Nunca con los agresores, siempre con la revolución bolivariana
La agresión forma parte de la concepción imperialista de las relaciones internacionales. No nos engañemos, el Partido Demócrata y su corriente dizque socialista guardan un silencio cómplice
Dos hechos. La fuerza aérea estadounidense ha penetrado en territorio de la República Bolivariana de Venezuela, bombardeado Caracas, atacado centros neurálgicos adentrándose en los estados de Miranda, Aragua y La Guaira y posteriormente, en una operación de sustracción, secuestra al presidente constitucional, Nicolás Maduro, y a la primera combatiente, Cilia Flores, para trasladarlo a Nueva York para ser juzgado por tribunales estadounidenses y acorde a sus leyes bajo la acusación de ser narcoterrorista.
En ningún caso cabe distraer la atención. Se trata de una violación del derecho internacional, y lo más grave, sienta un precedente que nos plantea la siguiente pregunta: ¿Qué país latinoamericano, presidente o líder político será el siguiente objetivo de los EEUU? Y digo bien, EEUU. Si el brazo ejecutor es Trump, la decisión forma parte de la concepción imperialista de las relaciones internacionales hacia nuestra América y por extensión al resto del mundo dependiente del poderío militar estadounidense. No nos engañemos, el Partido Demócrata y su corriente dizque socialista, guardan un silencio cómplice.
Ahora no caben medias tintas. Encubrir la violación del derecho internacional bajo la calificación de ser el Estado venezolano y sus dirigentes narcoterroristas, sólo justifica al agresor. Tampoco sirve ampararse en el argumento de la oposición interna y en el exterior, que aduce un fraude electoral en las últimas elecciones presidenciales, hecho que no ha podido demostrar, negándose a entregar las actas que lo acreditasen. Por tanto, cualquier tipo de explicación que justifique la incursión militar de las fuerzas armadas estadounidenses, hecha por venezolanos, traiciona los principios de dignidad e independencia política sobre los cuales se asienta la soberanía nacional. Lo demás es demagogia.
Toda oposición es legítima hasta que rompe las reglas del juego democrático, manifestando su aval a una invasión extranjera. Más, si tras la decisión se encubre un pacto espurio de entregar sus recursos y riquezas naturales al imperialismo a cambio de recuperar el poder. No nos engañemos, esta operación, diseñada desde el Pentágono, la Casa Blanca, la CIA y el departamento de Estado, tiene en María Corina su fiel servidora.
Mientras Trump declara a Fox News: "estamos tomando ahora una decisión sobre el próximo paso respecto al liderazgo venezolano, (...) evaluaremos si Machado puede liderar Venezuela", Machado declara en las redes: "EEUU ha cumplido la promesa... Hoy estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder". La guerra de la desinformación se adueña del espacio y en guerra, los aliados de EEUU toman la delantera.
Nada sobre las movilizaciones que en Venezuela apoyan la revolución. Menos aún se escucha que periodistas o académicos pongan el acento en la violación del derecho internacional o la ilegitimidad del secuestro. Todos los entrevistados se muestran condescendientes. Tibias declaraciones de presidentes, como Pedro Sánchez en España, quien en Twitter el 24 de febrero de 2022 "condena la agresión de Rusia a Ucrania y se solidariza con el gobierno y el pueblo ucranio"; y hoy 3 de enero de 2026, escribe: "El gobierno de España está haciendo un seguimiento exhaustivo de los acontecimientos en Venezuela... Hacemos un llamamiento a la desescalada y a la responsabilidad". Sin comentarios.
Insisto en que no nos engañemos, los representantes de EEUU en America Latina, sea de Trump, de Biden, Bill Clinton, Obama, George Bush, Richard Nixon o John Kennedy, no son sus embajadores, tienen nombres y apellidos y son representan a los miembros de la plutocracia o forman parte de sus fuerzas armadas. Ellos han sido aupados al poder arrodillándose ante el inquilino de turno de la Casa Blanca y solicitando golpes de Estado, acciones encubiertas, apoyo financiero y campañas desestabilizadoras.
Recordemos algunos: Anastasio Somoza, Jorge Ubico, Rafael Trujillo, Castelo Branco, Augusto Pinochet, Alfredo Stroessner, Hugo Banzer, Jorge Videla y si hablamos de civiles: Joaquín Balaguer, Álvaro Uribe, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Felipe Calderón, Nayib Bukele y el electo presidente de Honduras, Nasry Asfura. Pero son muchos. En otras palabras: los enemigos están dentro. Desprecian al pueblo, odian profundamente a las clases populares comportándose como cipayos. ¿Cómo si no interpretar las palabras de Milei apoyando fanáticamente la agresión y secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores?
Es la hora de la verdad. Ya no hay tiempo para contemporizar. La sociedad internacional, si aún le queda algo de dignidad, debe no sólo condenar la agresión, sino mostrar el apoyo al gobierno de la República bolivariana de Venezuela, pedir la libertad del presidente Maduro y Cilia Flores, en manos de los secuestradores. Corina Machado no es una opción, expresa el odio, la venganza y la muerte de toda opción democrática. Si así aparece, la traición se consuma. Asistimos a un fin de ciclo. Con o sin Nicolás Maduro, la revolución bolivariana debe seguir construyendo su camino. Claudicar no es parte del legado victorioso de Simón Bolívar ni de Hugo Chávez.
La Jornada







