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15/09/2019 :: Pensamiento, Europa, Mundo

Los partidos marxistas y el movimiento por la paz

x Manuel Sacristán
En este texto de abril de 1985 Sacristán abordó una de las cuestiones candentes entonces: la relación entre el pacifismo y los partidos de tradición marxista

Este escrito, fechado en abril de 1985, apareció publicado en 'Mientras tanto', 23, mayo 1985, pp. 45-48, y fue reimpreso en 'Pacifismo, ecología y política alternativa', op. cit, pp. 179-183. Con el movimiento por la paz de fondo, es una aproximación crítica a algunos aspectos de las prácticas y reflexiones de la izquierda comunista del momento.

En el nº 22 de mientras tanto se publicó un artículo titulado “El fundamentalismo y los movimientos por la paz”. El asunto de ese artículo –destinado a un libro de autores varios editado por E.P. Thompson en inglés y del que se espera introducir ejemplares en los países del centro y el este de Europa– era discutir lo que consideraba “dificultad principal” en el diálogo entre los movimientos por la paz de la Europa occidental y los movimientos de la Europa central y oriental por las libertades políticas.

El mismo artículo enumeraba otras dificultades importantes de esa discusión con el Este; por ejemplo, las diferentes valoraciones de la historia europea antigua y reciente por parte de unos y otros, la diferencia dimanante en el sentimiento de sí mismo desde el punto de vista político, las diferencias en la estimación de los riesgos a que se enfrenta hoy la especie, etc.

Pero antes de discutir esas cuestiones, conviene decir brevemente de qué organizaciones o corrientes se trata entre nosotros: se trata, ante todo, de las situadas a la izquierda del PCE y del PSUC, amén de algunos militantes de estos dos partidos, de Izquierda Socialista, de UGT y de CC.OO. (con la CNT no parece nada problemática la relación del movimiento por la paz, ni siquiera del más radical o “gandhiano”).

El pasado doctrinal de estas organizaciones (lo que con ingenua petulancia llamábamos “la teoría”) no las predispone a una lucha radical por la paz, ni siquiera para el antimilitarismo. Esta es la primera constatación que hay que hacer, y no vale la pena remacharla con muchos ejemplos o citas, que el lector conocerá y de los que estará tal vez hastiado. El hecho es que, partiendo de la frase de Marx acerca de la condición de partera de la historia que tiene la violencia, se ha traspasado la idea, en una extrapolación discutible, al plano institucional, y precisamente militar, desde poco después de la Revolución de Octubre y, sobre todo, desde la consolidación del despotismo burocrático estalinista.

El desencadenante del proceso fue, como es obvio, el cerco militar y económico (exterior e interior) a que se encuentra sometida toda revolución de verdad que no sea una “transición democrática” preparada y escenifica por las clases dominantes, sino que apunte claramente a destruir o disminuir apreciablemente el poder de éstas. Desde las comunidades castellanas y las germanías valencianas, pasando por los campesinos y los anabaptistas alemanes, por la Revolución francesa, la Comuna y la Revolución rusa hasta llegar a la mexicana, ese mecanismo casi automático es tan conocido que no vale la pena detenerse más en él.

La mediación entre la idea de Marx (que no se refiere a violencia institucional ni rebasa el ámbito de una sociedad dada) y el nuevo belicismo doctrinal de las Internacionales III y IV (la II practicó desde muy pronto el viejo belicismo capitalista: desde que votó los créditos de guerra de 1914) fue, una vez superada la guerra civil rusa, la política internacional. En ella se recuperó el ejército “nacional” permanente. La versión ideológica fue defensiva, y bastante sinceramente: en el ámbito estalinista se trató de “la defensa de la patria del socialismo” y en el trotskista de “la defensa del primer estado obrero de la historia”, por burocrático que fuese; también la idea de “lucha de clases a escala mundial” cumplió su función en el nuevo militarismo, no, desde luego, porque fuera falsa, porque careciera de cosa que designar, sino por el modo como se concretó políticamente: por ejemplo, Werner Hoffmann, el ministro de Defensa de la República Democrática Alemana, antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales en la guerra de España, llegó a decir que la bomba atómica es un arma de la lucha de clases (se supone que “a escala mundial”); y no hará falta recordar la siniestra inepcia de Mao Zedong que presentaba la guerra nuclear como antesala del socialismo.

Como se decía en la “Carta de la redacción” aparecida en el nº 22 de mientras tanto, los partidos comunistas han tenido una concepción instrumental de las guerras como medios de defender o alcanzar el socialismo. De este modo se recupera la doctrina tradicional de la escolástica católica, la doctrina de la “guerra justa”. El modo específicamente marxista de hacerlo prolongaba el fatalismo que se puede desprender de la filosofía de Hegel, tal como se recoge y prolonga en la Miseria de la filosofía de Marx: la guerra justa revolucionaria quedaba cubierta por la tesis hegeliano-marxista de que la historia avanza siempre “por su lado peor” o “malo”.

No menos evidente que todo eso es el hecho de que las organizaciones marxistas radicales está peleando enérgicamente, más y mejor que nadie (al menos en este país), por la causa de la paz. En algunos casos su pelea lo es solo oblicua o secundariamente por la paz, pues tal vez no estarían siempre dispuestas a proseguirla más allá de la lucha contra el ingreso (o la permanencia) de España en la OTAN. Pero eso tiene por el momento poca importancia, porque la oposición a la OTAN es la forma real y viva en que se presenta hoy un argumento a contrario: si alguien pretendiera hoy en España –como lo pretenden los ni-siquiera-socialdemócratas del actual gobierno– estar por la paz y no estar contra nuestra presencia en la OTAN, diríamos que es un cobarde servil, un mentecato o un hipócrita.

La situación de los partidos marxistas radicales se parece un poco a la de las confesiones cristianas en este punto. Sobre todo a la de la Iglesia Católica. También los católicos que luchan por la paz se encuentran ante el escollo de la doctrina de la “guerra justa”, que inventaron sus propios padres, y también en la Iglesia se han producido, muy naturalmente, tensiones parecidas a las que se detectan en el campo revolucionario de siempre.

Como es solo una perogrullada (y por lo tanto no debería leerse como vanidad), quizá se pueda decir que la vía adecuada para mejorar esa situación consiste en revisar la doctrina para ponerla de acuerdo con una práctica que todos esos movimientos consideran más esencial para ellos que algunas formulaciones de su pasado doctrinal. Y tienen razón: los marxistas radicales porque lo esencial para ellos ha de ser la voluntad emancipatoria, nada compatible con lo que hoy sería una guerra mundial; los cristianos por el socialismo (no solo los que hoy militan en CPS), porque en su lectura del Evangelio destaca presumiblemente más el “No matarás” (e incluso otras máximas más positivas y efusivas) que el “Yo no he venido a traer la paz” tan usado y abusado por los pseudodemócratas belicistas del Centro y el Este de Europa, cegados por su explicable inquina contra sus dominadores.

Es muy importante, particularmente en la confusa situación ideológica de nuestros días de “desencanto” y cinismo, que las organizaciones marxistas radicales se mantengan dentro del frente por la paz, sin protagonismo que ahuyente a buenos luchadores, pero sin disimular la dignidad de su pasado de luchas por la libertad de los oprimidos ni su capacidad de enlazar la lucha por la paz con la emancipación social, fundamentándolas recíprocamente la una por la otra. Esas organizaciones están llamadas a mantener, a través de una conceptuación marxista, la perspectiva emancipatoria. Por esa importancia que tiene su presencia, el fundamentalismo en que caen a veces y sus reticencias son mucho más fecundas y mucho menos peligrosas que las paralelas manifestaciones entre los disidentes fundamentalistas del Centro y del Este de Europa.

No es que carezcan de verdad y de importancia muchas de las reivindicaciones de esas personas del área de influencia rusa. Es sobre todo verdad su afirmación de que no se puede fundar una paz duradera, más arraigada que la imprescindible, pero insegura, “no-guerra”, si no es consiguiendo la reunificación de Alemania y la libertad política para los pueblos del Centro y el Este de Europa. (Como las voces que llegan no son alemanas, ni polacas, ni bálticas, sino principalmente checas y eslovacas, no añaden ni algunos requisitos obvios de una paz sólida en Europa, relativos a otras naciones.)

Pero con solo eso (y en ello se agota la doctrina de los disidentes fundamentalistas del Este y el Centro de Europa) no basta (puestos a ser fundamentales): pues esa solución nos retrotrae simplemente al mapa de estados belicosos de la Europa de entreguerras.

La perspectiva de los movimientos marxistas clásicos, incluso cuando peca ella también de fundamentalista, es menos peligrosa porque no procede sobre la base de una provocación premeditada del ejército soviético, como lo hacen algunos disidentes del Centro y del Este de Europa, declaradamente partidarios de acciones militares contra la URSS; y es más fecunda porque no se contenta con volver al status quo ante que tuvo consecuencias tan siniestras.

Probablemente lo que haya que desear sea que esos movimientos superen la escisión o desarmonía que hay entre su doctrina de la guerra y la práctica que hoy llevan a cabo, asimilando en algún grado el motivo pacifista y el motivo antimilitarista.

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