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22/07/2020 :: EE.UU.

La carta abierta contra 'cancel culture' asfixia la libertad de expresión, no la protege

x Jonathan Cook
La crítica a 'cancel culture', donde firman desde Chomsky hasta ultraderechistas, en realidad están dirigidas a apuntalar el discurso que refuerza el 'statu quo'

Nota: La cancel culture o "cultura de la cancelación" designa el extendido fenómeno de retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables, generalmente como consecuencia de determinados comentarios o acciones o por transgredir ciertas expectativas. Se define como «una llamada a boicotear a alguien- generalmente una celebridad- que comparte una opinión cuestionable o impopular en las redes sociales. El término cancel culture o cancelling comenzó a utilizarse en 2015 y ganó popularidad en 2018. En el universo mediático de internet es la cancelación por asfixia, acoso y derribo de cualquier persona, idea, acto, pensamiento, país u obra de arte, literaria o filosófica en nombre de una corriente hegemónica.

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Una carta abierta publicada por la revista Harper's, firmada por 150 escritores prominentes y figuras públicas, ha centrado la atención en los peligros de la corriente denominada cancel culture.

La carta reúne una cuestionable alianza de genuinos izquierdistas como Noam Chomsky y Matt Karp, centristas como JK Rowling e Ian Buruma y neoconservadores como David Frum y Bari Weiss, todos en defensa de la libertad de expresión.

Aunque la carta no usa explícitamente el término cancel culture, es claramente lo que se entiende en la queja sobre un clima cultural «asfixiante» que impone la "conformidad ideológica» y debilita las «normas de debate abierto y la tolerancia de las diferencias».

Es fácil estar de acuerdo con el argumento generalizado de la carta en favor de la tolerancia y el debate libre y justo. Pero la realidad es que muchos de los que firmaron son completamente hipócritas, que han demostrado exactamente cero compromiso con la libertad de expresión, ya sea en sus palabras o en sus actos.

Además la intención de muchos de ellos al firmar la carta es lo contrario de su objetivo declarado: quieren asfixiar la libertad de expresión, no protegerla.

Para comprender lo que realmente está sucediendo con esta carta, primero debemos analizar los motivos en lugar de la sustancia de la carta.

Un nuevo antiliberalismo

Cancel culture comenzó como la vergüenza, a menudo en las redes sociales, de las personas que se decía que habían dicho cosas ofensivas. Pero en los últimos tiempos se ha vuelto en ocasiones más tangible, como señala la carta, con personas despedidas o a quienes se les niega la oportunidad de hablar en un lugar público o publicar su trabajo.

La carta denuncia este tipo supuestamente nuevo de antiliberalismo:

"Mantenemos el valor vigoroso e incluso cáustico del contradiscurso en todos los sectores. Pero ahora es demasiado común escuchar llamados a represalias rápidas y severas en respuesta a las transgresiones percibidas del habla y el pensamiento... Se despide a los editores por artículos controvertidos, se retiran libros por presunta falta de autenticidad, se prohíbe a los periodistas escribir sobre ciertos temas, se investiga a los profesores por citar determinados trabajos literarios en las aulas... El resultado es que se estrechan constantemente los límites de lo que se puede decir sin la amenaza de represalias. Ya estamos pagando el precio con más miedo por parte de los escritores, artistas y periodistas que temen por sus medios de vida si se apartan del consenso o incluso por si se considera que carecen de celo suficiente en su cometido».

Engañosa política de identidad

La variedad de firmantes es en realidad más preocupante que tranquilizadora. Si viviéramos en un mundo más justo, algunos de los que firman, como Frum -un exrredactor de discursos del presidente George W. Bush- y Anne-Marie Slaughter -exfuncionaria del Departamento de Estado de los EEUU- enfrentarían un juicio ante la Corte Penal Internacional de La Haya por sus roles en la promoción de «intervenciones» en Irak y Libia respectivamente. No son precisamente campeones de la libertad de expresión.

Es evidente que las diversas personas han firmado la carta por razones muy diferentes.

Chomsky firmó porque ha sido un defensor constante y permanente del derecho a la libertad de expresión, incluso para aquellos con opiniones atroces como la negación del Holocausto.

Frum, quien acuñó el término «eje del mal» y racionalizó la invasión de Irak, y Weiss, un columnista del New York Times, firmaron porque encontraron que sus vidas eran más difíciles. Es cierto que es fácil para ellos dominar las plataformas en los medios corporativos al tiempo que abogan por guerras criminales en el extranjero y no han pagado ningún precio de cuando sus análisis y predicciones han resultado tonterías muy peligrosas. Pero ahora están sintiendo la reacción violenta en los campus universitarios y las redes sociales.

Mientras tanto centristas como Buruma y Rowling han descubierto que cada vez es más difícil navegar por el complicado terreno de la política de identidad sin tropezar. El daño a la reputación puede tener serias consecuencias.

Buruma perdió su trabajo como editor de New York Review of Books hace dos años después de que publicó y defendió un artículo que violaba el nuevo espíritu del movimiento #MeToo. Y Rowling cometió el error de pensar que sus seguidores estarían tan fascinados por sus puntos de vista tradicionales sobre temas transgénero como lo están por sus libros de Harry Potter.

Fake news y "troles rusos"

Pero el hecho de que todos estos escritores e intelectuales estén de acuerdo en que hay que pagar un precio en el nuevo y más sensible clima cultural no implica que todos estén igualmente interesados en proteger el derecho a ser controversial o franco.

Chomsky, alto y claro, defiende la libertad de expresión para todos, porque entiende correctamente que los poderosos están demasiado interesados en encontrar justificaciones para silenciar a aquellos que desafían su poder. Las élites protegen la libertad de expresión solo en la medida en que sirve a sus intereses para dominar el espacio público.

Si los de la izquierda progresista no defienden los derechos de expresión de todos, incluso de sus oponentes políticos, pronto cualquier restricción se volverá contra ellos. El establishment siempre tolerará el discurso de odio de un Trump o un Bolsonaro sobre el discurso de justicia de un Sanders o un Corbyn.

Por el contrario la mayoría del resto de los que firmaron, los derechistas y los centristas, están interesados en la libertad de expresión para ellos y para quienes gustan de ellos. Les importa proteger la libertad de expresión solo en la medida en que les permita continuar dominando el espacio público con sus puntos de vista, algo a lo que estaban demasiado acostumbrados hasta hace unos años, antes de que las redes sociales comenzaran a nivelar un poco el campo de juego.

El centro y la derecha han estado luchando desde entonces con afirmaciones de que cualquiera que desafíe seriamente el statu quo neoliberal en casa y el neoconservador en el extranjero está promoviendo fake news o es un «trol ruso». Esta actualización de la acusación de «antiamericano» encarna cancel culture en su peor aspecto.

Responsabilidad de las redes sociales

En otras palabras, aparte del caso de algunos progresistas, la carta es simplemente una súplica especial: un retorno al statu quo. Y por esa razón, como veremos, Chomsky podría haber sido mejor aconsejado y no haber agregado su nombre por mucho que esté de acuerdo con los vagos sentimientos del discurso de la carta, aparentemente a favor de la libertad.

Lo sorprendente de una proporción significativa de los que firmaron es su autoidentificación como fervientes partidarios de Israel. Y como los críticos de Israel saben muy bien, los defensores de Israel han estado en la vanguardia de cancel culture desde mucho antes de que se acuñase el término.

Durante décadas los activistas proisraelíes han tratado de silenciar a cualquiera que critique seriamente a este pequeño Estado altamente militarizado, patrocinado por las potencias coloniales, que se implantó en una región rica en recursos naturales, como el petróleo, necesarios para lubricar la economía global y a un costo terrible para su población nativa palestina.

Nada debería alentarnos a creer que los entusiastas defensores de Israel entre los que firman la carta ahora han visto el error de sus caminos. Su nueva preocupación por la libertad de expresión es simplemente evidencia de que han comenzado a sufrir la cancel culture que siempre han promovido en relación con Israel.

Ellos han perdido el control de cancel culture debido a dos desarrollos recientes: un rápido crecimiento en las políticas de identidad entre liberales e izquierdistas y una nueva demanda popular de «responsabilidades» generada por el auge de las redes sociales.

Cancelar las críticas a Israel

De hecho, a pesar de sus declaraciones de preocupación, la evidencia sugiere que algunos de los que firmaron la carta han intensificado su propia contribución para utilizar cancel culture en relación con Israel en lugar de cuestionarla.

Eso no es sorprendente. La necesidad de contrarrestar las críticas a Israel se ha vuelto más apremiante a medida que claramente Israel se ha convertido en un Estado paria. Israel se ha negado a mantener conversaciones de paz con los palestinos y ha intensificado sus esfuerzos para realizar llevar a cabo sus planes de siempre de anexar franjas de Cisjordania en violación del derecho internacional.

En lugar de permitir el «vigoroso y cáustico contradiscurso de todos los sectores» en Israel, los partidarios del Estado israelí han preferido las tácticas de aquellos identificados en la carta como enemigos de la libertad de expresión: «respuesta rápida y severa a las transgresiones del habla y el pensamiento».

Pregunten a Jeremy Corbyn, el exlíder del Partido Laborista que fue injuriado, junto con sus partidarios, como antisemita, una de las peores manchas imaginables por varias personas en la lista de Harper's, incluidos Rowling y Weiss. Tales reclamos fueron promovidos a pesar de que sus críticos no pudieron presentar evidencia real de un problema de antisemitismo en el Partido Laborista.

Del mismo modo piensen en el tratamiento a los activistas solidarios palestinos que apoyan el boicot a Israel (BDS) inspirado en el que ayudó a impulsar a los líderes de Sudáfrica a renunciar al apartheid. Los activistas del BDS también han sido calificados de antisemitas y Weiss nuevamente ha sido el principal detractor.

Los incidentes resaltados en la carta de Harper's en la que supuestamente las personas han sido excluidas son triviales en comparación con la cancelación de un partido político importante y de un movimiento que se solidariza con un pueblo que ha estado oprimido durante décadas.

Y sin embargo, ¿cuántos de estos guerreros de la libertad de expresión han denunciado el hecho de que los izquierdistas, incluidos muchos antisionistas judíos, han sido tachados de antisemitas para evitar que participen en debates sobre el comportamiento de Israel y sus abusos de los derechos de los palestinos?

¿Cuántos de ellos han denunciado la imposición de una nueva definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto que ha ido ganando terreno rápidamente en los países occidentales?

Esa definición está diseñada para silenciar a una gran parte de la izquierda al priorizar las críticas a la seguridad de Israel antes que el que los judíos sean vilipendiados y atacados, algo que incluso el abogado que escribió la definición ha lamentado.

¿Por qué nada de esta cancel culture ha provocado una carta abierta a Harper's de estos defensores de la libertad de expresión?

Espada de doble filo

La verdad es que muchos de los que firmaron la carta no defienden la libertad de expresión, sino su derecho a seguir dominando la plaza pública y su derecho a hacerlo sin asumir responsabilidades.

Bari Weiss antes de conseguir un trabajo en el Wall Street Journal y luego en el New York Times pasó sus años estudiantiles tratando de expulsar a los profesores musulmanes de su universidad y "cancelarlos" debido a sus críticas a Israel. Y lo hizo explícitamente bajo la bandera de la «libertad académica», alegando que los estudiantes pro-Israel se sentían intimidados en las aulas.

La Unión de Libertades Civiles de Nueva York concluyó que era Weiss, no los profesores, la verdadera amenaza para la libertad académica. No fue un pecado de juventud, en un libro del año pasado Weiss citó sus esfuerzos para librar a la universidad de Columbia de estos profesores como una experiencia formativa en la que todavía se basa.

Weiss y muchos de los otros enumerados en la carta están enojados porque las herramientas retóricas que usaron durante tanto tiempo para asfixiar la libertad de expresión de los demás ahora se han vuelto contra ellos. Aquellos que vivieron durante tanto tiempo con la espada de la política de identidad en Israel, por ejemplo, están preocupados de que su reputación pueda morir por esa misma espada en cuestiones de raza, sexo y género.

Preocupación narcisista

Para comprender cómo cancel culture es fundamental para la cosmovisión de muchos de estos escritores e intelectuales, y cuán ciegos están de su propia complicidad en esa cultura, consideren el caso de Jonathan Freedland, columnista del periódico británico supuestamente liberal de izquierda Guardian. Aunque Freedland no se encuentra entre los que firman la carta está muy alineado con los firmantes centristas y, por supuesto, apoyó la carta en un artículo publicado en The Guardian.

Freedland, debemos señalar, lideró la campaña cancel culture contra el Partido Laborista mencionada anteriormente. Fue una de las figuras claves en la comunidad judía de Gran Bretaña que dio vida a las manchas de antisemitismo contra Corbyn y sus partidarios.

Pero tengan en cuenta este breve clip. En él se puede escuchar como cruje la voz de Freedland mientras explica que él mismo ha sido víctima de cancel culture: confiesa que ha sufrido abusos verbales y emocionales a manos de los apologistas más extremistas de Israel, aquellos que son aún más incondicionalmente pro-Israel que él.

Dice que le han llamado kapo, el término para los colaboradores judíos en los campos de concentración nazis, y sonderkommando, los judíos que eliminaron los cuerpos de otros judíos muertos en las cámaras de gas. Admite que ese abuso «se introduce bajo la piel» y «duele tremendamente».

Y, sin embargo, a pesar del dolor personal que ha experimentado por ser acusado injustamente, de ser cancelado por una sección de su propia comunidad, Freedland ha estado a la vanguardia de la campaña para denostar a los críticos de Israel, incluidos los judíos antisionistas, tachándolos de antisemitas sobre la más débil de las evidencias.

Es completamente inconsciente de la naturaleza destructiva de cancel culture a menos que se la apliquen a él. Su preocupación es puramente narcisista. Y lo mismo ocurre con la mayoría de los que firmaron la carta

Conduciendo un monólogo

El concepto principal de la carta es la pretensión de que el «antiliberalismo» es un fenómeno nuevo, que la libertad de expresión está bajo amenaza y que cancel culture solo se vio en el momento en que se le dio nombre.

Eso es simplemente una tontería. Cualquier persona mayor de 35 años puede recordar fácilmente una época en la que los periódicos y los sitios web no tenían una sección de replicas, cuando los blogs eran pocos y raramente leídos y cuando no había redes sociales en las que desafiar o responsabilizar a «la flor y nata».

Escritores y columnistas como los que firmaron la carta pudieron soltar monólogos en los que revelaron sus opiniones al resto de nosotros como si fueran Moisés bajando las tablas de la cima de la montaña.

En aquellos días nadie notó la cultura de cancelación, o no se permitía hablar de ella. Y eso se debió a que solo aquellos que tenían opiniones satisfactorias alguna vez encontraron una plataforma de medios desde la cual presentar esas opiniones.

Antes de la revolución digital si se discrepaba del estrecho consenso impuesto por los propietarios multimillonarios de los medios corporativos, todo lo que se podía hacer era imprimir un primitivo boletín propio y enviarlo por correo a un puñado de personas que habían oído hablar de usted.

Esa fue la verdadera cultura de cancelación. Y la prueba está en el hecho de que muchos de esos escritores anteriormente oscuros descubrieron rápidamente que podían acumular decenas de miles de seguidores, sin la ayuda de los medios corporativos tradicionales, cuando tenían acceso a blogs y redes sociales.

Silenciar a la izquierda

Lo que nos lleva al aspecto más preocupante de la carta abierta en Harper's. Al amparo de los llamados a la tolerancia, dada la credibilidad por el nombre de Chomsky, una proporción de los firmantes en realidad quiere restringir la libertad de expresión de un sector de la población, precisamente la parte influenciada por Chomsky.

No están en contra de la gran cancel culture de la que se han beneficiado durante tanto tiempo. Están en contra de la pequeña cultura de cancelación, el nuevo entorno mediático más caótico y más democrático del que disfrutamos actualmente, en el que se les exige por primera vez que respondan por sus puntos de vista en una variedad de temas, incluido Israel.

Así como Weiss intentó que despidieran a los profesores bajo el reclamo de libertad académica, muchos de estos escritores y figuras públicas están usando la bandera de la libertad de expresión para desacreditar el discurso que no les gusta, el que expone el vacío de sus propias posiciones.

Sus críticas a la cancel culture se refieren realmente a priorizar el discurso «responsable», definido como el discurso compartido por los centristas y el derecho que respalda el statu quo. Quieren regresar a una época en que la izquierda progresista, aquellos que buscan alterar un consenso fabricado, que desafían las presuntas verdades de la ortodoxia neoliberal y neoconservadora, no tenían una voz real.

Los nuevos ataques a la cultura de cancelación se hacen eco de los ataques contra los partidarios de Bernie Sanders, que fueron enmarcados como Bernie Bros, la acusación sin pruebas de que atrajo a una chusma de hombres agresivos que odiaban a las mujeres y que silenciosamente intentaban intimidar a otros en las redes sociales.

Del mismo modo que esta afirmación se usó para desacreditar las políticas de Sanders, el centro y la derecha ahora quieren desacreditar a la izquierda de manera más general insinuando que, sin restricciones, ellos también intimidarán silenciosamente a todos los demás a través de su cancel culture.

Si esta conclusión no parece convincente, consideren que el presidente Donald Trump podría haber agregado fácilmente su nombre a la carta junto al de Chomsky. Trump utilizó su reciente discurso del Día de la Independencia en el monte Rushmore para expresar puntos similares a los de la carta de Harper's. Al menos fue explícito al equiparar cancel culture con lo que llamó «fascismo de extrema izquierda»:

"Una de las armas políticas [de la izquierda] es cancel culture, expulsar a las personas de sus trabajos, avergonzar a los disidentes y exigir la sumisión total de cualquiera que no esté de acuerdo. Esta es la definición misma de totalitarismo... Este ataque a nuestra libertad, nuestra magnífica libertad, debe detenerse, y se detendrá muy rápidamente".

Trump, con toda su vulgaridad, deja claro lo que oculta la carta de Harper's con toda su elegancia cultural. Los ataques a la nueva cancel culture son simplemente otro frente, junto con las supuestas preocupaciones sobre fake news y «troles rusos», en los esfuerzos del establishment para limitar el discurso de la izquierda.

Atención redirigida

Esto no es para negar que haya noticias falsas en las redes sociales o que haya troles, algunos incluso rusos. Más bien es señalar que nuestra atención está siendo redirigida y nuestras preocupaciones manipuladas por una agenda política.

A pesar de la forma en que se ha presentado en los medios corporativos, las fake news en las redes sociales han sido principalmente un problema de la derecha. Y los peores ejemplos de fake news, y los más influyentes, no se encuentran en las redes sociales, sino en las portadas del Wall Street Journal y el New York Times.

¿Qué noticias auténticamente falsas en Facebook ha rivalizado con las mentiras que justifican la invasión de Irak en 2003 que a sabiendas fueron vendidas por una élite política y sus taquígrafos en los medios corporativos? Esas mentiras condujeron directamente a más de un millón de muertos iraquíes, convirtieron a millones más en refugiados, destruyeron un país entero y alimentaron un nuevo tipo de extremismo islámico nihilista cuyos efectos todavía estamos sintiendo.

La mayoría de las peores mentiras del período actual, aquellas que han oscurecido o justificado la interferencia de EEUU en Siria y Venezuela, han racionalizado los crímenes de guerra contra Irán o han aprobado el encarcelamiento permanente de Julian Assange por exponer crímenes de guerra, solo pueden entenderse dando la espalda a los medios corporativos y buscando expertos que rara vez pueden encontrar una plataforma fuera de las redes sociales.

Algoritmos cambiados

Digo esto como alguien que tiene preocupaciones sobre el enfoque de moda en la política de identidad en lugar de la clase de política. Lo digo también como alguien que rechaza todas las formas de cancel culture, ya sea la antigua cultura de cancelación «liberal» que nos impone una política de «consenso» estrecha (la ventana de Overton) o la nueva cultura de cancelación de «izquierda» que con demasiada frecuencia prefiere centrarse en objetivos culturales fáciles como Rowling en vez de la corrupción estructural de los sistemas políticos occidentales.

Pero aquellos que están impresionados por la carta simplemente porque el nombre de Chomsky está en ella deben tener cuidado. Así como las fake news han proporcionado el pretexto para que Google y las plataformas de redes sociales cambien sus algoritmos para disuadir a los izquierdistas de las búsquedas y enlaces, así como el «antisemitismo» se ha redefinido para demonizar a la izquierda, también la supuesta amenaza de cancel culture será explotada para silenciar a la izquierda.

Proteger a Bari Weiss y JK Rowling de una «mafia» de izquierdas que se abalanza, una mafia que reclama el derecho a desafiar sus puntos de vista sobre Israel o cuestiones trans, se convertirá en el nuevo grito de guerra del establishment para la acción contra los «irresponsables» o el «discurso intimidante».

Los izquierdistas progresistas que se unen a estas llamadas por irritación con el enfoque actual en las políticas de identidad, porque temen ser etiquetados como antisemitas o porque erróneamente asumen que el problema realmente es sobre la libertad de expresión, rápidamente descubrirán que son los objetivos principales.

Al defender la libertad de expresión terminarán siendo ellos mismos silenciados.

jonathan-cook.net. Traducido del inglés para Rebelión por J. M. Extractado por La Haine.

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