La CIA en Moscú: Tres perspectivas para una misión sin rostro
Cuando el director de la CIA viaja a Moscú en secreto —y para ello le pide a Kiev que detenga sus ataques con drones— algo significativo se está gestando bajo la superficie del conflicto
En la corte del Kremlin
El 25 de agosto de 2026, un avión del gobierno estadounidense despegó de la Base Conjunta Andrews, hizo escala en Riga y desde allí voló a Moscú. A bordo viajaba John Ratcliffe, director de la CIA. No hubo anuncio ni comunicado de prensa; la misión salió a la luz gracias a los datos de seguimiento de vuelos y a fuentes que hablaron bajo condición de anonimato.
Al día siguiente, el Kremlin confirmó que Ratcliffe se había reunido con altos funcionarios de inteligencia rusos, no con Putin, quien, según se informó, solo fue informado sobre las conversaciones. Washington declinó hacer comentarios.
Esta es la primera visita conocida de un director de la CIA a Moscú desde la misión de William Burns en noviembre de 2021, que precedió al inicio de la Operación Militar Especial por unas semanas. El precedente no es tranquilizador, y es precisamente eso lo que hace que la misión de Ratcliffe deba interpretarse, más que simplemente informarse.
El vacío informativo dejado por las dos capitales se ha llenado de especulaciones, y la especulación, en geopolítica, ya es una forma de análisis. Según fuentes coincidentes, tres temas estaban sobre la mesa: Ucrania, Irán y el flanco báltico de la OTAN. Entrelazados con estos se encuentran Israel y, en segundo plano, el equilibrio de poder en Asia.
Procedamos con tres hipótesis de trabajo, que no son mutuamente excluyentes, sino que, por el contrario, pueden complementarse bien entre sí.
La hipótesis de cooperación
La primera interpretación es la menos dramática. Según se informa, Ratcliffe viajó a Moscú porque existe un canal de comunicación directo entre las agencias de inteligencia de ambas potencias, y este canal se ha mantenido incluso durante los años más difíciles del conflicto ucraniano. Fuentes estadounidenses han sugerido que el director de la CIA mantuvo contacto con sus homólogos rusos durante todo su mandato. Desde esta perspectiva, la misión sería la manifestación visible de un diálogo constante y discreto.
El detalle más revelador es de índole procedimental. Antes de la partida de Ratcliffe, EEUU solicitó a Ucrania que suspendiera los ataques con drones y misiles contra Moscú y ciudades del norte de Rusia desde el lunes hasta el miércoles. Kiev fue informada de que una delegación estadounidense de alto nivel se encontraba de viaje por territorio ruso.
Quienes organizan una tregua táctica —por breve y limitada que sea— no lo hacen para lanzar un ultimátum, sino para garantizar la seguridad del negociador y la viabilidad de las negociaciones. La estrategia consiste en cooperación, no en confrontación.
Esta hipótesis se ve reforzada por lo ocurrido inmediatamente después. Horas más tarde, tras la partida de Ratcliffe de Moscú, el secretario de Estado Marco Rubio anunció la revocación formal de la designación de Siria como Estado patrocinador del terrorismo. Es improbable que dos acciones tan cercanas en el tiempo no estén relacionadas. Oriente Medio —Siria, Irán y los corredores que conectan el Golfo con el Mediterráneo— es precisamente el escenario donde Washington y Moscú, a pesar de sus posturas opuestas sobre Ucrania, comparten un interés en la desescalada.
Al fin y al cabo, la cooperación no requiere amistad, sino simplemente que, en ciertos temas, el coste del conflicto supere al de la coordinación.
Si esta interpretación es correcta, el viaje de Ratcliffe no es un hecho aislado, sino un síntoma: prueba de que, tras la retórica pública de irreconciliabilidad, existe un marco común para la gestión de crisis.
Desde esta perspectiva, Irán, Ucrania y los países bálticos serían las tres mesas de negociación de un único proceso destinado a reducir simultáneamente las tensiones en múltiples frentes.
La tesis de la “debilidad”
La segunda interpretación invierte la perspectiva. No se trata de dos potencias coordinándose en igualdad de condiciones, sino de una potencia en apuros que llama a la puerta de la otra. La iniciativa estadounidense revela una posición de relativa debilidad.
Abundan las pruebas que lo confirman. Las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania se han estancado; Trump había apostado capital político a la promesa de una paz rápida y ahora, a mediados de 2026, se encuentra sin haber cumplido dicha promesa.
Fue el enviado estadounidense, no el ruso, quien negoció el alto el fuego táctico respecto a los ataques ucranianos. Fue Washington quien informó a Kiev, presentándole un hecho consumado. En geopolítica, quien pide una suspensión de las hostilidades —aunque sea por solo tres días— admite implícitamente tener más prisa que la otra parte.
Detrás de la urgencia táctica, se vislumbra una tensión estructural más profunda. Una potencia hegemónica que percibe la erosión de su centralidad tiene interés en congelar los frentes abiertos para reorganizar sus líneas.
La sobreexpansión estratégica es el mal clásico de los imperios maduros: demasiados frentes de operaciones, demasiadas promesas y recursos insuficientes para cumplir con todos los compromisos simultáneamente. Por lo tanto, una tregua en múltiples frentes sería menos un acto de fuerza que una maniobra de reposicionamiento para ganar tiempo, reducir el número de crisis activas y reajustar las prioridades.
Esta interpretación tiene una limitación que conviene reconocer: corre el riesgo de confundir la prudencia con la debilidad. No todos los llamamientos a la desescalada surgen de la necesidad; algunos nacen del cálculo. Sin embargo, en los imperios en transición, el cálculo y la necesidad suelen coincidir.
La cuestión decisiva no es si EEUU está en las últimas, sino más bien si percibe que ya no puede mantener todos los frentes a la vez. Y la forma en que se llevó a cabo la misión de Ratcliffe sugiere que esta percepción está firmemente arraigada en Washington.
La tesis del “engaño” (y la larga sombra de Kissinger)
Existe también una tercera interpretación, arraigada en la memoria histórica rusa. La hipótesis es que la mano tendida es una trampa: que EEUU ofrece una tregua no para congelar el conflicto, sino para ganar el margen de maniobra necesario para reposicionarse y atacar con mayor eficacia, replicando el patrón de la década de 1980, cuando la apertura a las negociaciones estuvo acompañada de una estrategia de desgaste económico y estratégico contra la Unión Soviética, llevada a cabo desde dentro.
Se percibe un eco de la doctrina Kissinger: entablar amistad con Rusia para contrarrestar a China; mantener al adversario en un estado de dependencia calculada; impedir que dos grandes potencias rivales —en este caso, Rusia y China— se unan contra Washington; y utilizar las negociaciones como herramienta de división en lugar de reconciliación. Un diálogo con Moscú serviría, sobre todo, para crear una brecha entre Rusia y China, ofreciendo a la primera incentivos tácticos para debilitar una alianza que EEUU considera la verdadera amenaza sistémica.
Cada concesión estadounidense es reversible y de bajo costo, mientras que lo que Washington exigiría a cambio —un enfriamiento de las relaciones ruso-iraníes y un debilitamiento del eje euroasiático— afectaría los intereses estructurales y a largo plazo de Moscú. El desequilibrio entre lo que se ofrece y lo que se exige sería la prueba irrefutable del engaño.
La referencia a las elecciones rusas completa el panorama, ya que actuar mientras el adversario está inmerso en unas elecciones internas implica elegir el momento de mayor vulnerabilidad política, cuando el liderazgo está más expuesto y tiene menos margen de maniobra. La desconfianza rusa hacia las iniciativas occidentales tramposas es un hecho histórico bien documentado, y ningún negociador de Moscú se sienta a la mesa sin tener en cuenta la posibilidad de un engaño. El recuerdo de 1991 es, en sí mismo, un factor determinante en las negociaciones.
Los cuatro temas sobre la mesa
Estas tres perspectivas se complementan entre sí al analizar lo que, en términos concretos, estaba sobre la mesa. No se trataba de cuatro cuestiones aisladas, sino de un sistema de elementos interconectados.
Ucrania. El tema central para todos. Es el frente en torno al cual gira todo. La tregua táctica solicitada a Kiev antes de la misión demuestra que, sin una desescalada de las tensiones militares, ningún otro asunto es negociable para Occidente. Es la variable que abre o cierra todas las demás.
Luego está Irán, el punto donde los intereses se entrelazan y se contradicen. La relación entre Moscú y Teherán es precisamente lo que Washington desea debilitar. Exigir a Rusia que reduzca su apoyo a Irán es la exigencia definitiva, la que revela si se trata de cooperación, intercambio o engaño.
El otro tema crucial, de índole internacional, es Israel, que entra en juego a raíz de la cuestión iraní: la seguridad del régimen israelí es un requisito tácito para cualquier reajuste de la política exterior estadounidense en Oriente Medio, y la decisión de Rubio respecto a Siria también debe interpretarse desde esta perspectiva.
Esto nos deja con el frente báltico y, en términos más generales, con la cuestión de Europa y su estructura arquitectónica completa. Algunas evaluaciones de la inteligencia estadounidense apuntan a un posible cambio en la evaluación de riesgos de Putin, lo que sugiere que se inclinaría más por acciones híbridas contra los miembros de la OTAN para poner a prueba su cohesión.
De ser así, la misión también habría cumplido una función disuasoria, advirtiendo a Moscú de los límites que no debería traspasar. Disuasión y negociación, en el marco de una misma visita, no son contradictorias: son las dos caras de toda diplomacia de inteligencia. O, incluso, el juego de la partición de Europa en caso de guerra, dado que la UE está decidida a seguir adelante con su suicidio programado.
Leyendo el silencio
La fuerza de la misión de Ratcliffe reside, paradójicamente, en su silencio.
Un acontecimiento sin declaraciones oficiales se convierte en una pantalla sobre la que cada observador proyecta su propia visión del equilibrio de poder: quienes creen en un mundo multipolar ahora estabilizado ven cooperación; quienes ven un Occidente en decadencia ven una súplica por una tregua; quienes no han olvidado la historia ven una trampa.
Lo único que se puede afirmar con certeza es esto: cuando el director de la CIA viaja a Moscú en secreto —y para ello se le pide a Kiev que detenga sus ataques con drones— algo significativo se está gestando bajo la superficie del conflicto.
Por cierto: una fuente interna informó que otra figura prominente también estaba presente en el avión y en Moscú: el vicepresidente de EEUU, JD Vance...
* Profesor de geopolítica de la Universidad de Belluno, Italia. observatoriocrisis.com







