Clarín y el silencio

Clarín, La Nación y los intelectuales del grupo Aurora, se empeñan en reciclar figuras despóticas del siglo XX contra el kirchnerismo, manipulando tanto los moldes históricos como la imagen del gobierno para que coincidan alegóricamente. Tienen a favor la connotación kafkiana de la letra “K”, con su halo de opresión silente vislumbrada por el escritor checo antes que George Orwell: un poder difundido y burocrático, laberíntico y susurrante. “Ley de medios K” o “Cepo K” son buenos títulos gracias a la estela gris de esta letra extravagante, centroeuropea; la sola letra se desempeña mejor que algunas explicaciones como la de Ricardo López Murphy al sostener que el uso de la cadena nacional es una práctica totalitaria, o el argumento del senador Morales para quién la nueva Ley de medios es antidemocrática por tratarse de un triunfo de la mayoría parlamentaria sobre la minoría.
Hace tiempo que nadie ignora la ambición hegemónica del grupo Clarín en materia de negocios y contenidos comunicativos. Pero, puestos a perfilar figuras en tono de ficción inquietante, hay otros rasgos que hacen de él un digno villano del género de las utopías negativas. Más allá del dominio horizontal y vertical sobre el mapa de medios audiovisuales, los dueños de esta corporación no hablan si no a través de un concierto de periodistas; conservan el sigilo irradiador de la imagen del “dominador ausente”, y por lo tanto siempre presente al modo del dios abstracto. El testimonio de Jorge Lanata sobre sus reuniones a solas con Héctor Magnetto en lo alto de una torre desconocida y separada de los edificios emblemáticos del grupo, remite a esta ausencia poderosa. A salvo de la mirada pública logran estar los hombres capaces de invisibilizar a todo un sector de la estructura social, a la obra pública de un gobierno. El ocultamiento los abstrae y disuelve en los rincones editoriales.
El dominio patrimonial tampoco se conoce a ciencia cierta. Existe una indeterminación de contornos que bien podría emparentarse con la técnica de dominio basada en la confusión de autoridad. ¿Son o no son los dueños de Páginas 12; su antípoda en los medios?, ¿lo serán en el futuro? Por algo es tan fuerte el influjo sobre periodistas de empresas que en principio no son propiedad del grupo, pero podrían llegar a serlo. Ya se ha visto que la empresa dispone de agentes movedizos, capaces de ocupar varios mostradores al mismo tiempo. Es el caso de Héctor Huergo, director de Clarín rural desde 1971, nombrado Director del INTA por Felipe Solá en 1994, siendo ya un alto empleado de Monsanto. Si Monsanto encarna una variedad de “totalitarismo corporativo” a la que podríamos llamar “genética” dada su pretensión de controlar el ciclo vegetal a costa de la biodiversidad, Huergo fue el funcionario más eficaz al momento de introducir una variedad de soja diseñada para resistir al potente herbicida y reinar sin competencia biológica en la pampa argentina.
Otro rasgo inquietante es el descaro que deja ver la empresa al momento de presionar una agenda del país sin esconder lo grosero del sistema editorial. Es que la megalomanía, lo burdo de la fantasía de dominio y del procedimiento ideado, es lo que según Hanna Arendt protegía a las escaladas de dominación totalitaria, dada la subestimación del mundo no totalitario, reacio a creer en la tosquedad de las formas y en el tamaño del atrevimiento. Poco a poco, los operadores de Clarín se apartan de la realidad con más soltura, como si se fueran convenciendo de que todo es posible en materia de manipulación informativa. El intento de imponer la norma estadounidense de televisión digital para dirigir lo nuevo hacia la transmisión por cable, fue una señal de que la empresa no pensaba autolimitarse en la acaparación de los nuevos dividendos frecuenciales.
Posiblemente, la sociedad comunicativa más grande de la historia pertenezca al magnate australiano, con ciudadanía norteamericana, Robert Murdoch. Su influencia en el mundo anglosajón fue corroborada en oportunidad de la invasión a Irak. David Harvey señala que los 247 periódicos que el magnate posee en todo el planeta apoyaron la invasión sin excepción alguna. Los estudiantes de comunicación o los observadores de medios podrán algún día organizar una exhibición de las 247 tapas al otro día del ataque norteamericano, y el resultado sería un tanto asfixiante. Pero más difícil resultaría organizar una muestra de los silencios que los 247 observaron organizadamente con el correr de la guerra.
El dueño del holding brasilero O Globo, Roberto Marinho, confesó una vez que lo bueno de dominar los medios no era tanto decidir sobre qué hablará la opinión pública cada mañana, sino establecer sobre qué no hablará. Y en efecto, el silencio es más “total” que cualquier enunciación, puede acercarse a niveles casi absolutos de efectividad, si bien al día de hoy no se supo de ningún sistema de silenciamiento a gran escala que lograra estar a salvo de filtraciones.
A veces incluso, la ruptura del silencio puede producirse inesperadamente desde el interior del dispositivo a causa de su propia pulsión de dominio. Como ocurrió recientemente cuando Elisa Carrió tildó de fascista al proyecto ideado por las Abuelas de Plaza de Mayo, consistente en aumentar las facultades judiciales para llevar adelante (por métodos no compulsivos como la búsqueda de ADN en el cepillo de dientes) los análisis genéticos no voluntarios que pudieran contribuir a recuperar identidades secuestradas. La vehemencia con que Carrió relacionó el proyecto con el caso de Ernestina Herrera de Noble, muy probablemente haya perjudicado a la propia dueña del grupo [Clarín] a pesar de las buenas intenciones para con ella de la titular de la Coalición Cívica.
Carrió es una voz oficialista de Clarín pero externa del sistema editorial; el embate contra el proyecto pudo provenir de ella, tanto como de él. Porque el corazón dominante del grupo también ha dado muestras de no controlar su tendencia al desborde, ni los resultados de sus operaciones. Esta semana, Clarín, La Nación y el senador Morales denunciaron una suerte de militarización de las organizaciones sociales. Puede que una buena parte de la clase media conservadora manipule su credulidad todo lo que haga falta para poder creer en ello. Pero al mismo tiempo, la embestida permitirá que de algún modo los argentinos conozcan la obra de verdad sorprendente que en la provincia de Jujuy viene realizando la organización Túpac Amaru.







