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Mundo, Pensamiento :: 12/04/2026

La matriz común de la cuestión social y la cuestión ecológica

Alain Bihr
Ninguna de las dos cuestiones podrá resolverse sin la otra; y finalmente su solución pasa, tanto en uno como en otro caso, por la abolición revolucionaria de las relaciones capitalistas de producción

Desde que en las décadas de 1960 y 1970 aparecieron en las escenas mediáticas, políticas y académicas los partidarios de la cuestión ecológica (los ecologistas, en todas sus corrientes) no se han llevado bien con los partidarios de la cuestión social (los izquierdistas, en todos sus matices). Al principio indiferentes entre sí, pronto se convirtieron en rivales y hostiles, en particular en el plano político: los primeros acusaban a los segundos de sacrificar "el medio ambiente" a los imperativos del crecimiento económico y del progreso social (y la distribución más equitativa de los frutos del crecimiento); los segundos replicaban que los primeros se preocupaban más por la suerte de la naturaleza que por la de la humanidad. Y aunque la hostilidad terminó cediendo ante las necesidades de alianzas en diversas combinaciones parlamentarias y gubernamentales, la heterogeneidad de sus respectivas temáticas y problemáticas no dejó de mantenerse, debilitándolas hasta provocar el fracaso de algunas.

Las razones de esta situación persistente son múltiples. Algunas tienen que ver con los diferentes contextos históricos en que ambas cuestiones emergieron y fueron formuladas. Otras remiten a la sociología de los movimientos sociales y políticos que asumieron sus respectivas temáticas y problemáticas. Y otras más están relacionadas con los marcos ideológicos (culturales, científicos, filosóficos) en los que fueron elaboradas. En uno de estos últimos aspectos quiero detenerme, muy importante incluso porque podría crear las condiciones de una síntesis de las dos cuestiones. Se trata del desconocimiento del concepto de relaciones sociales de producción.

Sobre el concepto de relaciones sociales de producción

Si este desconocimiento es comprensible y excusable en los ecologistas, lo es mucho menos en el caso de los izquierdistas. Porque este concepto se sitúa en el corazón mismo del pensamiento marxista, una de las principales fuentes de inspiración del socialismo.

Cuando en el "Prefacio" de Contribución a la crítica de la economía política Marx se ve llevado a resumir su enfoque intelectual y precisar lo que constituye su originalidad, es a este concepto al que se refiere:

"El resultado general al que llegué y que, una vez adquirido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede formularse de la siguiente manera. En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política, y a la que corresponden determinadas formas de la conciencia social"[2].

Tal como se presenta de manera sucinta en este párrafo, el concepto designa un complejo de relaciones que articula de manera específica propia de cada modo de producción (forma o tipo global de sociedad), por un lado las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y por otro las relaciones de los seres humanos entre sí, en el seno del proceso social de producción (o proceso social de trabajo).

En tanto relaciones de los seres humanos con la naturaleza, las relaciones de producción son las formas sociales dadas a las fuerzas productivas, a las capacidades de producción puestas en marcha por el trabajo humano, es decir a la transformación de la naturaleza por el ser humano con el fin de adecuarla a sus necesidades y usos. De modo que las fuerzas productivas comprenden, simultáneamente:

- las potencias de la naturaleza, en la medida en que puedan ser operadas (apropiadas) por el trabajo humano: toda la naturaleza, en su conjunto y en sus más ínfimas partes, es la primera y fundamental fuerza productiva;

- los medios de trabajo (herramientas, máquinas, dispositivos materiales de producción, infraestructuras productivas, etc.) que son también productos del trabajo humano, o sea resultados anteriores de la transformación de la naturaleza;

- por último, la fuerza humana de trabajo, tal como ha sido moldeada por toda la experiencia del trabajo humano, incluyendo por consiguiente el saber incorporado concerniente tanto al dominio de la materia como a la organización de las relaciones entre los seres humanos en el trabajo.

En tanto que relaciones entre sí de los seres humanos en el proceso de producción, las relaciones sociales de producción articulan las relaciones de los productores con sus medios de producción y medios de consumo, las relaciones de los productores entre sí y, finalmente, las relaciones de productores y no productores con el producto del trabajo social.

Desde el ángulo de las relaciones de los productores con sus medios de producción (tierra, materias primas, fuentes de energía, herramientas y máquinas, infraestructuras productivas, etc.) y con los medios de consumo (individuales o colectivos), es determinante la propiedad de los medios de producción, es decir, el conjunto de reglas sociales (jurídicas, morales, políticas, religiosas, etc.), de hecho o de derecho, que rigen las condiciones de apropiación de los medios de producción por los productores y fijan las formas en que dicha apropiación tiene lugar.

Las relaciones de los productores entre sí corresponden a lo que clásicamente se denomina la división social del trabajo: la repartición entre los miembros de la sociedad de las diversas actividades a través de las cuales la sociedad asegura su reproducción material y, parcialmente, institucional. Aquí es determinante la división (separación y jerarquización) entre trabajo material (los trabajos que operan sobre la naturaleza y se la apropian para los usos humanos) y trabajo "inmaterial" (los trabajos que operan sobre las relaciones sociales y sus múltiples mediaciones), así como, transversal a la precedente, la relación entre trabajo "intelectual" (funciones de dirección, concepción, organización y control) y trabajo "manual" (funciones de ejecución).

En cuanto a las relaciones de productores y no productores con el producto social (la totalidad de la riqueza social producida) y sobre todo con el plus producto social (la parte del producto social no inmediatamente necesaria para la reproducción de las condiciones materiales y personales de producción), implica tener en cuenta no solo las relaciones de reparto (o distribución) en el sentido clásico del término, fijando la parte de la riqueza social de la que cada grupo puede disponer, sino también y sobre todo las formas bajo las cuales están determinados los distintos usos posibles del plusproducto social: constitución de un fondo de reserva, ampliación de la norma de consumo, acumulación de nuevos medios de producción, mantenimiento de los no productores, etc.

El aporte irremplazable del concepto de relaciones sociales de producción reside precisamente en la estrecha articulación que establece entre las relaciones de los seres humanos con la naturaleza y las relaciones de los seres humanos entre sí. Articula las estructuras y el devenir histórico de las sociedades humanas con las condiciones naturales en que se desarrollan, con los límites, restricciones y oportunidades que la naturaleza les impone/ofrece, y con la manera en que las sociedades han sabido (o no) aprovechar esas oportunidades y superar las restricciones. Dicho de otra manera, el concepto permite y también obliga a pensar, simultáneamente, cómo las sociedades transforman las condiciones naturales y también cómo, a su vez, son afectadas en su estructura y devenir por estas últimas. En suma, el concepto no separa las sociedades humanas de su oikos: las relaciones de producción son relaciones indisolublemente sociales y ecológicas, relaciones ecosociales o socioecológicas, si se admiten estos neologismos.

En este sentido y en igual medida, el concepto de relaciones sociales de producción es precisamente un concepto ecológico avant la letttre: en La ideología alemana (redactada en 1845-1846 pero inédita), Marx y Engels elaboraron sus premisas una veintena de años antes de que Ernst Haeckel (1834-1919) propusiera el concepto de ecología en su Morfología general de los organismos (1866). En principio esto debería haber conferido al marxismo una especial aptitud para abordar las temáticas y problemáticas ecológicas. Que no haya sido así se explica por el hecho de que la corriente que dominó el marxismo, en el seno y en los márgenes de la II y la III Internacionales, se constituyó como un corpus ideológico solidario con un modelo de movimiento obrero que defendió y trató de realizar una forma de socialismo que asimilaba la emancipación del proletariado con el desarrollo de fuerzas productivas supuestamente frenadas por las relaciones capitalistas de producción[3].

Lo que lo volvió ciego frente a los daños ecológicos ocasionados por ese desarrollo incontrolado y sordo a las múltiples voces que tempranamente se levantaron, fuera de sus filas, denunciando esos daños. Y no cabría exonerar completamente a Marx de responsabilidad en este desvío, considerando algunas de sus formulaciones, entre ellas la contenida en el pasaje antes citado que parece autonomizar el desarrollo de las fuerzas productivas de las relaciones sociales de producción.

Las especificidades de las relaciones capitalistas de producción

Estas especificidades, explicitadas por Marx en El Capital, son suficientemente conocidas como para que me aquí me limite a unos pocos y sumarios recordatorios. Conformando un sistema, las principales son las siguientes:

- La expropiación de los productores, privados de todo medio de producción propio y, por consiguiente, incapaces de producir por sí mismos los medios de consumo que aseguran su subsistencia, reduciéndolos así al estatus de "trabajadores libres" que no poseen nada más que su fuerza o potencia de trabajo.
La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Al no poder emplear directamente su fuerza de trabajo debido a carecer de medios de producción, para procurarse medios de consumo el "trabajador libre" no tiene más posibilidad que poner su fuerza de trabajo en venta para obtener un salario que permita adquirir en el mercado los medios de consumo que aseguran su mantenimiento (y el de los suyos).
La apropiación exclusiva de los medios de producción en forma de mercancías. Esta apropiación se realiza por medio de la mercantilización: los medios de producción son producidos como mercancías o se encuentran disponibles bajo esta forma (como ocurre, por ejemplo, con la tierra).
- La generalización de la forma valor del trabajo social. En las condiciones precedentes, el proceso social de trabajo se encuentra necesariamente dividido (fragmentado) en una multitud de trabajos privados: trabajos emprendidos en base a la propiedad privada de los medios de producción, por agentes privados que persiguen únicamente sus intereses privados (particulares) separados (no coordinados entre sí) e incluso enfrentados (por la competencia), o sea el desarrollo de la división mercantil del trabajo social. Todos los productos del trabajo social y todas sus condiciones tanto subjetivas (fuerzas de trabajo) como objetivas (medios de producción) toman la forma de mercancías.
- La formación de la plusvalía. Propietario de una suma de dinero, el capitalista adquiere mediante ella, en forma de mercancías, por un lado medios de producción y por el otro fuerzas de trabajo. Los combina productivamente para producir mercancías que pone en venta en el mercado con el fin de obtener de nuevo dinero. Sin embargo, todo este proceso carecería de sentido si el dinero obtenido no fuera superior al que invirtió inicialmente. Esto supone que en el curso del proceso de producción se haya formado un valor adicional o plusvalía. Lo que es posible porque el capitalista puede jugar con la duración, la intensidad y la productividad del trabajo para alcanzar sus fines apropiándose del proceso de trabajo y consecuentemente moldeándolo.
- La acumulación (la reproducción ampliada) del capital. Al término del proceso de producción, el capitalista está en posesión de un valor (una suma de dinero) que le permite recomenzar todo el proceso anterior, quedando al mismo tiempo a su disposición una plusvalía. Esta le sirve de inmediato como renta, permitiéndole adquirir los medios de consumo necesarios para su mantenimiento (y el de los suyos). Sin embargo, no sería capitalista si gastara la totalidad de la plusvalía como renta, transformándose así en un simple rentista. Y aunque quisiera hacerlo, se lo impediría tanto la competencia de los demás capitalistas que operan en su rama como la resistencia y la lucha que los trabajadores asalariados oponen a su explotación y dominación en el proceso de producción. En otras palabras, por estas diferentes razones, está obligado a dedicar una parte más o menos importante de la plusvalía a formar un capital adicional que se suma al capital inicial, adquiriendo medios de producción y fuerzas de trabajo suplementarias. Así, la reproducción del capital es necesariamente reproducción ampliada: se realiza en forma de acumulación del capital.

La necesaria articulación de las cuestiones social y ecológica

La cuestión social encuentra su origen y su fundamento en las relaciones capitalistas de producción. Emerge con la culminación de la formación de tales relaciones durante la "revolución industrial", que da lugar a un proletariado compuesto por "individuos desnudos", cuya existencia es estructuralmente precaria porque depende por completo del interés que los propietarios de los medios de producción (capitalistas) tengan en emplearlos o no. Cuando lo hacen, es siempre en condiciones de empleo (formas de relación salarial), de trabajo (duración, intensidad, productividad) y de remuneración (nivel salarial) que posibiliten la explotación de los trabajadores asalariados, es decir, la formación de plusvalía, que es su objetivo esencial.

Lo que ocurre es que la relación de fuerzas que los liga a los trabajadores asalariados les resulta tanto más favorable cuanto que la acumulación del capital genera continuamente una superpoblación relativa de "individuos desnudos" en condiciones de trabajar pero a los que el capital no tiene necesidad o posibilidad de emplear de manera rentable, condenados a diversas formas y grados de privación, de pobreza y miseria, que provee también un "ejército industrial de reserva" que ejerce una presión disciplinaria sobre los miembros del "ejército industrial activo", forzándolos a aceptar las condiciones de empleo, trabajo y remuneración fijadas por el capital debido a la amenaza de ser reemplazados si no las aceptan.

Y esta amenaza se exacerba muy especialmente durante las crisis periódicas que conoce inevitablemente la reproducción ampliada del capital, que engrosan las filas del "ejército de reserva" y aumentan en igual proporción la presión ejercida sobre los trabajadores activos residuales, a fin de restablecer condiciones de valorización del capital que permitan relanzar su acumulación.

Estas son las principales facetas de la cuestión social, que no han cambiado desde hace dos siglos. Pero precisamente son también tales relaciones capitalistas de producción las que están en el origen de las principales facetas de la cuestión ecológica.

La expropiación de los productores significó en especial la separación entre una parte creciente de la humanidad y la tierra (el suelo), que constituye siempre el más fundamental de los medios de producción, ya que proporciona la mayor parte de los medios de consumos alimentarios. El proceso se llevó a cabo mediante la destrucción o ruina de las comunidades campesinas tradicionales, la separación entre agricultura e industria, entre la agricultura en sentido estricto (cultivo del suelo) y la ganadería, la industrialización (mecanización y quimización) de la producción agrícola ocasionando la disminución relativa y absoluta de la población agrícola y en definitiva el éxodo rural.

Pero todo ello tuvo como precio la perturbación creciente del metabolismo (los intercambios de materias y energía) entre la naturaleza y las sociedades humanas, que ya no devuelven al suelo en forma de residuos y desechos (incluidos sus excrementos y los de los animales de cría) los nutrientes que se extraen en forma de productos agrícolas, obligando a recurrir a dosis cada vez más masivas de fertilizantes artificiales con consecuencias desastrosas en términos de contaminación de suelos y aguas[4].

Marx mostró cómo la apropiación del proceso de trabajo para transformarlo en proceso de valorización (proceso formador de valor y de plusvalía) metamorfosea al capital en vampiro: un cuerpo muerto (materializado en el capital fijo) que se mantiene con vida y prospera (se valoriza) absorbiendo sin cesar el trabajo vivo hasta agotarlo e imprimiéndole además su propia marca, transformándolo en trabajo abstracto (simultáneamente homogéneo, fragmentado y jerarquizado, desprovisto de sentido y valor para quienes lo realizan). Este mismo vampirismo se extiende a la apropiación de la naturaleza y es llevado a cabo mediante el proceso de trabajo del que la naturaleza constituye marco, condición y objeto generales.

Es sobre todo el caso en que esta apropiación, de informal que es mientras el capital puede disponer gratuitamente de los recursos naturales (oxígeno del aire, dióxido de carbono y sales minerales del suelo, flujo de la energía solar, etc.), o de formal que es todavía cuando puede apropiárselos sin tener que transformarlos, se vuelve real, y el capital debe por el contrario transformar la naturaleza (o sea adaptar su materialidad) para someterla a las exigencias de su valorización[5].

Se trata entonces de obligar a la naturaleza a no producir lo que produce espontáneamente (como ocurre en la agricultura capitalista, que separa las especies vivas entre sí o las separa de sus biotopos)[6]; o, inversamente, de obligarla a producir lo que no produce espontáneamente (como ilustran la producción de materiales artificiales como el hormigón, el plástico o los semiconductores, así como la de organismos genéticamente modificados)[7]; o bien a reproducir una naturaleza artificializada tras haber devastado la naturaleza original (como cuando se sustituyen bosques primarios con plantaciones de árboles o se pretende "compensar" la pérdida de biodiversidad en un sitio determinado rehabilitándola o creando un sitio considerado equivalente en otro lugar). Al precio en cada caso de problemas ecológicos más o menos graves.

Los estragos producidos por el productivismo (producción por la producción) y su complemento inevitable el consumismo (consumo desenfrenado) son demasiado conocidos como para detenerme en ellos. Conviene, sin embargo, subrayar con fuerza hasta qué punto son también inherentes a las relaciones capitalistas de producción, en este caso a la necesidad --antes mencionada-- en que se encuentra el capital de no poder reproducirse sino es a una escala constantemente creciente.

Por último, la fragmentación del proceso social de producción en una miríada de trabajos particulares, realizados independientemente y a menudo en competencia entre sí, como efecto de la propiedad privada de los medios sociales de producción, además de engendrar un despilfarro de fuerzas productivas igualmente ecocida, priva a la sociedad de todo control sobre el desarrollo de dichas fuerzas que, con ayuda de la hybris capitalista, acaban por metamorfosearse en fuerzas destructivas.

Si lo expuesto anteriormente está muy lejos de responder a todas las cuestiones que plantea la articulación práctica (política) para la solución de las cuestiones sociales y ecológicas, no deja de aportar al menos la prueba de que ambas cuestiones están íntimamente ligadas por la común matriz constituida por las relaciones capitalistas de producción; y que, en consecuencia, su articulación es necesaria: ninguna de las dos cuestiones podrá resolverse sin la otra; y finalmente que su solución pasa, tanto en uno como en otro caso, por la abolición revolucionaria de dichas relaciones[8].

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* Artículo enviado por el autor y traducido del francés para Huella del sur por Aldo Casas.

Notas

[1] Sociólogo, especialista del movimiento obrero y socialista, miembro del laboratorio de sociología y antropología de la Universidad del Franco Condado, Francia. Cofundador de la revista A Contre Courant.

[2] Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, Buenos Aires, ediciones estudio, pág. 8.

[3] Ver Du "Grand Soir" a "l'alternative". Le mouvement ouvrier européen en crise, Parte I, París, Editions de l'Atelier.

[4] Ver « Par delà la "faille métabolique" ("metabolic rift")», alencontre.org, 17 agosto 2023.

[5] Ver « Le vampirisme du capital », alencontre.org, 4 mayo 2021.

[6] Ver « Forcer la nature à ne pas produire ce qu'elle produit spontanément », alencontre.org, 17 octubre 2023.

[7] Ver « Forcer la nature à produire ce qu'elle ne produit pas spontanément », alencontre.org, 8 enero 2024.

[8] Las tesis desarrolladas en este artículo constituyen el núcleo de la obra publicada por éditions Page deux y Syllepse con el título L'Écocide capitaliste, de la que los artículos aquí citados son fragmentos.

 

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