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12/08/2020 :: Mundo, EE.UU., Medio Oriente

La violencia y el cuchillo descolonizador

x Maciek Wisniewski
El desproporcionado impacto de la pandemia en las personas de color (negros, latinos, indígenas) como legado del colonialismo y racismo

Protestas en contra del racismo y la violencia policial (#Black- LivesMatter) a lo largo de EEUU. Derrumbamientos de monumentos de los esclavistas y los colonizadores. La rabia −acentuada por la barbaridad desatada por Trump en Portland− cuyo impulso emancipador alcanzó también a Londres, Bruselas y París, otras ex metrópolis coloniales, siendo Washington la capital de una entidad mejor entendida por su anatomía colonial (settler colonialism) e imperial-continental, todo esto es parte de una, tardía, complementaria, ola de la descolonización.

Y la descolonización −decía Frantz Fanon− siempre es un acontecimiento violento. “El colonizador sólo suelta su yugo −imaginémonos en este papel a aquel policía blanco que asfixia a George Floyd− cuando tiene el cuchillo en el cuello”.

¿Una burda apología de la violencia, de la que ha sido acusado tantas veces Fanon por los propios colonizadores o los liberales biempensantes? ¿O un afán de ponerla en el centro y trazarla en sus formas complejas –siempre siendo conscientes, bien apunta Rebecca Solnit, de qué lado realmente viene: el Estado− el origen de los problemas estructurales del presente para explicarlos más allá de rutinarios intentos de culpar por ella a los oprimidos (radicales negros, saqueadores, Antifa),

¿Cuchillo descolonizador como navaja de Ockham?

[La violencia colonial (ayer: EEUU, Inglaterra, España, etcétera, y hoy: Israel/Palestina); la violencia del colonialismo de asentamientos y su huella en la violencia policiaca en EEUU; la violencia de la esclavocracia, genocidio indígena y democracia de la raza dominante (Domenico Losurdo); la violencia del racismo institucional; la violencia del racializado terrorismo doméstico y asesinatos de seres humanos que valen menos; la violencia del capitalismo racial (Cedric Robinson); la violencia imperial, el intervencionismo, las guerras, los golpes de Estado; la violencia de la historia de los vencedores y sus monumentos; la violencia de la epistemología del Norte (el conocimiento); la violencia del capital (acumulación primitiva, acumulación por desposesión, explotación); la violencia de la vida desnuda (Giorgio Agamben); la violencia de la radical desigualdad en experimentar la muerte misma (Étienne Balibar); la racializada violencia carcelaria; la violencia de las fronteras y en contra de los migrantes/refugiados: detenciones, campos de concentración, expulsiones; la violencia biopolítica (Michel Foucault); la violencia necropolítica (Achille Mbembe) que expone y/o abandona a la gente a la muerte negándoles la asistencia necesaria (tal cual la respuesta de Trump ante la pandemia); la violencia del Covid-19 con su tasa diferencial de la muerte: el desproporcionado impacto en las personas de color (negros, indígenas) como legado del colonialismo y racismo].

Judith Butler en su The force of non-violence: an ethico-political bind (2020) leído hoy como un epitafio para George Floyd y miles de víctimas del Covid-19, hace precisamente este punto: traza las maneras en las que la violencia queda atribuida a quienes más están expuestos a sus efectos letales. Partiendo de su concepto de grievability respecto a la vida y los cuerpos no susceptibles a la queja y/o no dignos de luto (negros, colonizados), deja en claro como los fantasmas raciales (Fanon) sirven como una justificación para la violencia policiaca/administrativa del Estado que se traduce en quitar o negar a preservar vidas no dignas, culpándolos por su propia suerte.

Un buen ejemplo de qué tan enraizada es la práctica de culpar a las víctimas por la violencia que sufren, ha sido el bizarro ataque al legado de Edward W. Said (E. Said, prophet of political violence in America, Newsweek, 7/7/20) donde su famoso incidente con la piedra en la frontera con Líbano del que cayó víctima Israel –¡sic!, acabó pintado como momento fundacional para la violencia callejera en EEUU– ¡sic!

(Con la violencia callejera la autora se refería a las no violentas manifestaciones de #BlackLivesMatter, callando −desde luego− sobre el realmente violento link entre EEUU e Israel, “ambos etno-estados supremacistas blancos guiados por sus respectivos ‘destinos manifiestos’ coloniales de asentamientos” y sobre la manera en la que la violencia colonial israelí acabó importada a las calles estadunidenses mediante entrenamientos conjuntos entre la policía de EEUU y el ejército israelí). La semilla –supuestamente− ya estaba en su Orientalismo, una obra nihilista, ofensiva al Occidente y promotora de la violencia anti-EEUU - ¡sic!.

¿Así o más claro de cómo ciertos círculos (EEUU, Israel), sintieron miedo ante la reciente ola de descolonización? La obra de Said al final es, también, un eterno cuchillo decolonizador en el cuello de los opresores (Orientalismo, Cultura e imperialismo, et al). Aunque más que una navaja parezca un abrecartas.

@MaciekWizz

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