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EE.UU. :: 11/09/2026

La “derecha radical” y el neomacartismo trumpista (y II)

Maciek Wisniewski
La derecha radical en EEUU no es un fenómeno novedoso de las redes sociales; es una corriente autónoma en un permanente proceso de rearticulación sobre patrones históricos

En el epílogo de 2001 a su mencionada obra dedicada a la “derecha radical” estadounidense (véase: parte I, https://lahaine.org/cW8K) Daniel Bell adoptó una postura reflexiva pero firme: reconoció, aunque más de modo indirecto, las limitaciones de sus predicciones iniciales −muchas de ellas basadas en observaciones y modelos teóricos que se remontaban bien a los años 50−, pero defendió la validez de sus conceptos y su metodología frente a las nuevas encarnaciones de la derecha del cambio de siglo.

Claramente, como lo ha señalado con más detalle David Plotke en la introducción, el panorama político de los años 90 y el año 2000 había desbordado muchas de las proyecciones que Bell y sus colegas hicieron décadas atrás. Una de sus fallas era, por ejemplo, la subestimación organizativa de la derecha radical estadounidense: viendo en ella una fuerza puramente destructiva e incapaz realmente de gobernar, fallaron en anticipar los modos en los que estos sectores lograrían canalizarse institucionalmente como una verdadera fuerza contra-élite a través de las fundaciones y think tanks –como la Heritage Foundation−, las redes de medios, coaliciones empresariales y toda una maquinaria de movilización de base, una fuerza que, años más tarde, acabaría tomando el control del propio Partido Republicano (GOP).

Otro de los vacíos de su análisis ha sido el giro hacia las “guerras culturales”, un cambio del eje político que su enfoque original no alcanzó a captar ya que se trató de algo novedoso aunque fuese una evolución que venía en marcha ya desde los 80: mientras el viejo anticomunismo de la guerra fría había desaparecido −junto con la URSS− la nueva derecha radical se cohesionó rápidamente en torno y en contra de los temas del aborto, el multiculturalismo, el “feminismo radical”, los derechos LGBT+, los programas educativos, etcétera.

Por otro lado, Bell reafirmó la vigencia de sus ideas y herramientas empíricas manteniendo que aún explicaban bien la dinámica de la política estadounidense. Y ésta, respecto a la derecha radical, seguía girando en torno a tres ejes constantes:

i) la “política de estatus” y la ansiedad por éste, que no era sólo un diagnóstico de “individuos resentidos”, sino una realidad demostrable sociológicamente y un motor político que pesaba más que el interés económico directo;

ii) el “estilo político paranoide” (Hofstadter) que no había desaparecido con el fin del macartismo original, sino que mutó fluidamente en nuevas teorías conspirativas y

iii) la distinción entre el “conservadurismo” y el “extremismo” que seguía vigente y se reflejaba en el comportamiento de varias figuras de los 90 −Bell apunta a Newt Gingrich, pero Pat Buchanan, una suerte de “precursor” de Trump, sería un mejor ejemplo− que demostraba que el radicalismo estaba sustituyendo al conservadurismo moderado ( The Radical Right…, páginas 447-503).

Aplicado a la última década este marco describe, a muy grandes rasgos pero bien, la dinámica política en EEUU marcada por el auge y la consolidación del trumpismo, un movimiento impulsado tanto por la “ansiedad por el estatus” (siendo su pérdida debido a los cambios culturales y demográficos más importante para ciertos sectores que la pérdida del empleo), el viejo “estilo paranoide” que se acopló a la era de las nuevas tecnologías, como por la radicalización de los cuadros republicanos que desplazaron el viejo establishment.

Si bien Bell y sus colegas estarían tal vez sorprendidos por el regreso de la vieja retórica anticomunista −ahora, encima, sin el comunismo real en el horizonte−, instrumentalizada por la administración trumpista en contra de los enemigos internos (los demócratas-socialistas etcétera) y externos (Cuba, Venezuela et al.) y ante la falta de cualquier otra visión política y lenguaje aglutinador después de haber desechado abiertamente todas sus promesas (performativas) de mejorar las condiciones de la vida de los estadounidenses, el abrazamiento del “neomacartismo” no les extrañaría en lo más mínimo. A sus ojos, esta modalidad de la “caza de brujas” siempre ha sido una de las principales características históricas de la derecha radical en EEUU.

Así, la criminalización de las posturas progresistas, la persecución a las instituciones educativas, los periodistas, las listas negras y purgas de funcionarios etcétera, todo un nuevo “pánico rojo” (Red Scare), no es ningún invento de Trump y sus colaboradores −ni una importación de la historia europea de entreguerras−, sino la repetición de los viejos tropos e impulsos políticos estadounidenses.

Claramente, las cosas también han cambiado. Paul Heideman, que desde un enfoque más materialista ha trazado la mutación de la GOP y su giro hacia la extrema derecha (véase: Rouge Elephant…) −que ocurrió, paradójicamente, porque la propia clase capitalista en EEUU se desorganizó y fracturó−, bien recuerda que las élites empresariales, cuando éste ya les pareció demasiado caótico, destruyeron a Joe McCarthy y si bien intentaron hacer lo mismo con Trump tras el 6 de enero de 2021, para marzo ya habían claudicado, abriéndole, en un escenario de radicalización generalizada, el camino a la reelección en 2024.

La derecha radical en EEUU no es un fenómeno novedoso de las redes sociales ni representa un “repentino desliz en la barbarie” −por ejemplo, la repetición del “fascismo/nazismo” alemán−, sino que es una corriente autónoma en un permanente proceso de rearticulación que se rige por una serie de patrones históricos. Estudiarla dentro de sus propias genealogías −trazadas, por ejemplo, por Bell− y acorde con sus mutaciones más recientes −reconstruidas por ejemplo por Heideman−, es la única vía para comprenderla correctamente con tal de poder contrarrestarla.

@MaciekWizz

 

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