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02/01/2021 :: Mundo, Chile, Uruguay

Los dilemas de unidad en la izquierda latinoamericana

x Pablo Álvarez
La construcción de la unidad de la izquierda ha sido y es un camino complejo. Las experiencias de Chile, Perú y Uruguay ofrecen varias claves al respecto

Pensar en la unidad de la izquierda dispara innumerables frentes de discusión, tantos como los actores que están en juego. Los enfoques son múltiples y van desde los factores que definen a la izquierda, los elementos que la diferencian, los pasados trágicos, los disensos históricos, los frentes posibles, los éxitos electorales, los fracasos políticos. También aparecerán los por qué, orientados a los factores que demandan en cierta circunstancia los procesos de convergencia. Sobre todo lo que interesa son las convergencias estratégicas y las condiciones de la unidad de las izquierdas de América Latina. Porque si bien puede vislumbrarse un panorama más auspicioso que hace dos o tres años, también en el recorrido de sus fórmulas políticas la izquierda latinoamericana ha acumulado experiencias de desencuentros (y fracasos). De allí la necesidad de una reflexión sobre el problema -o dilema- de la unidad; para advertir trayectorias y, eventualmente, observarlas desde el aprendizaje y la anticipación.

En lo que respecta a la unidad de la izquierda, la experiencia continental del siglo XX y lo que va del XXI es ilustrativa de múltiples alternativas, pero también de elementos comunes (independientemente de lo específico que resulta cada proceso en cada país). En este sentido, podemos encontrar en los países de la región momentos de división partidaria alrededor de los años '20-'30, producto de la emergencia de partidos comunistas surgidos muchas veces como escisiones de partidos socialistas, y por ello mismo, tal vez, fuerte intensidad en la diferenciación. Los años '30-'40 se hicieron evidentes intentos de convergencia, motivados principalmente por el análisis ante la emergencia de los fascismos europeos y, en particular, la propuesta de frentes populares promovida por Moscú. Estos frentes fueron primeras experiencias de éxito político y electoral, donde las fuerzas de izquierda aumentaron el apoyo popular y, en algunos casos, lograron ser parte de coaliciones gobernantes.

La irrupción de regímenes dictatoriales entre los años '70-'80 obligó a las izquierdas latinoamericanas a procesar una nueva lectura sobre las estrategias políticas, principalmente en clave del compromiso democrático y sus posibilidades. El ciclo dictatorial y el fracaso de las opciones insurgentes empujó a las izquierdas a asumir con mayor fuerza y adhesión la vía electoral. Esta nueva etapa (con claras diferencias entre países) organiza en parte el debate de las izquierdas, aunque no por ello ha perdido complejidad. Los tres casos que aquí son tratados (Perú, Chile y Uruguay) tienen varias semejanzas que nos invitan a especular sobre cuestiones genéricas y, a la vez, poseen especificidades que nos obligan a renunciar a cualquier pretensión de extrapolación y réplica. Sin embargo, la "cuestión de la unidad" se presentará siempre como una complejidad de la praxis; más allá de los diferentes escenarios y actores que hoy intervienen sobre los sistemas políticos latinoamericanos, la reflexión sobre la temática seguirá siendo tan necesaria como relevante.

El "problema" (o dilema) de la unidad

El problema (o dilema) de la "unidad de las izquierdas" se asume aquí, como definición, como la convergencia de las organizaciones políticas de izquierda (a veces sociales también) para acordar presencias electorales comunes, ajustando la reflexión a un escenario del "juego democrático". Así, hemos encontrado como verificación que las izquierdas latinoamericanas han mejorado su desempeño electoral cuando fueron capaces de llegar a más amplios acuerdos. Esto significa que su unidad sumó más que la suma aritmética de las partes preexistentes, donde el esfuerzo unitario es siempre premiado con una aprobación que supera la adhesión a los grupos mismos. La manera como se procesan los acuerdos en pos de la unidad será el eje central de este informe, donde se resaltarán aquellos aspectos que resultan más beneficiosos a la hora de procesar la convergencia y un mejor desempeño político-electoral de las izquierdas.

De allí que esta "unidad" sea comprendida (y su acuerdo) como un proceso por el cual se habilita (en cada fuerza) una convergencia estratégica manteniendo las divergencias tácticas. Sin esta diversidad sería una fusión partidaria, que claramente es otra cosa. Se trata de un proceso donde la dinámica interior puede provocar cambios tanto en el sentido de una menor divergencia que habilita a procesos (ulteriores) de "unificación", así como también pueden darse incrementos de la divergencia y, eventualmente, fracturas estratégicas. Como se aclaró: interesa en este caso, principalmente, reconocer elementos que fortalezcan lo común en el horizonte estratégico y, a la vez, habiliten la divergencia. Encontrar los límites de este "par" es el elemento prioritario para promover un "proceso de unidad". Es importante conocer los puntos de "ruptura" de cada parte, los puntos de "no retorno" donde la divergencia impide la convergencia. Y, a la vez, los puntos comunes, donde la convergencia elimina la divergencia posible.

En el análisis y la presentación de los tres casos a seguir, y a partir de los cuales se extraen algunas conjeturas, se organiza la información (histórica) a partir de dos tipos de variables: por un lado, el "ambiente político" en el que las fuerzas y partidos de izquierda se desenvuelven, esto es, el tipo de sistema político y, por otro lado, los factores prioritarios de cohesión que delimitan la unidad. Asimismo, se consideran dos variables adicionales ad hoc: a) aquello que tiene que ver con la renovación generacional al interior de las fuerzas y partidos de izquierda y b) las características de la participación política en cada uno de los países.

Etapas definidas: convergencias y divergencias en la izquierda del Perú

Comenzando a partir de los años '80, encontramos en Perú cinco momentos de convergencia política. El primero se edifica a partir de la convergencia estratégica de la vía electoral sin por ello desestimar alguna divergencia en cuanto al cierre total de esa estrategia. La expresión visible de este momento de convergencia fue Izquierda Unida (IU). Si bien IU aumentó el apoyo popular de las partes que la integraron, el proyecto no se pudo mantener y las divergencias políticas y personales fueron más fuertes. Tuvo un carácter excluyente inicial al dejar fuera a los sectores trostkistas, y evidenció también problemas organizativos respecto del encuadre político de los grupos que componían la coalición política. Democracia interna, representatividad, vínculo con las bases sociales y populares, y diversidad de liderazgos fueron factores de tensión.

La convergencia estratégica de quienes conformaban la alianza se vio también entorpecida por la divergencia frente a la estrategia no electoral de otros que no integraban la articulación política. Y esto fue otro fuerte factor de división; por ejemplo, el accionar de Sendero Luminoso. También fue aprovechado por el Gobierno de la época para atacar a toda la izquierda por igual, independientemente de su opción estratégica. Otro elemento de divergencia que tensionó la situación tuvo que ver con los posicionamientos del propio (Gobierno de) Alan García. El hecho de que resaltemos el sistema de "políticos sin partido" como ambiente clave es elocuente de las diferentes disputas de liderazgos que marcan el escenario peruano, cuestión que no deja de ser parte de esa "articulación de las divergencias" que debía superarse. Quizás este sea uno de los motivos por el cual, pasado un período, las elecciones se transformaran en un problema y, así, la convergencia estratégica fue más débil que las divergencias.

La segunda época de convergencia estuvo signada por la ausencia de una estructura común, luego de finalizado el Gobierno de Fujimori. En este caso, el carácter estratégico no impuso la convergencia que pusiera en tensión las naturales divergencias. La confluencia fue sin "estructura" común, cada uno de forma aislada, en apoyo a Ollanta Humala. Una tercera época se refleja en una nueva convergencia estratégica con diversidad, donde las dificultades orgánicas fueron protagonistas, una vez más. El Gobierno de Ollanta Humala provocó ruptura con los grupos de izquierda y al interior de su propio partido. Nace el Frente Amplio (FA) en 2013, reuniendo a varios grupos políticos de izquierdas y agrupamientos sociales. Esta vez la convergencia estratégica procuró ir más allá de una apuesta electoral. Se ensayó un proceso de resolución de liderazgo interno por vía de elecciones primarias. El agrupamiento de izquierda volvió a verse favorecido por la unidad frente al voto popular. Pero el buen resultado electoral terminó alimentando las diferencias, no pudiendo contener las divergencias. Al poco tiempo, luego de las elecciones, la izquierda reinició un proceso de dispersión.

Apuntes de logros y sombras del caso peruano: ¿frente a la nueva cuarta etapa?

A pesar de una política más incluyente por parte del FA (partidos políticos y movimientos sociales), éste no logró unificar a todas las fuerzas de izquierda. Si bien no surgen con importancia diferencias políticas o programáticas que expliquen la división, sí se evidencian problemas de funcionamiento interno. En este sentido, el manejo de recursos institucionales fue una fuente de conflicto político. En particular, el uso del registro electoral por parte de uno de los integrantes (Tierra y Libertad, TyL). De esta forma, la institucionalidad del sistema electoral influyó negativamente sobre el proceso de unidad. Este escenario de conflicto interno se evidenció en acciones formales que no confluyeron hacia la unidad.

Se dieron problemas de liderazgos -similares al proceso de la primera época-; uno de ellos fue que el principal referente electoral (Verónica Mendoza) no pertenece a alguna fuerza organizativa histórica, lo que alimentó las desconfianzas internas. La emergencia de Mendoza por sobre Arana, a pesar de los recursos organizativos de éste, alimentó estas discrepancias.

Por otro lado, incidieron en la división factores de coyuntura. No hubo conflictos estratégicos, por ejemplo, entre gobernabilidad o derrocamiento (como en la experiencia de IU), a pesar de que el FA apoyó a Pedro Pablo Kuczynski en la segunda vuelta. Hubo sí diferencias tácticas respecto a la posición a asumir ante el Gobierno. Las diferencias se hicieron visibles durante el proceso de vacancia donde, por ejemplo, TyL y Nuevo Perú (NP) no estuvieron juntos en el proceso de 2017, pero sí en el proceso de 2018.

La elección de 2020 trajo los mismos barros que el precedente de IU. La dispersión de la izquierda impidió que la misma se tornara una fuerza relevante. Sin embargo, la sumatoria de votos de las partes retrocede mucho menos que en las experiencias anteriores, lo que permite considerar un aumento de la base. La unidad política de la izquierda sigue siendo para las fuerzas de izquierda de Perú un factor de atención e interés, aunque claramente debe evitarse la idea de la unidad como fetiche, desprovisto de cualquier otro contenido que no sea "utilitario". La información actual parece ir contra la posibilidad de un nuevo acuerdo de las izquierdas hacia 2021, pero ello no debe resultar tampoco impedimento para perseguirlo.

Consideraciones (peruanas) para el dilema de la unidad

  • No hay contradicciones estratégicas. Los cambios políticos han alejado las tensiones y contradicciones estratégicas al interior de la izquierda, pero resta encontrar los factores que hagan de la unidad una decisión estratégica. Esto implica asumir que las diferencias no se eliminan, pero pueden crecer hasta el punto en que la unidad queda en riesgo. Lo que debería ser más simple que en otros procesos de la región, ya que la unidad aumenta los apoyos.
  • Éxito electoral de la unidad. Cuando la izquierda se ha presentado unida ha obtenido mayor adhesión que al ir dispersa. Ello implica necesariamente que el elector no castiga la unidad (la diferencia entre los dirigentes no se refleja en la decisión de los ciudadanos).
  • Dificultades en la democracia interna. Eso supone adhesiones menos asociadas a las partes que lo componen y la existencia de una identidad con el propio proceso unitario. Lo que trae consigo necesariamente problemas de democracia interna. Si la lógica interna sólo representa a las organizaciones que lo componen (cuoteo), efectivamente una parte muy importante de los electores, y también de los adherentes (y militantes), quedará sin representación. Si la lógica de funcionamiento interno se moviera en sentido totalmente inverso, las organizaciones que componen la unidad no verán reflejada su fortaleza. Este equilibrio (no punto medio) debe llamar la atención en mayor medida que lo que parece haber ocurrido hasta ahora, porque si no quedarán exclusivamente las instancias electorales para determinar las correlaciones internas, las referencias políticas o el acierto de línea política, impidiendo procesos democráticos internos y la puesta en juego de otros factores del accionar político y militante.
  • Trabajo político permanente. Consolidar espacios permanentes de trabajo político que impliquen funcionamiento conjunto, no sólo a nivel de dirección o de trabajo parlamentario sino también en el territorio, en lugares de trabajo, etc. El factor del funcionamiento y la democracia interna debe atenderse de punta a punta, en la selección de las candidaturas hacia los lugares institucionales, así como en la asignación de responsabilidades al interior del agrupamiento. Para dotar de acción política permanente a la organización, y permitir nuevos y diferentes equilibrios políticos ante hechos nuevos y distintos.

Chile: la otra vía de la unidad

El caso de Chile tiene la particularidad de ser muestra de la potencia de la estrategia electoral de una compleja convergencia estratégica en la izquierda. Pero también, más atrás en el tiempo, durante los años '30 en Chile, la experiencia del Frente Popular fue potente y exitosa. Veremos a continuación, igual que en el caso de Perú, el proceso de la unidad de la izquierda desde los años '70.

Observamos aquí cinco momentos diferenciados en los que situamos el debate y la experiencia respecto de la unidad de la izquierda, si partimos de la experiencia de la UP (Unidad Popular), sabiendo que quedan por detrás varias experiencias relevantes. Pero para acotar en el tiempo y ajustar con otras experiencias asumimos este punto de partida

Primer momento: las singularidades de las divergencias chilenas

La construcción de unidad en los '70 se consolidó alrededor de los dos grandes partidos de izquierda históricos de Chile, el Partido Comunista de Chile (PCCh) y el Partido Socialista (PS), no logrando la participación de la denominada "nueva izquierda" (MIR, PCR), pero tampoco de sectores de centro. Las críticas de esta "nueva izquierda" a la "izquierda tradicional" se orientaban sobre todo al aspecto relativo a las vías para llegar al poder y su visión negativa de la vía electoral. Sin embargo, la UP triunfaría en las elecciones y, tal como la "nueva izquierda" argumentaba, la reacción no dejaría avanzar la revolución por la vía electoral y en el año 1973 militares y civiles dieron un golpe de Estado.

Segundo momento: detener la extensión dictatorial por vía electoral y legitimidad del régimen

La dictadura provocaría importantes transformaciones estratégicas en estos actores políticos, de modo que en el retorno democrático la expresión de mayor unidad de izquierda y progresista buscaría saldar cuentas con las ausencias del pasado y se generarían nuevas. De esta forma, la estrategia central de cerrar el paso a las fuerzas autoritarias y de derecha, por la vía electoral, cuajó una alianza política denominada "Concertación de Partidos por la Democracia" (Concertación), una coalición política ganadora, que tendrá al PS y al Partido Demócrata Cristiano (PDC) como actores centrales. Esta vez será el PC quien quedará fuera del acuerdo, y la línea divisoria estará dada no por la viabilidad del camino, sino por el reconocimiento o no del verdadero carácter democrático de la institucionalidad emergente de la transición (legitimidad). Este esfuerzo de unidad política de la izquierda y centro-izquierda, asumiendo su carácter excluyente, se constituyó en uno de los dos actores centrales del sistema político durante 20 años, luego de finalizada la dictadura.

Tercer momento: renovación del par inclusión-exclusión

Un tercer momento significativo ocurre a partir del año 2012, cuando el Partido Comunista, principal referente de la izquierda extraparlamentaria y oposición por la izquierda a la Concertación decide participar de dicha coalición, que se pasará a llamar Nueva Mayoría (NM), abandonando así su crítica de legitimidad. Con la NM, en noviembre de 2013, por segunda vez, Michelle Bachelet llega a la Presidencia. En este escenario existió margen para que las grandes manifestaciones sociales desatadas por el movimiento estudiantil durante el año 2011 encontraran un lugar en la política, también a través de una recomposición de la izquierda extraparlamentaria. Esto se hizo manifiesto con la llegada de tres de los principales referentes de aquellas movilizaciones al Parlamento, por dentro de NM (Camila Vallejo, PCCh), por el borde de NM (Giorgio Jackson, Independiente con pacto con NM) y por fuera de NM (con la elección de Gabriel Boric, por la Izquierda Autónoma). El Gobierno de Bachelet cumpliría un aspecto importante del compromiso de NM y tiene que ver con el cambio en el sistema binominal y el número de integrantes del Parlamento.

Cuarto momento: la emergencia de una nueva - nueva izquierda

Un cuarto momento para observar la unidad de la izquierda se evidencia en el marco de las elecciones del año 2017. Por un lado, la Democracia Cristiana se retira de la Nueva Mayoría y, por otro lado, surge una fuerza de izquierda fuera de la Nueva Mayoría, que emerge con una perspectiva crítica, y que tomará el nombre de Frente Amplio (FA). Las políticas y debates al interior de la Nueva Mayoría durante su Gobierno, y la necesidad de acordar con los sectores de derecha en algunos temas volvió a presentar la imagen de la Concertación de los años '90, y la prevalencia de un modelo donde "no todo el mundo puede estar en la cocina". Esto alentó esfuerzos de confluencia de la izquierda que estaba fuera de la NM. Una izquierda que venía a ocupar un escenario nuevo y que, según algunos analistas, siendo de izquierda pretendía ocupar un lugar del tablero ubicado en la crítica a las élites y al modelo de ganadores y perdedores que el proyecto dictatorial -y la continuidad económica de los '90- habían transformado en paradigma de éxito. Las fuerzas del 2011 parecían encontrar un punto de confluencia y representación.

El FA surge en el año 2016, principalmente referenciado en el acercamiento de Revolución Democrática (cuyo referente es el diputado Jackson) e Izquierda Autónoma (Boric), junto a otras organizaciones políticas y sociales. Esta novedad dentro del sistema político y de partidos de Chile estuvo a 2 puntos del apoyo electoral alcanzado por NM, quien finalmente perdió en segunda vuelta con Sebastián Piñera. El recién creado FA logró con la candidatura de Beatriz Sánchez con el 20,27% de los votos, y el 16% de los votos parlamentarios, logrando con ello 20 diputados.

Luego de las elecciones, durante el año 2017, se dieron varios procesos de unificación dentro del FA entre los múltiples grupos que lo integraban.

Quinto momento: ¿novedad o prolongación?

La Nueva Mayoría se diluyó en marzo de 2018. Lo que da inicio a un nuevo proceso de dispersión y unidad dentro de las filas de la izquierda y el progresismo. En junio de 2019 surge Unidad para el Cambio, una alianza entre el PCCh, el Partido Progresista y la Federación Regionalista Verde Social. Este nuevo agrupamiento cuenta con un senador y doce diputados. El escenario de movilizaciones que tensionan a todo lo largo y ancho el modelo económico y el sistema político va a repercutir también al interior de las fuerzas de izquierda. La novedad política del Chile, el FA, a pesar de su corta existencia, procesó diferencias que finalizaron en fracturas, asociadas al nuevo momento político. Las movilizaciones que se desarrollaron en Chile desde octubre (2019) además de expresar una opinión crítica y mayoritaria respecto del "modelo", "la vieja política" y el "establishment", levantaron también la emergencia del debate sobre una nueva Constitución. Demanda que algunos sectores insisten desde 1980. En este escenario, el accionar de algunos integrantes del FA dio pie a un proceso de separación.

Entre noviembre y diciembre varios grupos y militantes se desvincularon del FA, entre ellos el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. Las principales razones para dicha decisión se refieren al apoyo que algunos integrantes del FA dieron al Gobierno, como el apoyo a la ley "antisaqueos", así como el apoyo al acuerdo político para dar inicio al proceso hacia una nueva Constitución.[1][2] Con estas salidas, el FA perdió 4 diputados, quedando con 16 diputados y 1 senador. Otro factor mencionado críticamente por quienes se retiraron se vincula con la fuerte parlamentarización del FA y una pérdida de contacto social con sus bases.

Por otro lado, el escenario de movilizaciones también activó la interna del otro partido tradicional de la izquierda, el Partido Socialista, que procesó a su interior muchas renuncias durante los días de movilizaciones, incluida la de un expresidente. A principio del año 2020 también vivió la renuncia a la Vicepresidencia de uno de sus senadores. Algunos de los legisladores, junto a otras figuras, crearon en 2019 el movimiento Unir, que cuenta con 2 diputados y que en junio de 2020 se sumó al FA. También se creó en 2020 Fuerza Común, otra agrupación de escindidos del PS, quienes también se unieron al FA en 2020.

La constituyente y las presidenciales como incentivos (o desincentivos) para la unidad

El proceso hacia la nueva Constitución está siendo un ensayo de procesos de unidad, pero también está atravesado por lo que será la carrera presidencial. Son por ahora incipientes las manifestaciones (de los liderazgos) respecto de la posibilidad de acción conjunta. Según nuestra encuesta de mayo, el referente de izquierda que mejor se posiciona es el actual alcalde de Recoleta, Daniel Jadue (PCCh), tanto en imagen positiva (31,2%) como en intención de voto (12,9%).

Desafíos para la unidad por construir, entre la novedad y la tradición

La historia política chilena durante el siglo XX y lo que va del XXI ha visto la consolidación de coaliciones políticas que han provocado, además, transformaciones relevantes dentro del sistema político, y que han sido además expresión de las fuerzas de izquierda y progresistas. El Frente Popular (1936-1941), la UP (1969-1973), la Concertación (1989 y 2010) y la Nueva Mayoría (2013-2018).

Hay acuerdo en que la sociedad chilena se ha transformado lo suficiente como para reafirmar que las claves que articularon en buena medida el territorio político durante más de 20 años desde la recuperación democrática, ya no se refleja en las preferencias ciudadanas. El eje izquierda-derecha, sin desaparecer, ya no recoge a casi la mitad de la población en su autoidentificación. A modo de ejemplo, en 1993 el 11% de la población no se identificaba en el eje izquierda-derecha, en tanto que en 2017 este valor reflejaba el sentir del 48,6%.[3] Y, a pesar de la tradicional visión de que el desplazamiento del eje se concentra en el centro político, este "espacio" también disminuyó, por lo que las estrategias de los partidos sin dudas han de tener en cuenta esta transformación. Según la encuesta de CELAG del mes de mayo, el espacio externo al eje refleja la opinión de un 43%, con un vaciamiento del centro.

Lo más relevante de esto es que la tradición política advierte de las estrategias de "corrimiento al centro" para el éxito electoral, sin embargo, si estos datos son ciertos, la "horfandad" del centro es un territorio de disputa no significativo.

La posibilidad de un proceso coalicional estaría enclavado en la tradición de la izquierda. La posibilidad de un proceso de primarias con acuerdo de apoyo posterior parecería estar siendo un camino que la mayoría de los actores estarían dispuestos a adoptar, pero ello lleva sin duda al factor programático, que tiene mayor peso frente a la coyuntura de fuerte movilización social que, en parte, exige respeto por el esfuerzo colectivo y el trabajo de las bases. ¿Será posible un camino coalicional que suponga también un proceso común en términos programáticos? Podría ser un camino a ensayar.

¿Qué unidad será posible? La intervención del sistema electoral

El Gobierno de Bachelet transformó el sistema binominal, reclamo histórico de la izquierda, amplió el número de parlamentarios y modificó las circunscripciones. La incidencia del sistema electoral en Chile es notable, en el entendido de que la dictadura propició una institucionalidad que le diera la mayor capacidad de representación, por lo que defendió un sistema electoral binominal con una asignación de bancas que exigiera un 66,6% de los votos de un partido (o coalición) para poder quedarse con los dos lugares. De esta forma, los sectores de derecha se aseguraban una fuerte presencia en el Parlamento, sumado a los senadores "especiales".

La elección de 2017 se realizó bajo la nueva modalidad, que pasó a un sistema de Representación Proporcional (RP), lo cual facilita el acceso de partidos en el Parlamento sin tener que pactar con coaliciones mayoritarias. Esto posibilita, en mayor medida, la expresión política de fuerza que podrían quedar excluidas, pero también puede tener una doble incidencia en el proceso de unidad considerando la historia y el análisis de la incidencia institucional. Por un lado, la RP desanda las fuerzas que orientan el sistema político hacia un sistema de dos actores (partidos, coaliciones) con fuerza centrípeta, por la competencia hacia el centro, y alienta el incremento del número de partidos. Esto podría ser una fuerza que atente contra los procesos de unidad de la izquierda, puesto que para disputar presencia en el Parlamento se puede avanzar sin coaligarse. Pero, a su vez, puede ser leído como un mecanismo en que los grupos no deben renunciar a sus propias fuerzas y propuestas para, en un segundo momento, decidir expresiones comunes a nivel presidencial.

Consideraciones (chilenas) para el dilema de la unidad

- Tendencias a favor de una unidad

Las izquierdas parecen haber avanzado sobre las diferencias estratégicas que las distanciaron en el pasado: la vía electoral y la legitimidad democrática del régimen. Esto es un elemento a favor de la posibilidad de acciones unitarias superiores. La tradición coalicional de la izquierda es también un factor a considerar positivo, pues forma parte de su historia y es, por tanto, fuente de análisis directo.

El agotamiento de la legitimidad del "modelo chileno" (manifestado en el apoyo popular de las movilizaciones desde octubre de 2019) hace que la alternativa sea oída y que, consecuentemente, la posibilidad de victoria aumente. El apoyo popular al cambio de Constitución es también una victoria de las fuerzas progresistas y de izquierda. Un importante factor a favor de la izquierda está dado, entonces, por el hecho de que su "relato" es aceptado en mayor medida.

Es preciso reforzar el carácter estratégico de la acción unitaria de las izquierdas para el triunfo rotundo sobre la derecha, aprovechando la aceptación popular de históricas reivindicaciones de la izquierda. Para ello, las propuestas de concurrir a las primarias y el apoyo mutuo posterior puede ser un camino. La multiplicidad de grupos puede facilitarse a través de la articulación entre "sub-bloques" (similares a los que hoy promueven diferentes acciones para la elección constituyente), estableciendo así niveles para la diferenciación programática y espacios más claros para la acción común.

Resulta necesario, e inevitable, que se deba acordar un mínimo programa de gobierno común, incluso previo a las primarias, para facilitar el apoyo posterior y dar claridad hacia el electorado. La disputa estará así orientada, además de hacia la "Presidencia", hacia los bloques de "equilibrios" al interior. Esto puede ayudar a la construcción, pues las elecciones no repartirían todo de una vez y se pueden abrir otros juegos cruzados que no pongan en riesgo -e incluso refuercen- la acción conjunta.

- Tendencias adversas en el caso chileno

La desaparición de las fronteras de diferencias estratégicas hace más fuerte la emergencia de diferencias tácticas y programáticas (las divisiones del FA, y las diferencias en las estrategias hacia el 25 de octubre lo muestran). La articulación de muchos grupos es un factor de dificultad para la cooperación.La representación proporcional juega a favor de las izquierdas pero puede jugar en contra de su unidad. No está claro el efecto.

La experiencia del Frente Amplio de Uruguay

Según toda la vasta literatura, el Frente Amplio de Uruguay es un caso exitoso de partido de masas, y la izquierda regional lo ha reconocido al punto de que en varios países se ha emulado su experiencia, en menor o mayor medida. Algunos casos son: Frente Amplio (Costa Rica, 2004, 4,9%); Frente Amplio (República Dominicana, 1992, 1,1%), Frente Amplio por la Justicia, Vida y Libertad (Perú, 2013, 9,1%), Frente Amplio (Paraguay, 2002, 5,1%), Frente Amplio por la Democracia (Panamá, 2013, 1%), Frente Amplio Progresista (Argentina, 2011, 16,8%)[4] a lo que hay que agregar al Frente Amplio por la Paz (Colombia, 2014).

Tradición histórica del caso uruguayo

Originado en 1971, nace como una colación política orientada a las elecciones de ese año, pero con vocación de carácter político permanente. Al igual que en los otros casos, la asistencia conjunta de los grupos de izquierda y progresistas fue superior a la suma de las partes. Al menos en lo electoral, alcanzando el FA el 18% a nivel nacional. El resultado político de la UP en Chile, sin duda, fue un aliciente al proceso de convergencia política de las izquierdas y sectores progresistas de Uruguay. En ese momento existían diferencias estratégicas al interior de las izquierdas respecto de la vía electoral. El MLN-T, principal organización de la izquierda armada, se autoimpuso una "tregua" para no entorpecer el proceso electoral y, al mismo tiempo, su sector "legal" se lanzó a la militancia política, lo que en buena medida activó la militancia de base.

Una de las características diferenciales del FA tiene que ver con que en su conformación hubo un fuerte movimiento de base, con gran protagonismo de personas independientes que no integraban ninguno de los grupos que se coaligaban, lo que dio pie a una corriente de abajo hacia arriba, lo que se llama "movimiento". El FA nace como "coalición y movimiento". La coalición es lo que refiere al acuerdo y la presencia y representación de los grupos políticos al interior del FA; el "movimiento" es la estructura de base, donde se participa individualmente a nivel de los comités de base, que se distribuyen en el territorio, espacios de trabajo, centros de estudios, etc.

Esta característica le permite al FA, incluso cuando le tocó gobernar, una barrera para que sea totalmente capturado por las estructuras partidarias, o por los cargos institucionales. El "movimiento" es la fuerza que desde las bases controla algunos procesos de selección (como la candidatura o precandidaturas a la Presidencia de la República) así como la decisión programática. Razón por la cual hace más difícil, no imposible, que pierda del todo su ligazón con sus bases políticas y con la base social.

La síntesis de coalición y movimiento garantiza espacios de conducción, en todos los niveles, donde la lucha al interior de la coalición no es sólo entre los intereses directos de los sectores políticos, sino que también existe un sentir "frenteamplista" que supera a los propios grupos. Es un factor relevante para dar continuidad política independientemente de los resultados políticos inmediatos (no hay crisis electorales de envergadura), y en parte funciona como una restricción al proceso de oligarquización. Al tiempo, garantiza procesos estables y conocidos para saldar las diferencias a la vez que, en general, su fuerza se orienta hacia el fortalecimiento de la unidad en sí misma. La democracia interna no se refleja solamente en la posibilidad de incidir en los procesos de selección de candidatos o en la lucha entre sectores sino, y sobre todo, en la forma en que se tienen en cuenta las preferencias de los militantes a la hora de tomar decisiones. El Comité de Base no está controlado por las facciones (no totalmente) y se vincula directamente con los problemas y las organizaciones del territorio en que está enclavado, pero también se convoca para discutir asuntos de política nacional o internacional. Su lugar no queda reducido a su Comité, sino que los militantes de base participan en los órganos de conducción del Frente Amplio, en calidad de representantes de las bases.

Consideraciones (uruguayas) para el dilema de la unidad

Un aspecto distintivo del FA es que la participación de los militantes no está exclusivamente mediada por referentes o sectores orientados a la selección de candidatos. Una tarea muy importante es la elaboración, discusión y aprobación del programa político y el Plan de Gobierno. Un proceso democrático que se extiende a lo largo de todo el territorio, donde los Comité de Base proponen y discuten y, finalmente, se aprueba en un Congreso con fuerte presencia de delegados de Base.

Los comité de base eligen a sus delegados al Congreso. El Congreso está integrado por el Plenario Nacional y por los delegados de los comité de base. La cantidad de representantes por Comité será proporcional al número de adherentes del Frente Amplio que participen de las instancias de Asamblea del Comité citadas para tratar los temas del Congreso.

La unidad ha adquirido valor estratégico, y esto es compartido por todos. El costo de oportunidad de romper la unidad es significativamente alto. Si bien han existido escisiones relevantes como en 1989 el retiro del PGP, un sector de base colorada que se distanció básicamente por el ingreso del MLN al FA, o bien una escisión por "izquierda" como fue la salida del Movimiento 26 de Marzo. Sin embargo, ambos tuvieron un derrotero similar tendiente a la marginación. A pesar de la salida del PGP, el FA ganó por primera vez en Montevideo, y de igual forma la salida del Movimiento 26 de Marzo no impidió que el FA ganara con mayorías parlamentarias en la siguientes elecciones.

No obstante, en la elección del año 2019 el FA perdió el Gobierno frente a una coalición de derechas, que lo ha colocado ante un proceso de balance y autocrítica. Nadie espera que dicho proceso implique rupturas internas, al menos no significativas. Sin embargo, es importante la forma en que el FA procesó su valoración estratégica para poner en juego su carácter de partido de militantes y de masas.

El carácter de coalición permite expresar la variedad de propuestas al interior de la izquierda y los sectores progresistas, y utilizar la dinámica electoral como mecanismo "regulador" de correlaciones al interior de la coalición. El movimiento permite la expresión de las bases y de las organizaciones más orientadas a la militancia que genera otra lógica de compensación.

Por último, tal cómo se observó para los casos de Perú y Chile, el sistema electoral condiciona los mecanismos para lograr unidad política en la izquierda. El caso uruguayo de alguna forma facilitaba la participación conjunta al contar con mecanismos de acumulación por separado pero en una misma "bolsa" electoral. Si bien la ley permitía que un mismo lema[5]partidario presentara más de una candidatura a la presidencia (Ley de Lemas), el FA desde su fundación (1971) fue crítico a dicha norma. Por esta razón asistió a las elecciones con una candidatura presidencial única, resuelta dentro de los mecanismos internos. En 1996 una reforma constitucional definió la candidatura única obligatoria y para ello estableció elecciones internas (primarias) obligatorias, a la vez que instauró el balotaje. En las elecciones de 1999 el FA por primera vez resolvió su candidato fuera de la estructura y habilitó la participación de dos candidatos en la elección interna (Vázquez y Astori). En el año 2004, la interna del FA fue con un solo candidato (Vázquez). Y a partir de 2009 a la fecha el FA ha tenido múltiples candidaturas en la elección interna.

Definido esto, los sectores del FA pueden acumular votos manteniendo su propia identidad y acumulando hacia el Frente Amplio, incluso se permite "acumular" votos por "sub-lemas" habilitando así a alianzas político electorales al interior del propio Frente Amplio. Este elemento, a nuestro parecer, facilita en buena medida la posibilidad de acordar. Pero la propuesta del FA no se reduce a lo electoral, y por ello el diseño de funcionamiento interno es lo que permite sostener la actividad militante.

Conclusiones: la unidad de la izquierda como experimentación

No se pueden extrapolar experiencias; hay que conocer las experiencias de lucha y observar de qué forma ello nos deja enseñanzas para aplicar en otros escenarios. Sin embargo, parece inevitable para emprender procesos sostenidos de unidad en la izquierda, asumir que dicha unidad es estratégica, que lo que se gana en el proceso de confluencia es menor que lo que se pierde al disminuir cierta diferenciación.

Por otra parte, es muy importante que no sean acuerdos de cúpula que hagan depender la unidad de los humores de los referentes o de la simple competencia institucional. Para ello, se deben desarrollar dos aspectos fundamentales. Una "vida interna común", donde se permita la militancia a nivel de la base con cierto grado de indistinción partidista. Por otra parte, procesos democráticos y amplios para la elaboración, discusión y aprobación programática son también fundamentales para ir más allá de lo electoral. Eso da fuerza al propio programa, y potencia el "encuentro" en el ámbito electoral.

Al final lo que ha de motivar la unidad de las izquierdas es su capacidad de anteponer el criterio de diferenciación principal más allá de las distancias propias. Anticiparse a la posibilidad de vencer y no dejar para después los ajustes. La unidad para vencer es compleja, la unidad para gobernar no lo es menos. Pero a todo esto hay que agregarle que se precisan liderazgos capaces de aceptar que la construcción común puede implicar renuncias personales, y por esta razón fortalecer la participación política y la democracia interna es igual de relevante.

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Notas

[1] El Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, alcanzado para dar inicio al proceso hacia una nueva Constitución corre el riesgo de erosionar la propia legitimidad del proceso en su conjunto. https://www.celag.org/desafios-del-proceso-constituyente-chileno/

[2] https://www.celag.org/wp-content/uploads/2020/05/2020-05-13-constitucionalismo-chile-v2.pdf

[3] Centro de Estudios Públicos (CEP) (2017). "Estudio nacional de opinión pública No 51", tercera serie, cep 0081-v1, 9 de octubre, Santiago de Chile.

[4] En todos los casos, entre paréntesis el país, el año de creación del partido y el porcentaje de votos en la última elección al Parlamento.

[5] Los "lemas" son las agrupaciones por las que se presentan unidos distintos partidos en Uruguay.

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