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Medio Oriente :: 04/08/2026

Palestina frente a la escalada colonial

Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina
Desde Gaza hasta Cisjordania, Jerusalén y los territorios palestinos ocupados en 1948, pasando por las cárceles sionistas, el proyecto colonial intensifica su ofensiva contra el pueblo palestino

Frente al genocidio, la limpieza étnica y la expansión colonial, la respuesta exige organización popular, unidad de las fuerzas de la resistencia, ruptura con Oslo y una escalada de la solidaridad internacional.

Palestina atraviesa una nueva y peligrosa fase de la ofensiva colonial sionista. Los acontecimientos que se suceden en Cisjordania, Jerusalén, Gaza, los territorios palestinos ocupados en 1948 y las cárceles israelíes no pueden analizarse como escenarios separados ni como una acumulación de episodios circunstanciales. Forman parte de una misma estrategia destinada a avanzar sobre la tierra palestina, modificar por la fuerza su realidad demográfica y territorial, profundizar la fragmentación de nuestro pueblo y destruir cualquier capacidad organizada de resistencia.

Lo que ocurre hoy en Cisjordania muestra con especial claridad esta dinámica. Los ataques de grupos de colonos armados contra pueblos y comunidades palestinas, el incendio de viviendas, tierras y mezquitas, la apropiación de terrenos y la expansión de los puestos coloniales se desarrollan bajo la protección directa o indirecta de las fuerzas de ocupación. Cuando las comunidades palestinas intentan defender sus casas y sus tierras, el ejército interviene contra ellas mediante incursiones, cierres, detenciones y castigos colectivos. Los colonos avanzan y el ejército consolida ese avance. No son dos actores independientes ni dos formas diferentes de violencia, sino expresiones complementarias de un mismo sistema colonial.

Los acontecimientos de los últimos días han vuelto a demostrar que el objetivo no es simplemente intimidar a determinadas localidades, sino crear condiciones que permitan ampliar el control territorial y empujar progresivamente a la población palestina fuera de determinadas zonas. Existe aquí una continuidad histórica evidente con los mecanismos utilizados desde 1948: violencia, expulsión, apropiación de la tierra y posterior transformación del despojo en una nueva realidad presentada como irreversible. La diferencia es que hoy nuestro pueblo conoce perfectamente esa lógica y sabe que abandonar una colina, una parcela, una vivienda o una comunidad frente a la presión colonial significa abrir el camino para el siguiente avance.

Por eso la batalla que se libra en Cisjordania no es únicamente una cuestión de seguridad para determinados pueblos amenazados. Es una lucha por la tierra, por la permanencia del pueblo palestino sobre ella y por impedir que el proyecto sionista continúe fragmentando el territorio hasta convertir cada comunidad en un enclave aislado rodeado por colonias, carreteras militares y puestos de control.

Jerusalén se encuentra sometida a la misma ofensiva mediante otros instrumentos. Las demoliciones de viviendas, las órdenes de expulsión, las confiscaciones de propiedades, las detenciones y las restricciones impuestas a la población palestina avanzan paralelamente a las continuas incursiones de colonos en la mezquita de Al-Aqsa bajo protección de las fuerzas de ocupación. Reducir esta situación a una disputa religiosa sería ocultar su verdadero carácter. Jerusalén está en el centro de una batalla colonial por la tierra, la identidad y la presencia palestina, y lo que ocurre en Al-Aqsa, Silwan, Sheikh Jarrah y el resto de los barrios palestinos forma parte de la misma estrategia que vemos avanzar en las montañas y pueblos de Cisjordania.

Gaza tampoco está fuera de esta ecuación. Mientras la resistencia palestina ha mantenido hasta ahora sus compromisos con el acuerdo de alto el fuego, las fuerzas sionistas continúan atacando, destruyendo infraestructuras y viviendas y modificando sobre el terreno las líneas de control. Las incursiones, los bombardeos y las restricciones al regreso de las familias muestran que el régimen israelí intenta convertir los resultados del genocidio en una nueva realidad territorial. El alto el fuego no puede transformarse en una cobertura política que permita continuar por otros medios aquello que no pudo imponerse completamente mediante la guerra abierta: vaciar determinadas zonas, impedir el regreso de su población y ampliar el espacio sometido al control militar israelí.

Esta misma lógica alcanza a los territorios palestinos ocupados en 1948. En el Naqab, en Galilea, en el Triángulo y en las ciudades palestinas de la costa, nuestro pueblo continúa enfrentando políticas de confiscación, demolición y reducción de su espacio vital. La población palestina que permaneció sobre su tierra después de 1948 nunca dejó de ser objetivo del proyecto colonial. Su existencia, su identidad nacional y su permanencia representan por sí mismas un desafío a un régimen construido sobre la pretensión de borrar el carácter palestino de la tierra.

También las cárceles sionistas forman parte de este frente. Miles de presas y presos palestinos se encuentran sometidos a condiciones cada vez más brutales de aislamiento, hambre, tortura, negación de atención médica y violencia física y psicológica. La cárcel no es únicamente un instrumento de castigo individual. Es una herramienta política utilizada para atacar a las organizaciones de la resistencia, quebrar a sus militantes y extender el miedo al conjunto de la sociedad palestina. La política penitenciaria israelí debe ser entendida como parte de la misma guerra contra la capacidad de nuestro pueblo para organizarse, mantenerse unido y resistir.

Así, desde Gaza hasta el Naqab, desde Jerusalén hasta Cisjordania y desde las calles hasta las prisiones, aparece una misma ofensiva que pretende avanzar mientras el pueblo palestino permanece fragmentado territorial y políticamente. Esa fragmentación no es accidental. Ha sido una herramienta fundamental del proyecto colonial, y los Acuerdos de Oslo contribuyeron decisivamente a institucionalizarla.

La Autoridad Palestina es un producto directo de los Acuerdos de Oslo y de la arquitectura política construida para administrar a una parte del pueblo palestino bajo ocupación. Oslo no creó soberanía palestina ni abrió un camino hacia la liberación; creó una autoridad subordinada, sin control real sobre las fronteras, la tierra, el espacio aéreo, los recursos naturales ni la seguridad, mientras las fuerzas de ocupación conservaron la capacidad de entrar en cualquier ciudad, campo de refugiados o pueblo palestino, incluidas las denominadas zonas A. Tres décadas después, el resultado está a la vista: mientras las colonias se multiplicaban, la tierra palestina era fragmentada y el proyecto colonial avanzaba, la Autoridad fue consolidándose como una estructura encargada de administrar a la población palestina dentro de los límites impuestos por la ocupación y de contener cualquier proyecto político capaz de desafiar ese orden.

La coordinación de seguridad no constituye una desviación accidental del proceso de Oslo, sino uno de sus pilares fundamentales. Mientras las fuerzas sionistas asesinan, detienen y persiguen a palestinos y palestinas, los aparatos de seguridad de la Autoridad han perseguido, detenido y reprimido a militantes de la resistencia, convirtiéndose en un instrumento para contener la lucha palestina y preservar una estabilidad que beneficia, ante todo, al ocupante. No estamos simplemente ante una Autoridad incapaz de proteger a su pueblo debido a las limitaciones que le impone Israel, sino ante una institución políticamente subyugada a las fuerzas de ocupación, cuya propia supervivencia depende de un sistema construido sobre la fragmentación de Palestina, la subordinación política y la coordinación de seguridad.

Los acontecimientos actuales en Cisjordania vuelven a dejar al descubierto esta realidad. Los colonos armados atacan comunidades palestinas y avanzan sobre sus tierras bajo protección del ejército; las fuerzas sionistas irrumpen incluso en territorios que Oslo colocó formalmente bajo administración de la Autoridad, asesinan, detienen y destruyen, mientras desde Ramala se continúa reclamando calma y se advierte contra una confrontación generalizada. Esa política no protege al pueblo palestino frente a la violencia colonial; contribuye a impedir que desarrolle la capacidad organizada necesaria para enfrentarse a ella.

No puede exigirse contención a un pueblo sometido al genocidio y a la limpieza étnica mientras el colonizador armado avanza sobre su tierra, ni puede presentarse como estabilidad una situación en la que la ocupación dispone de libertad para actuar mientras al pueblo ocupado se le exige permanecer inmóvil. Mucho menos puede construirse una estrategia nacional de liberación mientras los aparatos políticos y de seguridad palestinos continúen sujetos a un marco que ha convertido la contención de la resistencia en una condición para la supervivencia de la propia Autoridad. La experiencia de estas tres décadas demuestra que el problema no puede resolverse reformando Oslo o administrándolo de otra manera. Es necesario romper con ese marco, poner fin a la coordinación de seguridad y recuperar una política nacional de liberación independiente de las condiciones impuestas por la ocupación.

Esta ruptura tampoco puede limitarse a una decisión institucional desde arriba. Exige recuperar la capacidad de organización del propio pueblo palestino, reconstruir sus estructuras populares y devolver la iniciativa política a los barrios, pueblos, campos de refugiados, universidades, sindicatos y organizaciones que históricamente han sostenido la lucha de liberación.

La gravedad del momento exige plantearlo con claridad: Cisjordania necesita levantarse. Nuestro pueblo no puede permanecer como espectador mientras los colonos avanzan pueblo por pueblo y colina por colina, mientras sus tierras son ocupadas y mientras quienes intentan defenderlas son perseguidos y detenidos. La respuesta no puede limitarse a esperar la próxima incursión ni a confiar en que alguna institución internacional obligue finalmente al régimen sionista a detenerse.

Es necesaria una nueva intifada popular en Cisjordania, entendida no como una explosión momentánea de indignación, sino como un proceso amplio y organizado capaz de recuperar la iniciativa política desde abajo. Una intifada que reúna a ciudades, pueblos, campos de refugiados, estudiantes, trabajadores, mujeres, jóvenes, sindicatos y organizaciones populares; que fortalezca la protección colectiva de las comunidades amenazadas, extienda la movilización y la desobediencia, rompa el aislamiento impuesto entre las diferentes localidades y vuelva a convertir la defensa de la tierra en una tarea nacional compartida.

La intifada palestina siempre ha sido algo más profundo que una reacción espontánea. Ha significado construir organización popular, huelgas, comités, redes de solidaridad y estructuras capaces de sostener la confrontación durante el tiempo necesario. Frente a un proyecto colonial que pretende imponer la fragmentación y el miedo, la organización colectiva es una condición para recuperar la fuerza del pueblo palestino.

Las fuerzas de la resistencia tienen igualmente una responsabilidad histórica en este momento. La magnitud de la ofensiva exige superar divisiones internas y avanzar hacia la construcción de un frente nacional amplio de resistencia que reúna las capacidades políticas, populares y organizativas de nuestro movimiento de liberación. No se trata de borrar diferencias políticas, sino de establecer un terreno común capaz de responder a las necesidades inmediatas de nuestro pueblo y recuperar una estrategia nacional de liberación que no esté subordinada ni a Oslo ni a los límites territoriales impuestos por el colonizador.

Ese frente debe defender al pueblo palestino allí donde se encuentre, proteger la tierra frente al avance colonial, sostener la lucha de los presos y las presas, defender Jerusalén y Al-Aqsa, respaldar a Gaza, fortalecer la organización de nuestro pueblo en los territorios ocupados en 1948 y reincorporar plenamente a los refugiados y al exilio palestino al centro de la decisión nacional. Nuestro proyecto político no puede construirse sobre la división entre Gaza, Cisjordania, Jerusalén y 1948, porque esas divisiones pertenecen al mapa construido por el colonizador, no al mapa de la liberación.

Palestina es una sola tierra y nuestro pueblo es un solo pueblo. La lucha por su liberación tampoco puede quedar encerrada en los límites creados por Oslo ni en la ficción de un Estado fragmentado bajo tutela colonial. Su horizonte sigue siendo la liberación de Palestina del río al mar y el retorno de los refugiados y refugiadas a las tierras de las que fueron expulsados.

Esta realidad obliga también a hablar claramente de la responsabilidad internacional. A estas alturas resulta insuficiente describir la actuación de las grandes potencias occidentales como pasividad, silencio o incapacidad para detener a Israel. Estados Unidos y otras potencias occidentales han financiado, armado, protegido diplomáticamente y sostenido políticamente durante décadas al régimen sionista. Las armas que destruyeron Gaza no aparecieron de la nada, y la impunidad que permite continuar la colonización de Cisjordania y Jerusalén tampoco existe por casualidad.

Después de años de genocidio retransmitido prácticamente en directo, nadie puede alegar desconocimiento. El mundo ha visto barrios enteros destruidos, hospitales atacados, familias asesinadas, hambre utilizada contra una población sitiada y desplazamientos masivos. Ha visto también cómo continuaba la expansión colonial, cómo crecían los ataques contra los pueblos de Cisjordania, cómo las familias palestinas eran expulsadas de Jerusalén y cómo miles de prisioneros eran sometidos a condiciones inhumanas. Cuando después de todo ello continúan llegando armas, acuerdos comerciales, respaldo diplomático y protección política, ya no hablamos de indiferencia: hablamos de complicidad.

Y la complicidad debe generar responsabilidades. La impunidad israelí no puede seguir considerándose un hecho inevitable del orden internacional. Quienes ordenan y ejecutan crímenes contra el pueblo palestino deben rendir cuentas, pero también deben ser señalados quienes proporcionan las armas, la financiación, las relaciones comerciales y la cobertura política que permiten continuarlos. La exigencia de responsabilidades jurídicas, políticas y económicas debe formar parte central de la batalla contra el sistema de impunidad que sostiene al proyecto colonial sionista.

Ningún Estado puede proclamarse defensor del derecho internacional mientras continúa armando a quienes lo violan sistemáticamente. Ningún gobierno puede hablar de derechos humanos mientras mantiene acuerdos privilegiados con un régimen acusado de genocidio. Ninguna institución puede limitarse indefinidamente a expresar "preocupación" mientras sobre el terreno cada día desaparece otra parcela de tierra palestina.

Precisamente por eso la solidaridad internacional tiene hoy una responsabilidad aún mayor. Durante estos años se ha desarrollado un movimiento mundial por Palestina que ha demostrado una enorme capacidad de movilización. Millones de personas han ocupado las calles, estudiantes han levantado campamentos en universidades, trabajadores se han negado a colaborar con cargamentos vinculados a la maquinaria de guerra, movimientos sociales han impulsado campañas de boicot y numerosas organizaciones han desafiado la criminalización de la solidaridad.

Esa movilización no puede detenerse ahora. Si el proyecto colonial aumenta su ofensiva, el movimiento internacional de solidaridad debe elevar también su capacidad de acción y organización. Hay que ampliar las movilizaciones, profundizar las campañas de boicot, aumentar la presión sobre gobiernos, empresas, universidades e instituciones vinculadas al régimen sionista, fortalecer la acción sindical contra el transporte de armas y materiales destinados a la ocupación y construir una coordinación internacional capaz de convertir la enorme solidaridad existente con Palestina en una fuerza política efectiva.

La solidaridad no puede limitarse a acompañar el sufrimiento palestino ni a conmoverse ante cada nueva masacre. Debe situarse junto al derecho de nuestro pueblo a luchar por su liberación y contribuir activamente a aislar al régimen colonial, romper su impunidad y elevar el coste político, económico y social de quienes continúan sosteniéndolo.

El momento actual exige abandonar definitivamente las ilusiones. El proyecto colonial sionista no se detendrá por voluntad propia. Oslo no lo detuvo, las negociaciones interminables no lo detuvieron y décadas de resoluciones internacionales sin mecanismos capaces de hacerlas cumplir tampoco lo han detenido. La colonización avanza cuando no encuentra una fuerza capaz de frenarla.

Por eso la respuesta debe construirse en varios niveles que forman parte de una misma lucha: organización popular e intifada en Cisjordania; unidad y coordinación entre las fuerzas de la resistencia; defensa de Jerusalén, Gaza, los territorios ocupados en 1948 y los presos palestinos; ruptura con Oslo y con la coordinación de seguridad; movilización de nuestro pueblo en el exilio; profundización de la solidaridad internacional y una campaña sostenida para romper la impunidad y exigir responsabilidades a todos aquellos que participan en los crímenes cometidos contra Palestina.

Nuestro pueblo no está condenado a observar cómo el proyecto colonial avanza sobre su tierra. Tiene derecho a organizarse, a defenderse, a resistir y a luchar por su liberación. La tarea de este momento es recuperar esa iniciativa, reconstruir la unidad que el colonialismo ha intentado destruir y convertir la enorme capacidad de resistencia acumulada por generaciones de palestinos y palestinas en una fuerza política, popular y organizada.

Frente a quienes pretenden imponer mediante el genocidio, la colonización, las cárceles y el desplazamiento una realidad irreversible, la respuesta palestina debe ser exactamente la contraria: permanecer, organizarse, resistir y avanzar hacia la liberación.

Desde Gaza hasta Jerusalén, desde Cisjordania hasta el Naqab, desde las ciudades palestinas ocupadas en 1948 hasta los campos de refugiados del exilio y desde las calles hasta las cárceles, Palestina sigue siendo una sola tierra y el pueblo palestino sigue siendo un solo pueblo. La lucha que tenemos por delante es también una sola: romper la impunidad, derrotar el proyecto colonial sionista y liberar Palestina, toda Palestina, del río al mar.

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