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07/04/2019 :: Mundo, EE.UU., Anti Patriarcado

Nancy Fraser: las mutaciones neoliberales

x Maciek Wisniewski
La famosa aseveración “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista

I. “Si miras todo su ‘cuerpo de obra’ –remarcaba una comentarista– puedes notar la expansión de la cuestión feminista en conexión con el capitalismo hacia todas las otras esferas”. Nancy Fraser, una destacada filosofa y teórica estadunidense, es una de las principales impulsoras del feminismo anticapitalista. Trabajando desde la ‘teoría crítica’ frankfurtiana y el pos-estructuralismo, es mejor conocida por sus críticas de las políticas identitarias (dada su complicidad en el reavivamiento del fundamentalismo librecambista) y sus re-conceptualizaciones de la justicia (post-Westfaliana y democrática). En libros como Justice interruptus (1997) o Scales of justice (2009) trata de salvarla de diferentes reduccionismos y ajustarla a los tiempos pos-socialistas de la primacía del reconocimiento hegeliano –por sexo, género o raza–, censurando a la vez el mainstream feminista por abrazar lo cultural y desertar de la economía política y debates sobre redistribución (Redistribution or recognition, 2003).

II. Si bien –a ojos de Fraser– la segunda ola del feminismo (con su politización de lo personal y crítica estructural del androcentrismo capitalista) nació y creció junto con otros movimientos emancipatorios de la pos-guerra, pronto perdió su filo crítico (Fortunes of feminism. From state-managed capitalism to neoliberal crisis, 2013, p. 14-15). Al abrazar el identitarismo –y al pasar de la redistribución al reconocimiento– abandonó la economía, para –solamente– transformar la cultura. Este giro que coincidió con el ocaso del viejo capitalismo estatal y el auge de su nueva –desorganizada/flexible/transnacional– modalidad, hizo que sus legítimas críticas al estatismo y paternalismo (salario familiar, estado-niñera, economicismo) en vez de rehacer al estado de bienestar, sirvieran para desmontarlo y devinieran pilares ideológicos del nuevo orden (p. 218-221).

III. Así, la famosa aseveración “el feminismo se volvió ‘la sirvienta del capitalismo’” acabó fortaleciendo el individualismo consumista, su crítica del sexismo legitimó nuevas formas de desigualdad y explotación. Sin desearlo acabó nutriendo el nuevo espíritu del capitalismo (Boltanski/Chiapello) de la mutación neoliberal. La lucha por la igualdad en su seno fue sustituida por la meritocracia que apuntaba sólo a que las mujeres avanzaran en las jerarquías (corporaciones/gobiernos/ejércitos), mientras –para Fraser– el feminismo siempre trataba de romperlas. Empoderamiento –en la práctica– pasó a significar ganar el derecho a explotar a otras mujeres (trabajadoras domésticas-migrantes) para ir escalando. Subrayando que este dominante tipo del feminismo –liberal, corporativo, de Davos (Lagarde/Sandberg/Clinton), colaboracionista del sistema opresor– ha fallado a la mayoría (bit.ly/2usW6W4) Fraser llama a un feminismo para el 99% –“¡no queremos romper los ‘techos de cristal’ sólo para que las otras limpien los vidrios!”– libre de sus nexos con el neoliberalismo (Feminism for the 99%: a manifesto, 2019).

IV. “Desde hace tiempo escribo acerca de [aquel] ‘desvío neoliberal’ de los movimientos sociales [pero no alcanzaba a bautizar bien este proceso] –decía– y las pasadas elecciones en EEUU me ayudaron a verlo: ¡H. Clinton era su perfecta encarnación!” (bit.ly/2rgMuyA). ¿Su nombre? El neoliberalismo progresista, un bloque dominante desde los noventa, coalición de sectores de negocios y algunos movimientos –“una impía alianza de emancipación y financiarización: LGBTQ & Goldman-Sachs”– armado por demócratas que combinaron su economía de derecha con políticas de reconocimiento (pero sólo a cambio del desmantelamiento de la protección social y las redes de redistribución). Su choque con el populismo reaccionario de Trump, elección entre multiculturalismo y etnonacionalismo, significaba sólo más de lo mismo: neoliberalismo y desindustrialización. Así el auge del populismo, tanto de derecha como de izquierda –que Fraser ve como una política de transición, y ve favorablemente a Ernesto Laclau (bit.ly/2uIGjCz)– fue una revuelta de los atropellados por el neoliberalismo progresista y síntoma de la crisis de la forma específica del capitalismo de hoy (https://lahaine.org/bV34).

V. Dicha crisis –cuya cara es Trump– es para ella la de la hegemonía. El neoliberalismo progresista, que una vez creó un amplio consenso gramsciano y un bloque hegemónico, llega a su fin. No obstante, el trumpismo –frágil y caótico– no constituye un nuevo bloque. Vivimos en las ruinas de lo viejo, en –otra vez Gramsci– un interregnum, dice Fraser (The old is dying and the new cannot be born, 2019), marcado a su vez por otra crisis, la de la reproducción social. El capitalismo financiarizado sistemáticamente consume nuestras capacidades de sostener los lazos sociales comiéndose su propia cola. Con austeridad y 'recortes' externaliza los costos –también– en los cuerpos de las mujeres, dependiendo del trabajo doméstico no remunerado más que cualquier otra forma del capitalismo [!]: pasamos por una nueva mutación de la sociedad capitalista que no obstante ofrece la oportunidad de reinventar el modelo de familia y la división producción-reproducción.

@MaciekWizz

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