Sobre el carácter incontrolable y destructivo del capital globalizante
El fracaso histórico de la socialdemocracia reformista proporciona un elocuente testimonio de la irreformabilidad del sistema, y la crisis estructural que se profundiza, de su incontrolabilidad
Artículo de Istvan Mészáros, quizás el que fue el más grande filósofo marxista, publicado en 'International Socialist Forum', Nro. 3, Octubre de 1998.
Vivimos en una época de crisis histórica sin precedentes. Su gravedad puede ser medida por el hecho de que no estamos enfrentando a una crisis cíclica más o menos extensa como las que se experimentaron en el pasado, sino a la crisis estructural cada vez más profunda del propio sistema del capital. Como tal, esta crisis afecta, por primera vez en la historia, a toda la humanidad, exigiendo cambios muy fundamentales, si queremos que el género humano sobreviva, en la forma como se controla el metabolismo social.
Los elementos que constituyen al sistema del capital (como el capital monetario y mercantil, así como la producción esporádica de mercancías) se remontan a miles de años en la historia. Sin embargo, durante la mayor parte de esos milenios, se mantuvieron como partes subordinadas de los sistemas específicos del control metabólico social, que históricamente prevalecieron en su época, incluyendo la propiedad de esclavos y los modos feudales de producción y distribución. Sólo durante los últimos siglos, bajo la forma capitalista burguesa, pudo el capital afirmar exitosamente su dominio como un sistema orgánico abarcador global. Citando a Marx,
"Hay que tener en cuenta que las nuevas fuerzas productivas y relaciones de producción no se desarrollaron a partir de la nada, ni del aire, ni de las entrañas de la idea que se pone a sí misma; sino en el interior del desarrollo existente de la producción y de las relaciones de propiedad tradicionales y contraponiéndose a ese desarrollo y esas relaciones. Si en el sistema burgués acabado cada relación económica presupone a la otra bajo la forma económico-burguesa, y así cada elemento puesto es al mismo tiempo supuesto, tal es el caso con todo sistema orgánico. Este mismo sistema orgánico en cuanto totalidad tiene sus supuestos, y su desarrollo hasta alcanzar la totalidad plena consiste precisamente en subordinar todos los elementos de la sociedad, o en crear los órganos que aún le hacen falta a partir de aquella. De esta manera llega a ser históricamente una totalidad. El devenir hacia esa totalidad constituye un momento de su proceso, de su desarrollo. Por otra parte, cuando en el interior de una sociedad las modernas relaciones de producción, vale decir el capital, se ha desarrollado hasta su plena totalidad, y esta sociedad se ha apoderado de un nuevo terreno, como por ejemplo en las colonias, la misma, y principalmente su representante, el capitalista, se encuentra con que, en ausencia del trabajo asalariado, su capital deja de ser su capital, y con que uno de los supuestos de éste no es tan solo la propiedad de la tierra en general, sino la moderna propiedad de la tierra; propiedad de la tierra que, en cuanto renta capitalizada, es más cara y en cuanto tal excluye la utilización directa de la tierra por los individuos. De ahí la teoría de Wakefield" (Karl Marx, Grundrisse.)
De este modo, al zafar a sus antiguos constituyentes orgánicos de las trabas de los anteriores sistemas orgánicos, y demoliendo las barreras que impedían el desarrollo de algunos constituyentes vitales nuevos, el capital como un sistema orgánico que abarca todo pudo afirmar su dominio durante los últimos tres siglos de una producción generalizada de mercancías. Reduciendo y degradando a los seres humanos al estatus de meros costos de producción como un necesario poder del trabajo, el capital pudo tratar incluso al trabajo vivo como nada más que una "mercancía comercializable" como cualquier otra, sometiéndose a las determinaciones deshumanizantes de la compulsión económica.
Las anteriores formas del intercambio productivo de los seres humanos entre ellos mismos y con la naturaleza eran de conjunto originadas hacia la producción para el uso, con un alto grado de autosuficiencia, así como su determinación sistémica. Esto les imponían una gran vulnerabilidad hacia los principios reproductivos agudamente contrastantes del capital que ya eran operativos, aún si al principio era una escala muy pequeña, dentro de los confines de los viejos sistemas. Pues ninguno de los elementos constitutivos del sistema orgánico dinámicamente desarrollado del capital necesitaba ni tampoco se podía confinar a las restricciones estructurales de la autosuficiencia. El capital como un sistema de control social metabólico podría emerger y triunfar sobre sus antecedentes históricos abandonando todas las consideraciones de la necesidad humana como atado a las limitaciones de valores de uso no cuantificables sobreponiéndose sobre la última - como el prerrequisito absoluto de su legitimación para convertirse en blancos aceptables de producción - los imperativos del valor de cambio cuantificable y en expansión constante.
Así fue como nació la forma históricamente específica del sistema del capital: su variante capitalista burguesa. Tenía que adoptar el modo abrumadoramente económico de extracción del plus trabajo como estrictamente plusvalor, en contraste con las formas de extracción de plustrabajo tanto precapitalista como poscapitalista del tipo soviético, que fue primordialmente política - que para la época era con mucho la vía más dinámica de realizar el imperativo expansionista del sistema victorioso. Más aún, gracias a la perversa circularidad del sistema orgánico del capital consumado a plenitud - en el cual "toda relación económica presupone la existencia de otra bajo la forma económica burguesa" y "cuanto se postule es también una presuposición" - el mundo del capital pudo asentar sus también sus pretensiones de ser una "jaula de hierro" eternamente inoxidable, de la cual no sería factible ni concebible escapatoria alguna.
Sin embargo, la absoluta necesidad de satisfacer exitosamente los requerimientos de la expansión incontenible - el secreto del avance irresistible del capital - había traído consigo también una limitación con cuán devastadoras consecuencias, o bien tenía que adoptar algunas construcciones racionales que contradijeran directamente su determinación más profunda como sistema expansionista irrefrenable. El siglo XX presenció muchos intentos fallidos que apuntaban a la superación de las limitaciones sistémicas del capital, desde el keynesianismo hasta el tipo de intervencionismo estatal soviético, junto con las conflagraciones políticas y militares que ellos originaron. Y no obstante, todo cuanto dichos intentos pudieron lograr fue la "hibridación" del sistema del capital, si se le compara con su forma económica clásica - con implicaciones extremadamente problemáticas para el futuro - pero no soluciones estructuralmente viables.
Es altamente significativo en este respecto que de hecho, el sistema del capital no pudo ser completado como un sistema global en su forma apropiadamente capitalista. Esta resulta ser la inconfortable verdad, no obstante todo el triunfalismo que celebró en los años recientes las virtudes míticas de una "sociedad de mercado" idealizada; para no mencionar el uso propagandístico apologético a lo que el concepto de un "mercado social" se le ha puesto; y el "fin de la historia" bajo la nunca más desafiante hegemonía de los principios capitalistas liberales. En otras palabras, los acontecimientos capitalistas globales no lograron hacer que prevalezca universalmente el modo económico de extracción y apropiación del plustrabajo como un plusvalor.
En el siglo XX el capital fue obligado a responder a crisis cada vez más extensas (que acarrearon hasta dos guerras mundiales antes inimaginables) aceptando la "hibridación" en la forma de una intromisión del estado cada vez mayor en el proceso de reproducción socioeconómica - como una salida de sus dificultades, ignorando los peligros a más largos plazos que el correctivo adoptado guardaba para la viabilidad del sistema. De una manera característica, los intentos de hacer retroceder el reloj (incluso hasta la época tan atrás en la historia de un Adam Smith burdamente tergiversado) son notorios entre los defensores a ultranza del sistema del capital. Así, los representantes de la "Derecha Radical" continuaron fantaseando acerca de "hacer retroceder las fronteras del estado", aunque en la realidad la tendencia claramente observable es la contraria, debido a la incapacidad del sistema para garantizar la expansión del capital a la escala requerida sin la administración de dosis cada vez mayores de "ayuda externa" por parte del Estado en una u otra forma.
Puede ser que el capitalismo haya ganado el control en la antigua Unión Soviética y en Europa Oriental, pero resulta totalmente erróneo decir que el estado presente del mundo es el dominio exitoso del capitalismo en todas partes, si bien es cierto que está bajo el dominio del capital.
Pues en China, por ejemplo, el capitalismo se ha instaurado con todas sus fuerzas tan sólo en "enclaves" costeros, dejando a una abrumadora mayoría de la población (es decir, bastante más de mil millones) por fuera de su marco. E incluso en esas áreas limitadas de China donde sí prevalecen los principios capitalistas, la extracción económica del plustrabajo tiene que ser apuntalada mediante constituyentes fuertemente políticos, para poder mantener el costo del trabajo artificialmente bajo. En forma similar la India - otro país con una población inmensa - está sólo parcialmente bajo la administración exitosa del metabolismo socioeconómico regido de manera capitalista, dejando hasta ahora a la enorme mayoría de la población en una situación muy diferente.
Hasta en la antigua Unión Soviética sería por demás inexacto hablar de la exitosa restauración del capitalismo en todas partes, a pesar de la total dedicación de los entes políticos dominantes a esa tarea durante por lo menos los últimos doce años de la URSS. Más aún, la fallida "modernización" del llamado "tercer mundo", en conformidad con las recetas propagadas durante décadas por los países "capitalistas avanzados", subraya el hecho de que enormes cantidades de personas - no solamente en Asia sino también en África y Latinoamérica - no hayan podido ser llevadas a la tierra prometida del milenio capitalista liberal.
Así el capital no podría conseguir adaptarse a las presiones que nacen del final de su "ascenso histórico" si no regresa a su propia fase de desarrollo progresivo, abandonando por completo el proyecto capitalista liberal, a pesar de toda la mistificación ideológica al servicio de sí misma que afirma lo contrario. Es por eso que hoy en día deberá resultar aún más obvio que nunca que el blanco de la transformación socialista no puede ser únicamente el capitalismo, si es que se quiere lograr un éxito perdurable: tiene que ser el propio sistema del capital.
Este sistema, en todas sus formas capitalistas o pos-capitalistas, está (y debe continuar estándolo) orientado hacia la expansión y guiado por la acumulación. Naturalmente, lo que está sobre el tapete al respecto no es un proceso trazado para la creciente satisfacción de la necesidad humana. Más bien, sí lo es la expansión del capital como un fin en sí mismo, al servicio de la preservación de un sistema que no podría sobrevivir si no hace valer constantemente su poder como un modo de reproducción expandido. El sistema del capital es antagonístico en su fuero interno, debido a la subordinación estructural jerárquica del trabajo al capital que usurpa - y tiene que usurpar siempre - el poder de tomar decisiones. El antagonismo estructural prevalece en todas partes, desde los "microcosmos" constitutivos más pequeños al "macrocosmo" que abarca las estructuras y relaciones reproductivas más amplias. Y precisamente porque el antagonismo es estructural, el sistema del capital es - y tendrá que serlo siempre - irreformable e incontrolable.
El fracaso histórico de la socialdemocracia reformista proporciona un elocuente testimonio de la irreformabilidad del sistema, y la crisis estructural que se profundiza, con sus peligros para la supervivencia misma de la humanidad, pone muy en relieve su incontrolabilidad. Ciertamente, resulta inconcebible introducir los cambios fundamentales requeridos para remediar la situación sin superar el destructivo antagonismo estructural tanto en los "microcosmos" reproductivos como en el "macrocosmos" del sistema del capital como modo de control metabólico social que todo lo abarca. Y eso sólo puede lograrse si se pone en su lugar una forma de reproducción del metabolismo social radicalmente diferente, orientada hacia la redimensionamiento cualitativo y la creciente satisfacción de la necesidad humana, un modo de intercambio humano controlado, no por un conjunto de determinaciones materiales fetichistas sino por los propios productores asociados.
El sistema del capital está caracterizado por una triple fractura entre:
(1). La producción y su control. (2) La producción y el consumo, y (3) La producción y la circulación - (nacionales e internacionales) de los productos.
Como resultado, es un sistema irremediablemente centrífugo, en el que cada una de las partes en conflicto e internamente antagónicas tira en direcciones muy diferentes.
En las teorías formuladas desde el punto de vista del capital en el pasado, los remedios para la dimensión cohesiva faltante fueron concebidos en su totalidad de manera ilusoria. Primero, por Adam Smith, como "la mano invisible" que supuestamente convertiría a las intervenciones políticas por parte del estado y sus políticos - condenadas explícitamente por Smith como sumamente dañinas - en totalmente superfluas. Luego, Kant ofreció una variante del "espíritu comercial" de Adam Smith propugnando la realización de una "política moral", a la espera (por demás ingenua) de que la acción del "espíritu comercial" trajese no solamente beneficios económicos universalmente difundidos, sino además un reinado de la "paz perpetua" políticamente loable, dentro del marco de una armoniosa "Liga de las Naciones". Y más tarde, en la culminación de esa línea de pensamiento, Hegel introdujo la idea de la "astucia de la razón", atribuyéndole el desempeño de una función muy parecida a la de "la mano invisible" de Adam Smith.
Sin embargo, en un contraste total con Smith - y reflejando la situación de mucho mayor desgarramiento de su propio tiempo - Hegel le asignó directamente el papel totalizante-universalista de la Razón en los asuntos humanos al estado-nación, desdeñando la creencia de Kant en el reinado de la "paz perpetua" por venir. Pero también insistió en que "lo Universal ha de ser hallado en el Estado, en sus leyes, sus disposiciones universales y racionales. El Estado es la Idea Divina existente sobre la Tierra", (Filosofía del derecho) ya que en el mundo moderno "el Estado como imagen y realidad de la Razón se ha vuelto objetivo". Así, hasta los más grandes pensadores que conceptualizaron estos problemas desde el punto de vista del capital tan sólo pudieron ofrecer algunas soluciones idealizadas para las contradicciones subyacentes: es decir, para la triple fractura definitivamente irresoluble antes mencionada. Sin embargo, al menos han reconocido por implicación la existencia de dichas contradicciones, al contrario de los apologistas del capital de nuestros días - como los representantes de la "derecha radical", por ejemplo - que jamás admitirían la existencia de algo que necesite un correctivo sustantivo en su apreciado sistema.
Dada la determinación interna centrífuga de sus partes constitutivas, el sistema del capital sólo podía hallar una dimensión cohesiva, y sumamente problemática ésta, bajo la forma de sus formaciones de estados nacionales. Estos últimos representaban a la estructura abarcadora/totalizadora de mando política del capital, que demostró ser apropiada para su papel a través del ascenso histórico del sistema. Sin embargo, el hecho de que esa dimensión cohesiva remedial estuviese articulada históricamente en el forma de estados naciones muy lejos de ser mutuamente benevolentes y armoniosos entre sí, con el menor deseo posible de actuar en conformidad con el imperativo kantiano de la "paz perpetua" por venir, significó que en la realidad el estado estuviese en verdad "infectado de contingencias" en más de una forma.
Primero, porque las fuerzas de destrucción a la disposición de la contienda militar se han vuelto absolutamente prohibitivas, privando así a los estados-naciones de su opción final para resolver los antagonismos internacionales más abarcadores en la forma de una nueva guerra mundial.
Segundo, porque el fin del ascenso histórico del capital ha puesto en evidencia el irracional carácter despilfarrador y destructor del sistema también en el plano de la producción, intensificando así la necesidad de garantizar nuevas salidas para los bienes del capital a través de la dominación hegemónica/imperialista, bajo condiciones en que la manera tradicional de imponer ya no puede ser considerada una opción fácilmente a mano, no solamente por razones estrictamente militares sino también a causa de las graves implicaciones de pasos como ése para una potencial comercial de carácter global.
Y tercero, porque la contradicción, hasta hace relativamente poco velada, entre la voluntad irrefrenablemente expansionista del capital (que tiende a la total integración global) y las formaciones de estado articuladas históricamente - como estados naciones competidores - ha saltado a la luz, afianzando no sólo la destructividad del sistema sino también su incontrolabilidad
No es de extrañar, entonces, que el fin del ascenso histórico del capital en el siglo XX haya acarreado con él también la profunda crisis de todas sus formaciones de estado conocidas.
En nuestros días se nos ofrece, como una solución automática de todos los problemas y contradicciones que enfrentamos, la varita mágica de la "globalización". Esta solución es presentada como una novedad completa, como si el tema de la globalización hubiese aparecido en el horizonte histórico hace apenas una o dos décadas, con su promesa de benevolencia universal a la paz con aquella noción alguna vez similarmente aclamada y reverenciada de la "mano invisible". Y sin embargo en la realidad el sistema del capital se estuvo desplazando inexorablemente hacia la "globalización" desde su inicio. Porque, dado el carácter irrefrenable de sus partes constitutivas, el capital no podía concebir que existiese otra forma de completarse que la de un sistema global. Es por eso que el capital tenía que tratar de demoler todos los obstáculos que se interpusiera en el camino de su pleno desenvolvimiento; y tendrá que seguir haciéndolo mientras sobreviva el sistema.
Es ahí donde se vuelve claramente visible una gran contradicción. Porque si bien el capital tiende en su articulación productiva - en nuestro tiempo fundamentalmente mediante la acción de corporaciones nacionales/trasnacionales gigantescas - hacia una integración global (y en ese sentido real y sustantivamente dirigida hacia la globalización), la configuración vital del "capital social total" o "capital global" está en la actualidad totalmente libre de su apropiada formación de estado. Esto es lo que contradice abiertamente la determinación intrínseca del sistema mismo como inexorablemente global e irrefrenable. Así, el "estado del sistema del capital" faltante como tal demuestra por sí mismo la incapacidad del capital para llevar a su conclusión definitiva la lógica objetiva de la irrefrenabilidad del sistema.
Esa es la circunstancia que tiene que poner bajo la sombra del doloroso fracaso a las expectativas optimistas de la "globalización", sin eliminar, sin embargo, el problema mismo - a saber, la necesidad de una integración verdaderamente global de los intercambios reproductivos de la humanidad - para el cual sólo es posible prever una solución socialista. Porque sin ésta, el antagonismo y la confrontación hegemónica obligadamente cada vez más letales de las principales potencias que compiten por las vías de salida requeridas, no pueden terminar sino en catastrófica amenaza para la supervivencia de la humanidad.
Por poner un solo ejemplo, dentro de dos o tres décadas la economía de China (aún la presente tasa de desarrollo) está destinada a sobrepasar en mucho a la fuerza económica de los Estados Unidos, con el potencial militar correspondiente. Y, en la vieja y noble tradición del "pensamiento estratégico", ya en los Estados Unidos hay "teorías" que anticipan la solución necesaria de ese inmenso desafío económico y político mediante algún "golpe preventivo".
La crisis estructural del capital es la sobria manifestación del encuentro del sistema con sus propios límites intrínsecos. La adaptabilidad de ese modo de control metabólico social no podía ir más allá de lo que le permitiera la "ayuda externa" compatible con sus determinaciones sistémicas. El hecho mismo de que aflora la necesidad de esa "ayuda externa" - y que a pesar de toda la mitología que señalaba lo contrario continuó creciendo a todo lo largo del siglo XX y ahora en el XXI - fue siempre un indicativo de que había que introducir algo bien diferente a la normalidad de la extracción y apropiación económicas del plustrabajo, si se quería contrarrestar las graves "disfunciones" del sistema. Así la mayor parte del capital del siglo pasado pudo digerir las dosis de correctivos que le fueron administradas, y en los pocos "países capitalistas avanzados", pero tan sólo allí - hasta fue posible celebrar su fase de desarrollo expansionista muy obviamente exitosa durante las décadas del intervencionismo estatal keynesiano después de la segunda guerra mundial.
La gravedad de la crisis estructural del sistema del capital enfrenta a los socialistas con un desafío estratégico de envergadura, pero a la vez les ofrece también - algunas posibilidades vitales nuevas para responder a ese desafío. Lo que se necesita destacar aquí es que no importa cuán abundantes y variadas puedan ser las formas de "ayuda externa" en el siglo XXI - muy distinto a las fases iniciales del desarrollo capitalista, cuando la "ayuda externa" política absolutista (como lo señaló Marx con referencia a Enrique VIII y otros) era instrumental, y hasta vital, en el establecimiento de la normalidad y el sano funcionamiento del capital como un sistema omniabarcador - en nuestros tiempos toda esa ayuda demostró ser insuficiente para el propósito de garantizar la estabilidad permanente y la incambiable vitalidad del sistema.
Más bien lo contrario. Porque las intervenciones del estado en el siglo XX no hicieron más que intensificar la "hibridación" del capital como sistema de reproducción social, amontonando así los problemas para el futuro. En los años que nos aguardan la crisis estructural del capital - que se hace valer como la insuficiencia crónica de la ayuda externa en la presente etapa de desarrollo - está obligada a profundizarse. También obligada a difundirse a todo lo ancho del mundo, aún en los rincones más remotos del mundo, afectando todos los aspectos de la vida, desde las dimensiones reproductivas directamente materiales hasta los aspectos intelectuales y culturales más mediatizados.
Sin dudas, el cambio históricamente viable sólo puede ser uno verdaderamente epocal y fijarse la tarea de ir más allá del capital como un modo de control metabólico social. Esto significa una acción de mucha mayor magnitud que la del capital cuando derrocó al sistema feudal. Porque es imposible ir más allá del capital sin superar radicalmente la subordinación estructural jerárquica del trabajo a cualquier fuerza controladora extraña, todo lo contrario a simplemente cambiar la forma histórica específica en que se perpetúa la extracción y la apropiación del plustrabajo, como ocurrió siempre en el pasado.
Las "personificaciones del capital" pueden asumir muchas formas diferentes, desde la variedad capitalista privada a la teocracia actual, y desde los ideólogos y políticos de la "Derecha Radical" a los burócratas del estado y el partido postcapitalistas. Hasta se pueden presentar como transvestis políticos, vestidos con el traje del "nuevo laborismo" - como por ejemplo lo hace el gobierno inglés hoy día - para propagar la mistificación al servicio del continuado dominio del capital con mucha mayor facilidad. Todo esto, sin embargo, no puede resolver la crisis estructural del sistema y la necesidad de derrotarlo mediante la alternativa hegemónica del trabajo al orden metabólico social del capital. Es esto lo que pone en la agenda histórica la tarea de la rearticulación radical del movimiento socialista como un movimiento de masas incondicionalmente firme.
Para ponerle fin a la separación trágicamente auto desarmadora del brazo industrial" del trabajo (los sindicatos) de su "brazo político" (los partidos tradicionales), y lanzarse a la acción directa políticamente consciente, en contra también de la aceptación sumisa de las condiciones cada vez peores que las reglas seudo democráticas del juego parlamentario les imponen a los productores, están los objetivos orientadores y los pasos transicionales necesarios de un movimiento socialista revitalizado en el futuro previsible. El continuo sometimiento al curso globalmente destructivo del desarrollo del capital globalizador no es verdaderamente una opción.
International Socialist Forum Nro. 3. Traducción: Francisco T. Sobrino.







