Un dibujo: los indicadores de pobreza del INDEC de Milei
En la Argentina del payaso Milei, la estadística de la pobreza es un dibujo. Con salarios a la baja, desempleo creciente, empleo formal cayendo en picada y la economía en derrumbe, nadie la cree
El martes 31 de marzo, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) publicó las estimaciones de pobreza por ingresos correspondientes al segundo semestre de 2025. El dato duro indica que el 28,2% de las personas tienen ingresos que no superan la línea de pobreza por ingreso (conocida como Canasta Básica Total, CBT). Por otro lado, 6,3% de las personas son indígentes, pues sus ingresos no superan el valor de la Canasta Básica Alimentaria (CBA). Estos datos se encuentran por debajo de los datos del segundo semestre de 2024 (38,1% y 8,2%, respectivamente) y de las estimaciones de la segunda mitad del gobierno de Alberto Fernández (41,7% y 11,9%, respectivamente). El gobierno sale a festejar estos indicadores que, a todas luces, no reflejan la realidad de lo que está ocurriendo en la vida cotidiana del pueblo.
Primero, estos datos de la segunda mitad de 2025, ocultan que desde el último trimestre de 2025 la pobreza y la indigencia por ingresos está definitivamente subiendo y continúa en un ascenso acelerado en 2026. La caída del empleo formal y la pérdida de poder de compra de los salarios en los últimos 6 meses, marcan un deterioro sustancial de las condiciones de vida.
Por otra parte, los datos ocultan la persistencia de niveles de pobreza brutalmente elevados en varias regiones del país y entre las niñeces. El 41% de les niñez de 14 años o menos son pobres, y 8,6% son indigentes. En el conurbano bonaerense 32,6% de la población son pobres, pero en Concordia (Entre Ríos) o Resistencia (Chaco) esos guarismos llegan a 49,9% y 42,2%, respectivamente.
Más allá de estos datos, el informe señala que el ingreso promedio de los hogares pobres es de apenas 783 mil pesos, bien por debajo del 1 millón 219 mil pesos necesario para "no ser" pobre. En el caso de la población indigente, sus ingresos promedio son de 354 mil pesos por hogar, mientras que para alimentarse mínimamente necesitan 181 mil pesos más: 1 millón 884 mil personas pasan hambre en nuestro país, y el gobierno nacional sólo les ofrece motosierra.
Los fríos números del INDEC ocultan un fuerte debate en relación a la medición oficial y a la materialidad de la pobreza y el hambre más allá de los indicadores. Las medidas de pobreza e indigencia se basan en calcular canastas de consumo mínimas (CBA y CBT) estimadas con los patrones de consumo de 2004/5. Como ocurre con las estimaciones de inflación, están fuertemente cuestionadas pues podrían utilizar los datos de consumo de las Encuesta de Gasto de los Hogares realizada en 2017/2018. Esta incluye consumos que hoy son más relevantes como telefonía móvil, televisión por cable, o un mayor peso de gastos en luz y gas que hoy son servicios mucho más caros.
Además, hay serios cuestionamientos a la estimación que el INDEC hace de los ingresos de los sectores más empobrecidos (y precarizados) a partir de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Muchos estudios (por ejemplo, ver acá y acá) indican que un cambio metodológico no divulgado por el INDEC, altera la estimación de ingresos familiares en los hogares con empleos más precarios (changas, empleo asalariado informal, etc.) y hace imposible la comparación con los datos previos a 2024. Con los datos disponibles no podemos saber a ciencia cierta si la pobreza es ahora más alta o más baja que en los gobiernos anteriores. En la era de Milei y Caputo, el INDEC está intervenido para ocultar la verdad.
Finalmente, cabe señalar que las estimaciones de pobreza e indigencia no dan cuenta de la realidad y magnitud de las privaciones materiales que enfrentan las fracciones más precarizadas de nuestro pueblo. Esos indicadores no reconocen los efectos del deterioro en el acceso a los servicios públicos de salud o educación. Tampoco registran los costos en malestar y reducción del tiempo libre por esperas interminables en hospitales, viajes al trabajo como ganado, o jornadas laborales extenuantes y pluriempleo. No dicen nada del creciente esfuerzo y tiempo dedicado por las mujeres que cuidan y garantizan la reproducción de la vida, en los hogares o comunidades, sin remuneración o reconocimiento.
La línea de indigencia solo dice cuánto necesitás para comer (mínimamente para vivir) pero es obvio que si superás apenas esa línea, comés mal o pasás hambre igual es porque además de comer tenés que gastar dinero en otras cosas básicas (como mínimo, para ir al trabajo, inventarlo o buscar una changa).
El concepto de línea de pobreza eliminó del mapa el histórico concepto de Canasta Familiar que hasta los años 1980 era un parámetro relevante en la discusión. El trabajo de sindicatos como el de Aceiteros o ATE INDEC para calcular un piso más sensato para los ingresos mínimos, indican valores que duplican la línea de pobreza oficial: hace pocas semanas, el Frente de Sindicatos Unidos (FreSU) presentó un cálculo que ponía en 2,7 millones de pesos el ingreso mínimo necesario para vivir dignamente.
No viene mal recordar que la generalización de las estimaciones de pobreza e indigencia fueron auspiciadas por el Banco Mundial en su búsqueda de focalizar las políticas sociales en los más pobres. Son indicadores creados para reducir el estado de bienestar a un estado mínimo que hace transferencias condicionadas de ingresos a los más pobres, en un intento (fútil) de evitar que se rebelen o luchen.
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