Las piezas del tablero de Gaza
El plan de Trump no se diseñó para poner fin al conflicto. No se diseñó para ofrecer una solución equitativa a los palestinos. No se diseñó para detener la matanza masiva en curso
No hay alto el fuego en Gaza. No existe ninguna «Junta de Paz» que funcione. No hay una hoja de ruta para poner fin al genocidio ni ningún mecanismo para la creación de un Estado palestino. El régimen israelí se ha negado a aplicar o cumplir ninguna de las condiciones del «Plan integral para poner fin al conflicto de Gaza» de Trump desde su concepción. Y no va a empezar a cumplirlas ahora.
Solo hay genocidio. Cambia de forma y de intensidad. Pero no cambia su esencia.
El plan de Trump es un espejismo, un truco de magia, un proyecto vanidoso y efímero. En octubre de 2025, Trump reunió a los líderes mundiales en Sharm el-Sheikh, Egipto, para anunciar su acuerdo de paz, que, según él, «tardó 3.000 años» en lograrse, antes de desaparecer del escenario. El plan de paz, al igual que el juego de humo y espejos que define la era Trump, ha quedado relegado a un oscuro agujero de la memoria, mientras nuestro comandante en jefe al estilo P. T. Barnum nos presenta otro espectáculo sangriento: la guerra contra Irán.
Trump anunció un acuerdo «histórico» el 30 de julio que implicaba «el desarme completo de HAMAS y de todos los demás grupos armados de Gaza». Calificó el plan de 15 puntos, atribuido a la Junta de Paz --que no cuenta con representantes palestinos y que nombró a Trump presidente vitalicio--, como «un paso monumental hacia la paz y la seguridad duraderas».
Pero HAMAS matizó rápidamente la exigencia al afirmar que la entrega de su armamento pesado estaría condicionada a que Israel pusiera fin a «todas las formas» de su «agresión» y retirara sus fuerzas de ocupación de Gaza. Benjamin Netanyahu desestimó tan campante la propuesta de Trump; Israel, afirmó, no retirará sus fuerzas hasta que HAMAS esté «verdaderamente» desarmado.
Esto hay que interpretarlo como «nunca».
El plan de paz --que fue respaldado por las Naciones Unidas con un asombroso desprecio por la soberanía palestina y el derecho internacional-- nunca fue más que un truco publicitario. Su finalidad es proporcionar a Israel la cobertura diplomática necesaria para llevar el genocidio a su conclusión prevista --la «emigración voluntaria» de los palestinos de Gaza--, un eufemismo para referirse a la limpieza étnica.
Desde que el presunto «alto el fuego» entró en vigor el 10 de octubre de 2025, dos meses antes de que se formalizara el «plan de paz» de Trump, el régimen de netanyahu ha asesinado a 1.258 palestinos en Gaza.
Los altos el fuego con este número de víctimas no son altos el fuego. Una vez que Gaza sea vaciada, Cisjordania será la siguiente. De los innumerables planes de paz de las últimas décadas, este es el menos serio.
Aparte de la exigencia de que HAMAS liberara a los rehenes en un plazo de 72 horas tras el inicio del alto el fuego --lo cual se cumplió--, carece de detalles concretos y de plazos vinculantes. Está repleto de salvedades que permiten a Israel anular el acuerdo.
Esa es la clave.
«No está concebido para ser una vía viable hacia la paz, algo que la mayoría de los líderes israelíes comprenden», escribí cuando se anunció el plan. «El periódico de mayor tirada de Israel, Israel Hayom, fundado por el difunto magnate de los casinos Sheldon Adelson para servir de portavoz del primer ministro Benjamin Netanyahu y defender el sionismo mesiánico, indicó a sus lectores que no se preocuparan por el plan de Trump porque solo se trata de 'retórica'».
Israel, señalé, en un ejemplo de la propuesta, «no volverá a las zonas de las que se ha retirado, siempre y cuando HAMAS aplique plenamente el acuerdo».
«¿Quién decide si HAMAS ha 'aplicado plenamente' el acuerdo?», pregunté. «Israel. ¿Alguien cree en la buena fe de Israel? ¿Se puede confiar en Israel como árbitro objetivo del acuerdo? Si HAMAS --gobierno legítimo y democrático de Gaza, demonizado como grupo terrorista-- se opone, ¿alguien le hará caso?».
«¿Cómo es posible que una propuesta de paz ignore el dictamen consultivo de la Corte Internacional de Justicia de julio de 2024, que reiteró que la ocupación israelí es ilegal y debe terminar?», continué. «¿Cómo es posible que no mencione el derecho de los palestinos a la autodeterminación?».
«¿Quién ha otorgado a EEUU la autoridad para enviar a Gaza una 'Fuerza Internacional de Estabilización', un término educado para referirse a la ocupación extranjera?», escribí. «¿Por qué no se exige a Israel, que ha destruido Gaza, que pague indemnizaciones?»
El 92% de los edificios residenciales de Gaza han resultado dañados o destruidos y alrededor del 81% de todas las estructuras están dañadas, según estimaciones de la ONU. La Franja ha quedado reducida a 61 millones de toneladas de escombros, incluidos nueve millones de toneladas de residuos peligrosos que contienen amianto, residuos industriales y metales pesados, además de munición sin explotar y unos 10.000 cadáveres en descomposición. Israel ha demolido unos 1.500 edificios desde que entró en vigor el alto el fuego.
¿Cómo puede alguien creer que el régimen israelí, empeñado en arrasar Gaza, dará marcha atrás para permitir que los palestinos reconstruyan lo que le ha costado tanto tiempo, dinero y sangre destruir?
El general de división retirado Giora Eiland, antiguo jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, se hizo eco de esta opinión el domingo en la emisora de radio israelí 103FM.
«Israel no tiene ningún interés en que Gaza se reconstruya; nos conviene más que permanezca destruida durante generaciones», afirmó Eiland.
«Cuanto mayor sea la desesperación en Gaza y mayor la destrucción, y cuanto más grande sea el monumento a lo que hicieron el 7 de octubre en los años venideros, mejor», añadió.
Israel nunca permitirá la reconstrucción de Gaza. Nunca restablecerá los centros sanitarios ni las plantas de tratamiento de aguas. Nunca cederá la autoridad a una Fuerza Internacional de Estabilización (FIE), que solo existe sobre el papel. Nunca permitirá la creación del Comité Nacional para la Administración de Gaza ni aceptará la autodeterminación y la condición de Estado de Palestina.
Trump promete una «Riviera de Gaza» que funcionará como una «zona económica especial»: un territorio que operará al margen de la legislación estatal y estará gobernado íntegramente por inversores privados, como la ciudad autónoma respaldada por Peter Thiel en Honduras. Pero la «Riviera de Gaza» de Trump no es más que un patético campamento temporal a lo largo de la línea de alto el fuego cerca de Rafah. Consiste en «casetas prefabricadas» bajo administración palestina y una minúscula fuerza de seguridad internacional, según The Guardian.
Se promociona, con desesperación, como proyecto piloto.
A pesar de los cerca de 17.000 millones de dólares en compromisos de financiación para la Junta de la Paz, a finales de mayo de 2026, ni un solo dólar había llegado al fondo oficial para la reconstrucción de Gaza administrado por el Banco Mundial. Solo se habían recibido unos 23 millones de dólares a través de canales alternativos para cubrir los gastos de funcionamiento, además de otros 100 millones de dólares prometidos por los Emiratos Árabes Unidos y destinados a una futura fuerza policial palestina, aunque siguen «congelados», según The Financial Times.
Esto supone unos 0,72 dólares por cada 100 dólares prometidos.
Dados los elevados costes económicos en que han incurrido los países donantes del Golfo y de la región a causa de la guerra de EEUU e Israel contra Irán --entre ellos Baréin, Jordania, Kuwait, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos--, es muy improbable que se abonen los fondos prometidos.
La Unión Europea, la ONU y el Banco Mundial, en una evaluación publicada en abril, estimaron que se necesitan 71.400 millones de dólares para la reconstrucción de Gaza.
La Junta de Paz, cuyo máximo responsable es el diplomático búlgaro Nickolay Mladenov, necesita fondos desesperadamente. EEUU intentó apropiarse de 11.000 millones de dólares procedentes de los ingresos fiscales palestinos y de fondos bancarios congelados retenidos por Israel, lo que fue rechazado por la Autoridad Palestina (AP). La retención israelí de los ingresos fiscales ha agravado la crisis financiera en Cisjordania, lo que ha llevado a la AP a recortar a la mitad los salarios de miles de funcionarios públicos palestinos.
La FIE, una fuerza multinacional de mantenimiento de la paz que se supone que está compuesta por tropas de Albania, Kosovo, Kazajistán, Marruecos, Uganda e Indonesia --este último país ha suspendido desde entonces su compromiso--, tampoco existe.
El ministro de Hacienda del régimen sionista, Bezalel Smotrich, y la ministra de Asentamientos y Misiones Nacionales, Orit Strook, han exigido a Netanyahu que vuelva a convocar al Gabinete de Seguridad para que se revoque la votación del 26 de julio por la que se autorizaba la entrada de tropas de la FIE.
Todo el proyecto de Trump es una fantasía al estilo de «Alicia en el País de las Maravillas».
Cualquiera en Gaza que se acerque a la «línea amarilla» --que cambia constantemente y está mal señalizada-- recibe un disparo. Se dispara a la policía. Los líderes de HAMAS, junto con sus familias --entre ellos Azzam Khalil al-Hayya, hijo de Khalil al-Hayya, que era el jefe de la oficina política de HAMAS y el principal negociador de la facción-- son asesinados. Los palestinos que hacen cola en los comedores sociales y quienes les reparten ayuda son aniquilados por las bombas israelíes. Israel restringe la ayuda alimentaria y humanitaria a la mitad de los camiones estipulados en el acuerdo de alto el fuego.
Los palestinos, de los cuales el 90% se ha visto desplazado, siguen viviendo en campamentos de tiendas de campaña entre escombros y charcos a cielo abierto de aguas residuales sin tratar. Carecen de aseos y de electricidad. La tasa de desempleo es del 80%. Decenas de miles de niños sufren desnutrición aguda en Gaza. Cada día muere, de media, un niño.
Tácito lo entendió. Crearon un desierto y lo llaman paz.
El plan de Trump no se diseñó para poner fin al conflicto. No se diseñó para ofrecer una solución equitativa a los palestinos. No se diseñó para detener la matanza masiva en curso. Se diseñó para permitir que Israel llevara a cabo su genocidio y expulsara a los palestinos supervivientes de su patria: la culminación del sueño sionista.
Trump, por muy obtuso que sea, al menos se ha dado cuenta de esto.
The Chris Hedges Report







