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Mundo :: 07/08/2004

Supervivientes de Hiroshima recuerdan desastre nuclear y luchan con pesadillas

Agencias
Más de medio siglo después, los cada vez menos supervivientes del primer ataque nuclear de la historia, en la ciudad japonesa de Hiroshima, tratan aún de superar las secuelas de esa masacre, mientras se aferran a la memoria torturada de aquellos días.

Más de medio siglo después, los cada vez menos supervivientes del primer ataque nuclear de la historia, en la ciudad japonesa de Hiroshima, tratan aún de superar las secuelas de esa masacre, mientras se aferran a la memoria torturada de aquellos días.

Hace hoy 59 años, la mañana de Hiroshima estalló en un millar de soles y la destrucción se apoderó de esa ciudad del sur de Japón, en el primer ataque nuclear de la historia, que causó 140.000 muertos sólo en el instante de la explosión y en los meses siguientes, pero cuyo terrible balance pasa ya de las 237.000 víctimas.

Allí estaba Fusako Mamii, entonces un ama de casa de 23 años, que terminaba de tender la colada al sol y que miraba al cielo en su jardín cuando la bomba lanzada por el bombardero "Enola Gay" reventó a 600 metros de altura sobre los tejados de Hiroshima.

En ese instante, una llamarada de luz la cegó y lo último de lo que fue consciente es que se le caía encima uno de los muros de su casa, posiblemente el que le salvó la vida. "No sabía lo que estaba pasando. Mis vecinos me sacaron de debajo de los escombros, pero ellos también tenían sus cabezas ensangrentadas", dice Fusako, que cuenta ahora con 82 años.

Su primera reacción fue buscar a su hijo de dos años, al que encontró cubierto de cristales y recogió apresurada, pues, como todo el mundo sabía entonces, los bombardeos de los norteamericanos eran seguidos de ataques con proyectiles incendiarios.

En esos primeros momentos, cuenta Fusako, no se tenía idea alguna del tipo de artefacto que había estallado, por eso todo el mundo de su barrio huyó hacia un río cercano. Tras cubrirse con unas ropas que le ofrecieron, pues perdió las suyas en el momento del ataque, Fusako corrió con su hijo y pudo descubrir que el horror que había golpeado Hiroshima era de un tipo desconocido.

La calle principal, explica la anciana, estaba llena de personas que corrían presa de pánico mientras "perdían la piel como si se les cayeran unos harapos de ropa". Mientras se dirigía al río, alguien la tocó en un tobillo: era un niño de tres o cuatro años de edad, con la cara hinchada "como una pelota" y con uno de sus ojos colgando, cerca de la nariz.

"Me parecía que el niño me mirada enojado a través de ese ojo. Me dio mucho miedo y le di una patada muy fuerte para apartarlo. Ahora, al cabo de casi sesenta años, no puedo olvidar ese momento", dice Fusako con la mirada nublada por las lágrimas.

Pero el terror sólo acababa de empezar; llegada al río, Fusako pudo ver a un grupo de escolares "a las que no se les veía la cara, sólo jirones de piel" y que pedían agua a su maestra. Todas las niñas murieron antes del amanecer, añade Fusako, que todavía puede oír sus voces desesperadas.

Fusako pasó toda la noche en el río, donde vio también como otra niña de tres años trataba de dar agua con sus manitas a su madre moribunda, que, con la espalda abrasada, apenas podía lamer los dedos de su hija.

"Fui muy mala. A pesar de que a mí me salvaron, yo no le eché una mano a nadie. Pensaba sólo en mí misma y en mi hijo. Ahora, pese al tiempo transcurrido, no desaparece esa conciencia de culpa y siento que me rodean las almas de esas personas a quienes no ayudé", añade.

El hijo de Fusako Mamii, a pesar de la gravedad de los cortes por cristales, logró sobrevivir gracias a la lluvia, que, en cambio, mató a muchas otras personas al extender la radiación nuclear. Los dos vecinos de Fusako se volvieron locos al cabo de una semana por el "síndrome de la bomba atómica" que sufrieron miles de personas y que les hacía sangrar por todo el cuerpo en medio de grandes dolores.

A Fusako le gustaría visitar sus tumbas para mostrarles el agradecimiento que no les pudo expresar en aquellos momentos de horror, pero no sabe donde se encuentran pues todos sus familiares también murieron.

"Ya tengo 82 años de edad. Estoy más cerca del otro mundo que de éste y no sé si ellos me perdonarán cuando muera. Pese a que no me creo merecedora del perdón, lo pido; por eso, en lo que me resta de vida, mi misión es contar lo que pasó", añade la anciana.

 

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