Irán bajo el prisma occidental: lenguaje, poder y narrativa mediática

No se trata de la propaganda explícita del siglo XX, con consignas reconocibles y lenguaje inflamado, sino de un procedimiento más sofisticado.
En él, la autoridad institucional del medio se combina con elecciones editoriales precisas, un verbo cuidadosamente elegido, un adjetivo aparentemente inocuo, una omisión estratégica, para producir un efecto de realidad que termina alineándose con un interés geopolítico concreto. La cobertura reciente de las protestas en Irán por parte de grandes medios occidentales, en particular The New York Times, ofrece un ejemplo revelador de este mecanismo. Más que una simple crónica de acontecimientos, se trata de un ejercicio de encuadre en el que la narrativa de la situación interna se entrelaza de forma casi imperceptible con la de una amenaza externa contenida y racional.
El proceso comienza en el nivel más elemental del lenguaje. Tomemos una frase presentada como puramente descriptiva en un artículo del Times durante la guerra de los 12 días: «Israel bombardeó instalaciones militares y nucleares iraníes, mientras Irán lanzó una andanada de misiles balísticos contra Israel». La simetría gramatical oculta una asimetría semántica significativa. El verbo "bombardeó" se asocia a una acción tácticamente delimitada, susceptible de justificación estratégica. La referencia explícita a "instalaciones militares y nucleares" refuerza la idea de precisión y racionalidad. En contraste, la expresión "lanzó una andanada" evoca una violencia indiscriminada, casi arcaica, y la mención a "misiles balísticos" añade un matiz de amenaza existencial y descontrol tecnológico.
Lo que esta frase, impecable en su sintaxis, excluye de manera sistemática es cualquier mención a la naturaleza de los objetivos alcanzados por los misiles iraníes. Tanto evidencias abiertas como declaraciones oficiales israelíes confirmaron que varios proyectiles impactaron instalaciones militares y de inteligencia. Sin embargo, al omitir este dato, el relato permite al lector inferir que el ataque iraní fue esencialmente ciego, dirigido contra la población civil, mientras que la acción israelí fue quirúrgica. La omisión se vuelve aún más significativa cuando se considera otro elemento estructural ausente: la política israelí de ubicar infraestructura militar crítica, incluidos centros de mando e instalaciones de inteligencia, en zonas urbanas densamente pobladas como Tel Aviv. Esta práctica, bien documentada, complica cualquier respuesta militar y hace inevitable la proximidad a civiles. Al desaparecer este contexto, la causalidad se invierte. Lo que es una consecuencia estructural se transforma narrativamente en una prueba de agresión irracional.
Este encuadre lingüístico prepara el terreno para una narrativa más amplia: la de la contención israelí frente a la provocación iraní. El artículo afirma, citando a analistas, que Israel observa con cautela la posibilidad de un ataque estadounidense contra Irán debido al "riesgo de un contraataque". Israel aparece así como un actor reticente, casi atrapado en una escalada que otros impulsan. Esta caracterización exige una notable amnesia histórica.
Durante al menos dos décadas, empujar a Estados Unidos hacia una confrontación directa con Irán ha sido un objetivo estratégico explícito de sucesivos gobiernos israelíes, respaldado por una intensa actividad diplomática y de lobby en Washington. Presentar ahora a Israel como aprensivo ante esa posibilidad contradice tanto su retórica pública como el testimonio reiterado de sus propios dirigentes. Sin embargo, el periódico reproduce esta afirmación sin someterla a escrutinio, sin ofrecer contexto histórico ni contraste analítico. La narrativa de la contención debe mantenerse intacta, porque sostiene la imagen de un actor racional frente a otro intrínsecamente desestabilizador.
La descontextualización del poder interno
El tratamiento de los actores internos iraníes sigue una lógica paralela. Al describir a los Guardianes de la Revolución y los Basich, el Times señala que están «altamente motivados para defender la estructura de poder existente, dado que su destino está ligado al del gobierno». Presentada como una observación analítica, la frase resulta en realidad una tautología aplicable a cualquier aparato de seguridad estatal. No se afirma que el Pentágono esté altamente motivado para defender el sistema político estadounidense porque su autoridad y presupuesto dependen de él. Esa relación se da por supuesta. En el caso iraní, en cambio, se subraya para insinuar una lealtad interesada, casi patológica, desprovista de legitimidad ideológica o social. La coherencia institucional de un Estado no alineado se convierte así en objeto de sospecha.
Este desplazamiento retórico contribuye a una representación en la que el Estado iraní aparece como un cuerpo extraño, sostenido únicamente por el miedo o el beneficio personal, mientras que los Estados occidentales funcionan por inercia institucional y consenso implícito. El resultado no es solo una simplificación analítica, sino una jerarquización moral de los sistemas políticos.
El giro más llamativo de esta cobertura es la transformación de la supuesta abstinencia israelí en una muestra de preocupación humanitaria por los manifestantes iraníes. Un analista citado afirma que Israel debe «hacer el máximo esfuerzo por ser percibido como un observador externo de los acontecimientos», para no proporcionar al gobierno iraní "pruebas" que justifiquen la respuesta securitaria. De este modo, el mismo Estado que, según datos de Naciones Unidas, causó miles de víctimas civiles en su ofensiva aérea de junio de 2025, es retratado como un espectador responsable, atento al bienestar de los ciudadanos iraníes. La contradicción no se examina. Se normaliza.
Por otro lado, la hipótesis de acciones encubiertas, que podrían aumentar el riesgo para los manifestantes, no se formula. La línea entre observación e injerencia queda deliberadamente difuminada en beneficio del marco narrativo dominante.
Cuando los hechos no alteran el relato
El choque entre este encuadre y los hechos públicos es evidente. El título del artículo afirma que «Israel observa de cerca las protestas en Irán, pero se muestra cauteloso ante una posible intervención». Sin embargo, declaraciones de altos funcionarios israelíes y estadounidenses lo contradicen de forma directa. Una ministra del gobierno israelí, Gila Gamliel-Demri, afirmó abiertamente que agentes del Mossad se encontraban en Irán "en este momento". La propia cuenta oficial del Mossad publicó mensajes en persa dirigidos a los manifestantes con un contenido inequívoco: «Estamos con ustedes. No solo desde la distancia y con palabras. Estamos con ustedes sobre el terreno». Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, ha escrito también sobre la presencia de agentes israelíes junto a los manifestantes.
Ante estas declaraciones, que constituyen fuentes primarias de primer orden, el Times adopta una estrategia peculiar. Las menciona, pero las neutraliza. Aparecen como elementos secundarios, sin capacidad de reconfigurar el marco general del artículo. El hecho de que un servicio de inteligencia anuncie públicamente su presencia operativa en un país en convulsión social no se convierte en el eje del análisis. La pregunta central, cómo puede sostenerse la tesis de la cautela ante la intervención frente a estas afirmaciones, queda sin respuesta. Los hechos se subordinan al relato.
Este procedimiento no es accidental. Su función no es esclarecer la complejidad de la situación iraní. Su función es preparar el terreno cognitivo. Al presentar a Irán como un espacio de caos interno agravado por la agresión irracional de su propio gobierno, y a Israel y por extensión a Occidente como actores pacientes y defensivos, se legitima un determinado statu quo. Las sanciones, la presión diplomática y la amenaza militar aparecen como respuestas naturales, incluso morales, ante un "régimen" descrito como inherentemente violento e ilegítimo.
El verdadero poder de este mecanismo reside en su invisibilidad. El lector no se enfrenta a panfletos, sino a análisis aparentemente equilibrados, citas de expertos y un tono mesurado. Sin embargo, la arquitectura de la información, la selección de fuentes predominantemente occidentales, el lenguaje asimétrico y las omisiones estructurales producen un consenso manufacturado. Es la hegemonía operando no por imposición directa, sino a través de la construcción de una realidad discursiva que se confunde con los hechos mismos.
Comprender este proceso de encuadre es un paso necesario para recuperar una visión más honesta, y quizá más soberana, de la compleja realidad dentro y fuera del país.







