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09/06/2018 :: Europa, Mundo

Se cierra el círculo alrededor de Julian Assange

x Rafael Poch
Los mismos medios que se lucraron publicando las revelaciones de Assange, como 'El País', contribuyen hoy al acoso

Tras seis años de confinamiento, incomunicado y aislado, el imperio se cobra su cuenta.

A principios de abril, Joseph Di Salvo, subcomandante del mando sur (Southcom) del ejército de EEUU, visitó Quito. El asunto de su visita era la negociación para la reapertura de una base militar americana en Ecuador. El anterior presidente, Rafael Correa, la cerró y su sucesor, Lenin Moreno, quería restablecer el tradicional vasallaje a Washington: “estrechar las relaciones de seguridad entre ambos países”.

En 2012 el gobierno de Correa fue muy valiente al brindar asilo político a Julian Assange en su embajada en Londres. El fundador de Wikileaks cometió el delito de documentar algunos de los crímenes de guerra de EEUU en Afganistán e Irak. Más tarde reveló los pucherazos del Comité Nacional del Partido Demócrata de EEUU para reventar la campaña de Bernie Sanders en las primarias de las presidenciales de 2016.

Assange, que junto con Snowden han propiciado uno de los mayores descréditos mundiales de EEUU al documentar la existencia de big brother e identificar su criminal funcionamiento global, se convirtió inmediatamente en un enemigo del imperio a eliminar.

Desde el mismo inicio del escándalo, los documentos del Pentágono revelan el propósito de desprestigiar a estos héroes de nuestro tiempo y convertirlos en villanos. Lograron que Snowden tuviera que refugiarse en Rusia, presentaron a Assange como violador en un caso sueco fabricado que se desmoronó definitivamente en mayo de 2017, y afirmaron que Rusia era la gran proveedora de informes para Wikileaks, a fin de recolocar toda esa valiente disidencia en el rodado cuadro ideológico de la guerra fría después de que los Estados europeos se negaran en redondo a concederle asilo.

Perseguido durante ocho años, Assange se encuentra desde hace seis en una pequeña habitación del piso de la embajada ecuatoriana en Londres, carente de luz solar, con grave perjuicio para su salud, acechado por los servicios de inteligencia que controlan todos sus movimientos y visitas, y conocen hasta el más íntimo detalle de su existencia allá dentro.

Si todo eso era duro, el mismo día de la visita del General Di Salvo a Quito, Ecuador anunció que cortaba todas las comunicaciones de Internet y teléfono de Assange, así como todas sus visitas excepto la de sus abogados y las del suministro de comida. El peligro en el que se encuentra Assange es extremo.

El fiscal general de EEUU, Jeff Sessions, dice que su castigo es una “prioridad”, el director de la CIA, Mike Pompeo califica a Wikileaks de “servicio de inteligencia no gubernamental hostil”, el ex vicepresidente Joe Biden le calificó como “ciberterrorista” y en la memoria está la exclamación de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, “¿no podríamos simplemente matarlo con un dron?” (Can´t we just drone this guy?”).

En mayo Correa ya adelantó que los días de Assange estaban contados porque el nuevo presidente, “lo echará de la embajada a la menor presión de EEUU”. El lunes la ministra de Exteriores ecuatoriana, María Fernanda Espinosa, confirmó en Nueva York que se mantendrá el bloqueo de comunicaciones a Assange. Al día siguiente Espinosa era elegida presidenta de la asamblea general de la ONU con la bendición de EEUU.

Los mismos medios que comenzaron publicando las revelaciones de Assange y su red, desde The Guardian, hasta El País y Le Monde, pasando por Der Spiegel, contribuyen hoy al acoso y denigración del personaje. El vasallaje a la orden del imperio es general y completo. ¿Qué podrá hacer contra eso la concentración de protesta convocada en Londres el día 19 para marcar el sexto aniversario de su cruel y estrecho asilo? Pese a toda la retórica sobre la “sociedad civil”, pocas veces la desproporción de medios y fuerzas entre David y Goliat había sido tan gigantesca.

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