Un espectro inquietante recorre el mundo: ¿podemos nombrarlo sin comprenderlo?
Debemos superar la obsesión con el debate sobre el "fascismo", ese "otro" cuya mera mención parece garantizar la moralidad y la legitimidad de los partidos y sistemas existentes
Hace varias décadas, el historiador Tim Mason dio la voz de alarma. En un artículo titulado "¿Qué pasó con el fascismo?", lamentó lo que llamó "la desaparición de teorías o conceptos exigentes sobre el fascismo en la investigación y la literatura". Al reevaluar la relación entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo, instó a los académicos a no confundir ambos movimientos, sino a identificar sus similitudes y diferencias específicas y a establecer sus razones, manteniendo al mismo tiempo lo que él llamó "agnosticismo estricto" respecto a la singularidad radical de cada uno de los dos regímenes. [1]
¿Cómo llamar a la nueva extrema derecha?
A primera vista, los debates de hace casi cuarenta años pueden parecer muy alejados del clima político de hoy. Sin embargo, las preguntas planteadas por Mason resuenan con fuerza en el contexto actual. A medida que la extrema derecha gana terreno en todo el mundo, se hace urgente analizar este resurgir con rigor intelectual y profundidad histórica.
El espectro del fascismo parece acechar al mundo una vez más: desde Latinoamérica hasta la India, desde EEUU hasta Ucrania, y por toda Europa. La influencia y el alcance de los partidos de extrema derecha siguen creciendo, y la elección de Trump ha dado un nuevo impulso a su retórica política, a la vez que ha fortalecido su presencia donde aún no están en el gobierno; en Francia, Alemania y Portugal, están a las puertas del poder.
Superada la conmoción, pasa a ser imperativo intervenir, dar la alarma, movilizar las fuerzas sociales necesarias para contrarrestar la agenda política de la extrema derecha; pero ¿cómo? No es sencillo comprender las razones del aparente «regreso del fascismo». Más aún, ¿se trata realmente de eso? El uso del término «fascismo» para describir fenómenos contemporáneos es muy discutido. Para algunos utilizarlo es esencial porque da ofrecería un marco predictivo; pero como es sabido si bien la historia arroja luz sobre el presente de ninguna manera puede predecir el futuro.
La actual proliferación de variantes del término no deja de plantear interrogantes. Fascismo (tardío, preventivo, del fin de los tiempos, fósil, trumpiano...), «neo, pos, para, semi, micro, tecnofascismo»: sobran calificativos para intentar definir a este enemigo que avanza imperturbable.[2] Sin embargo, esta avalancha de conceptos apenas disimula la desorientación del analista ante una situación que, si bien evoca en muchos aspectos las horas más oscuras del siglo XX, sigue siendo radicalmente nueva. Como escribió el historiador Eric J.Hobsbawm: «Cuando los hombres se enfrentan a algo para lo que el pasado no los ha preparado en absoluto, buscan a tientas palabras para nombrar lo desconocido, pese a que no pueden definirlo ni comprenderlo» [3]. La analogía tendría la ventaja de permitir analizar lo desconocido a partir de un terreno conocido, dando un marco a la necesaria movilización de las fuerzas de resistencia.
Luchar, sí. ¿Pero contra quién y contra qué?
Sin embargo, es precisamente en la identificación del enemigo donde el debate flaquea. Luchar, sí, pero ¿contra quién y contra qué? El mandato de mirar el peligro de frente parecería requerir utilizar el término «fascismo», para no parecer en el mejor de los casos como ingenuos soñadores o, en el peor, como escépticos incurables. Sin embargo, ¿el uso del término no nos ata a lecturas del pasado que impiden analizar rigurosamente los fenómenos políticos actuales para enfrentarlos con mayor eficacia? En lo que hace a advertir la verdadera magnitud del peligro, como bien señala el historiador Daniel Bessner «las cosas pueden ser aterradoras --y lo son-- sin ser fascistas. De hecho, podrían incluso ser más aterradoras aún». [4]
En los años 1920 y 1930, la abrumadora mayoría de los que definieron el fascismo no comprendieron su novedad; esto es precisamente lo que debemos evitar hoy. En lugar de ofrecer una respuesta ya hecha ¿no convendría comenzar por plantear el problema? [5] La cuestión de la persistencia y/o el regreso del fascismo surge regularmente en la escena política; esto ha sido particularmente cierto en Italia durante los últimos treinta años. Desde las elecciones estadounidenses y el regreso de Trump a la presidencia es en los EEUU donde el problema se presenta con mayor urgencia. El debate está en plena efervescencia, en tanto que el presidente parece ampliar considerablemente sus poderes cuestionando los fundamentos mismos de la supuestamente inviolable Constitución estadounidense.
Los libros que denuncian la (nueva) amenaza fascista llenan los estantes de las librerías, y el número de publicaciones sigue creciendo. [6] El lugar central que ocupa el fascismo en la historia del siglo XX y en su «territorio mental» explica en parte esta omnipresencia. Es igualmente importante el deseo de recolocar el resurgimiento de la extrema derecha en el siglo XXI en su contexto histórico. [7] Se recurre a los historiadores, como «expertos», para que determinen si tal líder o movimiento mundial puede o no ser llamado fascista. Pero rápidamente todos se equivocan. El término «fascismo» es el más vago en el léxico de las ciencias políticas. Sigue siendo, escribió el historiador Emilio Gentile, un objeto misterioso, «que elude cualquier intento de una definición histórica clara y racional, a pesar de las decenas de miles de páginas que se han dedicado y se siguen dedicando al fenómeno». [8] Sin embargo, muy frecuentemente la advertencia sirve de coartada para proponer una nueva definición.
Desde su irrupción en la escena política al final de la I Guerra Mundial, el nuevo fenómeno que fusiona sociedad de masas y autoritarismo ha dado lugar a diversas interpretaciones, caracterizadas por centrarse en uno u otro aspecto constitutivo o percibido como tal, ya sea histórico, político, económico, social o incluso moral. De hecho, la mayoría de las definiciones contienen algo de verdad, pero todas relegan a un segundo plano, necesariamente, aquellos elementos que no corresponden a una situación dada. Si tuviera que ofrecer una "fórmula de bolsillo", diría que el fascismo es un movimiento político de extrema derecha que alcanzó su máxima expresión en Italia y Alemania en las décadas de 1920, 1930 y 1940, violentamente clasista, antimarxista, racista, antisemita e imperialista, fundado en la destrucción de los derechos y libertades democráticos, el rechazo a la igualdad, la estigmatización de los más vulnerables y el ataque a las mujeres.
Las analogías con el fascismo histórico
A principios del siglo XX, el fascismo solo pudo desarrollarse cuando el movimiento obrero dejó de representar una amenaza inminente. No puede concebirse sin las crisis políticas, sociales y económicas que azotaron las sociedades europeas en las décadas de 1920 y 1930. Movimiento autónomo, «partido organizado con objetivos propios, que aspira a tomar el poder para sus propios fines», era eversivo, o sea simultáneamente revolucionario y restauracionista, expresión moderna del rechazo a la democracia y la Ilustración.
No puede triunfar sin la acción combinada de violencia paramilitar y represión estatal; sin el desarrollo de un auténtico movimiento de masas. No puede conquistar las mentes sin esta fusión sin precedentes de elementos aparentemente dispares de conservadurismo y modernidad, acertadamente plasmada en la frase de Joseph Goebbels «romanticismo de acero». Utiliza la violencia, el terror, pero también el adoctrinamiento y control para imponer una nueva jerarquía entre los seres humanos.
Hay elementos de continuidad histórica evidentes entre la extrema derecha actual y el fascismo, pero el fascismo histórico también tuvo claros vínculos con la derecha nacionalista reaccionaria del siglo XIX. Los movimientos de derecha radical contemporáneos comparten con el fascismo histórico el clasismo, el nacionalismo, el racismo, el imperialismo, la homofobia/lesbofobia, la virilidad, el autoritarismo y el antimarxismo, entendido como el rechazo del conflicto de clases en nombre de la unidad nacional y popular. Su objetivo es destruir los derechos y libertades fundamentales y, en general, los movimientos sociales que no controlan directamente. Están librando una ofensiva contra los derechos de las mujeres y marcando chivos expiatorios (musulmanes).
Todo lo que no se corresponda con su visión de la nación, ya sean pobres, minorías u oponentes políticos, es estigmatizado, criminalizado y utilizado como herramienta de movilización electoral; es el caso hoy, especialmente, de los migrantes indocumentados y los musulmanes, con el fantasma del "gran reemplazo". Este rechazo del otro está acompañado por un discurso identitario excluyente que pretende legitimar políticas autoritarias alegando la defensa de la nación "amenazada". En este sentido, las estrategias discursivas y electorales de figuras como Trump, Giorgia Meloni, Viktor Orbán y Javier Milei son similares a las empleadas por Mussolini o Hitler.
El fascismo histórico y los actuales movimientos de extrema derecha surgen en contextos similares de crisis económica y social de larga duración, cuestionamiento de las formas de representación, incluida la legitimidad de los partidos políticos tradicionales, pérdida de orientación y crisis cultural y moral, de lo que el cuestionamiento de la racionalidad científica es sólo un aspecto.
Sin embargo, no vivimos en la misma época...
Hoy, sin embargo, el contexto es muy diferente y la crisis social y política no es la misma. El fascismo histórico surgió tras la I Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, cuando la URSS representaba una fuente de esperanza para millones de trabajadores. Hoy no existe nada comparable.
El fascismo histórico propugnaba un sistema totalitario que era fusión sin precedentes de terror y adoctrinamiento/control. La extrema derecha actual es ultraliberal a nivel nacional y pretende fortalecer masivamente las funciones represivas del Estado. Javier Milei y Elon Musk blanden una motosierra como símbolo de la destrucción de la «burocracia» --en realidad, de la seguridad social y los servicios públicos, por mínimos que sean-- radicalizando el neoliberalismo de décadas anteriores, que había presentado al Estado como un obstáculo para el desarrollo económico; cabe recordar el discurso de Ronald Reagan en 1981, en el que afirmó que «el gobierno no es la solución, es el problema».
El fascismo histórico se basó en movimientos de masas, organizados en torno a una ideología y estructurados con grupos paramilitares (como las SA en Alemania o las Camisas Negras en Italia) que contaban con cientos de miles de civiles uniformados. Su objetivo era, en particular, destruir sindicatos, partidos políticos y asociaciones obreras, que en aquel entonces contaban con millones de afiliados y cientos de miles de activistas que defendían una perspectiva socialista. Hoy en día ya no existe una organización del mundo del trabajo semejante y tampoco los actuales movimientos actuales de extrema derecha se basan en movimientos de masas comparables.
Si bien existen grupos de extrema derecha activos y violentos, sus efectivos son incomparables con los del período de entreguerras, y no están centralizados, al menos no todavía, como fuerzas de choque específicas de alguno de estos partidos. La influencia de estos se manifiesta además principalmente durante las elecciones. Es esencialmente electoral.
Es vedad que ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 por los partidarios de Trump hizo temer un intento de golpe de Estado. El acontecimiento incluso se comparó con el fallido 'putsch' de Adolf Hitler en 1923. Hoy en día algunos advierten que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) podría servir como una fuerza armada organizada a disposición de Trump. En India, el primer ministro Narendra Modi se apoya en la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), una organización paramilitar de calle con profundas raíces ideológicas.Y en Italia los violentos ataques perpetrados por miembros del grupo neofascista Forza Nuova, incluido el saqueo de la sede del sindicato CGIL en octubre de 2021, dejan entrever preocupantes posibilidades de futuras movilizaciones.
Sin embargo, si se quiere hablar de fascismo hoy en día, se trata de un fascismo en gran medida despojado de su movimiento de masas, pero que, como escribe Alberto Toscano, conserva la idea del renacimiento nacional y el avance de sus clases productivas, obreros y patronos codo a codo. [9]. A principios del siglo XX, referirse al fascismo remitía a un fenómeno político nuevo cuyos contornos, potencial de transformación y posibilidades de traducción a otras realidades nacionales debían definirse. ¿Cuál es la situación actual?
Todavía es fértil el vientre del que surgió la bestia inmunda [10]
Lo que hace las cosas aún más inquietante es que lo que podría llamarse el "núcleo" de algunos de estos movimientos está precisamente compuesto por personas que se identifican abiertamente con el nazismo y el fascismo (símbolos, gestos, vestimenta, etc.). Las recientes manifestaciones neofascistas en París y Milán son solo la punta del iceberg. Si bien hace unos años podían ser consideradas un fenómeno marginal, un vago eco nostálgico, ahora adquieren un significado completamente diferente, cuya verdadera magnitud debemos comprender. No tanto por lo que estas manifestaciones nos dicen sobre quienes las lideran, sino por lo que revelan sobre la relación que nuestras sociedades mantienen con el pasado.
Hace treinta años, Umberto Eco argumentó: «Nos resultaría muy conveniente que alguien apareciera en el escenario mundial y dijera: 'Quiero reabrir Auschwitz, quiero que los Camisas Negras vuelvan a marchar en las plazas italianas'. ¡Ay! La vida no es tan sencilla». [11]. Hoy en día, estas manifestaciones ya no aparecen simplemente como una mueca deformada de la «máscara fascista de Europa» [12], por decirlo como la politóloga Nadia Urbinati, sino también (¡y sobre todo!) como resultado de unos treinta años de borrado del pasado, de banalización del horror y de proclamar la equivalencia entre aquellxs que lucharon por los derechos democráticos, las libertades, la igualdad, la emancipación, a partir de la influencia de la URSS, y aquellxs que encarnaban exactamente lo opuesto de estos valores.
Ya no quedan testigos luminosos de este pasado: parafraseando a Pier Paolo Pasolini, las luciérnagas han desaparecido.[13] La fluidez de las referencias ha transformado a la historia en una especie de estanque que "contiene de todo y su opuesto"[14] Así, quienes en Occidente creen que agitar el espectro del fascismo es la mejor herramienta para movilizar, cada vez más frecuentemente se enfrentan con una población indiferente o aún peor condicionada por las formas de pensar y el vocabulario de la extrema derecha. Desde el "¡Hola Dictador!" lanzado por Jean-Claude Juncker, entonces presidente de la Comisión Europea refiriéndose a Viktor Orbán, pasando por la banalización de las raíces políticas de Giorgia Meloni, que ella no oculta, la inversión radical de los valores, al menos proclamados, en que se habían basado las sociedades occidentales desde el final de la II Guerra Mundial no podría ser asumido más abiertamente.
Hoy en día, ese campo político se esfuerza por asegurar su hegemonía cultural mediante el revisionismo histórico, el antiintelectualismo, la desinformación y la censura. Para ello, se apoya en una vasta red de comunicación --que incluye sitios web, redes sociales, podcasts, canales de televisión, periódicos y centros de investigación-- mientras lleva a cabo lo que podría denominarse una «campaña algorítmica permanente » [15], una nueva y omnipresente forma de poder que moldea eficazmente la vida cotidiana, tanto más eficazmente por cuanto aborda una sociedad profundamente atomizada.
Para ese sector político se trata hoy de ganar la guerra por la hegemonía cultural utilizando el revisionismo histórico, el antiintelectualismo, las 'fake news' y la censura, apoyándose en una red de comunicación (sitios web, redes sociales, podcasts, canales de televisión, prensa, 'think tanks') con un poder sin precedentes, que controla la vida de las personas mucho mejor porque se dirige a una sociedad totalmente atomizada.
Un término que provoca más calor que luz
El filósofo e historiador italiano Enzo Traverso sostiene que el concepto de fascismo es al mismo tiempo indispensable e inadecuado, subrayando como Reinhart Koselleck que existe una tensión entre los hechos históricos y su transcripción lingüística. [16]. Después de 1930, el fascismo pasó a ser sinónimo de todas las formas de reacción oscurantista, conservadurismo y autoritarismo, aunque carecieran de sus "rasgos distintivos".
Hay autores que extienden el uso del concepto más allá y más acá del fascismo histórico. Se trata en este caso "más bien de un conjunto más general de hábitos culturales, de instintos y pulsiones oscuras que se han manifestado y podrían manifestarse de nuevo en los más diversos contextos históricos y nacionales, incluso en ausencia de un movimiento o régimen fascista [17]. El concepto de fascismo deviene con esta óptica en una abstracción incapaz de dar cuenta de fenómenos concretos, inscritos en su tiempo, sobre todo en períodos de aceleración y "puntos de inflexión repentinos".
Así, el historiador Robert Paxton reiteró recientemente en una entrevista con el New York Times que el uso del término ha suscitado más calor que luz, porque "el término fascismo fue rebajado a la condición de epíteto, convirtiéndolo en una herramienta cada vez menos útil para analizar los movimientos políticos de nuestro tiempo" [18]. Como llamarle 'centro' a la derecha, o 'izquierda' a la socialdemocracia.
Las condiciones económicas suelen cambiar más rápidamente que la conciencia humana, lo que justifica la conservación de formas morales cuyos fundamentos materiales ya no existen. En este marco preguntarse si Trump, Milei, Orban, Putin, Meloni y Le Pen son fascistas poco ayuda a comprender las condiciones políticas, económicas y sociales, el terreno y el entorno en el que han podido y aún pueden desarrollarse: un siglo XXI marcado por la impotencia política de gobiernos y parlamentos para influir, aunque sea mínimamente, en las políticas supuestamente decididas "por los mercados", en realidad, al servicio de los intereses de un círculo de superricos que reinan en los principales polos de poder occidental: EEUU, la Unión Europea, Japón y Corea del Sur.
En el Sur, estas políticas conducen a guerras interminables, destrucción masiva y pobreza endémica. En el Norte, impulsan programas de austeridad cada vez más severos, un marcado aumento de la desigualdad y el desmantelamiento acelerado del estado de bienestar, o lo que queda de él, justificando el auge del autoritarismo que tiende a abandonar las conquistas democráticas y a establecer un clima de violencia.
El último informe de la Unión de Libertades Civiles por Europa (CLUE) sitúa al gobierno de Giorgia Meloni entre aquellos que "sistemática e intencionadamente socavan el Estado de derecho" [19] atacando al poder judicial, las libertades y los derechos democráticos (libertad de prensa y de medios, derecho a manifestarse, derecho a huelga) además de "violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos", por no hablar de la tendencia más evidente a la concentración del poder en manos del ejecutivo.
En cuanto a los EEUU, para no tomar más que dos ejemplos, los primeros cien días del segundo gobierno de Trump dejan pocas dudas sobre el estrangulamiento continuo de las libertades democráticas: expulsiones masivas de inmigrantes, despidos masivos en la función pública, ataques a las leyes de derecho al voto [20], censura y recortes presupuestarios en la investigación, militarización de las ciudades estadounidenses... Actualmente Trump ha estado utilizando el asesinato de Charles Kirk como pretexto para llevar a cabo una represión más amplia contra la izquierda estadounidense. Y el secuestro del presidente venezolano Maduro y la diputada Cilia Flores para amedrentar a los gobiernos progresistas.
Comprender las transformaciones actuales del capitalismo
El crecimiento de la actual ola reaccionaria y autoritaria global no surgió de la nada. Lleva las marcas de la radicalización de políticas y discursos neoliberales tras la crisis de 2008, un marcado aumento de las desigualdades, la aceleración de la destrucción de los vestigios del Estado de bienestar y arrojar a millones de trabajadores a la precariedad.
La inseguridad, el miedo, el sufrimiento, la frustración, la alienación y la incapacidad de planificar el futuro han alimentado el "resentimiento de clase sin conciencia de clase". [21] Esta desigualdad no ha hecho más que agravarse en los últimos años.Según el último informe 'Takers Not Makers', la riqueza de los multimillonarios aumentó tres veces más rápido en 2024 que en 2023, mientras que el 1% más rico ha acumulado colectivamente más de 33,9 billones de dólares en activos desde 2015 [22]. En el otro extremo del espectro, 3.600 millones de personas, o sea el 44% de la humanidad, viven actualmente por debajo del tímido umbral de pobreza definido por el Banco Mundial.
Actualmente, sin embargo, el "nacionalismo del desastre" del que habla el ensayista Richard Seymour [23] ha dado un paso más hacia la catástrofe social y climática que niega vehementemente: "Los furiosos ataques de Trump a todas las estructuras diseñadas para proteger al público de las enfermedades", escriben Naomi Klein y Astra Taylor, "los alimentos insalubres y los desastres [crean] una serie de nuevas oportunidades de privatización y lucro para los oligarcas que están alimentando esta rápida destrucción del estado de bienestar y sus leyes". » [24].
La necesidad de comprender estas convulsiones políticas y económicas globales ha dado lugar, y sigue dando lugar, a una serie de debates y estudios sobre las transformaciones en curso del capitalismo y sus impactos políticos, sociales y ecológicos, de los que se ha hecho eco recientemente la revista New Left Review. David Riley y Robert Brenner, por ejemplo, hablan de nuevo del «capitalismo político», caracterizado por la penetración en las esferas de poder de dinámicas autoritarias por parte de grandes grupos privados, lo que les permite obtener considerables superganancias en un período de desaceleración del crecimiento económico. [25].
La presencia en la toma de posesión de Trump de los directores de Meta, Amazon y Google, a quienes el economista Cédric Durand llama los "señores tecnofeudales", constituye la punta del iceberg. [26]. Si el autoritarismo también puede representar en parte una expropiación política de la burguesía, entonces debemos analizar también los fallos, debilidades y divisiones dentro de la burguesía, como demostró recientemente la entrevista que el multimillonario gestor de fondos de cobertura Ray Dialo concedió al Financial Times [27].
Ante el desastre inminente, se abre un nuevo e importante campo de investigaciones sobre el punto de inflexión que vivimos. Debemos superar la obsesión con el debate sobre el "fascismo" (ese "otro" cuya mera mención parece garantizar la moralidad y la legitimidad de los partidos y sistemas existentes), y al mismo tiempo analizar "históricamente" (palabra prohibida por la administración Trump) cómo llegamos a este punto. Este es el desafío que nos espera. Y tenemos mucho trabajo por delante.
* Stéfanie Prezioso es profesora de historia contemporánea en la Universidad de Lausana.
NOTAS
[1] Tim Mason, "Whatever happened to 'fascism'", en Jane Caplan (éd.), Nazism, Fascism and the Working Class. Essays by TimMason, Cambridge University Press, 1995, p. 323, p. 329.
[2] Ver sobre todo los artículos más interesantes publicados recientemente, Naomi Klein, Astra Taylor, « The rise of endtimes fascism », The Guardian, 13 avril 2025 ; voir aussi FrédéricLordon, « Fascisme, définition » Le Monde diplomatique,19 février 2025 ; Timothy Erik Ström, "Capital andCybernitics", New Left Review, n°135, mai-juin 2022.
[3] Eric J. Hobsbawm, L'Âge des extrêmes. Histoire du courtvingtième siècle, Paris, Versailles, 1994, p. 380.
[4] Daniel Bessner, « Trump, un fasciste ? », 21 avril 2025(version originale, « This Is America », Jacobin, 27 mars 2025).
[5] Alberto Toscano, Fascisme tardif. Généalogies des extrêmesdroites contemporaines, Paris, Éditions La Tempête, 2025.
[6] Entre los bestsellers, Paul Mason, How to stop Fascism:History, Ideology, Resistance, Londres, Allen Lane, 2022; JasonStanley, How Fascism works. The Politics of US and Them, Penguin,Random House, New York, 2018.
[7] Enzo Traverso, "The Spectre of Fascism is haunting Europeas it marks V E Day", Jacobin, 8 mai 2025.
[8] Emilio Gentile, Qu'est-ce que le fascisme ? Histoire etinterprétation, Paris, Gallimard, 2004, p. 9.
[9] Alberto Tocano, Fascisme tardif, op. cit.
[10] Bertold Brecht, La résistible ascension d'Arturo Ui, 1941.
[11] Umberto Eco, Il fascismo eterno, Milan, La nave di Teseo,2017, p. 24.
[12] Nadia Urbinati, « La maschera fascista dell'Europa », La Repubblica, 17 octobre 2017.
[13] P. P. Pasolini. Scritti corsari, Milan, Garzanti 1975. (Corrieredella Sera, 1er février 1975).
[14] Zygmunt Bauman, Culture in a Liquid Modern World, Polity,Cambridge, 2011, p. 21.
[15] Richard Seymour, Disaster Nationalism : The Downfall ofLiberal Civilization, Londres, Verso, 2024, p. 187.
[16] Enzo Traverso, Les nouveaux visages du fascisme, Paris,Textuel, 2017.
[17] Alessio Gagliardi, Matteo Pasetti, "Fascism in the publicsphere of post-fascist Italy", Journal of Modern Italian Studies,n°29:3, 2024, p. 247; voir notamment Jason Stanley, HowFascism works, op. cit.
[18] Elisabeth Zerofsky, "Is it Fascism? A leading historianchanges his mind », New York Times, 23 octobre 2024.
[19] Liberties Rule of Law Report 2025.
[20] Jim Saksa, "The GOP Is Attacking the VRA From All Angles--and Could Soon Make it All But Useless", September 10.
[21] Wendy Brown, Défaire le Demos. Le néolibéralisme, unerévolution furtive, Paris, Amsterdam, 2018
[22] Takers, not makers. The unjust poverty and unearned wealth ofcolonialism.
[23] Richard Seymour, Disaster Nationalism, op. cit.
[24] Naomi Klein, Astra Taylor, "The rise of end times fascism",art. cit.
[25] David Riley, Robert Brenner, « Le capitalisme politique etses conséquences aux États-Unis », 14 avril 2025 (versión original David Riley, Robert Brenner, « Seven Theses onAmerican Politics », New Left Review, n°138, novembre-décembre 2022).
[26] Cédric Durand, Techno-féodalisme. Critique de l'économienumérique, Paris, La Découverte, 2023.
[27] James Fontanella-Khan, « US Sliding towards 1930s StyleAutocracy Warns Ray Dalio », Financial Times, 2 septembre2025.
huelladelsur.ar. Traducción: Aldo Casas







