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Cuba :: 19/05/2007

Si nosotros podemos...

Fernando Martínez Heredia
Uno de los más ricos temas de debate de la cultura de liberación actual es el de la necesidad de que las personas crezcan y se cambien a sí mismas en el curso de su resistencia a la miseria y las opresiones, y de sus rebeldías

Michoacanos y maoríes, venezolanos y haitianos, se están alfabetizando con el mismo método, el programa cubano Yo sí puedo, que hoy se practica en veinte países, aunque a escalas muy diversas. La alfabetización de adultos ya tiene una larga historia, entre las ansias de las personas y las familias humildes de conocer y dominar la palabra escrita y las motivaciones o los intereses de quienes los ayudan a hacerlo. ¿Qué puede haber de nuevo, o de importante, en esta experiencia en curso?

Ante todo, la participación activa de las comunidades involucradas. Venezuela tiene hasta ahora el logro mayor, con más de un millón y medio de alfabetizados y un buen sistema de seguimiento hasta el nivel secundario. Pero ese país vive un cambio muy profundo y abarcador en la vida de su población, que ha generado autoestima, organización social, acceso a la salud, cultura política, mediante el esfuerzo conjunto del gobierno y la gente de abajo, que combinan los recursos estatales y la iniciativa popular. Venezuela está viviendo una revolución. Un muchacho casi negro, peón de limpieza del cementerio de Caracas, con un largo tajo en una pierna de su pantalón, me explicó hace dos años su motivación para alfabetizarse en el "aula" improvisada de la "Misión Robinson": "yo no voy a volver a estar como estaba".

Yo sí puedo es un instrumento audiovisual para alfabetizar con pocos recursos, basado en la experiencia, inscrito en programas de escolarización primaria. Posee la riqueza simple de los buenos hallazgos, como es el de pasar de los números -algo que todo adulto pobre está obligado a conocer-- a las palabras. En sólo tres meses se aprende a leer y escribir, con 65 teleclases de media hora de duración, apoyadas por una cartilla de siete páginas, con esta secuencia: oído-ojo, oído-libro, oído-lápiz. Los "facilitadores" -gente del lugar que algo sabe- y docentes del programa son los ejecutores y acompañantes del proceso. A los que ya estábamos en Secundaria a los 15 años nos cuesta mucho pensar -y aún más sentir- esa fórmula pedagógica que parece un conjuro. Pero esto puede servirle a una cuarta parte de los seres humanos del planeta, hoy que la iniquidad en que vivimos es casi inabarcable, y mayor todavía porque todo el mundo sabe lo que no tiene.

La vocación de Yo sí puedo no es ser un paliativo "cultural", ni una esperanza de ascenso social para individuos tenaces. Busca ir al encuentro de la formidable cultura acumulada por los pueblos, ser instrumento de algo más que leer y escribir, como la Operación Milagro es algo más que lograr ver. Uno de los más ricos temas de debate de la cultura de liberación actual es el de la necesidad de que las personas crezcan y se cambien a sí mismas en el curso de su resistencia a la miseria y las opresiones, y de sus rebeldías. No creer en el poder como un objeto ajeno, que un día vendrá y dispensará beneficios y satisfacciones. Cómo avanzar hacia sociedades liberadas, hacia poderes populares, es discutible, pero es indudable que el ejercicio de intercambios culturales y el crecimiento de las capacidades de los humildes puede aproximar esos avances, y sobre todo darle más potencial real de protagonismo a los de abajo. Es bueno que en Argentina le llamen "Vos podés" a una de las cartillas del programa, y será un día feliz cuando la gente le llame al programa Nosotros podemos.

La iniciativa cubana forma parte de su política de solidaridad con los pueblos, cuyos vehículos incluyen estructuras como el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño de Cuba, para el cual creó el programa la maestra Leonela Relys. El país aporta su inmensa experiencia pedagógica, y lo que es distintivo de su colaboración: sus expertos trabajan con los pobres fraternalmente, se entregan a sus tareas y son concientes de lo que ellas significan. Cuba ha entregado ya unos 40 millones de casetes de videoclases, 130 mil televisores y otros tantos equipos de video, dos millones de cartillas. La asesoría y formación de personal de los países en que se trabaja es priorizada, junto a los estudios más especializados que han pasado en Cuba miles de educadores de esas naciones.

Algunos se preguntan si todo este esfuerzo sistemático cubano se debe a una cualidad altruista o al cálculo de una estrategia política. Prefiero una respuesta que trasciende a esa disyuntiva: se trata de una combinación de solidaridad humana y de política nueva, que se alimentan mutuamente. La solidaridad internacional practicada durante medio siglo y siempre mayor y más audaz de lo que cabría esperar de un análisis previo al uso, procede de un pueblo conciente de que frente a la dominación mundial recolonizadora, parasitaria y guerrerista es indispensable ir forjando amistad entre los pueblos, alianzas, uniones, para que sea posible resistir y salir adelante. Y la forma más alta de esos vínculos es la práctica solidaria que comparte lo que se tiene y los proyectos con los que han estado "en el reverso de la historia", y da ejemplo a los demás de que la política de los pequeños puede ser superior a la de los imperialistas, si tiene un fundamento ético y el objetivo de servir a las mayorías.

Además, los cubanos han aprendido que el que brinda a otro pueblo todo lo que puede -y la vida si es preciso- gana mucho más que lo que ofrece, porque en el amor de humanidad se desarrolla como ser humano, y la sociedad que trata de crear y defender se hace más fuerte y más hermosa. Y dicho con una sola palabra, el internacionalismo es también un adelanto que el presente le toma al futuro.

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