República bananera: patria, camándula y marketing
La consolidación de una nueva etapa de la derecha colombiana. Anatomía de un caudillo fabricado para la era del espectáculo. No se llama Jack el Destripador. Se llama Abelardo De La Espriella
Y no llegó como un tigre. Llegó como un personaje cuidadosamente diseñado para una época en la que la política ha dejado de parecerse a la plaza pública para convertirse, cada vez con mayor frecuencia, en un inmenso escenario. Vivimos un tiempo en el que la autoridad suele confundirse con la estridencia, el patriotismo con una camiseta amarilla, la fe con una camándula electoral y el gobierno con un espectáculo de tarima.
Su victoria no representa únicamente el ascenso de un dirigente político - la derecha es experta en prefabricar candidatos - simboliza la consolidación de una nueva etapa de la derecha colombiana, profundamente influenciada por las estrategias del trumpismo, el nacionalismo conservador y las nuevas formas de comunicación política de la extrema derecha global. No fue simplemente un candidato: fue una marca. Un producto cuidadosamente concebido para un ecosistema donde los algoritmos premian el exceso, las redes sociales recompensan la confrontación y el grito circula con mucha más velocidad que los argumentos.
Sería un error interpretar este resultado como una derrota electoral de la izquierda. Lo ocurrido posee una profundidad mayor y, precisamente por ello, resulta más inquietante. Asistimos a la consolidación de una auténtica pedagogía del miedo, una forma de hacer política que no busca convencer mediante razones sino gobernar a través de las emociones. Mientras unos discutían reformas, otros aprendían a modelar imaginarios. Mientras unos debatían artículos de ley, otros conquistaban el lenguaje con el que millones de ciudadanos comenzaron a nombrar la realidad. Mientras unos gobernaban, otros construían sentido común. La batalla nunca fue solamente electoral; fue, sobre todo, cultural. Y la historia, vieja maestra de las pasiones humanas, enseña que las emociones suelen llegar antes a las urnas que los programas de gobierno.
Durante meses, Colombia fue invitada por los grandes medios de comunicación a contemplarse como una casa incendiada. La patria aparecía consumida por las llamas del comunismo; la familia tradicional era presentada como el último refugio moral frente a una supuesta decadencia; la religión se elevaba a certificado de pureza política; y la camiseta de la Selección Colombia se transformaba, silenciosamente, en el uniforme de los «buenos colombianos». En aquella liturgia bananera, quien no aplaudía al candidato dejaba de ser un contradictor legítimo para convertirse, casi de manera automática, en guerrillero, comunista, apátrida o enemigo interno. La política abandonaba así el terreno del debate para instalarse en el de la sospecha.
Aquella campaña funcionó como una procesión cuidadosamente coreografiada. Patria, Dios, familia, orden y miedo se fueron enlazando como las cuentas de un mismo rosario autoritario, una liturgia política donde cada símbolo reforzaba al siguiente y donde todas las oraciones conducían a una única conclusión: Colombia estaba al borde del abismo y únicamente un hombre providencial podía rescatarla. "un hombre no puede escapar a su destino", "cuando la patria llama a sus buenos hijos, tienen el deber sagrado de responder" afirmaba el abogado en julio de 2025 arengando con saludo militar el ya famoso slogan "firme por la patria", en un video de 4 min (Abelardo De la Espriella oficializa su candidatura presidencial para 2026 | 360), Nada especialmente novedoso bajo el sol latinoamericano. Cada caudillo que ha pretendido presentarse como salvador ha necesitado siempre los mismos elementos: un altar, un enemigo absoluto y un coro dispuesto a confundir la obediencia con el patriotismo.
La patria convertida en camiseta
Uno de los movimientos simbólicos más eficaces de la campaña consistió en apropiarse de la camiseta de la Selección Colombia. Parecía un detalle menor. No lo era. La política contemporánea ya no disputa únicamente votos; disputa símbolos, emociones y pertenencias. La camiseta dejó de ser la prenda que durante décadas reunió a millones de colombianos alrededor del fútbol para convertirse en una frontera política. El amarillo dejó de representar la alegría popular y comenzó a representar una determinada idea de nación. Vestir aquella camiseta ya no sugería solamente apoyar a un equipo: insinuaba pertenecer al país correcto.
Fue una operación semiótica de enorme eficacia. La patria quedó reducida a una prenda deportiva puesta al servicio de una candidatura. Así opera el nacionalismo barato: no explica el país, lo envuelve en una bandera; no invita a pensar, reparte carnés de patriotismo; no construye ciudadanía, fabrica sospechosos. Los nacionalismos contemporáneos no necesitan prohibir la diferencia. Les basta con apropiarse de los símbolos nacionales para insinuar que únicamente ellos representan al país verdadero. Como un espejo deformante, muestran apenas una parte de la realidad y convencen a muchos de que allí está contenida la totalidad de la nación.
Patria Milagro: cuando la política promete redención
Si hubiera que condensar toda una campaña en apenas dos palabras, probablemente serían estas: Patria Milagro.
Detrás de esa expresión aparentemente sencilla se esconde una concepción completa del poder. La primera palabra invoca el sentimiento nacional; la segunda pertenece al lenguaje de la fe. Unidas producen una idea profundamente seductora: Colombia ya no necesita simplemente un gobierno, sino una salvación. No una reforma, sino un milagro. No una política pública, sino una redención. No ciudadanos deliberando, sino un pueblo creyendo.
El recurso dista mucho de ser novedoso. Recorre buena parte de la historia política latinoamericana y aparece una y otra vez allí donde el liderazgo pretende adquirir rasgos casi providenciales. Primero se exagera la decadencia nacional. Después se construye un enemigo absoluto. Finalmente aparece el salvador. La promesa deja entonces de consistir en administrar mejor el Estado para convertirse en la restauración del alma de la patria. Pero cuando la política comienza a ofrecer milagros termina exigiendo una fe que ningún gobierno, por poderoso que sea, puede satisfacer.
Cuando Dios baja a la campaña
No existe contradicción alguna entre democracia y religión. Millones de colombianos viven su fe con honestidad, solidaridad y un profundo compromiso con la justicia social. El problema aparece cuando la espiritualidad deja de ser una experiencia íntima para convertirse en estrategia electoral avalada por ese cristianismo falso de vitrina en donde los pastores de algunas congregaciones toman partido por una candidatura pensando en el bolsillo así tengan que traicionar los propios valores cristianos.
Durante toda la campaña, las referencias a Dios fueron permanentes. Oraciones públicas, bendiciones sobre la patria, llamados providenciales y un lenguaje cargado de símbolos religiosos construyeron la imagen de un liderazgo rodeado por un aura casi sagrada. No se trataba únicamente de expresar convicciones personales. Se trataba también de producir legitimidad política. Porque resulta mucho más difícil discutir racionalmente con quien parece hablar en nombre del cielo.
Como si Dios tuviera comité político. Como si Cristo hubiera descendido del Sermón de la Montaña para repartir volantes de campaña para santificar al tigre en tierra de jaguares.
La historia latinoamericana conoce demasiado bien ese mecanismo. Los grandes proyectos autoritarios rara vez prescinden de tres símbolos fundamentales: la bandera, la Biblia y la promesa de orden. La bandera convierte un proyecto político en patria. La Biblia lo convierte en misión moral. El orden lo transforma en necesidad histórica. Y entonces ocurre algo profundamente peligroso: quien discrepa deja de ser un opositor para comenzar a aparecer como enemigo del bien común. La democracia necesita ciudadanos capaces de deliberar. Los mesianismos, por el contrario, necesitan creyentes dispuestos a obedecer.
La familia, el miedo y el enemigo
La defensa de la llamada familia tradicional cumplió un papel similar. Más que promover una reflexión seria sobre el cuidado, la crianza, los vínculos afectivos o la protección social, funcionó como un eficaz dispositivo para producir miedo cultural. Se construyó la idea de que un determinado modelo de masculinidad --el macho con aires de latin lover, que exhibe sin pudor su virilidad, presume de sus atributos frente a una periodista, se presenta como el hombre fuerte dispuesto a "romper al oponente" si alguien se mete con su familia, pero que luego celebra conquistando un "buen culo"-- estaba siendo asediado por las mujeres organizadas, las diversidades sexuales, el feminismo, la escuela pública crítica y las nuevas generaciones. Todos ellos fueron convertidos en enemigos de un supuesto orden natural que, según este relato, se encontraba al borde del colapso.
La derecha comprendió algo que la izquierda subestimó durante demasiado tiempo: cuando resulta difícil prometer prosperidad inmediata, siempre es posible prometer disciplina, castigo y nostalgia. Allí donde no alcanza el pan, aparece el orden; donde no llegan las soluciones, se ofrece la ilusión del control.
El comunismo como palabra mágica
Durante meses el país escuchó una misma letanía repetida hasta convertirse casi en sentido común: la patria estaba amenazada, la libertad estaba amenazada, la familia estaba amenazada, los niños estaban amenazados y hasta la religión parecía encontrarse bajo asedio. Frente a semejante catálogo de peligros, la respuesta era siempre idéntica. Existía un enemigo único, omnipresente y casi mítico: el comunismo y sus secuaces, los guerrilleros.
Poco importaba definirlo. Mucho menos explicar qué significaba realmente. Bastaba con pronunciar la palabra para que el miedo hiciera el resto. En Colombia ese término arrastra un peso histórico enorme y durante décadas fue utilizado para justificar persecuciones, estigmatizaciones y exclusiones.
Así, comunista y guerrillero terminó siendo el maestro que defendía la educación pública. Comunista fue el sindicalista que reclamaba derechos laborales. Comunista la lideresa social que exigía tierra. Comunista el joven que marchaba. Comunista el periodista incómodo. Comunista cualquiera que se negara a aceptar la obediencia como destino. Así comienza a empobrecerse una democracia: cuando toda diferencia termina convertida en sospecha y toda crítica es presentada como una forma de traición.
Los "nunca" y los de siempre
La consigna de gobernar con «los nunca» fue una de las operaciones narrativas más exitosas de la campaña. Los nunca del establecimiento. Los nunca de la corrupción. Los nunca de la politiquería. Sonaba convincente porque conectaba con un cansancio real frente a las élites tradicionales.
Sin embargo, detrás del decorado aparecían viejos sectores de la derecha colombiana, alianzas ampliamente conocidas, estructuras políticas tradicionales y poderes económicos que durante décadas han participado del mismo establecimiento que ahora decían combatir. La política contemporánea descubrió hace tiempo que reinventarse cuesta mucho menos que transformarse. Cambiar el relato resulta bastante más económico que cambiar el proyecto.
El caudillo como producto cultural
La figura presidencial no fue construida únicamente alrededor de un programa de gobierno. Fue, ante todo, la construcción deliberada de un personaje. El tigre. El abogado desafiante. El hombre que dice lo que otros callan. La frase altisonante. La amenaza envuelta en humor. La provocación convertida en método. El gesto permanente de confrontación. En tiempos dominados por el algoritmo, la política terminó pareciéndose a una extraña mezcla de reality show, misa campal y pelea de gallos. Y allí apareció Abelardo: no como un estadista en formación, sino como un producto cuidadosamente diseñado para la pantalla, para el meme, para el aplauso inmediato y para una indignación que nunca descansa.
La política contemporánea ya no produce únicamente candidatos; produce productos culturales. El algoritmo recompensa el exceso, las redes sociales premian la confrontación y la indignación circula con mucha más rapidez que la reflexión. Poco a poco, el espectáculo fue ocupando el lugar del programa. La pregunta dejó de ser «¿qué propone?» para convertirse en otra muy distinta: «¿qué tan fuerte parece?». No se trata de un fenómeno exclusivamente colombiano. Es una de las transformaciones más profundas que hoy atraviesan a numerosas democracias en el mundo.
Las cifras de un país partido en dos
Las cifras oficiales muestran una realidad imposible de ignorar. La elección se decidió por un margen extraordinariamente estrecho, cercano a un punto porcentual. Cerca de trece millones de ciudadanos respaldaron al nuevo presidente, mientras una cifra prácticamente equivalente apoyó a la candidatura alternativa. Colombia no eligió un consenso. Eligió una polarización.
Dos proyectos de país quedaron frente a frente, como dos orillas separadas por un río cada vez más ancho y turbulento. Esa realidad impone una enorme responsabilidad histórica al nuevo gobierno. Gobernar un país dividido exige construir puentes, no profundizar trincheras. Una victoria electoral nunca elimina la legitimidad democrática de quienes votaron por otra opción, ni convierte a casi la mitad del país en un actor políticamente irrelevante. Pero contrario a esto lo primero que ha hecho la derecha es estigmatizar y criminalizar el voto cepedista, "voto fusil" es decir según su tesis basada en una afirmación irresponsable de un periodista del diario de derecha " El Colombiano" mas de la mitad de votantes de izquierda lo hicieron obligados por la guerilla, esta barbaridad ha sido amplificada por los grandes medios y por políticos fascistas que incluso han solicitado bombardear zonas enteras de votación de izquierda, muy al estilo de la estrategia Israelí en Palestina, lo cual no es un tema menor dado el pronunciamiento de De La Espriella de utilizar en Colombia los mismos métodos sionistas.
Al mismo tiempo, desde distintos sectores políticos surgieron preguntas sobre el crecimiento electoral de la candidatura ganadora frente a resultados anteriores de su movimiento. En una democracia, esas inquietudes deben tramitarse mediante los mecanismos institucionales previstos por la ley: escrutinios, auditorías, reclamaciones y decisiones de las autoridades competentes. Defender la transparencia electoral significa precisamente permitir que las dudas se resuelvan con pruebas, procedimientos y garantías, nunca con prejuicios ni con descalificaciones anticipadas. Precisamente porque la democracia se fortalece cuando la confianza pública descansa sobre instituciones sólidas y no sobre actos de fe.
Detrás del espectáculo
Pero debajo del espectáculo existe un proyecto político. Y es allí donde comienza la discusión verdaderamente importante.
Más allá de la retórica, de las consignas y de la escenografía electoral, el verdadero debate gira alrededor del rumbo que tomará el Estado colombiano durante los próximos años. Las reformas laborales, pensional, de salud, agraria y educativa impulsadas durante el gobierno de Gustavo Petro representaron uno de los intentos más ambiciosos de ampliar derechos sociales desde la Constitución de 1991. Para sus defensores significaron avances orientados a reducir desigualdades históricas y fortalecer el papel del Estado en la garantía de derechos; para sus críticos implicaron riesgos para la economía, la inversión y el funcionamiento institucional.
El nuevo gobierno ha anunciado su intención de revisar, modificar o reemplazar varias de esas políticas. Ese escenario abre una nueva etapa de disputa democrática. La derecha no llega únicamente a administrar el Estado; llega con la intención de imprimirle un rumbo distinto y de redefinir las prioridades del país. En ese contexto, muchas de las conquistas sociales alcanzadas durante los últimos años entran en una fase de incertidumbre política.
La reforma laboral, ya convertida en ley, podría enfrentar intentos de modificación, flexibilización o desmonte parcial en nombre de la competitividad y la generación de empleo. La reforma pensional, aunque fue nuevamente aprobada por el Congreso, continúa pendiente de la decisión definitiva de la Corte Constitucional y seguirá siendo objeto de una intensa disputa política e ideológica. La transformación estructural del sistema de salud, que no logró convertirse en ley durante este gobierno, podría dar paso al fortalecimiento de modelos que reivindican la intermediación de las EPS como eje del sistema. La política de reforma agraria continuará enfrentando la resistencia de quienes históricamente han concentrado la propiedad de la tierra, mientras que la educación pública podría verse sometida a renovados discursos de eficiencia, control ideológico, estandarización y disciplinamiento de la labor docente. Todo ello, por supuesto, invocando el lenguaje de la libertad: una palabra tan noble como polisémica que, con frecuencia, termina legitimando decisiones que favorecen a quienes ya concentran mayores cuotas de poder.
Para el movimiento sindical el mensaje resulta inequívoco. Comienza una etapa de resistencia. No una resistencia romántica ni testimonial, sino una resistencia organizada, democrática y profundamente pedagógica. La historia demuestra que los sindicatos constituyen uno de los principales contrapesos frente a la concentración del poder económico y político. Precisamente por ello, resulta previsible que vuelvan a ser presentados como privilegios, mafias, obstáculos para el desarrollo o enemigos del progreso. Nada resulta más funcional para un proyecto autoritario que un trabajador aislado, endeudado, temeroso y convencido de que conservar su empleo depende únicamente de guardar silencio.
La paz bajo la sombra del orden
En materia de paz, el panorama también despierta inquietudes. Las promesas de mano dura, militarización, megacárceles y cierre de espacios de negociación pueden resultar atractivas para una sociedad agotada por décadas de violencia. Sin embargo, Colombia conoce demasiado bien esa melodía. La ha escuchado antes. Sabe cómo empieza: con discursos de orden, autoridad y seguridad. También sabe cómo puede terminar: con más territorios militarizados, más líderes sociales amenazados, más comunidades atrapadas entre distintos actores armados y más jóvenes pobres convertidos en la materia prima de la guerra.
La historia colombiana enseña que cuando el poder comienza a llamar «enemigo interno» a todo contradictor, la democracia empieza a caminar sobre una cornisa. No es necesario cerrar el Congreso el primer día ni suspender las elecciones para deteriorar una democracia. Basta con degradar lentamente el lenguaje público, estigmatizar la protesta, criminalizar el sindicalismo, debilitar los controles institucionales, desacreditar la prensa crítica y presentar toda oposición como una forma de sabotaje. El autoritarismo contemporáneo no siempre entra con botas. A veces entra con Biblia, camiseta de la Selección, pauta publicitaria y un impecable equipo de mercadeo político.
El tablero continental
Sería un error analizar esta elección únicamente desde la política nacional. Colombia ocupa un lugar estratégico dentro del continente. Su posición geográfica, su acceso al Caribe, al Pacífico y a la Amazonía, su frontera con Venezuela y su histórica relación con Estados Unidos la convierten en una pieza central del equilibrio regional.
En ese contexto, el temprano respaldo expresado públicamente por Donald Trump fue interpretado por numerosos observadores como un gesto de alto contenido simbólico. Más allá del alcance concreto de ese apoyo, volvió a instalar una vieja discusión: ¿hasta dónde llegará la autonomía de Colombia para definir su propia política exterior y sus prioridades estratégicas?
El debate alrededor de iniciativas como el denominado Escudo de las Américas también forma parte de esa discusión. Sus promotores lo presentan como un mecanismo de cooperación regional en materia de seguridad; sus críticos advierten que podría profundizar una lógica de alineamiento geopolítico liderada desde Washington. Se trata, en el fondo, de una discusión sobre la soberanía y sobre el lugar que Colombia quiere ocupar en el sistema internacional.
América Latina conoce demasiado bien esa historia. Cada vez que una gran potencia promete salvarla, conviene preguntarse quién terminará pagando el costo de esa salvación. Plan Cóndor. Doctrina de Seguridad Nacional. Guerra contra las drogas. Bases militares. Cooperación condicionada. Inteligencia compartida. El libreto cambia de portada, incorpora nuevos discursos y moderniza su diseño gráfico, pero con frecuencia conserva la misma trama: una región llamada a alinearse con intereses que no siempre coinciden con los propios.
A ello se suma el debate sobre la cooperación con otros aliados estratégicos en materia militar y tecnológica. En una época marcada por la vigilancia digital, la inteligencia artificial aplicada a la seguridad y las nuevas formas de control tecnológico, la cooperación internacional deja de ser un simple asunto diplomático para convertirse en una discusión sobre los límites entre seguridad, soberanía y libertades públicas.
La izquierda también tiene responsabilidades
Sería demasiado cómodo atribuir todo lo ocurrido únicamente a la eficacia de la propaganda. No. La izquierda democrática también tiene responsabilidades y necesita hacer balances con honestidad.
Durante 4 años gobernó convencida de que las transformaciones institucionales bastaban para modificar la cultura política. No era así. Mientras el gobierno impulsaba reformas, buena parte de la derecha construía un relato emocional capaz de conectar con inseguridades, frustraciones y resentimientos reales que atravesaban amplios sectores de la sociedad. El miedo a la inseguridad, el cansancio frente a la corrupción, la rabia contra la burocracia, la sensación de abandono territorial y la incertidumbre económica fueron capturados por un discurso que ofrecía respuestas simples a problemas extraordinariamente complejos.
Allí también existe una autocrítica impostergable. La izquierda no puede limitarse a denunciar la manipulación si no disputa el sentido común. No basta con tener razón histórica. Hay que saber comunicarla. No basta con gobernar. Hay que organizar. No basta con ganar elecciones. Hay que construir cultura democrática, pedagogía popular, presencia territorial, medios propios y poder social. La batalla nunca fue solamente legislativa. Fue, sobre todo, cultural. Y esa batalla continúa.
La historia colombiana demuestra que ninguna posesión presidencial constituye el final de la democracia. Los gobiernos pasan. Los liderazgos cambian. Los espectáculos terminan. Pero los pueblos permanecen.
Lo que comienza ahora será una etapa intensa de confrontación democrática. Las reformas sociales estarán sometidas a nuevas disputas. La educación pública seguirá siendo escenario de debates decisivos. Los derechos laborales continuarán enfrentando tensiones. La paz volverá a ponerse a prueba. La soberanía nacional seguirá siendo motivo de discusión. Sin embargo, ninguna de esas batallas puede librarse desde la resignación. La democracia se fortalece cuando la ciudadanía participa, se organiza y ejerce una vigilancia permanente sobre el poder, cualquiera que sea su orientación política.
Desde el sindicalismo, el desafío consiste en defender los derechos conquistados, fortalecer la organización social, proteger la educación pública, cuidar la paz y preservar el Estado social de derecho sin renunciar nunca al debate democrático, a la crítica rigurosa y a la movilización pacífica.
Porque las repúblicas no se vuelven bananeras por aquello que exportan. Se vuelven bananeras cuando el miedo reemplaza al pensamiento, cuando el espectáculo sustituye a la política, cuando el patriotismo se reduce a una camiseta, cuando la fe termina convertida en propaganda y cuando la ciudadanía deja de verse como protagonista de la historia para esperar que un supuesto salvador resuelva aquello que únicamente puede construirse mediante democracia, participación y organización colectiva.
Porque la patria no cabe en una camiseta.
Dios no cabe en una campaña.
La democracia no cabe en un caudillo.
Y Colombia, por más que algunos intenten convertirla en escenario de una caricatura providencial cuidadosamente diseñada por el marketing político, seguirá siendo infinitamente más grande que cualquiera de sus personajes. Ningún gobierno agota la historia de un pueblo; ningún caudillo puede cancelar su memoria; ninguna caricatura, por ruidosa que sea, consigue reemplazar para siempre la inteligencia colectiva de una sociedad que decide organizarse. Al espectáculo se le responde con ciudadanía. Al miedo, con conciencia. Al autoritarismo, con democracia. Y a toda pretensión de convertir la República en una finca privada, con una ciudadanía capaz de recordar que la soberanía no pertenece a un líder, sino al pueblo entero.
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