Los efectos del dogmatismo II. Esquematismos
En el plano político el dogmatismo es sinónimo de esquematismo. Sus promotores propugnan los Estados Unidos Socialistas de América Latina sin explicar como se llegaría a esa meta. Cuestionan una mediación eventual a través del ALBA, pero no postulan otro puente y contraponen el uso de la fuerza con la diplomacia, como si la lucha antiimperialista no exigiera ambos recursos.
RESUMEN:
Reducen los proyectos de integración a rivalidades comerciales y no observan las confrontaciones político-sociales en juego. Al concebir el socialismo regional como un acto simultáneo desconocen las disyuntivas que enfrenta Cuba. Es falso que la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país implique la inviabilidad de iniciar esa tarea.
Los doctrinarios alientan la repetición del modelo bolchevique en cualquier escenario, olvidando la singular incidencia de la primera guerra mundial sobre ese proceso. Mistifican lo ocurrido en Rusia e ignoran el curso diferenciado que siguieron las revoluciones posteriores. Suelen resaltar todos los episodios de 1917, sin prestar mucha atención a la estrategia seguida por Lenin durante décadas.
Tampoco logran explicar como fueron consumadas las revoluciones ajenas al precedente bolchevique. Es falso atribuirlas al imperio de leyes históricas, a la invariable “presión de las masas” o a cursos “excepcionales”, desconociendo el rol jugado por las direcciones de esos procesos.
El dogmático repite que “el proletario lidera la revolución” sin aclarar el significado actual de esa máxima. No toma en cuenta los cambios operados en la clase obrera industrial y tampoco registra la variedad de oprimidos y explotados que encabezó las rebeliones más recientes. Evalúa estos acontecimientos en código sociológico, suponiendo que la estructura clasista se mantiene invariable desde hace dos siglos. Desarrolla caracterizaciones sociales viciadas por su auto-visualización como exponente de la clase obrera y se equivoca al definir a la revolución por los sujetos y no por los contenidos anticapitalistas.
En su defensa de la dictadura del proletariado suele criticar a quiénes prescinden de un concepto que él mismo desecha en su actividad pública. El dogmático cuestiona la democracia socialista, suponiendo erróneamente que el primer término es equivalente y no incompatible con el capitalismo. Espera el surgimiento de los soviets, pero no detecta los embriones de poder popular. Descarta, además, la posibilidad de cursos intermedios, a pesar de los antecedentes de gobiernos obrero-campesinos.
En sus caracterizaciones de América Latina desconoce la singularidad del neoliberalismo, ignora los triunfos populares y no observa diferencias entre los gobiernos centroizquierdistas y nacionalistas radicales. Desvaloriza las nacionalizaciones en curso y no compara los diagnósticos que emite, con la viabilidad de su propia propuesta.
La simplificación dogmática proviene de una atadura a temporalidades cortas. Interpretan con ese criterio de inmediatez la teoría de la revolución permanente y no ajustan su aplicación a los países avanzados y a las transformaciones de la periferia.
Los doctrinarios incentivan la creación de partidos que se auto-asumen como vanguardia sin que los oprimidos reconozcan ese status. Diluyen la diferencia entre estadios de gestación y existencia de un partido y recrean el verticalismo monolítico. Su defensa de un modelo universal de organización política dificulta la unidad de los revolucionarios y obstruye la recreación de la conciencia socialista.
El dogmatismo trasmite mensajes mesiánicos y adopta actitudes proféticas, que desvirtúan el sentido experimental de la acción militante. Incentiva la condición minoritaria y despilfarra esfuerzos en escaramuzas con el resto de la izquierda. Olvida que remar contra la corriente debería constituir una circunstancia y no una norma. Elude explicaciones públicas de sus propias dificultades, exhibe un gusto por la diferenciación y utiliza un lenguaje inadmisible dentro de la izquierda. Esta actitud no permite desenvolver un proyecto socialista y obliga a revisar el sentido actual de la identidad trotskista.







