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10/06/2022 :: Mundo, Bolivia, Venezuela

No es tanto lo que los autores dicen, sino lo que omiten

x Steve Ellner
Sobre el libro “The Impasse of the Latin American Left” (El impasse de la izquierda latinoamericana), de Gaudichaud, Modonesi y Webber

Hugo Chávez, quien defendió “el socialismo del siglo 21” ¿pudiera ser ubicado en la misma categoría con Lula, del centro-izquierda? Los escritores en todo el espectro político hacen una distinción tajante entre los dos, y también entre los izquierdistas como Evo Morales en contraste con los gobiernos más moderados, como los del Frente Amplio de Uruguay.

Jorge Castañeda y otros escritores anti-izquierdistas, como algunos moderados, alaban a Lula y al mismo tiempo denigran a Chávez (a quien Castañeda etiquetó como “la izquierda populista” y la “izquierda mala”). Escritores más hacia la izquierda defendieron la posición opuesta.

Los autores de The Impasse of the Latin American Left, Franck Gaudichaud, Massimo Modonesi, y Jeffery Webber quienes son destacados marxistas, se ubican en el campo contrario al de Castañeda. Ellos aplauden a Chávez por ser prácticamente el único entre los presidentes de la llamada “Marea Rosada” (los gobiernos latinoamericanos progresistas) en lograr ciertos cambios estructurales a través de numerosas expropiaciones. En contraste, Brasil, de acuerdo con los autores, llegó a ser un poder “sub-imperial”, con 80% de las exportaciones destinadas a otros países en la región en la forma de “productos industrializados de alto o (en mayor parte) mediano grado de tecnología” (p. 105-106), mayoritariamente a cambio de recursos naturales y otros productos primarios de sus vecinos.

A pesar de las diferencias obvias entre los radicales y los moderados, muchos autores colocan ambos grupos de gobiernos en la misma categoría. Todos los líderes de la Marea Rosada siguieron una política exterior básicamente nacionalista y privilegiaron los programas sociales en beneficio de los sectores no incorporados de la población. Otro denominador común es que, en las palabras de los autores, la Marea Rosada “representaba un rompimiento con el neoliberalismo” (p. 131).

Finalmente, los gobiernos de la Marea Rosada, tanto los comprometidos con el socialismo como los pro-capitalistas, fueron sujetos a la hostilidad y las amenazas provenientes de Washington y sus aliados. Brasil, uno de los gobiernos más “moderados”, es un ejemplo de ello. La cálida recepción en los EEUU del ex-juez federal Sergio Moro, cuya “colaboración clandestina con los fiscales estatales” (p. 61)) resultó en el encarcelamiento de Lula, es una manifestación de las preferencias de Washington.

A pesar de reconocer las diferencias básicas entre los gobiernos moderados y más izquierdistas, Gaudichaud, Modonesi y Webber aseveran que la teoría de “la revolución pasiva” formulada por Antonio Gramsci es aplicable al fenómeno de la Marea Rosada en su totalidad, incluyendo a Venezuela. Analizado a través del lente de la teoría de la revolución pasiva, los gobiernos de la Marea Rosada no representaron “una expresión directa” ni de la clase dominante ni de los sectores populares, y por eso gozaron de una autonomía relativa, pero estaban dedicados a lograr “un proyecto reformista conservador” (p. 131).

En el marco de la teoría de la revolución pasiva, el aspecto más enfatizado en el libro es el control estatal sobre los movimientos sociales y su desmovilización. Los movimientos populares fueron elementos esenciales para la llegada al poder de la Marea Rosada: en el caso de Brasil y Bolivia, Lula y Morales emergieron de ellos; en Venezuela, Ecuador y Argentina, esos movimientos lograron presionar a varios presidentes a renunciar. Los autores del libro alegan que los gobiernos y partidos de la Marea Rosada domesticaron y disciplinaron a los movimientos sociales, y en otros casos los marginaron.

Los autores apuntan a la “polarización” entre los analistas de la izquierda referente al fenómeno de la Marea Rosada. Por un lado, un grupo de simpatizantes incluye a los “apologistas incondicionales” (p. 117). Al otro extremo están los críticos, lo que los autores llaman “un arco iris de críticos izquierdistas” (p. 121), el cual consiste en los defensores de diferentes ismos, como el anti-capitalismo, el autonomismo libertario, el ambientalismo, y el postcolonialismo (quienes enfocan en los derechos de las comunidades, especialmente las indígenas).

El anti-capitalismo [mayoritariamente trotskista] es el ismo que más se asemeja a las posiciones de los autores del libro, quienes subrayan las alianzas de clase de la Marea Rosada con sectores de la burguesía. Como ejemplo, los autores señalan la alianza entre la vieja oligarquía y las empresas agrícolas multinacionales, que cimienta las “continuidades estructurales” (p. 82) entre los años neoliberales y el período de la Marea Rosada. La crítica más fuerte contra la Marea Rosada viene de los defensores del “autonomismo libertario”, como lo ilustra el autor uruguayo Raúl Zibechi, quien ve ese fenómeno como “un paso atrás” (p. 125) y niega su carácter anti-neoliberal.

La crítica del libro de la Marea Rosada está sustentada con considerable evidencia empírica. Los errores y fallas de la Marea Rosada, según los autores, incluyen la no reducción significativa en muchos países de los niveles de corrupción que caracterizaron el período neoliberal, la tendencia hacia la desindustrialización, el daño ecológico que acompaña el modelo extractivista, la práctica de llevar a cabo proyectos de desarrollo sin consultar cabalmente con las comunidades indígenas afectadas y el control excesivo de los movimientos sociales. Tomando en cuenta los méritos empíricos del libro, la falla no es tanto lo que dice, sino lo que omite en su análisis y lo que subestima.

Primero, a pesar de discutir el impacto del imperialismo norteamericano, el libro no incorpora el factor imperialista en su análisis de las causas de las políticas y estrategias supuestamente equivocadas. Para tomar un caso extremo, las acciones hostiles de Washington contra Venezuela llegaron a ser una verdadera guerra, empezando con el famoso decreto de Obama declarando a ese país una “amenaza inusual y extraordinaria” a la seguridad nacional de EEUU, y luego con las sanciones internacionales asfixiantes y el apoyo a acciones militares por parte de Trump. En el contexto de estos desafíos aparentemente insuperables, los autores básicamente recomiendan que los gobiernos chavistas vayan a la ofensiva.

En este sentido, señalan que los países que más se enfrentaron al imperialismo (Venezuela, Bolivia y Ecuador) fueron precisamente aquellos en que “los símbolos revolucionarios han sido lo más prominentes” (p. 34), con la implicación de que hay una correlación entre las ofensivas imperialistas y la radicalización de la Marea Rosada. Pero podría aseverarse lo contrario, es decir, que en vista de las acciones tan despiadadas por parte del país más poderoso en la historia, una estrategia defensiva era lo más indicado. Este es precisamente el argumento de los seguidores de Nicolás Maduro, algunos de los cuales apuntan a la Nueva Política Económica (NPE) de Lenin como un precedente instructivo.

En una situación de guerra, las expectativas de cambio tienen que ser ajustadas de acuerdo con la realidad que está viviendo el país. Y esta realidad tiene que ser tomada en cuenta en cualquier discusión sobre la desmovilización, las restricciones de las libertades democráticas y el extractivismo, los cuales están en el centro del análisis de los autores. Para dar un ejemplo: la poca diversificación económica en Venezuela estuvo innegablemente relacionada con el imperativo de contrarrestar las campañas de desestabilización y así asegurarse el apoyo activo de los sectores populares. Los programas sociales ambiciosos, más que la transformación económica estructural, prometieron lograr este objetivo a corto plazo.

Sin ir tan lejos de abogar por una política por encima de otra, criticaría al libro por evitar el asunto fundamental de cómo las estrategias tienen que estar diseñadas sobre la base de las condiciones determinadas en el terreno nacional e internacional.

Segundo, como los autores demuestran a través de la teoría de la revolución pasiva, los líderes de la Marea Rosada en el poder trataron de controlar los movimientos sociales que inicialmente apoyaron su gobierno. Lo que los autores en gran parte pasan por alto es que el ejercicio de control efectivamente fue una tendencia, pero no una tendencia que desmovilizara completamente a los movimientos sociales al extremo que perdieran toda vitalidad o que los alejara completamente del gobierno progresista.

El ejemplo más claro es el de los eventos en Bolivia que estaban en marcha cuando los autores estaban escribiendo el libro. Los activistas y líderes de los movimientos sociales que rotundamente se opusieron a las políticas extractivistas de Morales – incluyendo el carismático Felipe Quispe quien estaba muy a la izquierda de Morales – juntaron fuerzas en oposición al régimen derechista de Jeanine Añez. Ellos presionaron exitosamente para convocar nuevas elecciones y apoyaron al partido MAS de la Marea Rosada en las elecciones presidenciales de octubre de 2020.

Otro ejemplo de apoyo activo es el icónico Movimiento sin Tierra (MST), en conjunto con el Partido de los Trabajadores (PT), también de la Marea Rosada, en favor de la candidatura de Lula en las elecciones presidenciales pautadas para octubre de 2022. Otro ejemplo más es el prestigioso líder del movimiento comunal en Venezuela, Ángel Prado, quien fue elegido alcalde en 2021 en la lista del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), también de la Marea Rosada, a pesar de fuertes choques entre los dos en el pasado.

Tercero, los autores se oponen totalmente a las alianzas entre los gobiernos de la Marea Rosada con “una o más de las fracciones de la clase dominante” (p. 50), pero no distinguen entre las alianzas estratégicas y las tácticas. Las diferencias entre las dos no podrían ser de mayor importancia. Algunos de estos pactos fueron, por lo menos al principio, de una naturaleza táctica ya que fueron pragmáticamente concebidos y con objetivos a corto plazo.

Por ejemplo, en Venezuela y Bolivia, fueron diseñados para contrarrestar los desórdenes violentos y económicamente devastadores apoyados por poderosas organizaciones empresariales con el fin de tumbar el gobierno. En muchos países de la Marea Rosada hubo una consideración práctica: ¿Por qué deben los contratos del gobierno beneficiar a los empresarios que estaban apoyando el esfuerzo para desestabilizar el país con el fin de lograr un “cambio del régimen”? Así que las alianzas fueron formadas con aquellos empresarios que, independientemente de sus motivos, no participaron en los ataques despiadados contra el gobierno. En pocas palabras, el tema de las alianzas fue un asunto complejo. Los autores reconocen la diversidad de las alianzas “de acuerdo con diferentes contextos nacionales” (p. 50), pero evitan una discusión a fondo sobre las motivaciones de los gobiernos, que en algunos casos fueron muy lejos de ser oportunistas.

Y cuarto, los autores simpatizan y citan frecuentemente a los intelectuales, activistas y organizaciones de la izquierda, pero más que todo a aquellos con poca influencia política en sus respectivos países. Por cierto, ellos no lograron llenar el vacío creado por la serie de derrotas sufridas por la Marea Rosada después de 2015. La expresidenta de Argentina Cristina Fernández famosamente señaló el estatus marginal de los críticos izquierdistas de su gobierno, diciendo “A mi izquierda está la pared” (p. 70). Gaudichaud, Modonesi, y Webber reconocen la debilidad de los grupos políticos que ellos apoyan, pero parcialmente culpan a los líderes de la Marea Rosada por llamarlos “traidores” y “revolucionarios impostores” (p. 71). Su crítica está bien fundamentada ya que los líderes de la Marea Rosada en Venezuela, Ecuador, y otros lugares han manifestado un grado de sectarismo en su trato con los críticos a su izquierda.

A pesar de las críticas de los autores, el poder de permanencia de la Marea Rosada durante las últimas dos décadas es impresionante. Sus avances recientes, después de una serie de reveses, se deben en gran parte a los triunfos electorales de candidatos presidenciales moderados, que siguen una estrategia pragmática en vez de la línea dura propuesta por los autores. Eso ha ocurrido en México, Argentina, Bolivia, Chile, y Honduras (más el caso de Andrés Arauz que por poco no fue elegido presidente en Ecuador).

The Impasse of the Latin American Left presenta un análisis valioso que contribuye al conocimiento del fenómeno de la Marea Rosada, pero que, en mi opinión, pasa por alto algunos aspectos importantes del tema. Los errores y las fallas de la Marea Rosada tienen que ser contextualizados. Reconocer las condiciones adversas no es suficiente ya que la factibilidad de las opciones tiene que ser estudiada. Sin embargo, la teoría de la revolución pasiva usada por los autores enmarca el problema de las desmovilizaciones que debe ser el punto de partida para cualquier análisis serio desde una perspectiva izquierdista. Las lecciones de la primera ola de los gobiernos progresistas, como están rigurosamente exploradas en este libro, han asumido una mayor relevancia con los nuevos avances de la Marea Rosada que solamente pueden ser entendidas en el contexto de los aciertos de esos gobiernos, así como también de sus errores.

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Steve Ellner es profesor jubilado de la Universidad de Oriente en Venezuela y actualmente es editor asociado de la revista Latin American Perspectives.

NACLA: Report on the Americas, Traducido con la ayuda de Michelle Ellner y Carmen Sánchez de Ellner

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