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05/10/2018 :: México

La noche de Tlatelolco

x Jorge Montero
“¡Contra la pared hijos de la chingada! ¡Ahorita les vamos a dar su revolución!” Mando militar mexicano al detener a la cúpula estudiantil

“Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro, estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el tiro al blanco lo serán ellos, niños-blanco, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta que el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así el uno junto al otro como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, click, click, click, click y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando la cortina de satín rojo”.
Narra Elena Poniatowska.

Fue el 2 de octubre de 1968. Plaza de las Tres Culturas. Una multitud de estudiantes se arremolinaba frente al edificio Chihuahua del complejo habitacional Nonoalco-Tlatelolco.

El mitin tenía lugar en un sitio histórico, orgullo arquitectónico del México moderno. Allí mismo, el 21 de agosto de 1519 había sido una fecha trágica. Ese día, reza una inscripción en mármol, ahí fue sacrificado Cuauhtémoc, el hijo del emperador, después de una heroica defensa: “No fue ni triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del México mestizo de hoy”.

Sobre las ruinas del soberbio e imponente mercado indígena, orgullo del antiguo imperio aztécatl -de los habitantes de Aztlán- los conquistadores españoles erigieron el templo de Santiago Tlatelolco, primera iglesia y sede episcopal de México, habitada por el franciscano fray Juan de Zumárraga. Cuatro siglos después, enmarcado por el conjunto habitacional, la iglesia, las ruinas y el rascacielos que albergaba a la cancillería mexicana, el lugar fue bautizado Plaza de las Tres Culturas: la indígena, la hispánica y la del México moderno.

Pedro Tamariz, maestro de la Escuela Erasmo Castellanos Quinto en la Ciudad de México, comenta: “Los jóvenes están enojados. Tienen derecho a construir su mundo. Está justificado su furor. Hay que reconocerlo con humildad y esto sólo es una forma de purgar nuestros defectos y deficiencias. Nuestra herencia es mala, nuestra actitud hacia la vida pésima. Hemos engendrado una juventud rebelde, incomprendida, sin un presente y un futuro libres y soberanamente elegidos”.

Caía la tarde de aquel 2 de octubre. Un helicóptero sobrevoló la plaza. De pronto, tres, cuatro bengalas verdes salieron del piso 15 de la Cancillería y comenzaron las ráfagas de ametralladoras sobre la multitud. “En Vietnam lanzan bengalas para identificar el lugar que hay que atacar”, recordó la periodista Oriana Fallaci, que esa tarde estaba en Tlatelolco. Había llegado a cubrir los Juegos Olímpicos y una bala la alcanzó en una pierna.

Elena Poniatowska consigna: “Junto a la vieja Iglesia de Santiago Tlatelolco, se reunió confiada una multitud que media hora más tarde yacería desangrándose frente a las puertas del Convento que jamás se abrieron para albergar a niños, hombres y mujeres aterrados por la lluvia de balas…”

Los hombres del Batallón Olimpia, que se identificaban entre sí por un guante blanco en una mano y que, vestidos de civil, se infiltraron entre los estudiantes, hicieron su trabajo: más de 300 muertos. Sólo 35 según la versión oficial. Hubo 700 heridos y 5 mil estudiantes detenidos. La prensa sólo identificó cifras, nunca nombres. Los cadáveres presentaban heridas de bayoneta y de balas de calibres oficiales. Cuando los familiares fueron a recoger a sus muertos se los trató como a traidores a la patria. Se les obligó a firmar declaraciones de conformidad con una “muerte por accidente”, sin derecho a investigación ni reclamación alguna.

Se suceden los testimonios: “Vi a un niño de once o doce años que de pronto se incorporó un poquitito -niño al fin- y una bala le atravesó toda la mejilla. Él venía acompañando a su hermana. Estábamos todos tirados en el suelo de la explanada, como nos lo habían ordenadolos soldados, pero este niño levantó la cabeza. Su hermana de dieciséis años se puso a gritar histérica: ‘¡Mi hermano está herido!’, pero los soldados y los compañeros le dijeron que si se paraba le podía pasar lo mismo. No lo atendieron sino hasta que terminó todo. ¡Con una herida de este tamaño y esperar dos o tres horas! Me imagino que murió, porque serían las once cuando nos sacaron y nos llevaron hasta detrás de la iglesia”. Cuenta Esther Fernández, de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Un día antes de la masacre el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor, había reunido y aleccionado a los elementos del Batallón Olimpia: había que “salvar a la patria” del enemigo comunista. El país atravesaba “momentos peligrosos”, les dijo.

El 3 de octubre algo había cambiado en el país. El movimiento estudiantil había durado 68 días, y ahora una paz triste, atemorizante, envolvía a la ciudad capital. Los tanques seguían en Tlatelolco. Muchos habitantes del populoso complejo habitacional iniciaron un éxodo, mientras otros recorrían el Distrito Federal en busca de parientes desaparecidos. El Campo Militar número 1 se llenó de presos políticos. Oficiales del Ejército mexicano emularon a sus instructores de la CIA y a tantos torturadores suramericanos, en la práctica del sadismo contra los prisioneros.

El gobierno proclamó la estabilidad del peso y los priistas de la Cámara de Diputados aplaudieron la “solución final”. La nación había triunfado frente a los “elementos extranjeros”. México se había salvado. Lo que en otro país hubiera desatado una guerra civil, sólo conmocionó a un puñado de mexicanos. El país regresó al silencio. A su normalidad.

Olvidadas quedaron las palabras del rector Javier Barrios Sierra, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuando en el texto de su renuncia del 23 de septiembre, pocos días antes de la masacre, enfatizó: “Los problemas de los jóvenes sólo pueden resolverse por la vía de la educación, jamás por la fuerza, la violencia o la corrupción. Ésa ha sido mi norma constante de acción y el objeto de mi entrega total, en tiempo y energías, durante el desempeño de la rectoría”.

En la ruta de la gran maratón olímpica estaba la calle de San Juan de Letrán, por la que diez días después pasarían los atletas, ahora manchada por la sangre de los estudiantes. La masacre y su horror dieron la vuelta al mundo y exhibieron el paroxismo criminal de Díaz Ordaz, el ‘padre colérico’ que escindió de un tajo la vida pública de México.

Pero no fue sólo la represión ordenada por el general Marcelino García Barragán, ministro de Defensa del régimen y perseguidor en el sexenio anterior de huelguistas ferrocarrileros, telegrafistas, petroleros, maestros y médicos, y promotor del asesinato del líder zapatista Rubén Jaramillo y su familia. Ni la paranoia de Díaz Ordaz y el oportunismo ubicuo de su secretario de Gobernación, Luis Echeverría. Ni rojo amanecer. Fue mucho más. Tlatelolco fue la resultante de una revolución congelada.

El 12 de octubre, bajo la consigna “Todo es posible en la paz”, Gustavo Díaz Ordaz ponía en marcha los XIX Juegos Olímpicos en el estadio de la ciudad universitaria. Muchos de los asistentes eran soldados vestidos de civil; su corte de pelo los delataba. El gobierno temía un incidente. Los estudiantes habían pintado manchas rojas de sangre sobre la paloma de la paz, el símbolo de la justa deportiva.

Un par de días después, los atletas negrosTommie Smith y John Carlos, entonces dos de los tres hombres más veloces de la Tierra, levantaron en el podio sus puños cerrados envueltos en guantes negros -símbolo de los Panteras Negras-, para escarnio del México 68 y del racista estadounidense Avery Brundage, el multimillonario presidente del Comité Olímpico Internacional.

Corría octubre. Octavio Paz, cuando todavía corría sangre por sus venas, declaró al diario Le Monde: “El asesinato de los estudiantes fue un sacrificio ritual (en Tlatelolco estaba el Teocalli, donde se hacían los sacrificios humanos), se trataba de aterrorizar a la población, usando los mismos métodos de sacrificio de los aztecas”. Renunció a su cargo de embajador mexicano en India.

“El exterminio cometido en Tlatelolco -escribe el poeta y ensayista Vicente Cervera- emerge como un hito en la configuración del horror perpetrado por ese gran protagonista de los destinos humanos, un personaje que sustituyó en poder y ubicuidad a la constelación de dioses que poblaba la imaginación de las culturas antes de su progresiva deflagración: el Estado”.

La matanza de Tlatelolco fue un parteaguas. El país vitrina hecho añicos. México también era América Latina. La amenaza al orden establecido había sido, por ahora, conjurada. Pronto, de la mano de sus clases dominantes el capital desataría la ofensiva. El capitalismo asimilaba su crisis y se preparaba para la matanza.

La crónica de Elena Poniatowska no da respiro. Ahora es Luis González de Alba, alumno de Filosofía y Letras y delegado del Consejo Nacional de Huelga (CNH), “…Y de aquellas decenas y después cientos de miles sólo se oían los pasos… Pasos, pasos sobre el asfalto, pasos, el ruido de muchos pies que marchan, el ruido de miles de pies que avanzan. El silencio era más impresionante que la multitud. Parecía que íbamos pisoteando toda la verborrea de los políticos, todos sus discursos, siempre los mismos, toda la demagogia, la retórica, el montonal de palabras que los hechos jamás respaldan, el chorro de mentiras; las íbamos barriendo bajo nuestros pies… Ninguna manifestación me ha llegado tanto. Sentí un nudo en la garganta y apreté fuertemente los dientes. Con nuestros pasos vengábamos en cierta forma a Jaramillo, a su mujer embarazada, asesinados, a sus hijos muertos, vengábamos tantos años de crímenes a mansalva, silenciados, tipo gánster. Si los gritos, porras y cantos de otras manifestaciones les daban un aspecto de fiesta popular, la austeridad de la silenciosa me dio la sensación de estar dentro de una catedral. Ante la imposibilidad de hablar y gritar como en otras ocasiones, al oír por primera vez claramente los aplausos y voces de aliento de las gruesas vallas humanas que se nos unían, surgió el símbolo que pronto cubrió la ciudad y aun se coló a los actos públicos, a la televisión, a las ceremonias oficiales: la V de ‘Venceremos’ hecha con los dedos, formada por los muchachos al marchar en las manifestaciones, pintada después en casetas de teléfonos, autobuses, bardas. En los lugares más insólitos brotaba el símbolo de la voluntad inquebrantable, incorruptible, resistente a todo, hasta a la masacre que llegó después. Aún reciente Tlatelolco, la V continuó apareciendo hasta en las ceremonias olímpicas, en las manos del pueblo”.

El Furgón

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