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16/05/2022 :: Venezuela

[Libro] Con gente como esta es posible comenzar de nuevo

x Reinaldo Iturriza / Miguel Mazzeo
Nuevo libro de Reinaldo Iturriza :: Prólogo de Miguel Mazzeo: Venezuela, la revolución donde todavía quema

Mensaje de Reinaldo Iturriza:

“Luego de sucesivos traumas políticos, económicos y de distinto signo en años recientes, ¿qué ha sucedido con el chavismo, puertas adentro? ¿Qué ha sido de la transición al socialismo? ¿Es más fácil imaginarse el fin de la revolución bolivariana que el fin del neoliberalismo? Este libro aborda estas y otras interrogantes, dando como resultado una suerte de balance general de la época post-Chávez, al tiempo que identifica algunos de los desafíos a los que se enfrenta actualmente el campo popular y revolucionario.

Editado por el autor, diagramado por la gente de Utopix (que también diseñó la portada), impreso en Barquisimeto por los compañeros de Ediciones Punto Impresión (un tiraje de 100 ejemplares), el libro está disponible para la venta (10 dólares o su equivalente en bolívares al cambio oficial) y para su descarga gratuita en saberypoder.com

Si desea adquirir un ejemplar, puede escribir al correo reinaldo.iturriza@gmail.com o enviar un mensaje al teléfono 0412.7220469.”

www.saberypoder.com

Prólogo de Miguel Mazzeo:

Venezuela: la revolución donde todavía quema

A pesar del optimismo que destila su título y una parte de su contenido, este es un libro desgarrador. Una condición que se acentúa especialmente en los pasajes en los que el autor no pretende, precisamente, dar cuenta de circunstancias desgarradoras. En la entrelínea se lee una amargura profunda y un malestar agudo: una lengua catártica. Se filtra la evocación de una felicidad política perdida y el temor a extraviar las dichas residuales. Se convoca a un duelo, a una ritualización militante del duelo, para evitar la melancolía y para no caer en la depresión, para conjurar las pasiones tristes y las pulsiones tanáticas, para conservar el amor propio y la capacidad de amar, para no sentirse desterradas y desterrados in situ.

Si desde su preludio el chavismo contuvo distintos proyectos (dos, simplificando mucho, tal vez más), si estos proyectos no siempre se mostraron compatibles y en, algunos casos, se manifestaron hostiles y directamente antagónicos, el que se ha venido consolidando en los últimos años no es justamente el más enlazado al poder popular y a la democracia participativa, protagónica y radical. No es, en rigor de verdad, el proyecto que refiere a la descentralización de la gestión pública y al desarrollo de gubernamentalidades basadas en la cesión de poder a las instituciones comunales y a otras “de base”.

Por el contrario, se ha afianzado un proyecto con aristas proclives a la subordinación de las organizaciones populares y los movimientos sociales a los aparatos político-partidarios oficiales, al gobierno y al Estado. Estos últimos tienden a absorber al poder popular, a instrumentalizarlo. En algunas ocasiones, en forma deliberada; en otras, por simple imposición de lógicas maquinales. Se viene reforzando el proyecto de un poder autorreferencial y dirigista (no exactamente “vanguardista”) en desmedro del proyecto del poder popular y el Estado comunal. Todo lo demás –materia de irrefrenable declive, de no mediar oportunas rectificaciones– vino y vendrá

por añadidura: clientelismo, expansión burocrática, centralización. Como ocurre en muchos campos, la escisión entre trascendencia e inmanencia genera desencanto respecto del mundo.

Una convivencia creadora se ha truncado. Una dialéctica virtuosa ha sido abandonada o, en el mejor de los casos, ha entrado en un impasse. Una relación Estado-sociedad (interrelación de personas y cosas) que alguna vez presentó momentos de corresponsabilidad y cooperación no cesa de malograrse (aunque, periódicamente, se insinúan recomposiciones). Una repetición ha realizado su faena de desgaste. Una cuota de desconfianza se ha instalado en porciones importantes del universo popular venezolano. No solo la desconfianza de las y los de abajo en “un arriba” que supo ser más diligente y camarada –esa desconfianza sería la menos relevante y hasta podría subsanarse–, sino la desconfianza en la fuerza propia. A pesar de todo, los reductos de autoconfianza popular no faltan en Venezuela. Este libro, también, habla de eso.

El proceso histórico de la Revolución Bolivariana no está cerrado, pero a diferencia de otros tiempos el gobierno y el Estado cada vez fungen menos como impulsores (o simples aliados) del proceso revolucionario real, el que acontece a cielo abierto. Gobierno y Estado tienden a ser posibilistas, monológicos, cada vez más desatentos a la intersubjetividad popular crítica y rebelde. Todo nos indica que el gobierno y el Estado, sin llegar todavía a la incompatibilidad total, han perdido relevancia como ámbitos para la acumulación de fuerzas de los sectores revolucionarios en Venezuela.

Estas instancias, con sus desvíos y claudicaciones, son las responsables de la desfraternización dramática. No la militancia revolucionaria que, por otra parte, nunca dejó de desestimar la posibilidad de que el gobierno y el Estado retomen las intervenciones más afines con el poder popular. ¿Será la hora de regresar a las “catacumbas del pueblo”? Siempre hay que tener un pie en ellas, nunca conviene fiarse de los atajos de las superestructuras.

Corresponde aclarar que, en última instancia, el problema central no es el gobierno, no es el Estado. Inclusive, por ahora, no es oportuno descartar la eventualidad de una reconstrucción en alguna escala significativa de la dialéctica virtuosa antes mencionada. El problema sustantivo pasa por modificar las correlaciones de fuerza en favor de los sectores revolucionarios

en el gobierno, en el Estado y, sobre todo, en la sociedad. Esto exige organizar, consolidar y extender la fuerza popular autónoma, la verdadera fuerza fecundante de la historia. Como decía Antonio Gramsci, las superestructuras no crean superestructuras, sino como herencia de pasividad e inercia.

Esta obra de Reinaldo Iturriza debería concebirse como una parte imprescindible de un balance colectivo y práctico. Un balance que, sin desestimar las conclusiones, propone tareas, acciones. Este ejercicio crítico puede servir como un buen antídoto (¿acaso hay otro?) contra la tristeza política producida por las tendencias a la reubicación de Venezuela en las coordenadas

–y fetiches– de la política burguesa convencional y la “normalidad democrática”; contra el reposicionamiento del Estado realmente existente con su régimen de gubernamentalidad gestora y elitista (el Estado impotente, el Estado Condotiero del dinero); contra el retorno de la peor dictadura: la del capital, el mercado y los “poderes fácticos”. Una dictadura “orgánica” que liberales y progresistas pasan por alto porque la han naturalizado. Cabe señalar que estas parcialidades, junto a otras “de izquierda”, reducen el proceso histórico venezolano reciente a una “deriva autoritaria”. Una fórmula que explica poco (y mal) y simplifica al extremo una realidad sumamente rica y compleja.

El balance práctico también puede funcionar como un remedio eficaz contra la desolación generada por una revolución que, en sus esferas instituidas (las más visibles, las más poderosas, las más influyentes), tiende a resignarse, a desfigurarse, a congelarse. Estas esferas están lastimando lo mejor de la Revolución Bolivariana, al tiempo que aspiran a conservarlo con apariencia viva. Lo instituido (o lo constituido) fagocita lo instituyente (o lo constituyente). La potestas asfixia la potentia. ¿Ante este panorama, qué tareas y acciones nos propone Reinaldo? Varias, pero todas enlazadas por el mismo hilván: otras formas de administrar la utopía bolivariana, formas distintas a las ensayadas en los últimos años desde las superestructuras. Formas que reclaman otras administradoras y otros administradores.

Vale aclarar que, aunque el peor destino sea perpetrado y la desfiguración llegue al punto de hacerla irreconocible, aunque el rumbo que el gobierno y el Estado le impriman a la Revolución Bolivariana nos parezca equívoco, su defensa ante cualquier intervención colonialista e imperialista seguirá siendo para nosotras y nosotros materia innegociable. Eso no está ni estará nunca en discusión. Como tampoco está en discusión –hoy– el lugar privilegiado que Venezuela conserva en la vanguardia antiimperialista mundial.

El problema –fuente de desazón– es que la agresión imperial se consolide como el único motivo capaz de generarnos empatía. Una revolución nunca debería chantajear a sus hijas y a sus hijos. Nunca debería obligarlas y obligarlos a vivir escindidas y escindidos.

Lo desacertado es extremar las razones de la geopolítica al punto de convertirlas en abstracciones absolutamente desvinculadas de la realidad de la sociedad civil popular venezolana. La contraposición entre soberanía nacional y autonomía popular (y lucha de clases) nunca contribuyó con la profundización de los procesos revolucionarios.

Lo frustrante es que cada vez nos cueste más reconocer a la Revolución Bolivariana (insistimos: a sus esferas instituidas) como un fermento favorable para la emancipación, como un auténtico espacio utópico susceptible de contener una alternativa sistémica y civilizatoria y un sinnúmero de laboratorios sociales de reinvención de la política desde abajo y de prefiguración e invención de futuro. ¿Cómo identificarse con la escenificación de una impotencia, con la falta de iniciativa, la inercia, el conformismo, la pérdida de fe y voluntad?

Sin lugar a dudas, la amenaza –real– de la derecha proimperialista y filofascista reclama unas hipótesis de resistencia, pero de ningún modo alcanza para alimentar una fe emancipadora y una potencia político-pedagógica. No es acicate suficiente para generar entusiasmo popular, dentro y fuera de Venezuela. Mucho menos cuando el propio gobierno apela a formas de disciplinamiento por desilusión, fomenta directa o indirectamente el “culto a la bestia” y, con muchas de sus políticas, anticipa la reacción. Queremos que la Revolución Bolivariana vuelva a ser vanguardia en un sentido integral. Reinaldo asegura que existen condiciones para eso.

Nosotras y nosotros no hemos cambiado de “barómetros” y no pretendemos desbautizarnos. No ostentamos un ethos puritano. Entonces, si mantenemos nuestras exigencias a la hora de medir la aptitud ético-política y la calidad de un gobierno revolucionario o simplemente “popular”, las mismas que nos llevaron a comprometernos con Hugo Chávez y con Nicolás Maduro, las mismas que nos llevaron a repudiar la índole de las “almas bellas”y a no temerle a las máculas de la realidad; lo cierto es que hoy, esas exigencias centradas en principios democráticos y anticapitalistas no pueden evitar traducirse en un amargo cuestionamiento a un gobierno y a un Estado que extienden unos dispositivos “colonizadores” sobre la sociedad civil popular (o que, simplemente, se muestran “indiferentes” respecto de ella), a una dirigencia política que ha marchado en el sentido contrario de una radicalización de la gestión económica y social. Esas exigencias tampoco pueden evitar traducirse en la denuncia por la deslealtad con una estirpe y un panteón.

Hace muchos años que la Revolución Bolivariana “como Estado” viene alejándose de su promesa. Abundan las circunstancias y los signos que corroboran esta afirmación. El año 2016 parece ser un punto de inflexión importante. Desde entonces, se sucedieron varios hitos en un dilatado y nunca lineal y jamás confirmado Termidor: 2018 con sus programas macroeconómicos ortodoxos, la pandemia que profundizó las peores tendencias a la individualización, etc.

Un largo ciclo signado por el aumento de la pobreza (material, pero especialmente “experiencial”), el estatismo generador de indiferencia política, la descomposición de las dirigencias, el retaceo del compromiso con el protagonismo popular y la merma del ímpetu que servía para correr y traspasar las fronteras impuestas por las clases dominantes. Todos ítems que, claro está, van de la mano. Lo positivo es que la Revolución Bolivariana, aunque se alejó de su promesa, jamás la abandonó del todo. Conviene aferrarse a ese dato, porque juega a favor de las revolucionarias y los revolucionarios.

Lo cierto es que una sucesión de coyunturas aciagas hizo que la transición al socialismo desapareciera de la agenda estratégica concreta. Aunque entrara y saliera periódicamente de la narrativa gubernamental-estatal y aunque cada tanto se la mentara como horizonte, faltaron unos correlatos sustantivos. Esto significa que, más allá de las “palabras mágicas”, las intervenciones gubernamentales-estatales favorables a esa transición se tornaron escasas y superfluas, lejos de los afanes creadores de institucionalidad paraestatal de otras épocas.

Las territorialidades y praxis que desde el seno de la sociedad civil popular venezolana dieron y dan pasos concretos en pos de la transición al socialismo han sido desatendidas, cuando no directamente boicoteadas desde algunos sectores oficiales. ¿Cómo tomar las recomendaciones oficiales tendientes a “reencauzar la revolución” que, ahora mismo, mientras borroneamos estas páginas, se plasman en la fórmula de las 3R NETS (resistir, renacer, revolucionar)? Sin dudas, corresponde tomarlas como una preciada incitación a la praxis radical. Hay que abismarse en su sentido más recóndito y desde allí tensionar. ¿Conviene entusiasmarse por la belleza de estas palabras? Sí, por supuesto, pero sabiendo que el protagonismo popular es la única garantía para construirle correlatos concretos y para evitar que sean manoseadas.

El gobierno venezolano, si aspira a acortar la brecha entre la Revolución Bolivariana y su promesa, debería retomar el lenguaje verdadero de las revoluciones, el lenguaje profundo de las revoluciones, dejar de recurrir a categorías idealistas, a consignas huecas, a fórmulas discursivas abstractas.

¿Acaso ya no se propone correr el límite de lo posible? ¿Ya no quiere marchar a contracorriente? ¿Ya no aspira a una nueva antropología del poder? ¿Ya no favorece el desarrollo de un “espíritu de escisión” en las clases subalternas, tal como señala Reinaldo, apelando a una categoría gramsciana fundamental? El gobierno y el Estado deberían desechar los anacronismos que confunden, dejar de medir sus logros en parámetros absurdos y ajenos al socialismo: toneladas de cemento, éxitos deportivos, sinsentidos cristalizados, etc. Desde la superestructura se sigue clamando revolución, pero la única que parece auspiciarse es la “revolución digital”. ¿Recurso de algunas facciones de la dirección política que apelan a los peores lenguajes para huir de la revolución?

Existe un ancho campo que reclama intervenciones significativas, que exige acciones rectificativas: las políticas de ajuste, los avances en la dolarización de la economía, la consolidación de núcleos de subsunción real del trabajo y la vida al capital (al proceso de valorización del capital, a la forma-valor), una nueva discursividad que idealiza la convivencia amistosa entre la vida y la plusvalía y que matiza las contradicciones de clase, junto a un gobierno y un Estado que amparan el crecimiento de nuevas franjas burguesas que están muy lejos de expresar “intereses nacionales y populares”. Más allá de discutir sobre condicionamientos y responsabilidades, esa es la índole de la realidad venezolana actual. En ese campo se jugará el destino de la Revolución Bolivariana.

La distancia de la Revolución Bolivariana “como Estado” respecto de su promesa no deja de afectar de mil modos a la Revolución Bolivariana que pervive fuera del Estado (y, muchas veces, contra el Estado) como movimiento y conciencia popular, como experiencia de autodeterminación y autogobierno popular, como impulso restaurador de lo humano, como forma-Comuna.

¿Un sino fatal de las revoluciones? La idea es incompatible con el marxismo. Los destinos se provocan. Lo cierto es que el sacrificio (indirecto, gradual) de la segunda revolución en aras de la primera expone tendencias a la destrucción de lazos sociales y subjetividades emancipadoras; tendencias administrativas, institucionales (e institucionalistas) que contrarrestan las tendencias militantes y “misioneras”. Entonces, se trata de revertir esa lógica, de invertir el sentido del sacrificio. Paradójicamente, es la única vía para que la revolución perviva como “Estado y revolución”.

Conocimos a Reinaldo en Caracas hace casi diez años, cuando era ministro. Primero de Comunas y después de Cultura. Para nosotras y nosotros, su estampa anómala quedó asociada a una agenda estricta de transferencia de poder del Estado hacia las estructuras comunales, a un tipo de intervención política en la relación Estado-sociedad que busca hacer del primero un factor del fortalecimiento de la autonomía popular. A partir de su perfil como funcionario público constatamos la posibilidad de un Estado en contra de su propio mito y en transición a formas autosuperadoras, formas comunales. Un Estado con una inusual selectividad estratégica.

A través de Reinaldo y parte de su equipo vislumbramos la posibilidad de un círculo virtuoso entre lo instituido y lo instituyente, entre la potestas y la potentia; el albur del “buen gobierno” capaz de conjurar las inquisiciones que, en diversos grados, contienen todas las instituciones, en especial las de naturaleza vertical y jerárquica. Concretamente: observamos cómo lo instituido se traducía en un conjunto de praxis que contribuían a la construcción de la hegemonía de las clases subalternas, al poder popular. Tomamos contacto con paradojas formidables y desafiantes: con el Estado compuesto como arena de la disputa hegemónica, con una gestión del Estado que buscaba tensionarlo al punto de hacerlo permeable a la lucha de clases. Cabe recordar que Louis Althusser decía que el Estado está hecho para no ser afectado por la lucha de clases.

A través de Reinaldo calibramos todo lo que puede aportar un político crítico, un intelectual orgánico y un hombre honesto e íntegro, al desarrollo de la conciencia, la organización, la consistencia identitaria y las articulaciones cohesivas internas de los colectivos populares (autonomía) y a la apertura y porosidad de las instituciones tradicionales de la democracia burguesa con su estatalidad singular.

Reinaldo, en la escala propia de su función, no hacía otra cosa que replicar lo mejor de Chávez: no gestionaba y no corporativizaba la potencia popular, la alentaba, la celebraba. En Venezuela conocimos a muchas personas maravillosas que hacían (¡y hacen!) eso mismo. Sabemos que de un tiempo a esta parte se han replegado. Esas personas no aceptan la “lealtad resignada”, rechazan la despolitización del abajo, se aferran a su deseo y no dejan que ninguna maquinaria se los robe y lo tergiverse.

“Hay una parte de nosotros que ha vuelto a ser invisible”, dice Reinaldo que, ahora, sin abandonar los oficios literarios, ha asumido los depurados oficios campesinos y se dedica a sembrar maíz. En efecto, Reinaldo es plenamente consciente del vínculo entre el duelo y la siembra. Sabemos, sin embargo, que subsisten en el gobierno y en el Estado personas empeñadas en alguna línea virtuosa, aunque –sospechamos, tememos– en entornos cada vez menos propicios y en relativa soledad.

Ahora bien... si las mediaciones políticas estatales, si las dirigencias opacas que solo saben ponerse al servicio de una objetividad impuesta no están a la altura del proyecto bolivariano y no paran de hundirse cada día en nuevos lodazales, si han firmado bajo cuerda la rendición incondicional y dejan que les crezca pellejo de opresoras y opresores; no es menos cierto que quedan cuerpos moldeados por una experiencia política radiosa y masiva, queda el recuerdo de la dialéctica intensa entre lo instituido y lo instituyente, entre la potestas y la potentia, queda Chávez como símbolo inmaculado presto a inspirar nuevas rebeldías. Queda el fantasma de Chávez.

Pero, sobre todo, queda un aprendizaje de la autonomía popular, un recóndito saber de lo que puede un pueblo. Queda un conjunto bien extenso de prácticas concretas de autogobierno popular; radiosos fragmentos de realidad donde todavía habita lo sagrado, invisibles rescoldos que siguen entibiando sueños emancipadores; espacios militantes que se tomaron en serio aquella orientación estratégica del Comandante: “La Comuna debe ser el espacio desde el cual vamos a parir el socialismo”.

En las comuneras y comuneros de Venezuela laten el pathos, el ethos y el logos de la Revolución Bolivariana. Ellas y ellos han sido y son las y los mejores intérpretes del poder popular. Hacedoras y hacedores de matria y patria, no son una simple “disidencia chavista”. Son mucho más que eso. Las comuneras y comuneros de Venezuela disputaron, se apropiaron y resignificaron en clave autogestionaria, deliberativa y de autogobierno, los mejores proyectos gubernamentales del chavismo. Han construido los enclaves más sólidos y unos contextos sustraídos a la corporativización y a la fugacidad de los artefactos participativos impulsados por el Estado. Chávez también sembró trincheras; refugios donde guarecernos de las tormentas, pero también puntos de partida para avanzar e incidir de manera determinante en el proceso histórico. Maduro durante un tiempo se abocó a una tarea similar. El pueblo recuerda y por eso conserva expectativas. A él, antes que nadie, lo sobrevuela el fantasma de Chávez. Los abordajes estatales y estatalistas, ya sean complacientes o inflexibles con el oficialismo, no pueden o no quieren ver esto.

En su balance, Reinaldo deja en claro que lo aprendido, lo deseado, lo realizado, lo vivido, dejó importantes saldos a favor en la conciencia popular. Reinaldo convoca a defender esos saldos y a “ponerlos en valor”.
Entre otros, la confianza en el abajo y la autoconfianza de las y los de abajo, un saber-hacer político plebeyo, una dignidad, un orgullo. También un sujeto político y militante reacio a la liquidez, resistente a las tendencias sistémicas que minan los afectos sociales.

Los saldos son políticos, culturales y sentimentales y no dejan de tener una cuota de materialidad. He aquí uno de los signos más distintivos del chavismo que adquiere cada día más relevancia. Lo que puede conjurar la fatiga militante. Lo único que puede hacer posible un “renacimiento revolucionario”, una nueva voluntad colectiva. Lo único que puede conmocionar al “arriba” y, tal vez, disuadirlo de las lógicas corporativas y recuperarlo en una versión radical. Queda, por lo tanto, un resto que es la base del recomienzo: la “gente como esta”. Entonces, para Reinaldo, es posible comenzar de nuevo. Afirmación ambigua: desoladora, por un lado, dado que plantea la necesidad de refundar pertenencias, sentidos colectivos, etc.; esperanzadora, por el otro. Reinaldo no busca disimular esa ambigüedad, sabe que es imposible evitar ser traspasadas y traspasados por ella.

El Imperialismo y las clases dominantes conocen muy bien los territorios y ligaduras donde radican las fortalezas del chavismo. Y no descartan ningún medio –directo o indirecto– para horadarlos y horadarlas. Incluyendo a una porción de las instituciones dizque revolucionarias que

–solícitas– vienen contribuyendo a una “neoliberalización de facto de la sociedad venezolana”. El posibilismo, la resignación institucional, tienen efectos tan devastadores como las medidas coercitivas unilaterales impuestas por los Estados Unidos. La guerra económica es una variable incontrastable, como también lo es el hecho de que –a veces– se libre con las armas del enemigo. Lo que hace que las derrotas pesen el doble. El bloqueo imperialista, brutal e injusto, es replicado por las dirigencias gestoras que bloquean las iniciativas populares. Se ha perdido el hábito de las respuestas excepcionales a las situaciones excepcionales. Bajo estas condiciones, el mal menor, a la corta o a la larga, indefectiblemente será la antesala del mal mayor.

Situado en algunos fragmentos concretos de la utopía, en abierto ejercicio del realismo crítico, apostando por una escritura forjadora de militancias, Reinaldo asume el compromiso de desvelar este tiempo difícil y confuso, de brindar un testimonio coherente y consecuente con la Revolución Bolivariana. Es decir: un testimonio plenamente identificado con la revolución allí donde todavía quema y anhela, donde todavía sigue siendo y puede seguir siendo revolución, donde todavía se aloja una mística indispensable para hacer y andar nuevos caminos.

Con estocadas punzantes, con procedimientos cuasi proféticos, Reinaldo Iturriza nos ofrece una obra lúcida, cruda y honesta. Una obra valiente y profunda que acomete contra hipócritas y oportunistas, contra los elencos contrarrevolucionarios que se ceban en los errores y las penas populares, en nuestros errores y en nuestras penas. Una obra difícil de decodificar desde emplazamientos maniqueos, simplistas y unilaterales. Una obra que juzgamos necesaria porque se atreve a decir lo que para muchas y muchos parecía indecible.

Miguel Mazzeo
Lanús Oeste, Provincia de Buenos Aires, Argentina
7 marzo 2022
Contrahegemoniaweb

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