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26/11/2017 :: Mundo, Uruguay

Marcha: Una voz propia que sigue interpelando a América Latina

x Fabián Kovacic
Reconocieron sus valores revolucionarios y tercermundistas, el Che Guevara, Ho Chi Minh, Jean Paul Sartre y Juan Domingo Perón.

En sus páginas se formaron los mejores periodistas del Río de la Plata, escribieron algunos europeos notables y tuvieron espacio los escritores del boom latinoamericano.

El 23 de junio de 1939 Carlos Quijano, un economista y ex diputado del partido Blanco uruguayo, lanzó a la calle el primer número de una publicación semanal destinada –sin saberlo en ese momento- a registrar y marcar la historia de buena parte del siglo XX, por lo menos la más caliente, la de los años de formación de la conciencia revolucionaria del continente latinoamericano. Marcha fue hija del semanario Acción, una hoja política de los “jóvenes idealistas” –según el propio Quijano- del partido Blanco, algo así como su ala izquierda. Acción fue fundada en 1925 por Quijano y un puñado de jóvenes que venían de una breve pero rica experiencia europea y miraban América Latina con un futuro de luchas por la liberación, pero también como cuna de un antiimperialismo nacional, en principio ajeno al marxismo. Quijano se encargó de avisar en el primer número de Marcha que decidían cerrar Acción para dar lugar a la nueva experiencia periodística.

Quijano había pasado dos años en París, estudiando economía y sociología, tras recibirse de abogado con medalla de oro en la Universidad de la República. Llegó a Francia en 1924, cuando el país era anfitrión de los juegos olímpicos, circunstancia que aprovechó para convertirse en una suerte de enviado especial del diario El País, de Montevideo.
En sus páginas se pueden leer las crónicas escritas por Quijano con los cuatro triunfos de la selección uruguaya de fútbol, que la convirtieron en campeona olímpica. Pero su interés primordial estaba en el clima cultural, político y académico que se vivía en la Sorbona. Ahí conoció al peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, al cubano Julio Antonio Mella y el mexicano Carlos Pellicer, con quienes fundó la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos (AGELA) en una pequeña y agitada habitación del hospedaje estudiantil para latinoamericanos en los suburbios de París.

De esa experiencia se trajo una agenda de nutridos contactos, que pasarían por las páginas de Marcha años después, y un texto preclaro en la cabeza: Nicaragua, ensayo sobre el imperialismo de Estados Unidos, editado en Montevideo dos años más tarde. El Quijano que vuelve a Montevideo en 1928 ya sabe cómo será Marcha: antiimperialista, latinoamericana y plural, madre del tercerismo, esa idea que Perón resumiría años más tarde con el lema “Ni yanquis ni marxistas”. Sin embargo, para Quijano el tercerismo es algo más que una consigna: se trata de una alternativa nacional y latinoamericana a la Unión Soviética y Estados Unidos. Y tiene que nacer del futuro Tercer Mundo. Por eso Ho Chi Minh le concedió una entrevista a Eduardo Galeano, exclusiva para Marcha en 1963, y Juan Perón publicó en la revista sus impresiones sobre la dictadura de Onganía en 1968. Ernesto Guevara la leía regularmente y solía agradecer en carta personal a Quijano los aportes que Marcha hacía con sus críticas a la revolución cubana.

Los inicios

Junto con Quijano improvisaron la primera redacción de Marcha, Juan Carlos Onetti, pichón de novelista, junto a Hugo Alfaro y Homero Alsina Thevenet, dos fanáticos del cine en una ciudad de Montevideo abierta al mundo y dispuesta a nutrirse de la diversidad artística e ideológica a partir del exilio de europeos que huían del futuro Tercer Reich.

El primer número denuncia las actividades nazis y fascistas en el Uruguay dos meses antes que estallara la Segunda Guerra Mundial. El antimperialismo de Marcha cuenta con la colaboración, desde Buenos Aires, de Raúl Scalabrini Ortíz, otro outsider con la mirada clavada en América Latina y su potencial futuro liberador. Ajena también a los totalitarismos y dictaduras varias, la revista fue además alérgica a las aventuras militares en el continente y por eso condenó cada uno de los golpes militares de los que tomó siempre prolija distancia. Así se explica el escozor que le causaba el peronismo hasta bien entrada la década del sesenta.

La Revolución cubana fue observada detenidamente por Marcha, al punto que generó una interna tan grande en la redacción como en toda la sociedad latinoamericana. Crítico del gobierno de Fulgencio Batista, Quijano saludó su caída pero no se enroló en las filas de jóvenes entusiastas que apoyaron eufóricos el ingreso de Fidel Castro, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos en La Habana. Por lo menos no hasta mediados de los años sesenta. Tanto Cuba como Perón exiliado fueron para Quijano y Marcha dos señales del antiimperialismo necesario para encaminar al subcontinente por la senda de la soberanía y la liberación.

En los años sesenta, con la proscripción de los partidos políticos por parte de la dictadura del general Juan Carlos Onganía, Marcha se convirtió en el vocero de las agrupaciones políticas argentinas que dirimían sus diferencias internas y con el régimen en la sección cartas de lectores, que solían ocupar las páginas dos y tres de la revista. “Marcha llegaba en el ferry los viernes a la tarde y se vendía como pan caliente en la esquina de Corrientes y Florida, donde el distribuidor improvisaba una mesa con par de cajones de manzana y los ejemplares volaban en pocas horas. Marcha fue un éxito de ventas en Buenos Aires hasta que Onganía la prohibió”, recordaría en 2015 Rogelio García Lupo, en una nota para el semanario Brecha, hijo dilecto de aquella redacción de Marcha.

Los años setenta

En la publicación fungieron como corresponsales en Buenos Aires Rogelio García Lupo y Gregorio Selser, entre los años de la revolución Libertadora y la llegada de Perón al poder por tercera vez. Después de la Revolución Cubana se incorporaron los hermanos David e Ismael Viñas, quienes venían de la experiencia literaria de la revista Contorno, esa criatura que fracturó el concepto de revista literaria para señalar que la ideología apunta, modela y también conduce a todos los fenómenos literarios. En los comienzos de la década de 1970 se incorporaron Rodolfo Walsh, Rodolfo Terragno y un exiliado Eduardo Galeano ya asentado en Buenos Aires para lanzar la revista Crisis, junto a Julia Constenla, Juan Gelman, Roger Plá, Aníbal Ford y colaboradores como Haroldo Conti, Jorge Benigno Rivera, Fermín Chávez, Jorge Asís, Santiago Kovadloff y Vicente Zito Lema.

Durante esos años vertiginosos entre las décadas de 1960 y 1970, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Julio Cortázar, José María Arguedas, Idea Vilariño, María Ester Gilio, Jorge Ruffinelli, Carlos María Gutiérrez y el norteamericano James Petras, entre muchos otros, dieron forma con sus colaboraciones y ensayos a una publicación de información general que se hizo fuerte con sus agudas observaciones políticas e ideológicas, sin dejar de presentar una voluminosa y completa agenda cultural, exquisita en cine, teatro y literatura.

Hasta que el 23 de noviembre de 1974, la dictadura cívico militar -instalada en Uruguay desde el 23 de junio de 1973- decidió el cierre definitivo de Marcha después de tres clausuras provisorias y la detención de Quijano y Onetti por organizar un concurso de cuentos auspiciado por el semanario. Al cierre le siguieron las detenciones, exilios y asesinatos de casi todos los redactores estables que cada semana empujaban la salida de la revista desde los talleres de la calle Rincón 577, en el corazón de la Ciudad Vieja de Montevideo. Treinta y cinco años duró la patriada del viejo Carlos Quijano, que fue a terminar con sus huesos en el exilio mexicano donde, porfiado, se dio el gusto de publicar los Cuadernos de Marcha, una publicación mensual cuya proyección sobre toda América Latina y el Tercer Mundo señalaban la visión histórica del periodista. “Fue una revista muy uruguaya que registró la historia caliente de toda América Latina en los años decisivos del siglo veinte”, resumió García Lupo. Como quiso Carlos Quijano, por sus páginas pasaron todos esos jóvenes que en una habitación del hospedaje estudiantil en los suburbios de París, a principios del siglo XX, se prepararon para protagonizar la historia de América Latina.

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