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03/09/2018 :: México

México: Reorganizar los partidos, ¿y los principios?

x Enrique Dussel
La primera cuestión es si hay conciencia explícita de los principios o valores fundacionales

Ciertos partidos que fueron borrados del mapa político el primero de julio de 2018 [elecciones presidenciales] se proponen reorganizase, y cambiando su logotipo, hasta su nombre, para volver a los valores originarios del propio partido. La cuestión es que dicho retorno a los valores del comienzo es de preguntarse: ¿existen todavía?, ¿pueden explicitarse para formar los nuevos cuadros que se necesitan para un tal reorganización radical?

Con frecuencia un partido tiene prácticas tradicionales que se han ido imponiendo con el tiempo sin mayor conciencia de las transformaciones. Para volver a ellos es necesario explicitarlos, nombrarlos, estudiarlos, educar a los nuevos cuadros en su conocimiento y cumplimiento cotidiano como miembros del partido. Pero la primera cuestión es si hay conciencia explícita de tales principios o valores fundacionales.

En efecto, el partido desde hace poco gobernante es el heredero, con muchas modificaciones, del proceso de la Revolución de 1910. Su ideología fue bien estudiada por Arnaldo Córdoba, y se trataba de la afirmación nacionalista que llevó a cabo de manera ejemplar Lázaro Cárdenas. Su proyecto económico estaba basado en un desarrollo interno de la industria y el campo, como mercado preferencial, por lo que eran necesario nacionalizar las fuentes de energías para ofrecer a la naciente burguesía industrial un entorno conveniente para su desarrollo.

La cultura nacional era igualmente afirmada a partir de las civilizaciones anteriores a la conquista, exaltada en el arte de Rivera y Orozco por ejemplo. Sin embargo, al correr de los años todo cambió. Una élite sin contacto popular se burocratizó, se separó de las bases campesinas y obrero industriales, y una economía monetarista de mercado externo (que sólo pensaba en crear las condiciones de las inversiones y la industria trasnacional extranjera), con estabilidad monetaria por único objetivo, llevó a una desarticulación de la industria nacional (lo que llevó a un endeudamiento exterior descomunal), obligando a importaciones de productos, que empobrecieron y desocuparon al campo.

Sólo la corrupción y el corporativismo del partido y los sindicatos charros, fluyendo el dinero del Estado a raudales para comprar la adhesión al partido, permitieron a una minoría parasitaria nacional constituir la burocracia del Estado, sin mayor contacto popular. El sistema corrupto y sin valores ni principios políticos se vino abajo el primero de julio, e intenta ahora la élite burocratizada del partido una reorganización profunda. Pero, ¿a partir de que valores o principios, ya que fueron todo conculcados en casi un siglo de traición al nacionalismo originario por un neoliberalismo también importado?

En cuanto al segundo partido, cuyos valores y principios honestos y como valiente oposición al sistema en aquel entonces vigente, cuyo origen ideológico se fraguó entre las dos guerras llamadas mundiales, inspirado en parte de las democracias cristianas europeas, igualmente traicionó esos principios, y de manera muy especial cuando ejercieron la Presidencia de la República en dos ocasiones, porque imitaron a pie juntillas los usos y costumbres corrompidos del partido anteriormente gobernante, permitiendo la infiltración de los chapulines [langostas, aprovechados] que sin ninguna ideología de partido aprovecharon subirse al carro triunfante.

Hoy ostentan una ideología burguesa de clase media, sin valores ni principios, olvidados y escondidos en alguna biblioteca que nadie consulta. ¿Cómo reorganizar un partido que ha olvidado hace tiempo la honestidad de sus fundadores que supieron arriesgarse y luchar, siendo una minoría despreciada, todavía dignos de admiración?

Y el tercer partido, que hasta piensa cambiar su nombre, logotipo, y todo, ¿qué decir de su frustrada experiencia? Habiendo sido fundado como síntesis de la lucha de la izquierda de todo un siglo, desde los anarquistas del siglo XIX hasta miembros de los partidos radicales de izquierda (la mayoría inspirados en el marxismo leninismo, ortodoxia que se evaporó en 1989 por el fracaso del socialismo real, aunque no de Marx porque hoy campea como el actual mayor crítico del capitalismo mundial, y especialmente colonial o dependiente como el nuestro) terminó por presentarse como una izquierda moderna, ansiosa de vivir y utilizar la política, que se corrompió en luchas de tribus que buscaban el hueso, y que habían olvidado todo contacto serio, crítico y presencial en medio del pueblo de los pobres, de los obreros, campesinos, miembros de los pueblos originarios, marginales, feministas, de diferente opciones de género.

En fin, una burocracia auto-referente, que se autodenominó de moderna, que copó el partido y, por último, habiendo matado la gallina de los huevos de oro (al no colgarse del éxito del que por último logró la Presidencia el primero de julio) firmó el acta de su defunción. Claro es que perdió hace tiempo sus valores y principios, y su reorganización podrá ser meramente formal o administrativa, pero no tiene ya lugar en el organigrama de los partidos futuros en la vida política de México.

Con estas cortas reflexiones queremos indicar que la reorganización de esos partidos será muy difícil, y seguirán flotando en la medianía, si no intentan reflexionar y explicitar cuáles fueron los valores y principios positivos que en sus buenos momento fundacionales entusiasmaron a los militantes y a la juventud, que sin sueldos y generosamente ocuparon parte de su vida en darle origen como servicio al pueblo, especialmente a los más oprimidos, los más pobres –como se enuncia razonadamente en los principios críticos de una Ética de la Liberación que hemos explicitado en comunidad de pensadores en América Latina y en otros continentes a través del mundo–.

El político, el partido político sin principios, sin una teoría política o filosofía práctica, no puede formar a sus militantes, a los miembros de su partido con la coherencia de un cuerpo social que tiene un contexto teórico de donde se desprenden las razones últimas para las decisiones coherentes que deben emprenderse. Una transformación sin teoría concreta, realizable, plegada a las exigencias del pueblo (y de las ciencias prácticas y la filosofía) se diluye con el tiempo.

Ello nos ha movido, desde hace dos años, a organizar una escuela, que imparte cursos, exposiciones, debates sobre una ideología o teoría política adecuada a los ideales y valores del nuevo partido triunfante desde el primero de julio. El partido también debe ocuparse en la formación de sus militantes, miembros de la base, de su juventud, y de sus representantes pagados por el Estado (enorme tentación de corrupción, pero exigencia inevitable de factibilidad) para no caer con el tiempo en un olvido de sus valores y principios, que no son sólo proyectos concretos políticos, económicos, culturales, de género y muchos otros, sino igualmente una teoría que se estudie y exponga y pueda ser impartida a los jóvenes, a los militantes, al pueblo en general y, sobre todo, a sus representantes electos (que frecuentemente no han tenido tiempo de conocer y profundizar en esos valores y principios fundacionales).

La Jornada

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