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09/05/2011 :: Venezuela, Colombia

Venezuela: Volte Face del ángel de la historia

x Chris Gilbert
El bolivarianismo revolucionario pasó a hacer vida únicamente fuera del discurso presidencial y oficial, en las selvas de Colombia y en los grupos fuera del poder en Venezuela

El socialismo sólo puede construirse en una referencia insoslayablemente “vengadora” a la tradición...
–Bolívar Echeverría

Entre los muchos ámbitos en los que se puede confirmar el actual rumbo del proceso venezolano –rumbo que apunta claramente hacia la socialdemocracia– quizás el ámbito más sorprendente para un proceso que se (auto)define como bolivariano es el historiográfico. Junto a la política ilegal y anti-internacionalista de entregas (política de pacto con el imperialismo), y de sustitución del socialismo por una versión del “buen vivir” esquilada de todo elemento ambientalista o comunitario, hemos visto un cambio profundo en la perspectiva sobre el pasado y el futuro en su relación con el presente, marcando así uno de los giros más profundos y más trágicos en el proceso.

Muchos observamos que hace algo así como dos años, el discurso oficial asumió una nueva actitud hacia el futuro. Se comenzó a afirmar desde la vocería de Chávez (y con ecos en otros lugares) que estamos construyendo para generaciones futuras, los hijos y los nietos sobre todo. Según el argumento, nosotros estaríamos demasiado contaminados y además, la construcción del socialismo es un proceso largo, muy largo. Muchos de los que escucharon este discurso y algunos de los que lo reprodujeron pensaban que se estaba marcando un rumbo profundamente diferente al del “socialismo real”, el cual habría (todos concordaron en ésto) subestimado el tiempo de construcción, el tiempo de tránsito al socialismo.

Lo que no percibieron es que lo que se estaba afirmando era un concepto determinado de temporalidad y de progreso –compartido tanto por la socialdemocracia como por el discurso del socialismo real. Y aunque el giro en el discurso oficial había dado su primer paso en lo aparentemente positivo de afirmar su compromiso con generaciones futuras, pronto se mostró el lado oscuro en su disposición resuelta de sacrificar el pasado. Este sacrificio coincidió con las celebraciones del bicentenario y luego las conmemoraciones del 11, 12 y 13 de abril. En la mirada oficial al pasado se asumió un discurso que evitaría el “revanchismo”, evadiendo definir el campo enemigo y la cuestión de oprimidos y opresores.

Así, lo que antes fue un movimiento profundamente bolivariano –que se había definido en compromiso con un pasado y con un proyecto inconcluso que los de ayer habían entregado como un deber a los de hoy–, ahora definió su compromiso sólo con los del mañana. El ángel de la historia había dado un volte face, y aunque el sentido común generalmente mantiene que pensar en el futuro es lo más revolucionario, en verdad lo que estaba en juego en el giro era un abandono del jetztzeit, de la idea de un tiempo especial del presente, de un tiempo revolucionario y bolivariano.

No es la primera vez en la historia en que esto ocurre. Meditando sobre el tiempo de ahora o “jetztzeit” revolucionario, y empleando la figura del ángel de la historia, Walter Benjamin observó pasos semejantes en los 30s, y los esbozó en lo que podríamos tener por su último testamento: Sobre el concepto de historia. En este breve texto de diecinueve tesis Benjamin localiza uno de los rasgos esenciales de la teoría socialdemócrata en su concepto del tiempo; es una temporalidad vacía de intenciones humanas y sin ruptura con el acontecer, un tiempo de continuidad y de progreso. Aquí cabe resaltar, como lo hizo Benjamin, que al sacrificar el presente (y el pasado) a un futuro ideal, la socialdemocracia elimina la capacidad de las masas de “tocar” (y por lo tanto transformar) el presente, un presente realmente suyo.

En contraposición, Benjamin planteó que en su práctica y su historiografía, los revolucionarios no actúan fundamentalmente en favor de un futuro, no sacrifican el presente a un futuro idílico, sino que actúan movidos por un deber con el pasado, con los sacrificios que hicieron los oprimidos y para vengar sus derrotas acumuladas; por ésto, en su argumento Benjamin se refiere a una “débil fuerza mesiánica” que existe en el presente. Cualquiera que piense que éste es un planteamiento académico o meramente “teoricista” sólo tiene que observar el desaliento que han experimentado las masas, ya que se les ha negado el espíritu “revanchista” de los patriotas independentistas y de los revolucionarios que lucharon contra el golpe de Estado del 2002. Tristemente, se ha confirmado el estatus revolucionario del bolivarianismo en el momento mismo de su desaparición del discurso oficial.

Así, lo que fue un discurso revolucionario cuando se actuó en nombre del pasado –logrando, paradójicamente, una profunda ruptura revolucionaria en nombre de la tradición– se transformó en un reformismo compatible con la derecha en el momento en que se empezó a apuntar principalmente al futuro y se comenzó a sacrificar el presente (y a los revolucionarios del presente, como se hizo brutalmente con Joaquín Pérez Becerra) por un camino que ni en el terreno económico ni en el político mantiene el carácter de ruptura. A partir de aquel momento el bolivarianismo revolucionario pasó a hacer vida únicamente fuera del discurso presidencial y oficial, en las selvas de Colombia y en los grupos intersticiales más conscientes –pero fuera del poder– en Venezuela y en el subcontinente: en los que no dejaron de escuchar los gritos y las llamadas del pasado.

Caracas, 6 de mayo de 2011
La Haine

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