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Mundo :: 03/11/2006

Portugal: Del fantasma del iberismo a la dominación económica española

Miguel Urbano Rodrigues
Antes y después de la visita de Cavaco Silva a Madrid, algunos órganos de comunicación social aprovecharon el acontecimiento para retirar de los archivois de la história el tema del iberismo y agitar ese fantasma. Promovieron sondeos que presentaban resultados muy semejantes. Casi la mitad de los españoles sería favorable a la existencia de un único estado en la península, un cuarto de los portugueses desearían la fusión con España.

El Publico dedicó tres páginas al asunto. En una de ellas, el corresponsal de El Pais en Lisboa, en tono que navega entre lo serio y lo irónico, reflexionó la hipótesis de la creación de «una nación única».

Lo que llama la atención en esos textos y en otros publicados en la prensa es la ligereza de la mayoría de los comentarios y testimonios y el silencio sobre dos cuestiones que sí son importantes:

1. Ninguno de los autores y entrevistados manifiesta curiosidad por el súbito interés de los media respecto a la problemática de la integración de Portugal en España. Nadie pregunta por que se levanta de repente en la comunicación social esta algazarra tonta en torno al iberismo.

2. En ninguno de los artículos leídos encontré referencia alguna a la avasalladora colonización económica de Portugal por parte de España.

En el laberinto de argumentos invocados a favor y en contra del proyecto ibérico identifiqué un denominador común: la conclusión de que portugueses y españoles se asemejan como dos hermanos. Hasta Miguel Bastenier, que no está de acuerdo con la Iberia única, escribió en su columna de El Pais, que «no hay dos países que se parezcan más».

El MITO Y LA REALIDAD

Una extensa y sinuosa frontera separa, de manera artificial en apariencia, a Portugal de España. Pero es suficiente atravesarla, y luego, al entrar en los pueblos, cualquier extranjero percibe que somos pueblos marcados por profundas diferencias.

La historia que nos diferenció lentamente -somos hijos de Galicia- comenzó a cavar abismos culturales entre los dos países después de la Revolución de 1640 que puso término a la breve unión dinástica. A partir de entonces, el castellano, que era de uso común, inclusive en la literatura, entre los portugueses instruidos, casi dejó de ser hablado. Portugal se volteó hacia Francia, y durante tres siglos el pueblo de Voltaire pasó a ser la referencia cultural.

Distanciados por un siglo, Eca y Saramago contemplan y sienten a Francia y a España bajo perspectivas que tienen muy poco de común.

Pero es evidente que la influencia de Paris como fuente de inspiración, en la caminata del Portugal urbano, no fue sustituida, al desaparecer, por una presencia española. Para la juventud, las grandes referencias son hoy anglo-sajonas en los más diferenciados aspectos de la vida cotidiana y en la adopción de valores culturales. Es un hecho que la cultura norteamericana, sobre todo la subcultura de exportación, marca hoy, decisivamente, el comportamiento social de la totalidad de las sociedades europeas. Los efectos del choque producido no son, además, los mismos de Suecia a Italia, que de Francia a Grecia.

España, en la transición del fascismo a un régimen de fachada democrática, ha asimilado lo peor del neoliberalismo globalizado y de la llamada macworld cultura. Lo autóctono y lo importado se funden en una amalgama en la cual la herencia mediterránea -sobre todo la de Roma y la del Islam- cede ante la ofensiva de un capitalismo cuya peculiaridad regional es una enorme agresividad.

La burguesía portuguesa, impresionada por las tasas de crecimiento del PIB en el país vecino, cita con respeto el «milagro español». No siempre lo afirma explícitamente, pero admite que es un factor de peso a favor de una unión con España. España ha pasado inclusive a ser un país exportador de capitales, lo que suscita a su admiración.

Pero, al final, ¿qué es ese «milagro»?

El capitalismo español es hoy uno de los más predatorios del mundo. Una revista tan poco sospechosa por su fidelidad al neoliberalismo como Newsweek comparó ya la actuación de las transnacionales de España en América Latina a la del conquistador de México, Hernán Cortés, responsable de la destrucción de la civilización azteca. El gobierno de Madrid repite con orgullo que cinco siglos después de la llegada de Colón al Nuevo Mundo las inversiones españolas directas en América Latina solamente son superadas por los Estados Unidos. Pero, ¿a qué precio para los países donde el capital español se instala?

Para citar apenas los casos más chocantes: la Repsol, la Telefónica y el Banco de Santander aparecen a los ojos de las fuerzas progresistas de Argentina, de Brasil, de Bolivia, de Colombia y de Chile, entre otros, como pulpos tentaculares del capital. No solo por la sobreexplotación de los trabajadores, sino también por haberse envuelto en escándalos, robos y violaciones de la soberanía de los Estados donde desarrollan su actividad. .

Además, desde un ángulo exclusivamente económico y financiero, el «milagro» español tiene pies de barro.

En la última década el motor del crecimiento del PIB ha sido el boom de la construcción, lo que, según Le Monde y The New York Times, anuncia tiempos difíciles porque el sector inmobiliario, saturado, perdió el dinamismo y acusa el efecto de la subida de la tasa de interés.

A esa fragilidad se suma una gran dependencia del turismo, una fuente de ingresos muy inestable.

Los iberistas, al esbozar el panorama de una España pletórica de energías, ejemplo de progreso y creatividad en una Europa imobilista, también simulan olvidar que el país exhibe la más alta tasa de desempleo de los 15 miembros de la Unión Europea anterior a la extensión.

En el griterio levantado en torno a las ventajas y desventajas de la integración de Portugal a España los participantes en el obtuso debate no aluden siquiera al racismo y la xenofobia que hacen hoy de la patria de Cervantes uno de los países europeos donde los inmigrantes, sobre todo los magrebíes y los ecuatorianos y colombianos, son más discriminados.

No. Prefieren discutir sobre temas como la localización de capital de una Iberia unida, la estructura institucional del Estado-Federación, o simplemente la transformación de Portugal en una más de las regiones autónomas y, finalmente, en cuál sería el papel del rey Don Juan Carlos de Borbón en todo esto.

Son mínimas las referencias a la incapacidad secular demostrada por el poder central español para convivir democráticamente con las naciones hegemonizadas por Castilla. No obstante, les parece natural que Madrid, represora del hambre de libertad de vascos y catalanes, pueda absorber tranquilamente Portugal.

En el abordaje de las peculiaridades que diferencian y aproximan a portugueses y españoles se habla del bacalao, del fado, del flamenco, de marialvas y señoritos, de los idiomas. Pero en todo ese festín de liviandades no identifico un planteo que toque, aunque sea levemente, una cuestión de fondo: el modo de encarar la existencia, el comportamiento cotidiano de portugueses y españoles, sean estos castellanos, catalanes o vascos. En otras palabras, la atmósfera humana, el espectáculo de la vida que ofrecen ambos pueblos.

Esa omisión es definidora de la inutilidad y del ridículo de la resurrección del fantasma del iberismo. Porque el desencuentro de idiosincrasias ilumina bien una realidad: lejos de ser «muy parecidos», portugueses y españoles se distanciaron progresivamente, exhibiendo actitudes casi antagónicas ante la gran y breve aventura de la vida.

Vivo en Serpa, en la margen izquierda del Guadiana. Es suficiente atravesar la frontera y entrar por la provincia de Badajoz o por la de Huelva y parar en cualquier pueblo para sentir una profunda diferencia. Ellos trabajan a horas diferentes, transforman el culto al aperitivo en un instrumento de convivenci , comen a horas diferentes. El ruido es allí componente de la vida, del concepto de tiempos librs. En Madrid o Barcelona, tan desiguales, esas diferencias en la actitud ante la vida, en la forma de disfrutarla, son todavía más acentuadas.

No critico, registro lo inocultable.

Esa especificidad española no acompañó a los señores de la Conquista. En la América Latina hispano-india, el flujo del cotidiano -con la única excepción de México- es regulamentado por la norma europea. Se come, se trabaja, y se convive en horarios semejantes a los de los países de la Unión Europea. Otra omisión en todos los textos iberistas , en la prensa de Lisboa y de Madrid, es la falta de referencias a la colonización económica de Portugal por parte de España. El proceso en curso es avasallador.

Hace tres décadas España prácticamente no existía como socio comercial de Portugal. Hoy ocupa el primer lugar en las importaciones portuguesas. Nuestros vecinos han sabido aprovechar los mecanismos de la Comunidad Europea. Pero tal posición hegemónica no la ocupan solamente en lo que respecta al comercio. La invasión de capital español es diluviana. La banca española ha conquistado una parcela importante del mercado portugués. Lo mismo ocurre con la hotelería y las grandes tiendas transnacionales como El Corte Inglés y Zara. Las inmobiliarias españolas invaden nuestras ciudades del Miño a Algarve.

El proceso de colonización pacifica, en el ámbito del funcionamiento del mercado, asume facetas particularmente alarmantes en Alentejo.

Capitalistas españoles compran ya las mejores tierras en el perímetro del gran embalse de Alqueva. Han adquirido millares de hectáreas, sobre todo en el distrito de Beja, para la cría de puercos, fábricas de aceite y plantaciones de olivos y viñedos.

Esa invasión de capital español es obviamente festejada como muy positiva por el gobierno de Sócrates y por la gran burguesía. Saludan a los inversores españoles como empresarios agentes del progreso. Agradecen. Con la espontaneidad de la nobleza de 1383 al saludar a D. Juan de Castilla, y la nobleza de 1580 al alinearse con Felipe II.

Esa forma de dominación económica encubre, al final, una modalidad de intervención imperial.

El corresponsal de El Pais en Lisboa garantiza que «el imperialismo español está definitivamente liquidado». Pero su perentoria afirmación apenas evidencia que, o desconoce lo que es el imperialismo, o pretende disipar en la cuna temores que identifica en amplios sectores del pueblo portugués.

España no tiene más colonias. Ni pasa por la cabeza de gobernante español alguno conquistar Portugal por las armas.

Empero, la actuación del capital español en América Latina configura una forma de imperialismo. Claro está, diferente, más discreta. La estrategia subyacente a la política de las inversiones macizas en Portugal es también inseparable de una concepción imperialista de las relaciones entre los pueblos.

Además, contrariamente a lo que sustentan los apologistas de la política de Zapatero, presentada como socialdemócrata y progresista, ella, en lo fundamental, se caracteriza por la fidelidad al neoliberalismo y por el alineamiento con el imperialismo.

El presidente del gobierno de Madrid, en vísperas de las elecciones que llevaron al PSOE al poder, se comprometió a retirar las tropas españolas de Iraq. Cumplió. Pero casi luego de ello fueron enviados a Afganistán fuerzas del ejército español, para combatir la insurrección en curso en aquel país, integradas al dispositivo de la OTAN. Ahora esa es otra guerra imperialista.

España es- no debemos olvidarlo- uno de los países de la Unión Europea que en los últimos años ha colaborado más activamente, a través de sus fuerzas armadas, con la estrategia de dominación mundial de los EUA. El discurso de Zapatero intenta ocultar esa evidencia. Pero los hechos niegan las palabras.

Pueden argumentar los defensores del iberismo que Portugal también envió fuerzas a Bosnia, Afganistán e Iraq por decisión de sucesivos gobiernos. Así fue. Pero la pequeña dimensión de esos contingentes es esclarecedora de la diversidad de actitudes de los pueblos de Portugal y España.

El premier Sócrates es un mediocre ambicioso, profundamente reaccionario. En el campo internacional sus posiciones reflejan la orientación transmitida por Washington. Mas está consciente de que el pueblo portugués conserva viva la memoria de la guerra colonial, y desaprobó desde el inicio las agresiones a Iraq y Afganistán, mascaradas de intervenciones en defensa de la libertad y la democracia. De ahí el carácter inexpresivo de la presencia de militares portugueses en aquellos dos países. Ni Cavaco osaría decirles, como lo hizo el rey de España en visita a sus tropas, que están sirviendo a la patria y a los más nobles ideales humanistas.

Para terminar quiero esclarecer que admiro mucho la otra España, la España mestiza, nacida de culturas diferenciadas, la España de Cervantes (El Quijote, leído e releído, continua siendo para mi un libro de cabecera) y de Goya, de Dolores Ibarruri y Lister, la Espana que se batió contra el fascismo y hoy condena en las calles al neoliberalismo, las guerras imperiales y la monarquía ridícula y corrupta que las aplaude.

Soy como comunista, internacionalista. Mas aprendí en los combates de la vida que lo universal tiene sus raíces en lo nacional.

Serpa, 29 de Octubre Traducción de Marla Muñoz odiario.info

 

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