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30/11/2004 :: Mundo

Salud para una minoría

x Ana Delicado Palacios
A pesar de los avances científicos, millones de personas mueren en los países empobrecidos. El elevado coste de los tratamientos, la ineficacia de algunos medicamentos y la inexistencia de otros, son provocados por resultar más rentables.

Las enfermedades infecciosas son la principal causa de muerte en los países empobrecidos. Cada año, mueren 17 millones de personas por nuevas afecciones, como el SIDA, u otras que se creían controladas. La tuberculosis o la difteria, por ejemplo, han vuelto a emerger y con mayor fuerza que antes.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de un tercio de la población mundial no tiene acceso a los medicamentos indispensables. Mientras en los países desarrollados un tratamiento con antibióticos equivale el sueldo de dos o tres horas de trabajo, en los países pobres una neumonía puede costar el salario de un mes.

Algunas de las enfermedades tropicales se tratan con facilidad, pero el coste de los medicamentos es demasiado alto para los países empobrecidos. No sólo ocurre con el SIDA. El precio elevado de los medicamentos afecta también a otras enfermedades tan comunes como lo son las infecciones respiratorias agudas, la disentería por Shigella, las infecciones de transmisión sexual, o la tuberculosis.

En la mayoría de los casos, las bacterias se han hecho resistentes a los tratamientos antiguos. No resultan eficaces, pero es lo único que los países pobres pueden ofrecer a los pacientes. Los medicamentos que sirven son económicamente inalcanzables.

Por eso, han proliferado medicamentos de dudosa reputación, de menor precio pero producidos de manera ilegal. Médicos sin Fronteras se encontró, en una vacunación contra la meningitis en Nigeria, que las vacunas habían sido falsificadas. No contenían más que agua.

De los más de 1200 medicamentos comercializados durante 25 años, sólo 13 se han destinado al tratamiento de enfermedades troncales, sufridas por las poblaciones más desfavorecidas pero por las que no hay ningún interés científico.

Entre 1935 y 1970, cuando el mercado de medicamentos dependía de los países colonizadores, la contribución de la industria farmacéutica en la lucha contra las enfermedades tropicales era indispensable. Tras la descolonización, el mercado farmacéutico se olvidó de estas patologías, interesada desde entonces en producir medicamentos más rentables, como para la alopecia o la obesidad.

El coste de la investigación y el desarrollo de nuevos medicamentos también se vuelve en contra de los países pobres. Las reglamentaciones necesarias para comercializar fármacos son muy estrictas y aumentan los gastos del desarrollo clínico. Sin recursos de ningún tipo, son empujados a resignarse.

En realidad, sí existen los medicamentos necesarios para algunas enfermedades tropicales, pero sólo sobre el papel. Al no ser rentables, la industria del medicamento tiende a olvidar su producción. Así ha ocurrido con el cloranfenicol oleoso, necesario para controlar las epidemias de meningitis que asolan muchas regiones de África. Médicos sin Fronteras ha conseguido acuerdos con laboratorios que se comprometen a fabricar medicamentos si les garantizan la compra de toda la producción. Pero es una solución a corto plazo. Arreglar la situación pasa por un compromiso de los gobiernos y de la industria farmacéutica.

Los países pobres también se ven amenazados por los acuerdos internacionales de derechos exclusivos de mercado. Con estos derechos, las industrias que monopolizan la mayor parte de los medicamentos vitales fijan un precio único. Un coste inaccesible para las poblaciones más desfavorecidas.

Como respuesta, Médicos sin Fronteras ha propuesto que se haga una excepción para que los países pobres puedan comprar este tipo de medicamentos. Exigen estimular la investigación y el desarrollo para enfermedades tropicales y estimular la producción de medicamentos abandonados por su desinterés comercial.

Millones de personas seguirán muriendo si no se humanizan los tratados internacionales de comercio. Las investigaciones científicas se hacen por y para el hombre. Pero se traiciona así misma si su estímulo es enriquecerse y no salvar a la gente que lo necesita. Los medicamentos esenciales no son un bien industrial más.

Cifras:

- De los cerca de 57 millones de personas que fallecieron en 2003, 10.5 millones (esto es, casi un 20%) eran niños menores de cinco años. El 98% de esas muertes se produjeron en países pobres.

- En los países sin recursos la esperanza de vida es de solo 49 años y uno de cada diez niños no alcanza a cumplir un año. En cambio, en los países desarrollados, la duración media de vida es de 77 años.

- Cada hora mueren 500 niños de cinco años a causa de las crecientes desigualdades mundiales en materia de salud.


Fuente: La Haine.

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