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03/07/2014 :: Mundo

¿Quién mató a Roque Dalton?

x Hugo Montero
Un pacto de silencio protege hasta hoy a los asesinos, viejos compañeros de militancia de Roque, hoy altos cargos del Gobierno "progresista" del FMLN

¿Y dónde está tu poesía ahora?, se pregunta el poeta. Ahora, que es pura fiebre frente al paredón, la brocha en la mano, la pintura roja que mancha su camisa, el revólver apretado en la cintura y los compañeros que escriben por allá: “Lucha armada hoy, socialismo mañana”. “¡Viva la guerrilla!”, grita la consigna que pinta el poeta sobre el muro blanqueado con cal, sobre la oscura y silenciosa textura de una calle de San Salvador. En la esquina, un joven integrante de la escuadra de Agitación y Propaganda indaga en la negra lejanía a la pesca de alguna señal de alarma. Por ahora, nada interrumpe la ansiedad y la alegría, que se suman a la pintada como un compañero más.

¿Y dónde está tu poesía ahora, poeta?, se interroga irónico y burlón, como siempre. Aunque Roque no sea Roque esta noche; aunque se llame ahora Julio Dreyfus y sea un prolijo empresario de anteojos gruesos y bigote tupido que regresa al paisito, al Pulgarcito de América -como alguna vez lo bautizó Gabriela Mistral- por el aeropuerto de Ilopango en la navidad de 1973, después de pasar por una cirugía estética a cargo de los mismos médicos cubanos que modificaron el rostro del Che, antes de su viaje a Bolivia. No, los muros de El Salvador no dicen: “El comunismo será entre otras cosas/ una aspirina del tamaño del sol”, ni tampoco dirán después “La historia está hecha de un metal/ del cual sólo pueden fabricarse/ fusiles o cadenas./ El presente es de lucha/ el futuro es nuestro”.

No, no es tiempo ahora de poesía. Menos todavía cuando un patrullero se acerca a toda velocidad y los compañeros desenfundan la esperanza y ponen rodilla en tierra. La poesía no es capaz de hacer retroceder a un patrullero, ni de hacer vibrar el dedo sobre el gatillo, ni de dibujar los contornos del miedo en la cara de los policías que huyen ante la perspectiva de una balacera de incierto resultado. No, Roque lo sabe, mientras se ríe y corre con un balde de pintura; mientras va dejando una huella roja por las veredas de su San Salvador, un reguero fresco que es camino de sangre desde el paredón hasta la sombra de una revolución que recién se asoma.

Entonces, ya no es Roque, es Tío Julio, el más veterano de una escuadra del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), a cargo de Pancho, un dirigente campesino que con el tiempo le seguirá cada paso durante su complicado entrenamiento guerrillero en la zona de Sonsonate. Está claro, el ejercicio físico no es el fuerte del Tío Julio, pero menos todavía la noción asfixiante de disciplina militar. Y no había regresado para encerrarse a estudiar, para seguir al pie de la letra las instrucciones o para respetar el orden del día. “Desde un principio se había establecido que no podía tomar cerveza sin permiso”, recuerda Eduardo Sancho, su primer responsable. Sin embargo, la astucia del poeta puede más que cualquier orden: durante un trabajo de rastreo, Roque se encargó de vigilar los pasos de un agente estadounidense y el seguimiento fue tan efectivo que, tal como anotó en su informe, no le quedó más remedio que meterse en un bar tras los pasos del gringo y tomarse unas cuantas cervezas a la salud de los presentes, tan sólo para no despertar sospechas entre los alegres parroquianos.

No, lo suyo no era la moralina y el ascetismo; era otra cosa: su romance con la revolución se parecía poco a un matrimonio rutinario. Lo suyo era un reencuentro furtivo con el socialismo, como sólo saben buscarse los amantes prohibidos: con la belleza de la poesía en la mochila del guerrero, con la certeza en sus ideas, con la sombra del amigo Lenin como uno más en la escuadra, y un viejo Marx que se pisa la barba y se ríe a carcajadas cuando festeja las humoradas del poeta (“Tú oh gran responsable entre los responsables/ de la felicidad que sigue caminando”), con el pensamiento encendido que no para de disparar recuerdos, historias que talla como un artesano de la memoria.

Entonces, Roque viaja al pasado y a la fantástica historia de su padre, Winnal Dalton, un hombre de negocios que un día abandonó Texas con una valija de dinero robado a Pancho Villa, viajó hasta El Salvador para rozar la muerte durante un duelo de caballeros, y para después enamorar por un rato apasionado a una joven enfermera mientras se reponía de sus heridas. Pasados nueve meses, un niño llamado Roque que sale al sol, y para siempre el estigma del bastardo, la rigidez de los jesuitas de San José, la primera mirada porfiada sobre la culpa religiosa, la sonrisa irónica que se entrena en el pecado cada vez más tentador, el descubrimiento de la poesía como un mar donde dejarse llevar y un oportuno viaje de estudios a Chile para descubrir la belleza de una mujer (y después de otra y otra más), la peligrosa ira de algunos maridos cornudos, el amanecer del comunismo como único horizonte posible ahora en su ventana, como cada mañana.

Es tiempo, claro, del Partido-Iglesia, que abre sus brazos de dogma y lo encierra en sus parroquias con vista al Kremlin (“Pobre de mí,/ que soy marxista y me como las uñas”), el poeta que se escapa de los manuales por las noches y se encuentra en su camino con otro Lenin, no con aquel mito disecado que utilizan los burócratas como recetario para cualquier enfermedad: no, ese Lenin en llamas, aventurero de la insurrección, hijo de la urgencia y de la audacia. Y cuando cierra el libro, el poeta se hace dueño de las tertulias de bar y de cerveza, se hace fabuloso contador de chistes, se hace rebelde en la indisciplina inevitable y en la autocrítica sensiblera del día después. Su grito que es uno más en las protestas estudiantiles, su cabeza que se cruza con los palazos policiales en la calle mientras viaja en su mochila un poemario de Nicolás Guillén (que el ejército definió como “propaganda comunista”).

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