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07/12/2017 :: Venezuela

Venezuela: Notas sobre la clase política

x Reinaldo Iturriza
La recomposición de fuerzas pasa por el rescate del horizonte estratégico, esto es, del ideario bolivariano y socialista

1. Dieciocho años después de la primera victoria electoral del chavismo, y cuando propios y extraños lo daban por desahuciado, la clase política antichavista es víctima del voto castigo de una pequeña parte de su base social, el 30 de julio de 2017, con motivo de la elección de la Constituyente. Se trata de un hecho inédito en la política venezolana. No hay que olvidar que en la elección precedente, el 6 de diciembre de 2015, el chavismo había perdido el control de la Asamblea Nacional, fundamentalmente como resultado del voto castigo de parte de su electorado. ¿Cómo fue capaz el antichavismo de desperdiciar tan significativo capital político?

2. El voto castigo a la clase política antichavista se repite el 15 de octubre de 2017, expresándose esta vez como abstención, a diferencia del 30 de julio. Esto hace que el antichavismo pierda dos de sus bastiones más importantes: Miranda y Lara. La diatriba entre partidos le impide ganar otras gobernaciones. Al final de la jornada, obtiene cinco de veintitrés estados, dos más que en las elecciones del 16 de diciembre de 2012, pero al precio de una fractura que parece irreparable.

3. Si el antichavismo más violento ha castigado a la clase política antichavista optando por el abstencionismo, como resulta claro que ha sucedido en Miranda, es incorrecto concluir que ha triunfado la vía violenta. Al optar primero por la vía violenta y luego por la electoral, contrariando la voluntad de esa porción del antichavismo proclive a las salidas de fuerza, antidemocráticas, la clase política ha cavado su propia tumba. La violencia ha sido la principal derrotada, tanto el 15 de octubre como el 30 de julio.

4. Hoy día, la clase política antichavista suscita el repudio generalizado de su base social, misma que, es preciso recordarlo, durante dieciocho años votó por quien fuera, con la esperanza de derrotar al chavismo.

5. Este repudio generalizado no encuentra traducción política, no es capaz de expresarse orgánicamente. La situación se asemeja mucho al vacío, y ese vacío pronto será ocupado por algo, por alguien.

6. Todo parece indicar que para lograr recomponer fuerzas, el antichavismo habrá de recurrir a eso que llaman outsider, y la escena se repite tanto en América Latina y más allá, que cabe hablar de un patrón. Un outsider que haga el trabajo que no pudieron hacer Primero Justicia y Voluntad Popular, las más recientes creaciones políticas de la oligarquía vernácula, como no lo podrá hacer jamás Acción Democrática.

7. Un outsider con perfil empresarial, del tipo Lorenzo Mendoza, es congruente con la apremiante necesidad que tiene el antichavismo de lavarse la cara, para luego simular eficiencia, pulcritud administrativa, productividad, precisamente porque la oligarquía es todo lo contrario: rapaz, despilfarradora, parasitaria.

8. Por su parte, el chavismo recupera terreno no sólo en razón de los errores del antichavismo. El aprovechamiento de estos errores ya tiene su mérito. Pero el mérito de la clase política chavista, y específicamente de Nicolás Maduro, va más allá. Sería realmente mezquino no reconocer el acierto político que significó la Constituyente, que destrancó el juego político y alejó la posibilidad de una guerra civil. Igualmente meritoria resultan tanto la insistencia en el diálogo político, cuando líneas de fuerza internas pugnaban por salidas de perfil autoritario, como todo el esfuerzo hecho para preservar la unidad del chavismo.

9. Pero los aciertos de la clase política chavista no pueden impedirnos identificar sus desaciertos. El costo político que ha debido pagar el Maduro ha sido muy alto. Esto, en buena medida, porque una parte de la clase política chavista parece haberlo abandonado a su suerte, para concentrarse en la disputa por el control de cuotas de poder, practicando algo muy similar a la huelga de brazos caídos, tanto en los casos en que ejerce funciones de gobierno como en aquellos casos en que ostenta algún tipo de jefatura partidista.

10. Para parte importante de la población, la clase política chavista se ha convertido en sinónimo de statu quo, y ha dejado de encarnar la posibilidad de cambios revolucionarios. Es una clase política, y también una burocracia, que poco habla de los problemas de la población, que hace poca presencia en el territorio, que suele proceder conforme a lógicas clientelares. Una de las consecuencias de este fenómeno es el acelerado desgaste de quienes continúan empeñados en gobernar revolucionariamente, así como en construir liderazgos políticos radicalmente democráticos, cuya capacidad y voluntad se ven con frecuencia desbordadas por las circunstancias, y terminan siendo igualmente blanco del descontento popular.

11. Con la elección de la Constituyente, y luego con los resultados de las elecciones del 15 de octubre, el chavismo no solo ha recuperado terreno, sino que ha logrado una ventaja significativa respecto del antichavismo, en términos de control soberano del Estado, lo que representa una extraordinaria victoria en un momento histórico en que el antichavismo local y global han puesto todo su empeño en su fractura y disolución. Es altamente probable que los resultados electorales el próximo 10 de diciembre vayan en la misma dirección. No obstante, en la escala de la micropolítica, la fractura es cada vez mayor: la crisis de mediación política que afecta al chavismo no ha hecho sino agudizarse. Esto, sumado a la crisis de similar signo que padecen las fuerzas de la antipatria, nos pone en una situación sin precedentes.

12. No deja de sorprender el poco entusiasmo que, en la mayoría de los casos, despiertan las candidaturas del chavismo de cara a las elecciones de alcaldes. En algunos casos el rechazo es franco y abierto, al considerarles el resultado de imposiciones de grupos que han secuestrado el aparato partidista en los estados o en los municipios. Frente a esto, la burocracia política suele responder exigiendo lealtad y disciplina, lo que, una vez más, deja ver el tamaño de su extravío: ¿cómo puede exigírsele más lealtad a un pueblo como el venezolano, que una y otra vez ha demostrado una admirable capacidad de resistencia?

13. La cuestión con la base social del chavismo no es tanto que no se sienta representada por su clase política: es que, a diferencia del antichavismo, siempre aspiró algo más que sentirse representada. No le basta con representantes. Partiendo de esta cuestión básica es sencillo entender por qué marca distancia de una clase política cuyos usos y costumbres obedecen a la más tradicional lógica de la representación. El gran dilema del chavismo es que no logra romper con esta lógica: muchos de quienes se identifican con sus ideas-fuerza rechazan de tal forma a su clase política que han optado por replegarse y, en casos extremos, se han desafiliado de la identidad política, y hoy no desean tener nada que ver con el chavismo realmente existente. El chavismo, entendido como un todo, todavía no consigue la forma de recomponer sus fuerzas.

14. Si el antichavismo solo logrará recomponer fuerzas desde fuera, el chavismo solo será capaz de hacerlo desde dentro, saldando cuentas con su clase política, renovándola, produciendo otra clase política. Esa es su enorme ventaja en términos estratégicos: la solución está en manos del sujeto de la política.

15. Si todavía pudiera dársele el beneficio de la duda, podría decirse que justo eso fue lo que intentó el mal llamado “chavismo crítico”: recomponer fuerzas desde afuera. Aunque ahora pretenda hacerse el desentendido, el “chavismo crítico” es, junto al antichavismo violento, el gran derrotado de las más recientes jornadas. No hizo más que demostrar, una vez más, que el discurso de la despolarización termina siempre, inevitablemente, siendo funcional al antichavismo. La derrota de este último es la suya propia.

16. La clase política que avance más rápido en el proceso de recomposición de fuerzas, esa pegará dos veces.

17. Héctor Rodríguez en Miranda, Carmen Meléndez en Lara, Miguel Rodríguez en Amazonas, Víctor Clark en Falcón, Justo Noguera Pietri en Bolívar: la lista puede ser parcial, incompleta, arbitraria, pero estos gobernadores reúnen un mínimo de condiciones que, bien aprovechadas, pueden permitir avanzar en la necesaria renovación de la clase política chavista. Un paso adelante de cualquiera de ellos significaría el avance del chavismo en su conjunto, una señal de que es capaz de superar su estancamiento. Está en juego mucho más que la posibilidad de hacer una buena gestión. Entendiendo que las circunstancias les obligan a negociar con grupos y, en el peor de los casos, lidiar con verdaderas mafias, tienen el reto inmediato de marcar distancia de estos poderes fácticos, acercándose al pueblo organizado. Héctor Rodríguez tiene a su favor que comprende la necesidad de concentrarse en la resolución de los problemas concretos de la población, y Carmen Meléndez gobernará el estado con mayor número de Comunas, con todo y el acumulado de organización que eso implica: le basta con gobernar en alianza con ellas para comenzar a producir, en el corto plazo, muy importantes transformaciones en uno de los estados más estratégicos del país.

18. En el caso del chavismo, la recomposición de fuerzas pasa por el rescate del horizonte estratégico, esto es, del ideario bolivariano y socialista. Aunado a esto, es indispensable que la clase política se involucre de lleno en el combate que cotidianamente libra el pueblo en el campo económico; asimilar que la inmensa mayoría no espera soluciones mágicas, sino percibir, antes que cualquier otra cosa, que quienes se dicen sus líderes, a todo nivel, comprenden las múltiples penurias que está padeciendo, lo que pasa por sentirlas. En tales circunstancias, lo peor que puede hacer el liderazgo político ni siquiera es dejar de tomar decisiones al respecto, sino dejar de hacer mención expresa de los problemas, guardar silencio, hacer como que no existen. Es eso o dejar de existir como clase política revolucionaria.

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