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Argentina :: 05/03/2004

Radiografía de un asesinato.

Sebastián Hacher
Cuando la impunidad policial aprieta el gatillo.

El 4 de Marzo del 2002 llovía. Sólo los días así, imposibles para el futbol en la canchita, Marcelo Baez suspendía su entrenamiento de las 7 de las mañana o los interminables picados en el barrio de Mataderos.

Pero no se quedaba quieto. Esa mañana, mientras hacía tiempo para tomarse un micro a Entre Rios para trabajar en una misión de la iglesia, el goleador zurdo de 16 años salió a andar en Bicicleta con Marcelito, de 15, y Hernán, también de 16.

La persecución fue por Avenida Alberdi. La versión policial cuenta que Marcelo y sus dos amigos habían robado un quiosco, y los vecinos llamaron a la policía. Según el posterior recuento policial, el botín
consistía en un paquete de Marlboro y otro de Camel, galletitas de chocolate Pepitos, pastillas Tic Tac, caramelos Sugus, chicles Bobaloo, dos desodorantes Rexona y $27 en monedas.

Trabado por el tránsito de las dos de la tarde, Marcelo quedó atrás de sus amigos. Del patrullero se bajó el suboficial Ianello, que decidió ganar tiempo corriendo a pie. Su compañero, el suboficial Justo Luquet,
se quedó al volante intentando avanzar entre el embrollo de coches.

El parte policial habló de un "un corto enfrentamiento armado". Según los policías, Marcelo venía disparando mientras manejaba la bicicleta, y por eso chocó contra un tacho de basura. Teóricamente, pedaleaba casi de espaldas, manejando en medio del tráfico con una sola mano y con la otra sostenía el arma.

Los medios publicaron poco y nada. Un cable de la Agencia Infosic, reproducido en las páginas policiales de Crónica y otros diarios, señalaba que "Un delincuente de 16 años murió hoy al tirotearse con la
policía, cuando acababa de asaltar un kiosco del barrio porteño de Mataderos, junto a dos cómplices de la misma edad que fueron detenidos, informaron voceros de la fuerza de seguridad’.

El relato policial habló de un último tiro disparado por el joven contra el suboficial Ianello, que venía corriendo, y una rápida respuesta de Justo Luquet para "repeler la agresión".

Marcelo murió de un tiro en la sien. Un trabajo limpio y rápido, que permitió que los diarios titularan "muere joven delincuente". Un solo tiro, y un mérito más en el legajo del suboficial Justo Luquet.

Pero en Mataderos todos lloraban a su goleador. Por su casa desfilaron jugadores de todos los barrios; grandes y chicos que repitieron que no podía haber sido así, que todos conocían a Marcelo y sabían que él no
podía haber disparado contra nadie.

"Era tan tranquilo que ni siquiera devolvía una patada cuando estaba jugando al futbol. Le tenías que hacer de todo para hacerlo reaccionar" recuerda ahora, dos años después, Graciela Peralta, una mamá que
sabe que siempre va a sentir que "con Marcelo me arrancaron un pedazo de mi misma".

Marcelo Baez nació y se crió en los bordes de Ciudad Oculta, en una casita de lo que alguna vez fue la estación de ferrocarril que conducía ganado al Matadero. Tenía una sola gran pasión: el deporte, y se lo
disputaban entre los entrenadores de futbol y el boxeo, que consideraban una actividad incompatible con la otra. Se había probado en las inferiores de Huracán, donde había entrado fácilmente. Su madre
todavía guarda, como un altar, la veintena de trofeos ganados a fuerza de gambetas y sudor.

En la investigación se obtuvieron nuevos datos. El suboficial Ianello, el único testigo que declaró, había declarado que "hubo dos disparos" que el no vio, y que presumiblemente uno de ellos era el que disparó Marcelo y el otro el que efectuó su compañero.

Pero a los policías se les había escapado un dato: la autopsia demostró que el joven no tenía un tiro, sino dos. Cuando Marcelo chocó contra un canasto de basura y cayó al piso, Luquet ya se había adelantado entre el tráfico. Desde la ventanilla del patrullero hizo un disparo, que rozó la espalda de Marcelo. El casquillo quedó adentro del patrullero. Los pocos testigos que -desde el anonimato- se animaron hablar con la familia, todavía tienen en los oídos los gritos del joven: no me maten.

Y esas fueron sus últimas palabras; Luquet se acercó, lo miró, apuntó desde una distancia de 50 centímetros, y le dio el tiro de gracia en la sien. Marcelo no había disparado ni estaba armado; al caer, tenía las
manos contra el piso, y así lo encontró el médico forense que hizo las primeras pericias sobre el cuerpo. Pericias posteriores también confirmaron que al recibir los dos disparos, Marcelo estaba en el piso,
ya que las balas vinieron de "arriba hacia abajo, y de atrás hacia delante". El tiro mortal, en la sien, tenía una trayectoria casi vertical, y las marcas que dejó demostraron que fue disparado a menos de 50 centímetros de distancia.

Para los abogados de la CORREPI (Comisión Contra la Represión Policial e Institucional), que intervienen en la causa, "es materialmente imposible reproducir el mecanismo del disparo de acuerdo a la versión
oficial, pues su autor tendría que haber estado trepado sobre una escalera o superar en un metro o más la altura de un ser humano normal"

Y ni siquiera estaba armado. El arma secuestrada en el procedimiento no funcionaba bien, por lo que difícilmente se podría haber usado en un tiroteo en movimiento y desde una bicicleta. Lo que sí tenía el revolver
eran propiedades de moverse sólo; en las fotos aparece cerca del brazo derecho de Marcelo -cuando éste era zurdo- y en los recuerdos del Dr. Salomón, que fue a revisar el cadáver, aparece a más de un metro del
cuerpo.

Para la CORREPI y para la familia de Marcelo se trató, lisa y llanamente, de una ejecución.

Con las pruebas en la mano, la fiscalía pidió que el policía Justo Luquet fuera llamado a declaración indagatoría por asesinato, paso previo al procesamiento. Hasta ahora, dos años después, no hay respuesta y Justo Luquet fue trasladado de la comisaría 42 a la 48, a pocas cuadras del lugar, donde de vez en cuando se cruza con la familia de Marcelo.

Pero la historia no termina allí, en la simple impunidad de un policía que apagó una vida para mejorar los fríos números de la estadística del accionar policial.

El acta labrada durante al asesinato de Marcelo Baez está firmada por el comisario Héctor Armando Sodano. Este policía -que luego tuvo sus cinco minutos de fama en Octubre del 2002, cuando asesinó a su mujer- está implicado en al menos 19 denuncias por causas fraguadas por la Policía Federal. Las denuncias, recopiladas por la Procuraduría General de La Nación, señalan que 18 de esos casos se dieron durante los años 1997 y 98, mientras Sodano era Comisario de la División Brigadas de prevención de Seguridad Ferroviaria.

En uno de esos casos está involucrado un policía que solía hacer adicionales en la estación de Retiro; el suboficial Justo José Luquet, el asesino de Marcelo.

El 11 de Octubre de 1997, junto a una decena de policías, Luquet participó de la requisa de un vagón de tren en Estación Devoto. En el operativo fue detenido un joven al que se le secuestró marihuana, pero luego se comprobó, en el juicio oral, que la droga había sido plantada. El juzgado interviniente detuvo a dos policías y dos testigos por falso testimonio. Además procesó a Luquet como partícipe del hecho. Los testigos detenidos, que eran vigiladores del tren, confesaron que cotidianamente "le firmaban actas a Luquet sin ver qué era lo que había pasado".

Por esa causa Luquet está esperando juicio desde de finales del 2001, acusado de tenencia de drogas y falsedad de instrumento público. ¿Que significa esto?. Que legalmente, según los propios reglamentos de la Policía Federal, que el 4 de Marzo del 2002 -el día que mató a Marcelo- Luquet no podía estar arriba de un patrullero.

Si a Marcelo, el goleador zurdo de Mataderos, lo mataron a sangre fría, no fue sólo en post de mejorar la "estadística" . También lo mataron en nombre de la impunidad, tanto de Luquet como del comisario Sodano, su protector.

A dos años, con el asesino todavía recorriendo las calles en patrullero, la madre de Marcelo, junto a familiares de otros jóvenes asesinados por la policía, marchará a la comisaría 48 y luego a la 52, donde también
existen varios casos de muertos en enfrentamientos inexistentes, causas armadas y una impunidad policial que asombra por lo sistemática y grosera.

La convocatoria es el sábado 6 de Marzo a las 11:00 hs en la estación de Villa Lugano, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Sebastián Hacher
sebastian@riseup.net
Buenos Aires, 3 de Marzo del 2003

-Los periodistas de Hadad toman de la peor.

Las causas armadas son una constante en Capital Federal. Se calcula que sólo el 30% de los casos fraguados son resueltos a favor de las víctimas. La mayoría de las veces, como los operativos son armados
contra personas indefensas -mendigos, niños de la calle, drogadictos- los falsos delincuentes son encarcelados con pocas posibilidades, ya que la justicia suele pasar por alto las irregularidades que los
procedimientos suelen presentar.

Uno de estos casos, resuelto recientemente, reveló también la complicidad periodística con este tipo de procedimientos.

Infobae, el diario de Daniel Hadad, continuó ayer su campaña contra "la impunidad de los delincuentes", reseñando un caso donde supuestamente la justicia liberó a "dos traficantes de drogas por considerar que los
policías que los detuvieron "in fraganti delito" no tenían motivos para realizar el procedimiento".

La noticia, leída hasta el cansancio en Radio 10, reseñaba que uno de los detenidos portaba "un revólver color negro, con el número limado y siete proyectiles en su interior, y en el bolsillo izquierdo de la
campera había sesenta y cuatro ravioles de cocaína, cuatro pastillas de Rivotril y un envoltorio con marihuana".

El otro, su cómplice, según la versión periodística, portaba "un revólver color plateado, aparentemente calibre 22, también con la numeración limada y cargado con seis proyectiles", y en su media
derecha "había dos cilindros de cocaína envueltos en nylon". Siempre segun esa particular visión, los jueces del Tribunal Oral Nro. 5 de la Capital "decidieron que nada de eso importaba y en diciembre pasado lanzaron a las calles delincuentes que venden drogas a menores"., solo porque "existe duda acerca de si existió la sospecha previa que autoriza la requisa a la policía sin orden judicial" .

El artículo no cuenta ni siquiera la mitad de los hechos.

Se omite, por ejemplo, que las pericias químicas determinaron que la droga secuestrada "contenía 1,83 gramos de cocaína". El resto, mas de 60 gramos, era bicarbonato, lo que la hace imposible para el consumo y que técnicamente se califica como droga de "descarte", que se suele utilizar en los procedimientos falsos. En los revólveres supuestamente secuestrados, el tribunal consideró que no valía la pena extenderse ya
que "que se trataba de un caso de un armamento de muy baja calidad’

También se comprobó que uno de los testigos de la detención resultó ser el cocinero de la comisaría 52, que arribó al lugar en patrullero porque había ido a comprar jamón crudo para el comisario.

Y uno de los acusados denunció también, junto a otros testigos, que desde hacía años oficiales de esa comisaría lo habían tomado de "punto", llegando incluso a robarle plata durante una de las frecuentes requisas
de las que fue víctima. El objetivo, denunció, era utilizarlo como soplón, ya que en la comisaría sabían que era adicto a las drogas.

Los dos acusados fueron liberados luego de un año y cuatro meses de injusta cárcel, porque los jueces concluyeron que se trataba de un "procedimiento policial inventado".

Para el diario de Hadad, que mira la realidad sólo con la mitad del ojo derecho, se trató de la liberación de dos narcotraficantes. En el camino quedó la verdad. Seguro que, como la cocaína secuestrada, en la
redacción de Infobae la rebajaron al 1% de su pureza, tan sólo para "plantar", una vez mas, una noticia falsa. Igualito al accionar policial.

Una discusión con el periodista que firma el artículo, se puede consultar aquí.

 

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