Tragedia en el horizonte

El país más poderoso y rico del mundo es hoy una nación parásita que consume mucho más de lo que produce. Es un hecho que el dólar permanece como moneda mundial, pero el gigantismo de los déficits del presupuesto y comercial y la colosal deuda externa (la mayor del mundo) iluminan la fragilidad de la dictadura del billete verde.
La inexistencia de una salida compatible con la lógica del capitalismo explica la desesperación en la extrema-derecha estadounidense que controla hoy la Casa Blanca y el Pentágono. El fracaso interno y externo de la globalización neoliberal determinó opciones que -como bien lo señaló Samir Amin en el Foro de Bamako, Malí- están provocando el caos.
La histeria creciente del grupo de fanáticos que controla las palancas del poder político en Washington traduce la conciencia de la crisis. Pero, tal como ocurrió en la Alemania nazi, en vez de renunciar a su estrategia de dominación universal, Bush y sus mentores intelectuales optan por profundizar una escalada de violencia que encuentra su expresión en una política de terrorismo de estado que amenaza incluso la continuidad de la vida en la Tierra.
El proyecto de una agresión militar a Irán es muy anterior a la elección de George W. Bush. El apoyo militar y financiero de los EE UU a Sadam Husein fue público y ostensivo cuando Irak atacó e invadió aquel país en la época del Ayhatollah Komeiny. Sin embargo,como el desenlace del conflicto no correspondió al objetivo, sucesivos planes fueron elaborados en Washington con la intención de destruir el régimen instalado en Teheran y asumir el control político y económico del país por los EE UU.
El proyecto, en el ámbito de una estrategia global para Asia Central, fue retomado después de la ocupación de Irak.
En el año 2005 el tema de una guerra «preventiva» contra Irán mereció atención permanente de los media de los EE UU. Columnistas prestigiosos, algunos progresistas -como el británico Robert Fisk-, anunciaron como inminente -citando incluso documentos del Pentágono- un ataque devastador a blancos estratégicos de aquel país.
Pero la agresión no se concretó. El proyecto fue aplazado sine die y los planes reelaborados. Motivo: la situación caótica existente en Irak. El bombardeo sin ataque terrestre simultáneo no tendría significado militar. Y la invasión no era viable. El alto comando de las Fuerzas Armadas de los EE UU había informado la Casa Blanca que el Ejército no tenia condiciones mínimás para iniciar una guerra convencional contra Irán.
Significativamente fue divulgado por diferentes medios un informe secreto pedido por el Pentágono a Andrew Krepinevich. En su trabajo, ese general (en la reserva) sostiene que el Ejercito de los EE UU atraviesa una crisis profunda como consecuencia de su incapacidad para derrotar a la resistencia iraquí. El síndrome vietnamita regresó, minando la moral de oficiales y soldados, cada vez más baja.
El documento provocó una polémica en la cual participó el secretario de Defensa, Rumsfeld, pero el Pentágono no oculta su oposición a cualquier plan que incluya el involucramiento de fuerzas de la US Army en territorio iraní. Una alternativa modesta limitaría la ofensiva terrestre a la ocupación, a partir del Sur de Irak, de una estrecha banda de la Provincia de Khuzistan en donde se concentran grandes campos petroleros, refinerías y puertos. Pero esa variante es también considerada inaceptable por especialistas militares. Llevaría a una guerra de larga duración y ampliaría la ola de anti-americanismo en todo el mundo islámico.
Los EE UU podrían, utilizando exclusivamente la Fuerza Aérea y la Marina, destruir con sus misiles ciudades e infraestructuras científicas e industriales, pero no disponen de tropas terrestres de combate capaces de aguantar una guerra larga en un país densamente poblado, con una superficie tres veces superior a la de Francia.
Si transcurridos tres años de la ocupación de Bagdad, su ejército de ocupación, con más de 150 000 hombres -además de docenas de miles de tropas aliadas y mercenarios- no consigue enfrentar con éxito a la Resistencia Iraquí, cómo podría mantenerse en Irán, donde un pueblo de 65 millones, mucho más homogéneo, demostró a lo largo de 25 siglos una fuerte conciencia nacional y se asume como heredero de una civilización brillante cuya contribución al progreso de la humanidad ha sido importantísima?
Esa evidencia acabo por imponerse al Presidente de los EE UU y al grupo que concibió la estrategia de las guerras «preventivas». Sin embargo la alternativa a la guerra convencional con que soñaban es aun más peligrosa. El proyecto de agresión persiste. Con una alteración que lo transforma en amenaza global a la humanidad. Aumentan los temores de que Bush, Cheney, Rumsfeld y Condy Rice opten por un ataque terrorista a un reducido numero de objetivos iraníes, utilizando armás nucleares tácticas.
Por el momento sondean las reacciones de gobiernos tradicionalmente aliados, los de los grandes de la Unión Europea, el de Japón, el de Canadá y el de Australia.
Merece reflexión la intempestiva actitud de Condoleeza Rice al expresar la oposición frontal de Washington a un acuerdo entre Teheran y Moscú que permitiría el enriquecimiento en Rusia para fines pacíficos del uranio iraní. La secretaria de Estado no puede confesar que los EE UU se oponen a cualquier salida para el contencioso cuyo objetivo sea la defensa de la Paz en la Región. Porque Washington pretende llevar la guerra a Irán por motivos que son ajenos al dossier nuclear.
Adueñarse de las riquezas del país, sobre todo del petroleo, y asumir el control pleno del Estrecho de Ormuz es una ambición antigua del sistema de poder estadounidense. La elección de Mahmud Ahmadinejad la reforzó. El nuevo presidente empezó a ser inmediatamente satanizado como fundamentalista peligroso, cómplice del terrorismo.
Para Bush es inaceptable que Ahmadinejad sea un patriota decidido a defender la independencia de Irán como estado soberano. Considera alarmante su decisión de instalar en Teheran una Bolsa inédita en la cual el petroleo seria negociado en euros. Washington identifica en la iniciativa una medida que podría contribuir a corto plazo al fin de la hegemonía del dólar.
El miedo empuja la extrema-derecha estadounidense hacia la guerra, aunque sea necesario recurrir a armás nucleares.
Está creada así una situación de complejidad y gravedad con pocos precedentes desde la segunda guerra mundial. Rusia, para la cual la supervivencia de Irán como estado independiente es una prioridad estratégica, viene adoptando una actitud prudente en la crisis. Pero dejó ya claro que condena el recurso a la fuerza al manifestar su oposición a la eventual aplicación de sanciones a Teheran por el Consejo de Seguridad de la ONU. China, que mantiene relaciones cordiales con Irán, necesita mucho de su petróleo.
Israel, todavía huérfana de Sharon, no parece disponible sin resistencia, según su propia prensa, a cumplir el papel que Washington gustaría de atribuirle. Serian grandes los riesgos si aceptara funcionar como instrumento de Bush, utilizando su poder nuclear contra Irán.
Solamente el fanatismo ciego impide Bush y su gente comprender que la utilización de armás nucleares tácticas contra Irán levantaría una ola de indignación mundial de proporciones inéditas. En Japón el trauma de Hiroshima permanece bien vivo. En Europa cualquier tipo de complicidad, aún pasiva, de gobiernos con arsenales nucleares como el de Blair y el de Chirac, seria insostenible ante la reacción popular.
Por ahora son muchas las incógnitas. El Consejo de Seguridad se reúne en estos días(*). Todo indica que Rusia vetaría cualquier proyecto de resolución imponiendo sanciones a Irán. Y no parece probable que EE UU se anticipe al debate en la ONU, bombardeando Irán con armas nucleares. Pero son impredecibles las decisiones de una Casa Blanca controlada por gente irresponsable.
Mientras la crisis se profundiza, la irracionalidad intrínseca a la estrategia neofascista del sistema de poder estadounidense empuja a Bush, y a los cerebros enfermizos que lo asesoran, hacia la convicción de que la difusión a nivel planetario de un gran miedo, a consecuencia de una «represalia» nuclear infligida a Irán, convencería finalmente a la humanidad de que no tiene alternativa a la sumisión al poder imperial de la potencia hegemónica.
Ocurre que la acción criminal seria un error enorme e irreparable. Ni el funcionamiento de los mecanismos de un sistema mediático perverso que contribuye decisivamente para la desinformación de las sociedades y la robotización creciente del hombre, desfibrándolo, evitaría el aislamiento de los EE UU y la condena universal del crimen. Porque los pueblos no aceptarían pasivamente una Hiroshima del siglo XXI.
Un sentimiento de angustia nace de la crisis de civilización que vivimos. El asalto a la razón configurado por el terrorismo de estado demencial de la derecha neo fascista de los EE UU actúa como prólogo de una posible tragedia cuyo desenlace podría asumir los contornos de apocalipsis de la humanidad.
(*) N de la R: El artículo fue escrito antes de la reunión ayer de los cinco países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU -EEUU, Reino Unido, Francia, Rusia y China- y Alemania, que finalizó sin acuerdo sobre la estrategia a seguir en la crisis iraní. El Consejo de Seguridad pospuso entonces la reunión que tenía programada para tratar los planes nucleares de Irán, a fin de que se pudieran realizar cambios al borrador del comunicado que Rusia y China se rehusan a respaldar.







