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26/04/2017 :: Europa, Cuba

Un embajador europeo que elogia y admira a Fidel Castro

x Miguel Urbano Rodrigues
Crítica del libro "Encontros que a Memória Guarda", del ex-embajador de Portugal en Cuba, Alfredo Duarte Costa

A lo largo de la vida tuve la oportunidad de conocer a muchos diplomáticos portugueses. Con raras excepciones, no son buenos los recuerdos de esos contactos. No aprecié el estilo mundano, la incultura, la frivolidad, el desconocimiento de la Historia de la gran mayoría.

Alfredo Duarte Costa es una de las pocas excepciones.

Al ser nombrado embajador en Cuba, en donde entonces yo residía, me abrió las puertas de la embajada. En pocos meses construimos una inesperada y sólida amistad.

¿Qué me atrajo en él?

En primer lugar la ausencia de servilismo ante el gobierno que representaba, en la época el del Partido Socialista. Mantuvo buenas relaciones con los ministros Jaime Gama y Luis Amado, pero preservó siempre su independencia.

Las relaciones diplomáticas entre Portugal y Cuba eran malas cuando llegó a La Habana. La leyenda negra que envolvía la Revolución Cubana no lo impresionó. Sucesivos gobiernos portugueses habían encarado al gobierno cubano no como adversario sino como enemigo.

Los embajadores anteriores no se habían esforzado por comprender la Isla y su pueblo. El último era un burócrata reaccionario. Cuando una misión parlamentaria portuguesa llegó a la Habana tomó vacaciones para no recibirla porque discrepaba de la iniciativa.

Alfredo Duarte Costa a su llegada ya había estudiado la historia de Cuba, la dictadura de Fulgencio Batista, el Moncada, la lucha en la Sierra Maestra y el transcurso de la Revolución.

En su libro evoca con detalles su relación con Fidel Castro. Fue excelente desde el primer contacto. La inteligencia, la cultura, el humanismo, la grandeza del dirigente cubano lo impresionó.

Con el tiempo, entre él y los hijos del segundo matrimonio de Fidel se establecieron lazos de amistad. Lo mismo ocurrió con las hijas del Che, Aleida y Celia. Fueron amistades que resistieron al tiempo, nunca afectadas por perspectivas sobre la vida y la Historia muchas veces diferentes, como él subraya.

No olvidé que fue precisamente su tendencia a respetar y admirar personas con ideas diferentes lo que lo llevó a ofrecer en la Residencia un almuerzo a Antonio Dias Lourenço, ex-dirigente del PCP, en que participaron miembros del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Almorcé muchas veces en la Residencia cuando pasaban por La Habana personalidades portuguesas. Recuerdo encuentros con Luis Amado, entonces vice-ministro de Relaciones Exteriores que había sido mi contemporáneo en el Parlamento; Cabrita Neto y Víctor Louro, ex-camaradas del PCP; y el embajador Rui Medina, amigó desde la adolescencia.

Asimismo recuerdo almuerzos con los embajadores de Bélgica, Francia y Brasil y con amigos cubanos comunes.

Guardo también memoria de recepciones y fiestas en la Residencia inolvidables por la informalidad, por la heterogeneidad de los invitados, políticos, intelectuales, artistas, dirigentes del Partido Comunista.

Fue por sugerencia de Alfredo que el Instituto Camões me invitó a participar en un Seminario Internacional sobre Eça de Queirós, realizado en La Habana. He sido la excepción en el programa. Los autores delas comunicaciones presentadas eran especialistas en la obra de Eça, portugueses, cubanos, españoles, estadounidenses, brasileños. Entre ellos Isabel Pires de Lima, que más tarde fue ministra de Cultura.

Como no soy queirosiano ni académico y Eça había sido nombrado cónsul en la Habana, para defender a los chinos procedentes de Macao con pasaporte portugués, el tema de mi ponencia incidió sobre su desempeño como diplomático en la Isla, entonces colonia española.

No fui severo en la crítica pero recordé que Eça, en su correspondencia oficial con el ministro de Relaciones Exteriores, João de Andrade Corvo, demostró incomprensión de la rebelión cubana contra España, en la primera guerra de independencia, liderada por Carlos Manuel de Céspedes.

LA OBRA Y EL HOMBRE

En este libro, el autor aclara en la Introducción que «las personas no fueron escogidas por su importancia, y sí porque representan tipos humanos que pretendí destacar».

Entre gente que por motivos muy diferentes le inspiró admiración, Alfredo seleccionó 14 personas, unas famosas, otras no.

El capítulo principal (72 páginas), para mí lo más importante, es el dedicado a Fidel Castro.

Son también muy interesantes otros, en que destaco aquello que evoca su relación de amistad profunda con Aleida y Celia Guevara, y los que inciden sobre Mikis Theodorakis, Compay Segundo, José Saramago y Antonio Tabuchi.

Tomo distancia sin embargo del Capítulo I sobre Mário Soares. Una relación de gran amistad unió desde la adolescencia a Alfredo Duarte con el futuro presidente de la República. Fue su profesor de Historia en el Colegio de la familia Soares en Lisboa. Lo admira mucho.

Mi posición es diametralmente opuesta. Para mí la participación en la historia del político y del ciudadano Mario Soares fue globalmente negativa

***

Terminada su misión en la Habana, Alfredo Duarte fue sucesivamente embajador en la República Democrática del Congo y en Grecia. Pero no olvidó Cuba. Ama la Isla y su pueblo. Durante cinco años cimentó allí amistades indestructibles que dejaron huellas en su personalidad y mundivivencia.

Es un afecto tan profundo y complejo que en vacaciones volvió con frecuencia a Cuba para reencontrar grandes amigos.

Más no ignora que la Cuba actual difiere mucho de la que conoció.

Posteriormente a su salida de la Habana, Alfredo, ya en Kinshasa, tomó conocimiento con sorpresa y amargura del alejamiento de funciones en el Estado y Partido de dos grandes amigos: Carlos Lage, que fue vice-presidente del Consejo de Estado y desempeño un papel decisivo en la recuperación de la economía en el Periodo Especial; y Pérez Roque, ex-secretario de Fidel y después ministro de Relaciones Exteriores.

Subrayo que nunca le escuché una palabra de crítica a Fidel y Raúl por la decisión que puso fin a las carreras políticas de Lage y Pérez Roque.

Alfredo Duarte es un social demócrata progresista. Pero eso no lo impidió construir sólidas amistades con comunistas.

«La existencia de divergencias políticas, diferencias culturales o valores distintos- escribe- no constituyeron obstáculo a mi relación con los personajes mencionados».

Esa actitud ante la vida es identificable en Encuentros que la Memoria Registra.

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Vila Nova de Gaia, 25 de Abril de 2017
* Alfredo Duarte Costa, "Encontros que a Memória Guarda", 423 páginas, Editorial Caminho, Lisboa, Abril de 2017
www.odiario.info

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