no han aplicado únicamente para personas de piel negra, sino para todos aquellos que consideren “no blancos”, incluidos latinos, asiáticos y hasta europeos de algunas regiones. Tal como apuntó el historiador Matthew Frye Jacobson en Whiteness of a Different Color, el acceso a la ciudadanía en EEUU fue desde el comienzo un concepto ligado a la noción de “raza” y su interpretación. En 1790, poco después de alcanzada la independencia, aprobaron una Ley de Naturalización que se convirtió en la primera aproximación a la definición de nacionalidad estadounidense. El Congreso restringió el proceso de convertirse en ciudadano para las “personas blancas libres”.

En la medida en que la inmigración se disparó en la segunda mitad del siglo XIX, la llegada de campesinos y trabajadores blancos del sur y el este de Europa despertó reinterpretaciones sobre el tema. Esos recién llegados se comenzaron a catalogar en diferentes “tipos raciales”. Algunos fueron designados como “más blancos”, mientras que otros fueron clasificados como demasiado cercanos a la “negrura” para ser socialmente aceptados. La historia de los inmigrantes italianos o irlandeses es muy ilustrativa en ese sentido. Caricaturas publicadas en el siglo XIX mostraban a los inmigrantes irlandeses como salvajes y con piel oscura.

Paralelamente, los asiáticos tuvieron su propia historia de discriminación. En 1882 de aprobó la Ley de Exclusión China, que prohibió la entrada al país de trabajadores de ese origen nacional. En 1942, en respuesta al bombardeo a Pearl Harbor, reunieron a unas 120 000 personas de ascendencia japonesa que vivían en la costa oeste, aproximadamente dos tercios de ellos ciudadanos estadounidenses, y los encarcelaron en “campos de reubicación” hasta 1945.

Si bien el racismo legal tuvo un freno a partir de la década de los años sesenta del siglo XX, todavía persisten mecanismos discriminatorios. Los afroamericanos, por ejemplo, superan en número a los blancos en las prisiones estadounidenses. La Ley contra el Abuso de Drogas de 1986 estableció penas más severas por posesión de crack (más consumida por los afroamericanos) que por cocaína en polvo (más consumida por los blancos). Ese es uno de los ejemplos que utilizan los defensores de la teoría crítica de la raza cuando cuestionan las leyes que sostienen y reproducen la discriminación.

Una decisión de la Corte Suprema en 2013 anuló parte de la Ley de Derecho al Voto de 1965; liberó a los estados del sur de una supervisión federal sobre sus leyes electorales, que existía para evitar que los estados que habían tenido leyes Jim Crow utilizaran otros mecanismos para suprimir el voto negro. La Corte decidió que esa regulación era innecesaria y eso ha posibilitado nuevos mecanismos de supresión del voto.

El tema se ha colado en la agenda del Trumpismo y ha sido protagonista en elecciones recientes. Hace pocos días el demócrata Terry McAuliffe perdió la competencia por el puesto de gobernador en Virginia frente al republicano Glenn Youngkin, quien mantuvo entre sus promesas de campaña la prohibición de la teoría crítica de la raza en las escuelas. De acuerdo con una encuesta de CBS News, el 62% de los votantes de ese estado consideraba que los “planes escolares de estudio sobre raza e historia” eran un “factor importante” a la hora de emitir su voto.

Además de los estados donde ya se han aprobado leyes anti-CRT, en otros 20 se han presentado proyectos similares. La Asamblea de Wisconsin, por ejemplo, aprobó una normativa que busca prohibir la enseñanza de conceptos como “antirracismo”, “prejuicios conscientes e inconscientes”, “equidad”, “justicia social”, “racismo sistémico”, “privilegio blanco” o incluso “patriarcado”; porque todos los conservadurismos y discriminaciones se dan la mano.

La cruzada contra la teoría crítica de la raza es el más reciente capítulo de una larga historia. En un artículo anterior en este espacio –sobre la Alt-Right, https://lahaine.org/eJ56– introducía preguntas como: ¿qué son los EEUU? o ¿cuál es su identidad nacional?, cuyas respuestas tienen implicaciones no solo para los estadounidenses sino para sus relaciones con el mundo. Profundizar en esas preguntas trasciende el espacio de este comentario, pero sin dudas el racismo tiene que ser parte de la discusión.

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