Nicaragua: A la búsqueda del poder perdido

Dos cosas me quedaron claras el 19 de Julio: Daniel Ortega no sabe andar a caballo, ni sabe bailar. Lo que sí sabe es dejarnos pasmados, cada año electoral, con las maromas y teatro que escenifican él y su mujer en su intento de venderle al electorado el mismo y tantas veces rechazado producto a punta de empacarlo para que parezca nuevo, mejorado; un cuchillo que, esta vez -quieren convencernos- no tiene filo.
Uno no puede menos que sentir angustia ante el espectáculo de un hombre hosco, introvertido y de pensamiento rígido que luce dispuesto a llegar a cualquier extremo por obtener el poder perdido. ¿Qué será, se pregunta uno, lo que añora? ¿Cómo es esa obsesión que lo hace asumir cualquier rol cómico o trágico para alcanzar, sea cual sea el precio que haya que pagar, el volver a ostentar la banda presidencial?
Este intento por asumir un rol conciliador, humilde, arrepentido, ya lo hemos visto en años anteriores. En el 96, Daniel andaba vestido de blanco y coqueteaba ya con la iglesia. Pero ese coqueteo de entonces de poco le sirvió tras la parábola de la víbora de Monseñor Obando. Este año su coqueteo con la iglesia ha pasado por cooptar al Cardenal: visitas constantes a la curia, matrimonio a manos de su némesis, misas donde aparece con las manos alzadas rezando el Padre Nuestro y su discurso del 19 de Julio, donde el nombre del Papa Juan Pablo II abundó en sus palabras. Ahora hasta la demagogia antiimperialista cedió paso a su necesidad de lucir como cualquier cosa menos como él mismo. Entró a la plaza seguido por la bandera de Estados Unidos. Un General Custer avanzando a caballo a ganar la batalla de la opinión pública, a punta de pasito tun tun.
Daniel Ortega, con la total carencia de escrúpulos de que constantemente hace gala, representa la imagen futura de uno de esos caudillos y dictadorzuelos que tras acariciar largo tiempo el poder, se proponen quedarse con él hasta que la muerte los separe. Porque este año, más que la farsa de un super-héroe-caballero-andante, lo que es evidente es que Daniel Ortega no está dejando nada al azar en su afán de ganar la presidencia. Desde el pacto de 1999, él ha venido trabajando para crear las condiciones que le permitan controlar el proceso de votación. Actualmente, gracias al sinnúmero de contorsiones que ha hecho para arreglarse con el Cardenal Obando y Arnoldo Alemán, no sólo controla a la mayoría de los magistrados del Consejo Supremo Electoral, sino también las Salas Constitucional y Penal de la Corte Suprema de Justicia, donde tendrá que dirimirse cualquier empate o situación similar en las elecciones.
Por otro lado, dos elementos saltan a la vista: la oposición del FSLN a que se permita votar a las persona que demuestren, con su cédula en regla, que residen en una dirección determinada, aún cuando no aparezcan en el padrón electoral. Privilegiar el padrón electoral tiene que ver con el truco del "ratón" loco. Pues el "ratón" de la computadora del Consejo Electoral, puede mover a la gente dentro del padrón arbitrariamente. La cédula y la existencia física de una persona, por el contrario, no se pueden alterar con la facilidad con que se activa ese famoso "ratón".
El segundo elemento nos devuelve al discurso de Ortega el 19 de Julio y a su sospechosa repetición del argumento de que los observadores internacionales son innecesarios. ¿Innecesarios, Sr. Ortega, cuando usted tiene la sartén absolutamente por el mango? ¿Cuando tiene al antiguo jefe de la seguridad del estado organizando sus fuerzas electorales en los territorios, y a la esposa de este señor como magistrada del CSE?
Ni en 1990 fueron los observadores internacionales tan necesarios como ahora. En aquel entonces, Ortega no dudaba que ganaría; este año, está dispuesto a cualquier cosa para no perder por quinta vez. Si desde el 90 se ha aceptado como valiosa la observación de organismos internacionales, ¿por qué cuestionarla en esta oportunidad?
Lo terrible de este teatro político, este juego de espejismos montado por el Orteguismo, cuyo clímax coreográfico se desplegó ante nuestros ojos en la Plaza de la Fe, es el abuso que se hace de la fe popular y de la perentoria necesidad de esperanzas. Se escenifica la parábola del hijo pródigo, no porque el hijo pródigo haya vuelto al redil, sino porque el caudillo sabe que sólo aparentándolo tendrá acceso a los votantes que aún dudan de él y que, sin embargo, le son esenciales para el triunfo.
No es posible quedarse callado ante el irrespeto que todo este teatro significa para la conciencia histórica. No es cosa de reírse o de ignorarlo. No ha pasado siquiera un año desde que Rosario Murillo [esposa de Daniel Ortega], en un escrito que tendría que aparecer en cualquier antología del odio, y que se llama "Sin sorpresas en la vida Pedro",dijera de Herty Lewites, el 3-4 de Marzo de 2005: "No estamos hablando de un hermano. Estamos luchando contra un enemigo declarado, un agente yanki, un demente, además, que nos agravia, denigra, agrede, y acusa, mentirosa y calculadamente. Estamos frente a un maníaco que se ensaña, cínica y peligrosamente, con nuestra humanidad’ En otra parte dice: "Herty Lewites es un cobarde. Un obsceno manipulador. Un pantano ambulante. Es un servil instrumento de pútridos intereses. De los aberrantes y pérfidos intereses del imperio, y de los serviles del imperio. De los reptiles y sanguijuelas, que viven de arrastrarse ante ese imperio, y de chupar la sangre inocente, y heróica, de lxs nicaragüenses."
¿Podrá alguien ser tan ingenuo de creer que esa inquina se ha súbitamente transformado en paz, amor y reconciliación? ¿No hemos comprobado acaso cómo, al concluir las campañas electorales, el Orteguismo retorna a su versión original, a los bandazos, al pacto y a la defensa de su poder personal por encima del interés nacional o de cualquier ideal altruista?
Sólo porque está en campaña electoral, pidió Daniel Ortega un minuto de silencio para Herty Lewites. Una maniobra calculada para ganar los votos que él había conquistado. Puñalada sobre puñalada. Falta de respeto a su memoria.
Es triste ver la manipulación de la generosidad, la ingenuidad, el amor de los nicaragüenses a una fecha hermosa que conmemora el heroísmo y las vidas de quienes no dijeron que morían como héroes, sino que murieron. Menos mal que esa fecha, estoy segura, continuará congregando multitudes cuando ya Ortega y Murillo sean figuras lejanas en la historia y el pueblo vuelva a ser el protagonista del 19 de Julio.
Managua 21 Julio, 2006







