Psicología del shock y ruptura del consenso social

Durante décadas, amplias capas de la población en Europa y en el mundo interiorizaron un relato: Occidente intervenía “por democracia”, “por derechos”, “por estabilidad”. Hoy, ese relato se rompe sin anestesia. El propio liderazgo estadounidense admite sin pudor que se trata de petróleo, dinero y dominio.
El resultado inmediato no es claridad ideológica, sino shock.
Desde la psicología social, ese shock se parece a una disonancia cognitiva intensa. Cuando una creencia central (“el poder actúa por valores”) choca con hechos explícitos (bombardeos, secuestros, amenazas a numerosos países), la mente busca salidas. Aparecen el enfado y la indignación moral. Y aquí hay un dato crucial: la injusticia moviliza más que el miedo. El miedo paraliza, la injusticia politiza.
Por primera vez en mucho tiempo, una denuncia histórica de la izquierda queda confirmada a ojos de millones: el poder capitalista no busca democracia, busca beneficio económico. Ya no es una consigna sino una constatación pública. Esa verificación produce una sensación de engaño en la población: “si esto era así, ¿qué más nos han ocultado?”. Esto provoca una ruptura del consenso social.
¿Puede esta ruptura derivar en una izquierdización de la población? Puede, pero no está garantizado. Las condiciones psicológicas están dadas: pérdida de confianza en élites y medios de comunicación, caída del aura moral de EE. UU. y enfado ante la impunidad. Eso abre una ventana donde cuestionar el sistema deja de parecer radical y empieza a parecer razonable. La crítica al imperialismo ya no suena partidista, sino realista.
Ahora bien, el peligro es conocido ya que el capitalismo raramente deja el enfado sin canalizar. Intenta reconducirlo hacia el cinismo (“todos son iguales”), hacia la necesidad de un autoritarismo “pacificador”, o bien respaldarlo con posturas ultraderechistas o aislarlo señalando a responsables difusos (grupos, partidos, personas) para evitar hablar de imperialismo, capitalismo y relaciones de poder, desactivando así la politización.
Estamos, entonces, ante una oportunidad histórica y un riesgo simétrico. Este tipo de shock sí puede empujar a la izquierda, sobre todo a sectores moderados que nunca se identificaron como tales, pero sólo si la izquierda redobla su presencia en la vida pública y logra darle un marco explicativo a lo que está ocurriendo. Si el shock se traduce en comprensión y movilización, puede abrir un ciclo de politización crítica. Si no, el sistema hará lo que hace siempre: reciclar la rabia.
Especial para La Haine







