Mike Davis: Sobre los crímenes del capitalismo
Entrevista con Mike Davis. Uno de los métodos para desautorizar a los socialistas ha sido apelar a las supuestas atrocidades que habrían tenido lugar en la Rusia de Stalin y la China de Mao
Recuperamos una espléndida entrevista con Mike Davis, fechada en 2018 e inédita en castellano, que discurre en buena medida sobre los temas de uno de sus grandes libros, Los holocaustos de la era victoriana tardía, y que concluye con algunas reflexiones históricas y políticas todavía más pertinentes a día de hoy.
La ola electoral de este verano le ha otorgado a la izquierda 'socialista' norteamericana un público mucho más grande de lo que estamos acostumbrados. No solo hemos conseguido una audiencia extraordinariamente amplia para nuestras ideas políticas, sino que también les hemos dado un susto a nuestros oponentes ideológicos y, como resultado, le hemos echado un buen vistazo a su arsenal retórico.
Muchos de sus argumentos son bien conocidos. A lo largo de decenios, uno de los métodos más populares para desautorizar a los socialistas ha sido apelar a las supuestas atrocidades que habrían tenido lugar en la Rusia de Stalin y la China de Mao, que se esgrimen como "prueba" de que el socialismo nunca puede funcionar y es demasiado peligroso para intentarlo, por lo que estamos mejor con el apitalismo.
El libro de Mike Davis, Late Victorian Holocausts [Los holocaustos de la era victoriana tardía, Universitat de València, Valencia, 2006], complica considerablemente esa historia. El capitalismo tiene, con datos comprobados, ingentes cifras de muertos. Si son las hambrunas el criterio que utilizamos para medir la idoneidad de un sistema económico global, en ese caso los capitalistas tienen mucho de lo que responder.
Hablemos de las hambrunas indias de la década de 1870.
La incorporación de las grandes poblaciones campesinas de subsistencia del sur y el este de Asia resultó absolutamente catastrófica. La historia varió de un lugar a otro, pero el número final de víctimas mortales fue enorme. La India es el ejemplo más dramático, en parte porque ocurrió bajo los ojos del liberalismo británico.
En la década de 1870, los británicos habían patrocinado un gran desarrollo de canales y ferrocarriles en la India, diseñados para transportar los productos de exportación desde las regiones agrícolas del interior hasta la costa. También fueron pioneros en el riego a gran escala para el cultivo del algodón, algo que se convirtió en urgente durante la Guerra Civil norteamericana y la consiguiente escasez de algodón.
Los británicos afirmaban que, gracias a los ferrocarriles, ya no sería posible que se produjeran hambrunas en la India. Y es que, en el pasado, la India había sufrido graves hambrunas, aunque, al igual que en China, nunca hubo una hambruna que no se compensara, en cierto sentido, con las buenas cosechas de otras partes del país.
De modo que los británicos afirmaban que, ahora que disponían de ferrocarriles, por supuesto que transportarían el grano de las regiones con excedentes a las regiones afectadas por la sequía o las inundaciones. Lo que ocurrió en realidad en 1876, cuando se produjeron dos monzones fallidos consecutivos y hambrunas en el oeste y el sur de la India, fue que los ferrocarriles se utilizaron para sacar el grano de las regiones afectadas por la hambruna. Dado que el mercado nacional de cereales se había privatizado en buena medida, los comerciantes de cereales sacaron el grano y lo almacenaron en los centros ferroviarios a la espera de que subieran los precios y obtener así grandes beneficios.
A escala local, en pueblos y ciudades, siglos de lucha contra la sequía habían dado lugar a sistemas locales de almacenamiento de agua, pequeños embalses y similares, que se gestionaban a través de las relaciones paternalistas de la aldea, haciéndose responsable la nobleza local de diferentes tipos de su mantenimiento. Así, por ejemplo, bajo la dinastía mogol [1526-1857], aunque se produjeron hambrunas, no hubo nada comparable a la escala gigantesca del siglo XIX.
Cuando llegaron los británicos, ignoraron por completo el almacenamiento local de agua. Por supuesto, desplazaron a gran parte de la nobleza local, y los comerciantes y prestamistas se convirtieron a menudo en el poder imperante en las aldeas, comprando cereales y cultivos de exportación a bajo precio para venderlos a un precio elevado. Cuando llegaban las hambrunas, eran más proclives a intentar especular con los cereales que a aliviar la penuria de los campesinos hambrientos.
A esto se sumaba la creencia fanática y dogmática de los británicos de que nada de lo que ocurriera debía interferir en el funcionamiento del mercado. El mercado debía funcionar para, en última instancia, aliviar la hambruna. Era la misma política que habían aplicado en Irlanda en la década de 1840, lo que había provocado directamente la inanición y la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población irlandesa. En una época en la que Irlanda exportaba ganado y caballos, la población del oeste del país se vio reducida al canibalismo.
Sólo a regañadientes, y debido a las críticas radicales dentro de la administración británica en la India, se proporcionó ayuda, contando con que había que trabajar para poder comer. Pero eligieron el sistema más agotador de todos, que consistía en obligar a la gente a caminar hasta los lugares de ayuda, que generalmente eran proyectos de construcción de ferrocarriles o excavación de canales que requerían trabajos pesados.
La gente se veía obligada a caminar veinticinco, treinta y, a veces, cuarenta millas desde sus hogares, y morían como moscas en las obras y por el camino. Ya estaban gravemente desnutridos, y la expectativa de que pudieran caminar esa gran distancia y luego realizar trabajos pesados sencillamente los condenaba a muerte. Era muy similar a los sistemas de trabajo coaccionado o forzado de las colonias africanas, o a lo que practicaron los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, en los que literalmente obligaban trabajar hasta la muerte a personas judías y a muchas otras.
Y además de eso, estaba el papel de la India en el Imperio Británico, que era absolutamente crucial para la economía británica del siglo XIX. Gran Bretaña tenía un déficit comercial en otras partes del mundo, pero lo compensaba con las exportaciones indias.
La India también sufragaba el ejército indio, lo que permitía a los británicos enviar grandes contingentes de tropas a Asia, África y, finalmente, durante la I Guerra Mundial, a la propia Europa, sin tener que mantener un gran ejército. El ejército profesional británico era muy pequeño. Era la India la que le proporcionaba la ventaja crucial.
Así que se trataba de una forma de tributación, con ingresos extraídos de las aldeas, y no había compensación alguna en forma de inversión en almacenamiento local de agua, herramientas agrícolas o educación. Contrasta esto con Tailandia, que en realidad invirtió de manera bastante impresionante en educación primaria durante el mismo período, una de las cosas que le permitió escapar del colonialismo.
Así pues, la combinación de todos estos factores --el mercado privado de cereales, un sistema de ayuda social reacio y finalmente destructivo, y el hecho de que las aldeas ya no poseyeran la misma infraestructura ni los mismos recursos-- condujo a una hambruna provocada por una sequía, que acabó con la vida de entre ocho y doce millones de personas.
Y luego se repitió lo mismo a finales de la década de 1890, a una escala tan grande o mayor que la primera. El hijo de Nathaniel Hawthorne fue uno de los reporteros norteamericanos que estuvo presente. Ofreció relatos muy detallados de cómo la política británica, su dependencia de los mercados y su renuencia a socorrer a la población enviando sencillamente alimentos a los lugares donde la gente se moría de hambre, condenó de nuevo a millones de personas.
Debido a las hambrunas de las décadas de 1870 y 1890, el crecimiento demográfico se ralentizó tanto en algunas regiones que no se recuperó hasta la independencia en 1948, tras la II Guerra Mundial. La India siempre se ha descrito como un país superpoblado, pero se trató de catástrofes a gran escala. A escala regional, fueron equivalentes, en términos de pérdida de población y destrucción de recursos productivos, a la época de la peste negra en la Europa medieval, o incluso a las invasiones mongolas.
Pero se produjeron bajo la vigilancia y a través de medidas políticas deliberadas de la nación industrial más poderosa de la modernidad. La modernización, que los indios pagaron con sus propios impuestos, hizo poco o nada por los indios de a pie. De hecho, tuvo el efecto perverso de fomentar un mercado especulativo de cereales, convirtiendo un fenómeno medioambiental en una hambruna que causó muertes masivas.
El mismo fenómeno medioambiental, una fluctuación de los vientos y las temperaturas superficiales en el océano Pacífico conocida como El Niño, provocó una hambruna en China al mismo tiempo, a partir de 1876. Esta hambruna también mató a millones de personas, en el mismo periodo de tiempo y en una zona geográfica más pequeña
Los holocaustos de la era victoriana tardía incluye algunas descripciones escalofriantes de esta hambruna. Por ejemplo, el hambre llevó naturalmente a los chinos a robar por desesperación; las autoridades encerraron a estos ladrones hambrientos en «jaulas de dolor», donde morían lentamente de inanición. Las personas demacradas se tumbaban y eran devoradas vivas por los perros. La carne humana se vendía abiertamente en las calles. Los padres intercambiaban a sus hijos con otras parejas hambrientas, porque ninguno podía soportar matar y comerse a los suyos. ¿Qué ocurrió para que se causara esta hambruna?
China era absolutamente excepcional en el siglo XVIII. No solo era la sociedad más grande del mundo, sino que era realmente la única sociedad en la que el derecho a la vida de los campesinos estaba más o menos garantizado por el Estado.
China, al igual que la India, siempre dispuso de una zona con excedente de cereales y otra con déficit. El sur de China suele ser víctima de inundaciones, pero la mayoría de los problemas medioambientales del país se concentran en el norte, en la cuenca del río Amarillo. Para hacer frente a esta disparidad, los chinos construyeron algo que probablemente requirió más horas de trabajo que la Gran Muralla: el Gran Canal.
El Gran Canal conectaba el centro de China, el Yangtsé, con el norte de China, la cuenca del río Amarillo. Esto significaba que, en tiempos de dificultad en el norte, se podía enviar arroz del sur al norte. Y si el sur tenía problemas, se podía enviar mijo y trigo del norte al sur.
En el siglo XVIII, esto evitó que varias sequías a gran escala se convirtieran en hambrunas con millones de víctimas potenciales, gracias al traslado de cereales. Los chinos hicieron lo contrario que los británicos en la India. Mientras que los británicos obligaban a las personas hambrientas a caminar kilómetros hasta los lugares de trabajo, los chinos insistían en que todos se quedaran en casa y contaban con un sofisticado sistema para socorrer a la gente allí donde se encontraba, sin exigirles que trabajaran.
En segundo lugar, todos los distritos de China contaban con un almacén de cereales. Una de las tareas más importantes de los mandarines locales era mantener los graneros llenos y evitar que se robaran o vendieran los cereales, entre otras cosas. Los graneros chinos eran tan impresionantes que, siglos más tarde, durante el New Deal estadounidense, el vicepresidente de Roosevelt, Henry Wallace, propuso la idea de un «granero siempre lleno» inspirado en el sistema chino.
En general, la China del siglo XVIII contaba con la administración pública más eficaz del mundo. Era única en su capacidad para hacer frente a catástrofes naturales a gran escala y paliar las hambrunas. En los países europeos, esto no era así en absoluto. A principios del siglo XVIII, un par de millones de franceses murieron de hambre y el Estado se mantuvo casi totalmente pasivo. Y en la década de 1840, por supuesto, los irlandeses pasaron hambre a pesar de los abundantes recursos de grano que podrían haberse utilizado para paliarla.
Así que China era un caso bastante excepcional. Pero las cosas empezaron a cambiar con las Guerras del Opio, la obtención de concesiones de China por parte de los países europeos. El sistema comenzó a fragmentarse. Los mandarines locales se corrompían con frecuencia y vendían [el contenido de] los graneros. En la década de 1860, China sufrió tres guerras civiles, la mayor de las cuales, la Rebelión Taiping, fue probablemente la más sangrienta de la historia del mundo.
China se vio sumida en una crisis inmensa, y una de las víctimas de la crisis fue el mantenimiento del Gran Canal. Los rebeldes se apoderaron de diversas partes de este y, fundamentalmente, había piratas en el Gran Canal. Las reservas de los graneros comenzaron a desaparecer. El impacto del imperialismo occidental en China contribuyó de manera decisiva a la desintegración de las capacidades del Estado y de las infraestructuras y políticas que habían aliviado de manera tan espectacular la hambruna en el siglo XVIII.
El número de muertos se concentró especialmente en las provincias meridionales del norte de China, que sufrieron una ausencia casi total de lluvias. Eran regiones de difícil acceso. Inmediatamente después de que comenzara la sequía, se descubrió que los graneros estaban vacíos.
En algunos distritos se convirtió literalmente en un caso de extinción. Estamos hablando de la muerte por inanición de más de tres cuartas partes, e incluso del 90 %, de la población en algunos distritos. Normalmente, durante las hambrunas se desplazan poblaciones enteras, pero en este caso la gente se encontraba tan debilitada, y todo lo que se encontraba a una distancia razonable a pie se veía asimismo tan afectado por la hambruna, que no tenían otra opción. Básicamente, estaban presos y empezaban a morir como moscas.
Al igual que en la India, en la década de 1890 se produjo otra hambruna en China. Una vez más, en esa parte de China, la población no se recuperó para alcanzar el nivel anterior a la hambruna hasta la Revolución china.
Los estudios han demostrado que parte de la razón por la que los campesinos chinos acabaron apoyando y uniéndose a los comunistas fue que los distritos de los señores de la guerra, y el gobierno nacional unificado que les siguió, se mostraron totalmente incapaces de gestionar las situaciones extremas del medio ambiente. El control de los ríos y el transporte de cereales se habían convertido en una especie de sello distintivo de la legitimidad de los gobiernos y las dinastías en China.
En plena II Guerra Mundial se produjo otra terrible hambruna. Los comunistas se mostraron muy activos en la lucha contra ella, lo que les granjeó respeto y legitimidad. Así que cuando en 1949 se estableció la República Popular, gozó de una base de apoyo muy amplia, no sólo por su oposición a los japoneses, no sólo por sus propuestas de reforma agraria, sino también porque prometió acabar para siempre con la hambruna en China.
Este era el mandato de la República Popular. Y lo que ocurrió a finales de la década de 1950 no fue en ningún sentido un intento deliberado de matar de hambre a una clase o una región.
¿Cómo agravó la expansión mundial del capitalismo las hambrunas y la guerra?
Marx lo explicó de forma muy elocuente en su sección sobre la acumulación primitiva en el volumen I de El Capital. Los fundamentos del capitalismo son la esclavitud, el colonialismo, la confiscación o apropiación de la propiedad individual y las tierras comunales del campesinado europeo, la extinción de los pueblos nativos para abrir nuevas zonas para la producción mundial de cereales, etc.
En la década de 1870, después de Marx, se produjo la derrota definitiva y el asesinato de los indígenas de las llanuras en EEUU, lo que de repente dejó disponibles estas enormes praderas para el cultivo de trigo. Y sólo se produjo a costa de la aniquilación de los pueblos nativos.
Casi todas las etapas del crecimiento de este sistema han implicado algún proceso de expropiación violenta, trabajo forzoso y desplazamiento. Por no mencionar el hecho de que la creación de formas de riqueza sin precedentes en la revolución industrial se vio acompañada de la pauperización de los trabajadores fabriles y la creación de estas mortíferas ciudades industriales donde la gente moría de tuberculosis y de enfermedades relacionadas con el trabajo.
Ahora bien, existe un famoso debate entre los socialistas sobre si la acumulación primitiva es parte integral o constitutiva del capitalismo moderno en sí mismo. Hay quienes lo negaban, pensando que era sólo un sangriento prefacio del capitalismo. Pero Rosa Luxemburg, en su obra maestra La acumulación del capital, insistía en que la acumulación primitiva es parte integral y tiene que seguir abriendo y creando nuevos mercados y nuevas fuentes de mano de obra. Entre los pensadores contemporáneos, David Harvey comparte la posición de Luxemburg.
En cualquier caso, debemos reconocer el papel que sigue desempeñando el trabajo forzoso y no libre en el sistema capitalista mundial. La creencia de que todo esto terminó con la emancipación de los esclavos en el hemisferio occidental es totalmente errónea.
La segunda cuestión que se plantea es la guerra. Siempre ha existido el debate sobre si la guerra es necesaria para la reproducción del mercado mundial. Están quienes contemplaron el fin de la historia hace veinte o veinticinco años y afirmaron: «No, realmente no lo es, ya hemos superado todo eso, mirad la Unión Europea». Pues bueno, el veredicto parece inclinarse hacia el lado contrario.
Las guerras del siglo XX fueron generadas por la competencia por los mercados y los recursos, alimentada también por muchos otros factores. La I Guerra Mundial puede haber comenzado casi por accidente, pero todas las condiciones para una colisión entre las potencias estaban ya ahí, y mucha gente sabía ya que la guerra era inevitable debido a la demanda de tierras y mercados y al control del comercio, una competencia que se produjo al final del período durante el cual Gran Bretaña había sido hegemónica en la economía mundial.
Así pues, todos estos procesos --la expropiación original de los agricultores, la incorporación de los grandes países campesinos no europeos al sistema mundial, las economías industriales basadas inicialmente en niveles de explotación que no solo privaban a las personas de oportunidades culturales o sociales, sino que las destruían mediante el exceso de trabajo y las enfermedades, las guerras imperiales masivas y, por supuesto, el legado de todo ello, que es una posición de dependencia de la que muchas economías coloniales nunca se han recuperado-- son violencia sistémica.
Hay una violencia sistémica e inevitable inherente al mercado mundial y al capitalismo global. Nadie ha terminado de construir una sociedad socialista: cuando hablamos de la Rusia de Stalin y la China de Mao, nos referimos a sociedades en transición. Pero en estas sociedades en transición no existe una lógica sistémica similar a la violencia capitalista; la lógica es política. La lógica se refiere al poder del Estado.
Hay una excepción, y esa excepción es que en los países muy subdesarrollados existe realmente una contradicción entre el desarrollo industrial urbano y el campo. En la sociedad en ruinas que heredaron los bolcheviques del zarismo, los campesinos tenían pocos motivos para producir alimentos para las ciudades a menos que obtuvieran a cambio lo que necesitaban, especialmente los medios de producción necesarios para hacer más productiva la agricultura.
Pero más allá de eso, en el caso histórico específico de la Unión Soviética, la sociedad quedó prácticamente destruida en 1921, tras la I Guerra Mundial, una guerra civil en la que murieron un millón de soldados del Ejército Rojo, y hambrunas y enfermedades que acabaron con la vida de otros millones. Rusia era una sombra de lo que había sido. Esa fue la razón para que la población apoyara a los bolcheviques. Y cuando eso ocurrió, fue difícil seguir el camino que siempre se había previsto para la creación de una sociedad más justa e igualitaria.
Y, por supuesto, los boicots económicos, las intervenciones y las guerras libradas contra la Unión Soviética también fueron factores importantes antes del gobierno de Stalin y la recuperación económica.
China, en cierto modo, es un caso más desgarrador, porque la revolución funcionó en la década de 1950. Las cooperativas eran, obviamente, el camino a seguir. China, a diferencia de la Unión Soviética en sus inicios, contaba con un gran estado industrial que la apoyaba y la ayudaba, concretamente la propia Unión Soviética de Stalin. Y la hambruna del Gran Salto Adelante nunca debería haber ocurrido. Pero que eso sea culpa del socialismo ya es otra cuestión.
Bueno, la respuesta de los oponentes ideológicos del socialismo sería que el abuso de poder es inevitable bajo el socialismo. Y sin duda admitirán que existe un grado de desigualdad inevitable y tal vez incluso de violencia bajo el capitalismo. Pero para ellos, la razón por la que el capitalismo es superior al socialismo es que prefieren esa desigualdad y violencia sistémica al abuso del poder político. ¿Cómo debemos responderles?
La ecuación entre capitalismo y democracia es, en el mejor de los casos, débil. La democracia liberal es en gran medida el producto de la lucha histórica de los movimientos obreros y los movimientos por el derecho al voto. Mientras tanto, toda la historia de Sudamérica demuestra que el capitalismo se asocia más a menudo con la dictadura y el gobierno oligárquico que con la democracia. Por lo tanto, hay que cuestionar esa ecuación de manera fundamental.
En segundo lugar, déjame formularlo de esta manera. Sois cristianos. ¿Sois católicos o pentecostales? ¿Apoyáis la Inquisición o la resistencia no violenta?
El socialismo tiene tan poca definición que hay que dar un paso atrás y preguntarse: ¿cuál es nuestra tradición? Estamos hablando de democracia socialista. Estamos hablando de la necesidad de una asignación democrática de los recursos y de la toma democrática de las grandes decisiones económicas, lo que sólo puede lograrse cuando la propiedad social a gran escala se democratiza y es gestionada por la sociedad.
Tenemos que señalar los éxitos del socialismo con Stalin y Mao, incluidos los avances logrados por los socialdemócratas. Ya sean liberales o revolucionarias, las izquierdas en general han sido siempre muy malas a la hora de destacar los logros de la socialdemocracia. Como persona de izquierda, entiendo las razones de ello. La socialdemocracia considera que el problema es la desigualdad económica. La desigualdad económica no es el problema, es un reflejo de la falta de poder dentro de la macroeconomía. En última instancia, el capital encontrará la manera de sortear la socialdemocracia.
Pero, no obstante, esta época es nueva. Ahora tenemos un capitalismo mucho más salvaje. Eso cambia los parámetros políticos. Tenemos un nuevo tipo de capitalismo, y esas demandas tienen un peso mucho más radical. Y han hecho posible volver a hablar de socialismo, y en gran medida liberarlo de la carga del pasado, de la asociación errónea y la equivocada identificación del socialismo con el abuso del poder político.
* Destacado historiador, teórico urbano, activista político y ensayista estadounidense. Jacobin.







