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12/11/2021 :: Pensamiento, EE.UU., Europa

Jodi Dean: Lenin nunca fue tan actual como ahora

x Alla Ivanchikova
Jodi Dean es una 'rara avis' en un ámbito intelectual estadounidense dominado por liberales y progresistas: una comunista convicta y confesa

Adherente declarada del modelo de partido leninista. Dean conversó con la profesora Alla Ivanchikova sobre las razones por las que deberíamos desempolvar nuestro ejemplar de ¿Qué Hacer? para enfrentar los desafíos del siglo XXI, y por qué el partido de masas sigue siendo nuestra mejor apuesta para el cambio político radical.

Algunos sectores de la izquierda advierten contra el regreso a Lenin. ¿Crees que el pensamiento leninista tiene algo para ofrecer a la izquierda contemporánea? ¿Qué es hoy el «leninismo»?

Soy escéptica de cualquiera que advierta contra el regreso de Lenin. Sin Lenin no tenemos forma de abordar los problemas más apremiantes de nuestro tiempo: el cambio climático, la desigualdad económica extrema, el imperialismo y la globalización. Hoy, más que nunca, la única línea política que tiene sentido es la dibujada por el nombre de Lenin: a favor o en contra de la organización, la revolución y la dictadura proletaria, es decir, el partido, la toma del Estado y el uso que el pueblo hace del Estado para abolir las condiciones de opresión.

A finales de la década de 1980, el marxismo pasó de moda entre los llamados intelectuales de izquierda. Esto tampoco fue un accidente: fue la forma en que la derrota de la Unión Soviética y las luchas de la clase trabajadora en el norte global se manifestaron en la academia. Fredric Jameson tenía razón cuando asoció la posmodernidad con el capitalismo tardío.

La extrema desigualdad que se ha afianzado en los EEUU, el Reino Unido, Rusia y partes de la UE (por no mencionar al Sur global) ha dado una nueva vida al marxismo. Su análisis de la desigualdad que necesariamente produce el capitalismo ahora es ampliamente reconocido, incluso en los principales periódicos y revistas, como sentido común. Y algunos «progresistas» siempre se han sentido atraídos por la crítica de la alienación de Marx. Pero este nuevo Marx aceptable es a menudo un marxismo desanimado y liberal, un marxismo sin Estado y sin revolución. Para esto necesitamos a Lenin.

El pensamiento leninista tiene una dimensión de principios y de táctica. El principio es la necesidad del control de la clase trabajadora sobre la sociedad, la producción y la reproducción. Lo interesante de este principio es cómo Lenin se da cuenta de que siempre es una cuestión de organización. Esto se conecta, entonces, a las tácticas: encontrar las mejores formas de alcanzar o lograr el principio en un contexto específico. A Lenin siempre le preocupan los detalles, «un análisis objetivo de la situación» o el balance concreto de fuerzas.

El pensamiento de Lenin puede periodizarse en torno a la formación del partido, el avance de la revolución y la construcción del Estado. En cada fase, Lenin se centra en la organización: cómo organizar el partido, los pasos organizativos involucrados en la lucha revolucionaria, las estructuras organizativas que diferenciarán el Estado obrero del Estado de la burguesía.

Lenin vivió y escribió en tiempos de crisis sin precedentes: la primera revolución rusa de 1905-07, que casi derribó la monarquía, la primera guerra mundial… ¿Lenin nos ayuda a pensar más claramente los tiempos de crisis?

En un breve artículo de 1914, Lenin escribe que toda crisis política, cualquiera sea su resultado, es útil porque saca a relucir cosas que permanecían ocultas, pone de relieve las fuerzas que actúan en política, desenmascara el engaño y el autoengaño, las frases y ficciones, y proporciona una brillante demostración de «cómo son las cosas» metiéndolas, por así decirlo, en la cabeza.

Podemos usar esto como un método para pensar en crisis: ¿qué aparece más claramente que antes? ¿Qué nos dice esta nueva claridad sobre las estructuras que la produjeron? ¿Cómo se conduce la nueva verdad a casa? Una crisis es una crisis para el sistema o estructura de la cual surge; expone su debilidad, rompiendo la ilusión ideológica que da forma al sentido de lo que es posible y lo que no.

Y, una vez más, la organización: una organización bien estructurada, lo suficientemente flexible como para adaptarse a las circunstancias cambiantes y lo suficientemente disciplinada para mantener la coherencia de propósito, es necesaria para convertir una crisis en una oportunidad.

Para muchos lectores, Lenin es mejor conocido como el teórico detrás de Imperialismo, fase superior del capitalismo (1916). Ahí se encuentra su célebre formulación de que el imperialismo era la etapa final o «superior» del capitalismo, la era del capitalismo como sistema mundial. Ahora que los comentaristas sugieren que el capitalismo puede estar haciendo la transición hacia «algo peor», ¿cómo deberíamos leer Imperialismo en 2021? ¿Ha mutado el imperialismo de manera consonante o disonante con la «ortodoxia» leninista? ¿Necesitamos nuevas herramientas conceptuales?

El «monopolio» y el «capital bancario» aún gobiernan el mundo, pero incluso las inyecciones diarias de liquidez de billones de dólares no pueden sostener el crecimiento en este momento. ¿Estamos todavía en la etapa superior del capitalismo, avanzando poco a poco? ¿Ha entrado –o esta por entrar– el capitalismo en una nueva etapa?

El lenguaje de la «etapa superior» hace que parezca que Lenin tenía una concepción bastante lineal de la historia, una en la que el socialismo se sigue necesariamente del capitalismo, como si se tratara de una trayectoria histórica determinada. Sin embargo, el enfoque de Lenin sobre la revolución en Rusia no siguió esta trayectoria. No estaba de acuerdo con los mencheviques en que Rusia necesitaba desarrollar el capitalismo bajo una democracia parlamentaria burguesa y solo después de que el capitalismo se desarrollara completamente sería el momento oportuno para la revolución proletaria. En otras palabras, no era dogmático sobre las etapas. También creo que no debemos ser dogmáticos sobre las etapas. La historia no es lineal. Las peores formas suceden a formas «mejores», como lo deja en claro la contrarrevolución neoliberal de los noventa.

Así que hoy necesitamos leer el imperialismo prestando atención a las desigualdades interconectadas de la economía global. Hay dinámicas pretéritas –como el saqueo de los recursos naturales de los países periféricos– que antes se orientaban «hacia afuera» y ahora se apuntan hacia adentro: el imperialismo contemporáneo se basa, por ejemplo, en producir endeudamiento tanto en el país como en el extranjero. Del mismo modo, la explotación de las materias primas se acompaña de la dataficación de la vida y el «big data».

Como usted señala, Lenin teorizó el imperialismo como una intensificación de la concentración de capital, los monopolios y la oligarquía financiera. Las complejas redes de hoy en día –digital, de comunicación e de información– amplifican estas tendencias hacia la desigualdad, ya que resultan en distribuciones aún más extremas del poder (por ejemplo, piense en el número de seguidores en Twitter: los que están en la cima tienen más de cien millones de seguidores; la mayoría de las personas tiene alrededor de doscientos). Lo que quiero decir con esto es que las tendencias «neofeudales» actuales son una continuación y una «reflexivización» del imperialismo bajo las condiciones de lo que he llamado «capitalismo comunicativo».

Para seguir con nuestro ejemplo: la estructura de redes sociales demuestra por qué el capitalismo contemporáneo tiende hacia el neofeudalismo. Las redes resultan en distribuciones de poder que socavan la igualdad e intensifican la jerarquía –valga la paradoja– mediante la inclusión y la participación democrática. La jerarquía es una característica inmanente de las redes caracterizadas por la libre elección, el crecimiento y el apego preferencial (lo que explica por qué los mercados producen monopolios). No es una imposición externa. Es una propiedad emergente de las redes.

Al mismo tiempo, las prácticas de capitalismo comunicativo asociadas con la democracia, como la libertad de expresión y el debate, se concentran y se separan en redes afectivas donde la política se reduce a la indignación diaria. Liberado de las cadenas democráticas pero pretendiendo legitimidad democrática, el Estado se refina como un instrumento de fuerza coercitiva, de vigilancia y de control, un medio para mantener el orden en medio de la expropiación, el despojo y la fragmentación en curso.

La crítica de Badiou a Lenin y a la forma partido leninista es que este último no logró orquestar la extinción del Estado proletario. La democracia popular con la que Lenin había soñado nunca llegó, y la idea de centralización fracasó cuando el partido, efectivamente, se convirtió en el aparato del Estado. En otras palabras, Lenin es reconocido como un mero teórico de la toma del Estado.

Este tipo de críticas son muy extrañas. Es como culpar a las personas que aspiran a la victoria de no haber evitado una derrota futura. La tarea de Lenin antes de morir era construir el Estado proletario, no orquestar su desaparición. Su objetivo inicial no era la democracia socialista sino la dictadura del proletariado, que es la forma de la democracia proletaria. Esta democracia siempre iba a implicar la exclusión forzada de los opresores y explotadores del pueblo. La política es un campo sin garantías. Siempre habrá potenciales imprevistos. Entonces, en general, no creo que sean críticas de buena fe.

Sin embargo, Lenin se preocupó de sobremanera por los detalles de la construcción de un gobierno de clase trabajadora. Y esto en un contexto de tratar de sacar al país de la guerra imperialista, luchar contra la guerra civil en curso con invasiones de varios otros países y reconstruir la economía después de que las guerras la devastaron por completo. Su enfoque destacó la necesidad de control, la contabilidad y los informes para la producción, distribución y planificación. Esta es una operación enorme por la cual la gente aprende a producir y administrar y, por lo tanto, asumir las funciones del Estado. En mi opinión, estos siguen siendo los temas centrales del autogobierno revolucionario: ¿cómo exactamente vamos a hacer las cosas?

Lars Lih dijo una vez que el valor cultural bolchevique que resultó más extraño para los estadounidenses era la importancia incomparable de la unidad frente a los enemigos. Los estadounidenses carecían, según Lih, de la capacidad instintiva de cerrar filas contra un enemigo conocido. ¿Existen impedimentos «culturales» para la reconstrucción de los poderosos partidos comunistas en los EEUU (o en el mundo británico e «imperialista» en general)?

Durante mucho tiempo, los EEUU han estado dominados por varios tipos de individualismos: el individuo protestante de la fe religiosa como una cuestión del alma del individuo; el legalismo liberal de los derechos básicos que se atribuyen a los individuos; el individualismo de la frontera (que debe ser reconocido como una premisa del genocidio); el individualismo del capitalista que se levantó por sí mismo y del empresario que lo hizo todo por sí mismo; el individualismo del artista con su propia voz creativa única… debo agregar que mi elección de pronombres masculinos aquí es deliberada. El individualismo estadounidense ha sido, digamos, estúpidamente y profundamente machista, ya que borra el hecho de que cada mujer sabe que las personas se unen con otras personas.

Entonces, el primer problema es el culto al individuo. Y ya sabes, algunos que se consideran izquierdistas en realidad no han abandonado este culto: enfatizan que todos deberían hablar por sí mismos; que nadie debe representar a otra persona. Estos individuos, entonces, son impedimentos culturales primarios para una colectividad política disciplinada del tipo constitutivo de los partidos comunistas.

Hay, por supuesto, excepciones cruciales: algunas comunidades de inmigrantes, algunas comunidades de minorías racializadas, algunas comunidades religiosas. Y también ha habido en los EEUU una amplia gama de organizaciones cívicas y patrióticas. En su mayor parte han sido presentados como no políticos. Reconociendo que, de hecho, afirman que el poder de la colectividad puede ayudar a desmantelar el culto al individualismo.

En la década de 1980, frente al surgimiento del neoliberalismo y la derrota de la clase trabajadora, varios partidos de izquierda europeos pensaron que sería una buena idea dar más espacio a los valores individuales. Uno de los recursos teóricos para este cambio fue 'Hegemonía y estrategia socialista' de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Su idea central era alejarse de la centralidad de la clase y enfatizar la necesidad de construir formaciones hegemónicas vinculando varias luchas de identidad. Representaron en teoría lo que el neoliberalismo estaba promulgando en la práctica. De hecho, el eslogan era el mismo: la sociedad no existe.

Lo que la izquierda debería haber hecho fue duplicar la necesidad de solidaridad en un momento en que la clase trabajadora estaba bajo ataque. Particularmente en los EEUU, ha sido difícil reconstruir la sensación de que la lucha política requiere solidaridad. La gente se ha mostrado reacia a reconocer cómo el capitalismo comunicativo nos empuja hacia la expresión individual ineficaz. Se presume que la identidad es la base de la política, no parte del campo de la contestación. Y entre algunas porciones de la izquierda en línea y en algunos círculos activistas, existe un escepticismo hacia la disciplina que ofrece un partido organizado, como si la autoexpresión individual fuera más importante para la eficacia política que las organizaciones fuertes y unidas. Por supuesto, hay y ha habido excepciones importantes. Los Panteras Negras son admirados por todos por su disciplina.

Para no parecer pesimista, debemos tener en cuenta que esta imagen triste ha cambiado desde el movimiento Occupy. Incluso con las derrotas de Corbyn y Sanders, la política socialista en el Reino Unido y EEUU se ha revitalizado. Y esta revitalización ha traído consigo una nueva apreciación por el hecho de que la clase trabajadora es multinacional, multigeneracional, de género y que la lucha por la justicia económica, es decir, contra el capitalismo y por el socialismo es más necesario ahora en una era de cambio climático y pandemia global que nunca antes.

La escritura de Lenin tiene un sentido o tono de urgencia que es inusual, quizás único. Esa urgencia podría designar algo así como una «temporalidad revolucionaria», quizás similar al concepto de Walter Benjamin de tiempo-ahora (Jetzteit) en el presente revolucionario. ¿Cómo funciona la temporalidad en los textos de Lenin? Si asumimos que los textos son intervenciones urgentes, ¿qué métodos de lectura nos permiten destilar aplicaciones políticas prácticas para nuestra coyuntura actual?

Creo que Lenin ofrece lo que yo llamo la «temporalidad del partido». Combina una ruptura en el presente, la respuesta al pasado y el futuro proyectado. El partido anticipa la revolución, materializando la creencia de que la revolución es posible no como un desbordamiento de las posibilidades actuales, sino como un efecto de la negación de algunas trayectorias y el forzamiento de otras. Mi idea aquí se basa en la noción de Jean-Pierre Dupuy de «tiempo proyectado» y el énfasis de Georg Lukács en la «actualidad de la revolución».

Dupuy introduce el «tiempo proyectado» como un nombre para la «coordinación por medio del futuro», es decir, como un término para una metafísica temporal en la que «el futuro determina de manera contrafáctica el pasado, que a su vez lo determina causalmente. El futuro es fijo, pero su necesidad existe solo en retrospectiva». Desde la perspectiva del futuro, lo que lo llevó a ser necesario. No podría haber sido de otra manera porque todo lo que sucedió lo llevó a ello.
Antes de que ocurra un evento, hay posibilidades, opciones. Después de que algo sucede, parece inevitable, destinado. El tiempo proyectado supone una inevitabilidad futura, estableciendo esta inevitabilidad como el punto fijo desde el cual decidir sobre las acciones presentes. La anticipación tiene efectos prácticos.

Cuando pasamos a la revolución, surge la pregunta inmediata: ¿de quién es la anticipación? ¿Qué conlleva el futuro proyectado? Para que el futuro proyectado tenga efectos de coordinación, para generar los procesos que lo conducirán, debe ser llevado por una colectividad, algún tipo de institución u organismo. En la política, particularmente en la política revolucionaria de izquierda, este organismo ha sido el partido, una organización política movilizada por medio del futuro.

Considere a los bolcheviques. En el partido, el materialismo histórico no es un relato del pasado. Es una relación con un futuro específico, uno donde «la revolución ya está en su agenda». Como Georg Lukács insiste en un estudio clásico, Lenin convirtió la realidad de la revolución en el punto desde el cual se evaluaron todas las preguntas y se consideraron todas las acciones. El hecho del enfoque de la revolución atravesó múltiples tendencias, los múltiples conflictos de grupos e individuos dentro de las masas y el fatalismo económico que contribuye a la propia respuesta del capitalismo a las crisis.

El futuro seguro de la revolución permitió al partido de Lenin elegir, decidir. Los bolcheviques no estaban solos al anticipar la revolución. Varios partidos de izquierda y tendencias en toda Europa y Rusia pensaban que la revolución era inminente. La contribución de Lenin consistió en comprender los efectos de coordinación de la revolución, la forma en que su anticipación estableció las tareas que debían hacerse. Para los bolcheviques, el hecho de la revolución opera como una fuerza de negación en el presente que impulsa las prácticas necesarias para la revolución. A través del partido, la revolución produce sus revolucionarios.

En el partido (y ahora me refiero al partido en su sentido más amplio y formal), la anticipación de cierto futuro acompaña a otras dos temporalidades: la momentánea y la retroactiva. Designo «momentáneas» aquellas interrupciones a las cuales el partido responde como si fueran las acciones de las personas como su sujeto.

En la historia del marxismo, vemos tales respuestas a la Comuna de París, a las huelgas y manifestaciones masivas, a las multitudes de mujeres que se amotinan. Las multitudes hacen lo inesperado, incluso lo imposible, interrumpiendo lo dado e instalando una brecha en el presente. El partido responde a las multitudes, leyendo el desorden que causan como el efecto del sujeto, el pueblo revolucionario, el proletarizado, el oprimido (en La teoría del sujeto, Badiou describe esto como subjetivación). La ruptura de la multitud se determina retroactivamente como un efecto de la gente como su causa. El pueblo revolucionario dividido fue el sujeto del evento disruptivo. El evento no fue solo algo aquí y ahora; fue parte del proceso subjetivo de las personas (para usar los términos de Badiou).

En 1920, hace cien años, Lenin se reunió con Clara Zetkin; en su famoso ensayo, recuerda su conversación sobre el empoderamiento y el socialismo de las mujeres. Ese mismo año, dirigiéndose a las mujeres en el Día Internacional de la Mujer, Lenin dijo que la lucha por la igualdad de las mujeres será «una lucha larga» que terminará con el triunfo del comunismo. ¿Crees que el pensamiento leninista puede ofrecer hoy algo a quienes luchan por los derechos de las mujeres en todo el mundo? ¿Podría haber algo como un «feminismo leninista»? ¿O ha evolucionado el feminismo más allá del leninismo?

El leninismo proporciona el recordatorio imperativo de que el trabajo doméstico es trabajo pesado y que el socialismo requiere la socialización del trabajo reproductivo y productivo. Los primeros años soviéticos tenían toda la razón al priorizar el cuidado de niños, guarderías, cocinas y lavanderías comunes, el derecho al aborto y la libertad sexual. Estos no fueron descritos en términos de derechos individuales. Eran condiciones sociales para la liberación y la igualdad. Entonces, el «feminismo leninista» enfatiza la necesidad de luchar para asegurar las condiciones de liberación e igualdad, y organizarse para esa lucha, analizar las tácticas que serán necesarias para ganarla y hacer el trabajo que requiere.

Si fueras a recomendar entre tres y cinco textos de Lenin a un joven camarada hoy, ¿cuáles recomendarías y por qué?

¿Podemos contar la discusión con Clara Zetkin o eso ya se entiende como importante? Es crucial, en parte porque hay algunos momentos extraños y divertidos donde Lenin dice cosas como «y ahora yo soy la mujer» o algo así y en parte porque desmiente el mito de que los comunistas hablan solo de clase y no de, digamos, «asuntos de mujeres» (como si los asuntos de mujeres no fueran problemas de clase).

Entonces, para un joven compañero o compañera… Bueno, supondré que ya ha leído los clásicos: '¿Qué hacer?', 'El Estado y la revolución' e 'Imperialismo: fase superior del capitalismo'. Estos son indispensables para comprender la importancia de organizar el partido y el Estado y para comprender las dimensiones internacionales de la lucha por el comunismo.

También recomendaría «Una carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas»: esta es una versión más corta y puntiaguda de los temas del '¿Qué hacer?' La esposa de Lenin, Nadezhda Krupskaya, lo recomienda en sus 'Reminiscencias de Lenin' debido a la comprensión que brinda de la atención de Lenin a los detalles organizacionales y la importancia del centralismo democrático.

«El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo» es crucial para reconocer los límites del anarquismo o cualquier tipo de purismo de izquierda. «La revolución proletaria y el renegado de Kautsky» es importante para comprender el argumento a favor de la dictadura del proletariado.
También me gusta mucho las «Cartas desde lejos». Son modelos para el "tiempo del partido". La revolución está en la agenda, pero no solo la revolución burguesa, también la revolución proletaria. Lenin ve esto cuando nadie más lo hace y su anticipación tiene efectos prácticos mientras organiza su fiesta en preparación para ello.

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